Las fieras humilladas de los narcos

Las fieras humilladas de los narcos

3 de noviembre del 2010

La imponencia del puma ya es historia. Cuatro años antes había sido capturado en el Bajo Cauca por capricho de un tipo con dinero. El felino fue encadenado con el ánimo de ser exhibido en una de sus fincas de la Cordillera Occidental, como muestra palpitante del poder animal de quien por esos días comandaba un ejército de hombres a su servicio. La leyenda cuenta que un día, cansado de sus rugidos y zarpazos, mandó a arrancarle los colmillos y las garras. La cirugía, practicada quién sabe dónde y cómo, desencadenó una infección que empezó a devorarle la pata izquierda con tal fiereza que a los pocos días tuvieron que cortársela de tajo.

Detrás de las rejas, el gato camina dando brincos como un remedo de felino. Su cuidadora da detalles del relato con una voz que gravita entre la abulia y el desconsuelo, mientras cuenta que a la antigua fiera ahora deben alimentarla con carne molida y trozos de pichón. En los 16 años que lleva haciendo ese trabajo, la mujer ha escuchado tantas historias provenientes de la barbarie que ya nada parece aterrarla. Villa Lorena, un zoológico para animales desahuciados que funciona al oriente de Cali, se ha convertido con el tiempo en un museo de algunas de las crueldades menos publicitadas de la condición humana y los narcotraficantes que han reinado en este país.

A cien metros del puma, por ejemplo, está Rumbero, un león que perteneció a un extinto mafioso de Manizales que le parecía divertido someterlo a los excesos de sus fiestas. Entonces, para que tuviera la docilidad de un oso de felpa, lo apaciguaban con inyecciones de whisky y humo de marihuana que uno de sus lugartenientes encendía en la jaula donde permanecía confinado.

Los veterinarios aún no han podido determinar el daño cerebral causado por aquel abuso, pero se sabe que Rumbero se acostumbró tanto a la estridencia de la música con la que era atormentado, que el silencio en el que ahora habita a ratos puede resultarle una insufrible: hay mañanas en las que despierta y al no escuchar nada, ruge, lanza sus garras al aire, se desespera. De cerca, el rey de la selva, con una mirada verde y extraviada, se ve como un drogadicto en terapia que aún no logra comprender que ya fue rescatado.

Sin embargo los peores atropellos no sólo provienen de la mafia. En Villa Lorena, que es más bien un albergue para enfermos en estado terminal, hay tigrillos ciegos, perros de monte cercenados por campesinos borrachos, un cocodrilo sin manos, monos con balas incrustadas en la espalda, guacamayas sin alas, búhos atrofiados a pedradas. Hace apenas unas semanas, murió allí un león decomisado a un circo que pasaba por la ciudad. Al dueño del espectáculo le había parecido una idea magnifica para su espectáculo poder cabalgar al temido depredador, demostrando así que no hay nada superior al hombre. Y para eso, se le ocurrió montarlo desde cachorro como si se tratara de un pony. El león, cuando llegó al zoológico, era un anciano enclenque no más alto que un perro labrador. Las patas, vencidas por las cabalgatas de años y años, se le doblaban hacia adentro como alambres retorcidos incapaces de sostener su propio peso.

Ana Julia Torres, la dueña de Villa Lorena, que se encarga de cuidar ella misma a los pacientes, explica que las visitas del público están prohibidas porque las desgracias no son para exhibirse. Quizás esa sea la más humana de sus convicciones. Ella, que a primera vista se ve como un ama de casa antes que como una salvadora de fieras caídas en desgracia, es una profesora de primaria que asegura haber heredado de su papá, un campesino del Eje Cafetero, aquella convicción. “Me crié viendo animalitos en la casa. Y me voy a morir cuidándolos. Mis hijos van a ser los herederos de esa suerte. El menor quiere ser veterinario”. El albergue lleva el nombre de la mayor de sus hijas, Lorena, que es es médica.

A la entrada de Villa Lorena, bajo una enramada cubierta por un techo de paja, las reproducciones de las publicaciones internacionals que se han interesado en el zoológico cuelgan de las paredes de un salón, en el que también permanecen exhibidos los cuerpos disecados de animales que han tenido una muerte célebre por lo penoso del episodio: avestruces, venados, ocelotes, tigres.

Aunque no hay un caso menos atroz que otro, quizás el más aberrante en esa galería de la vejación es el de Yeyo, un mono atrofiado por el aturdimiento de un ebrio que al emborracharse lo cogía a patadas para vengarse del abandono de su esposa. Cuando llegó al zoológico, le faltaba un ojo, tenía la mandíbula rota, la cola partida, las costillas astilladas. Yendo en contra de las predicciones médicas, el amor que recibió de Ana Julia comenzó a sanarlo.

Ella cree, incluso, que el mico llegó a reconocer en los seres humanos algo distinto al desprecio. Pero las golpizas que había recibido lo tenían condenado: no pasó mucho cuando a Yeyo le detectaron un cáncer que le minó el rostro de tumores y lo desfiguró de pies a cabeza. Ahora, como un recordatorio de, su cuerpo permanece en una urna de cristal con los brazos abiertos, como esperando que, pese a todo, alguien lo abrace.