Las adicciones de Polilla

26 de mayo del 2013

¿Cómo un profesor de Español y amante de los casinos terminó siendo el libretista de humor más destacado de la radio colombiana?

Polilla, Nelson Polanía, Kienyke

—Usted es mi ídolo y no puedo disimularlo—dijo Nelson Polania. El Ilusionista, después de un momento de sorpresa, asintió con agrado, con una mueca que por un momento descompuso su cara embelesada.

—No tiene porqué disimularlo—murmuró—. Aunque usted se equivoca. Este es mi trabajo. Igual que el suyo. De todas formas lo estaba esperando.

Iban caminando por uno de los corredores del casino MGM Grand, en Las Vegas, Nevada. Los pasillos iluminados estaban decorados con mosaicos multicolores de figuras humanas y animales que creaban una atmósfera sugestiva y estimulante. David Copperfield, el Ilusionista, se preparaba para su último número de la noche mientras sus asistentes terminaban de maquillarlo y corregir detalles de última hora. Al fondo estaba el teatro dispuesto para sus ilusiones, que utiliza de maneras distintas en los actos. ¿Cuál haría, tal vez algún escape imposible como Harry Houdini, o inventarse una Estatua de La Libertad o atravesar una pared del casino para terminar apareciendo en una mesa de ruleta? Nelson Polania imaginó a los jeques árabes con su séquito de sirvientes y esposas que llegaban directamente del aeropuerto  internacional McCarran al casino cuyos leones dorados, enormes y ostentosos, les daban la bienvenida. Sintió un ramalazo de risa pensando en la gente estúpida que tenía la ilusión de ganar, al tiempo que un dejo de envidia por el placer de pasarse la vida en los casinos de la ciudad.

—Tengo una cosa para ustedes—le dijo Copperfield. Uno de sus asistentes le alcanzó un paquete envuelto en papel verde. Lo destapó a toda prisa. Vaya sorpresa. Eran dos camisetas estampadas con la firma del Ilusionista. Una de talla ‘M’, y la otra, ‘XL’. La tarjeta que venía con el paquete le arrancó una carcajada: “Para mis amigos Fabiola y Polilla”.

El que no cree en la magia nunca la encontrará

Cada vez que recuerda esa noche de diciembre del 2012 de su rostro se escapa una sonrisa retenida en los  labios. No es para menos, estudió magia en la Escuela de Artes  Mágicas de Bogotá, que dirige Richard Sarmiento, “hice seis semestres pero no me he graduado, esa es una de las ventanas que tengo que cerrar en mi vida”. Desde hace unos meses planeó la solución para lograr el título, se trata de un acto en el que parodia a Criss Angel, mago e ilusionista que se hizo famoso con su programa ‘Mindfreak’.

Polilla hace una pausa mientras se sienta en un sillón para ser fotografiado desde otro ángulo.

—Se llama ‘Cris y Magola’. Un mago al que le salen las cosas mal. Pero al final resulta haciendo magia porque no se la lleva bien con su asistente. Con ‘la Gorda’ ya lo venimos ensayando hace unos días.

Parodia y magia denotan su estilo para trabajar. “La magia es un mundo muy cerrado, y la parodia es un buen recurso, mucho más si es en vivo”,  asegura Gustavo Lorgia, quien fue su profesor en la academia y tuvo un paso duradero  en la televisión hace varios años. Es en este punto en el que Polilla habla con franqueza y sin tapujos “la verdadera magia es la de entretención, como la de David Copperfield. Un verdadero mago lo ves en escena, no en televisión, pues en la pantalla chica cualquiera puede ser mago, hasta Criss Angel…”

— ¿Sucede lo mismo con el humor?

—Creo que sí—asegura Polilla mientras se despide de su esposa a la distancia—en el teatro se necesita que la gente se ría. Si no lo haces en tres o cuatro minuto estás muerto. Aunque hay trucos que siempre funcionan, como divertirlos a punta de chistes.

Polilla, Nelson Polanía, Fabiola Posada, Kienyke

Lo cómico es una forma divertida de ser serio

Su carrera como humorista comenzó formalmente cuando debutó como “cuentachistes” en Sábados Felices en 1996. A allí interpretó a personajes del paisaje regional colombiano: el santandereano, la vendedora de tamales que incluía recetas políticas y otras delicias para  la clase dirigente. “Eran sensacionales, cuando lo vi e escena me asombró su capacidad de improvisación que no reñía con el libreto planeado”, afirma Guillermo Díaz Salamanca, quien por estos años hacía parte del elenco de Sábados Felices y en el 2002 lo llevó a La Luciérnaga, junto a Juan Ricardo Lozano ‘Alerta’ y pedro González ‘Don Jediondo’.

Unos años antes hacía sus números como cuentero en la Universidad Pedagógica de Bogotá, “me pasaba lo del boxeador al que le dan y le dan, hasta volverlo nada”. Recuerda que cualquier día de clase lo detenía alguna persona para agradecerle las carcajadas de sus sketchs, mientras que otros le recriminaban su falta de compromiso con el movimiento estudiantil universitario.

Cuando recibió su título de Licenciado en Español y Sociales en 1995 no volvió a la Pedagógica. No tenía tiempo: en las vespertinas preparaba los números con los que debutaría en el programa que dirigía el carismático Alfonso Lizarazo, mientras que las mañanas y tardes las dedicaba a dictar sus clases de español y sociales en la UDCA. “Siempre fui un estudiante juicioso, nunca perdí una sola materia”, ni siquiera cuando estudió en el colegio salesiano Juan del Rizzo y vivía en Santa Librada, al sur de Bogotá, que por aquellos años no era refugio de familias de escasos recursos o desplazados, sino extensos campos verdes que él recuerda como el mundo ideal de un niño:

—Mi infancia la relaciono mucho con Tom Sawyer. Nos íbamos para el parque, jugábamos con las ranas, apostábamos carreras con ellas. Eran paisajes lindos.

Desde aquellos años, lo que comenzó como un capricho terminó por convertirse en un rasgo de su personalidad: ser recopilador de humor. Un coleccionista. De niño recopiló casi todos los números de Condorito que llegaban a sus manos, cuenta que posee la colección más completa de Sábados Felices, que deben sumar unos 160 Cds. La busca entre los cajones de la sala de su casa, en el norte de la ciudad, un espacio con entrada de luz natural escasa, que permite apenas distinguir un cuadro de Enrique Grau, que ‘La Gorda’ Fabiola compró hace cinco años en Barranquilla. Encuentra la colección de Sábados Felices, se acerca para enseñarla cuando un pensamiento súbito se refleja en su rostro, que se congeló por un instante. Sube corriendo al segundo piso y baja unos segundos algo agitado.

—Este es un tesoro para mí. Mi serie favorita—destapa la caja y saca un folleto de imágenes—es Seinfeld, que me la envió un amigo desde Estados Unidos. Las comedias son tan adictivas como la cocaína. Me he visto cada capítulo muchas veces. Ese es su peligro.

Polilla, Nelson Polanía, Kienyke

Nuestra fauna política

—Aquí la gente se autocensura mucho. Como dice Fabiola, cuentan los polvos con camándulas.

Hace una semana publicó en su perfil de Twitter un comentario sobre el concursante borracho del Desafío en África que ha causado polémica, “a él no hay que hacerle una prueba del Desafío sino una prueba de alcoholemia”. De inmediato recibió un torrente de reclamos e insultos reprochando su falta de sensibilidad y de buenas maneras por burlarse de una persona alcohólica. “Aquí no hay mucha escuela, no hay libertad, como en Estados Unidos”. Lo que explica la escasa oferta de humor en el país, sin competencia la calidad disminuye y el primer afectado es el humor político. Polilla agrega:

—Trato de hacer humor blanco, que no hiera. En este momento el canal nos restringe el humor político. En Sábados Felices el humor debe ser más familiar. Me dolió mucho la salida de NP&.

—¿Y el canal qué razón les dio?

—Una excusa. Que el programa no era viable. Además el dueño de la franquicia es Paulo Laserna, y como ahora está en RCN.

—Dejando a un lado esta situación, cuál personaje disfrutó más hacer. Le pregunté.

—Disfruté mucho a Uribe, él ayuda mucho con todas sus cosas de Twitter. Pastrana fue tan mal presidente que ya ni para imitar sirve. Ambos dan mucho material.

—Y alguno que le haya costado parodiar.

—Gustavo Petro. Tiene un tono de voz seco. De resto es fácil: ser déspota y no escuchar a nadie.

Polilla está animado. Se sienta a sus anchas en el sofá y comienza a imitar las voces de Fabio Echeverri, Armando Benedetti, Juan Manuel Santos y Pacho Santos. De parodias que ha hecho desde 1997 recuerda mucho la que hizo durante el gobierno Uribe, con el ministro de Interior, Fernando Londoño Hoyos, que se llamaba ‘El Súper Ministro 86’, simulacro de la popular serie de los años ochenta. Que tuvo buena acogida durante el año que estuvo en la parrilla del programa, pues era un personaje controvertido y conocido, claves a la hora de hacer humor político.

El premio gordo 

La ‘Gorda’ Fabiola llegó de hacer mercado. Polilla interrumpe su función improvisada y de un salto está junto a ella. La saluda e intenta mimarla, le pregunta cómo le fue. Ella evade sus mimos y deja sin respuesta sus preguntas. Le pide que le ayude a llevar unas cajas que trae en el carro, pues la señora que les ayuda en la casa está ocupada paseando a Uldarico, un perro pug que los acompaña desde hace un año.

—Claro mami, ya te ayudo con eso.

Cuando regresa nos cuenta que desde que están casados, hace quince años, hicieron una sociedad de humor y negocios en pareja que les ha funcionado. Bien sea un lanzamiento de algún nuevo shampoo  para niños, la fiesta de un hotel o algún evento son invitados a hacer algunos de sus actos en pareja. Siempre en clave de humor negro sobre la vida en pareja. De hecho, fue tal su éxito que ya han hecho un par de sketchs de largo aliento: ‘Sin peros en la lengua’ y ‘Hasta que tu muerte nos separe’.

—Cuando no trabajo con ella me hace mucha falta. En diciembre nos casamos en Las Vegas en un casino temático. Nos casó un “Elvis Presley” en una pequeña capilla. Todos los que jugaban nos dejaban regalos o algo de plata… hasta teníamos el aviso de just married.

Con un ritmo de trabajo agitado y acaparador, que incluye las grabaciones de Sábados Felices, La Luciérnaga,  sus presentaciones en pareja, no les queda mucho tiempo para descansar. Cada diciembre se van lejos, con su hijo Nelson Andrés y los dos que Fabiola tuvo en su anterior matrimonio. Hace unos meses estuvieron en El Vaticano, pues son una pareja algo religiosa. Para este año planean ir al Medio Oriente. Un lugar distinto que los saque de la realidad del país.

Son las tres y media de la tarde y Polilla se alista para ir a hacer La Luciérnaga.

—Cuál ha sido la persona  a quien más le ha aprendido. Le pregunto.

—Al doctor Hernán Peláez. Un apersona madura, centrada, que me da licencias para hacer lo mío.

— ¿Extraña algún personaje?

—Varios. Tengo ganas de volver a hacer de Diego Cadavid. Es que ya le tengo la medida.

— ¿Se le quedó algo por hacer?

— Muchas cosas. Quería ser odontólogo pero no se pudo. Ahora mago. Con José Simmons planeamos hacer algo—sube un momento para buscar los diálogos que preparó para La Luciérnaga—, es que la clave de todo esto es disfrutar lo que se hace. Como dice don Hernán “el que se emputa se jode”.

Polilla, Nelson Polanía, Kienyke

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