Los narcocorridos colombianos

Los narcocorridos colombianos

10 de febrero del 2011

Hace trece años, en pleno auge del conflicto armado en Colombia, empezó este cartel. Alirio Castillo atravesaba el país con una maleta de mercancía para vender al por mayor. En ese entonces, entre La Hormiga y Mocoa, Putumayo, había un retén del ejército, uno de la guerrilla y uno de los paramilitares. Cada parada significaba desocupar la maleta, explicar el contenido y quizá vender algo. Ya en el pueblo, en confianza, Alirio abría su maleta: un cargamento de 400 discos de corridos prohibidos.

Dos metros cuadrados en el sur de Bogotá, torres de discos para quemar, tres impresoras para CDs, discos de oro y recortes de prensa enmarcados por toda la habitación. Acá se cocina un nuevo cargamento. Los corridos prohibidos son una mutación de los narcocorridos mexicanos, que llegaron a Colombia por medio del tráfico de drogas. De Colombia salía la droga que ingresaba a Estados Unidos a través de México y de México venían las canciones de contrabandistas y capos. Música de frontera que se instaló en los límites borrosos entre la legalidad y la ilegalidad colombiana, y se arraigó en la zona esmeraldera y los santanderes; “de allí salen los mejores intérpretes y se hacen las mejores fiestas”, asegura Castillo.

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Entre Gonzalo Rodríguez Gacha, “el Mexicano”, y Gilberto Molina, el entonces zar de las esmeraldas, los narcocorridos empezaron a mutar. Humberto Díaz, un zipaquireño con un estilo muy mexicano, y su grupo Los Rangers del Norte, fueron los primeros en componer y cantar en público para estos patrones.  En las fiestas del municipio de Pacho, Cundinamarca, se volvieron populares las canciones de capos, droga y guerra. Los excesos, las parrandas de borrachos desnudos, los tiros al aire, los helicópteros que transportaban cantantes puerta puerta, en fin, una estética de la extravagancia criolla. Después vendrían tantos grupos como capos, tantos corridos como temas y personajes del conflicto colombiano. En 1997, Alirio Castillo, un empleado de la industria discográfica, sacó un sello independiente: Alma Récords, el sello de los corridos prohibidos.

Más de 200.000 copias vendidas en un año. Entre compradores de retén, maletas enteras con más de 300 unidades vendidas a una sola miscelánea en cada pueblo y las ventas en tiendas de discos, cantinas y prostíbulos, el primer volumen de corridos prohibidos había vendido tres mil copias en menos de tres meses y le había dado disco de oro en menos de seis a los tres intérpretes colombianos y dos mexicanos, de las quince canciones que componen el volumen. El CD incluía el hit del momento La cruz de marihuana.

La producción de las primeras mil copias costaba alrededor de 16 millones de pesos: 8 millones en estudio de grabación, $2.500 que costaba la fabricación de cada CD, el pago a los músicos, arreglistas y los derechos de las canciones. A partir de los tres mil discos vendidos se empezaban a ver las ganancias. Cada copia se vendía en $20.000. “Hasta 2005, el negocio se sostuvo, pero desde 1999 comenzó a bajar dramáticamente en un 25% anual”. Con la salida al mercado de los quemadores, el CD tenía su fin asegurado. Muchos ingenuos, desesperados, confiaban volver al acetato.

En 1998 salió el volumen 2, y en los años siguientes uno cada año. Las canciones empezaron a incluir a la guerrilla, los paras, el gobierno corrupto y los personajes que “trabajan” en el negocio de la droga. La mula, el raspachín, el patrón, tienen corrido  (**).

También lo tienen Tirofijo, Carlos Castaño y Santofimio*. ¿Qué une a estos personajes, además del conflicto? ¿Qué hace tan populares los corridos, además de lo prohibido? La tragedia, el sello de la fatalidad, capaz de neutralizar cualquier juicio radical que se quiera hacer sobre estos personajes. Y por supuesto, la narración de una historia que nadie cuenta, pero todos quieren conocer y de la que muchos son protagonistas anónimos. El segundo volumen con un identidad más colombiana, vendió 80.000 copias el primer año, el tercero 30.000, el cuarto 14.000 y el número trece, el último, no ha vendido 500. Pero el negocio no ha terminado. “Mientras exista conflicto, existen corridos”. Y en eso sí que somos buenos.

Ya no se venden discos, pero sí se sacan. Alirio Castillo los termina de “cocinar” en su casa, en el sur de Bogotá. En este momento salen de su impresora personal cien discos de Samuelito, el nuevo cantante que está produciendo. cincuenta para él, cincuenta para el cantante. “Son para mostrarlo y regalarlo a los amigos”. Los discos ya no se venden, a pesar de que ahora valen $10.000, la mitad del precio de hace trece años. Pero los toques en vivo sí se venden. Un concierto de Giovanny Ayala, de una hora y media, puede costar $25.000.000, uno de Uriel Henao, el más reconocido cantante de corridos prohibidos, $15.000.000, y uno de Rey Fonseca, un vallenatero que terminó cantando corridos, porque pagan mejor, $8.000.000. Los demás, los que no son famosos, cobran entre $3.000.000 y $4.000.0000, claro que como dicen ellos “depende del marrano, un patrón paga mucho más”.

Los cantantes de corridos prohibidos ganan y viven muy bien. Tiene como mínimo entre seis y ocho fechas al mes, entre fiestas privadas y fiestas de pueblo. Allí están sus consumidores, en los extremos de la sociedad. En los cerca de sesenta “cuchitriles” del sur y el Occidente de Bogotá, donde a los cantantes les pagan entre $10.000 y $15.000 por cantar toda una noche, o incluso no pagarles. Otros prefieren La Tienda Sinaloa, el templo de la norteña en Bogotá, donde se ven poco las grandes figuras, pero sí mucho dinero, mucho trago y muchas “viejas buenas”. Los otros están en las fincas y casas del norte de Bogotá, donde se hacen la mayoría de las fiestas privadas: en la salida a Boyacá, donde se celebra cada año el Festival de música norteña; en Villavicencio y algunos pueblos como Mesitas del Colegio, donde se celebrarán los primeros premios de corridos este año. Esta no es música de ciudad, ni de la clase media, y mucho menos de mujeres. Es música de campesinos, soldados, policías, guerrilleros, paracos y hacendados. Es música que se escucha en el Bajo Cauca y el Urabá Antioqueño, en Cundinamarca, Nariño, Putumayo, los santanderes, el Huila, Caquetá, el Magdalena Medio, el Cauca y el norte del Valle.

De uno de esos cuchitriles de mala muerte, o “centros artísticos”, como prefieren llamarlos los cantantes, salió Mariluz Grajales, La Reina del Cartel, una raspachina de Pitalito que terminó en Bogotá, cantando la música que escuchaba en el campo. Su paso por los corridos, como el de las otras mujeres que lo intentaron, fue efímero. Se trata de un género para machos y machista. “Esto no es para niñas”, asegura Castillo. De los discos con récord en ventas, y su paso por un reality show, volvió a cantar en el sur. Las otras como Lina Fernández, la diva que interpretaba el corrido de Virginia Vallejo, o Maribella, la cantante de música llanera, volvieron a las rancheras y las baladas.

Alirio ya no sale más con la gran maleta cargada de discos, pero la música todavía llega a los lugares más recónditos. Él asegura que el negocio está en Internet, pero no hay que ir muy lejos para saber que nuestro analfabetismo digital es común en todo el país. ¿Quién se imagina a un campesino en la Hormiga descargando un corrido en su portátil? La música se sigue escuchando en la radio local, en reproductores de CD y en los altoparlantes de las cantinas. ¿Cómo llega? Para eso están los piratas. La cadena productiva de la música, al menos la de este género, se puede reducir a tres actores: un artista que se autoproduce en su estudio personal, se vende, hace su propio booking y negocia; un utilero, que lo acompaña en los conciertos para poner todo en orden y vender discos entre el público durante la presentación, y un pirata, que se encarga de plagar el país de corridos. Un artista le paga en promedio $300.000 a un pirata por canción. Ya no hay disqueras. Como dice Calle 13: “mi disquera es la gente”. Ya no hay Sayco que interese, nadie se ocupa de los derechos de autor.

Este fin de semana, Alirio alista su maletín. El sábado tiene un concierto en una finca en Socorro, Santander. Una fiesta privada. Esa misma noche regresa a Bogotá y empaca los discos de Samuelito y algunas copias del último volumen de corridos prohibidos, “después de este, no saco más discos”, asegura. El domingo sale madrugado para Larandia, una especie de ciudad militar, dentro de la selva, cerca a San Vicente del Caguán. Larandia le trae muy buenos recuerdos, porque cada diciembre Alirio organiza allí un concierto especial de corridos prohibidos para celebrarle la navidad a los soldados. Esta vez va por la fiesta de la hija de un gran amigo. De Larandia se va para Florencia y de allí a Curillo, donde piensa concretar con el alcalde unos conciertos. Al Socorro va por tierra, en flota. A Larandia en avión con los músicos, con todos los gastos pagos, porque van a tocar en la fiesta de quince años de la hija de su amigo, el sargento.

Ya no le interesa la emisora ni el canal de televisión. Tampoco la miscelánea o las tiendas de discos. Ahora va directo donde el alcalde. Al mejor estilo de Jorge Barón, Alirio le vende parte del concierto a la alcaldía municipal, el resto a la empresa privada. Con diez mil personas en concierto que le asegure a Comcel, Movistar, Aguardiente Antioqueño o Néctar, en cada pueblo, se hace el concierto. Con un buen concierto al año, bien hecho, se vive bien. La meta ahora es colonizar las costas y hacer catorce shows, mantener su cartel de música prohibida y seguir siendo el patrón del cartel de los corridos.