Las guayaberas del poder

Las guayaberas del poder

1 de febrero del 2011

Édgar Gómez llegó a Cartagena por primera vez en la década de 1970, vestido con un pantalón amarillo bota campana y una camisa verde. Esa era la última moda en San Cristobal, Venezuela, donde había emigrado a los 18 años y era dueño de una pequeña fábrica de confecciones. En ese entonces, el Centro Histórico era un cúmulo de casas en ruinas y un nido de delincuencia. Había peleas constantes entre pandilleros del barrio Getsemaní y San Diego. En Bocagrande sólo estaba el Hotel Caribe, rodeado de algunas casas, playas y manglares. En la playa del Hilton había un quiosco donde las parejas se emborrachaban y se escondían en la oscuridad de la noche. Los ricos huyeron al barrio Manga y se vestían con camisas azules claras y pantalones tipo bagui.

Gómez vio un anuncio en El diario de la Costa que ofrecía para la venta una máquina de coser marca Singer. Llegó a una mansión del barrio Manga y lo recibió un hombre llamado Víctor Araújo, que vivía con su mamá y preparaba reinas. Era gay. Quedó fascinado por los pantalones bota campana de Gómez y le dijo que con la máquina que acababa de comprarle le entallara una ropa que había comprado en un viaje por Europa. Había perdido peso y ya no lo servía.

Así, antes de que las guayaberas de Édgar Gómez se las pusieran Bill Gates, Gabriel García Márquez y Álvaro Uribe Vélez, él se convirtió en el sastre de todos los gays de Manga y luego en el de la alta sociedad cartagenera. Pero en esa época no era sastre, sino modisto. Así le decían. Un día, Víctor Araújo lo invitó a almorzar al restaurante árabe de Bocagrande. Al final, entraron a la cocina, la atravesaron y llegaron a un cuarto lleno de telas, las más bonitas, finas y sofisticadas que hubiera visto hasta ese entonces. Eran de contrabando. Araújo le decía a Gómez cuánto podía cobrarle a tal o cual cliente, y así le hizo ropa a la reina de belleza Beatriz Sierra, a los Lemaitre, de Jabones Lemaitre; a los Mogollón, dueños de una imprenta; a los Román, de la Kola Román; a los Vélez y los Araújo, del negocio inmobiliario, y a los invitados al Reinado Nacional de la Belleza, como Miguel Bosé y Pacheco.

Casi cien años antes, en Cuba, un campesino le había dicho a su esposa que le hiciera una camisa con unos bolsillos anchos para poder meter guayabas en sus paseos por el río Yayabo. Hoy la guayabera ya es historia. Y en Cuba, donde muchos meten habanos en vez de guayabas en sus bolsillos, se debe usar en todos los eventos oficiales por decreto. Édgar Gómez ya adelantó una gestión con la alcaldesa de Cartagena, Judith Pinedo, para que algo similar ocurra en la ciudad.

La guayabera ya era popular en todo el Caribe cuando Édgar Gómez se radicó en Cartagena. García Márquez las usaba –en talla L– en las tertulias a las que asistía en el restaurante Divo, de Bocagrande, junto a Alejandro Obregón y Gastón Lemaitre. En ese entonces, las camisas eran de terlenca, una tela gruesa, vulgar y más sofocante que el lino, que llegaría con los años desde Europa. El cliente más elegante de Gómez ha sido José Ramón Gómez de la Espriella, que usaba guayabera con un corbatín que él mismo anudada.

Dos herencias llevaron a Édgar por otros caminos. Una tía le dejó una discoteca en Cúcuta, y su papá un terreno donde hizo un pequeño hotel con zona de camping. Se fue a la quiebra en ambos negocios, pero la máquina de coser siempre lo recibió de vuelta. En el año 2000 regresó a Cartagena. Un amigo periodista le dijo al piloto Juan Pablo Montoya que Gómez hacía las mejores guayaberas de la ciudad. Montoya visitó con cara de pocos amigos al sastre para que le tomara las medidas para la guayabera que usaría en su matrimonio. Le compró cinco.

Otro amigo periodista de Édgar lo entrevistó en radio por haberle hecho la guayabera al piloto. Así se empezó a propagar su nombre. Lo llamaron del Hotel Santa Teresa para vender camisas en una convención. Allí estaba García Márquez, le regaló una guayabera y el Nobel se la puso, caminó con ella como en un desfile a manera de chanza y Gómez vendió veinte camisas en menos de diez minutos. Días después, Mercedes Barcha, la esposa del Nobel, lo invitó a almorzar lebranche frito en su casa, en el barrio San Diego, para tomarle unas medidas a García Márquez para un pantalón. Es talla 36. En esa casa, Gómez conoció al millonario Alejandro Junco, dueño de un emporio editorial en México, que visitó Cartagena en una flota de diez aviones privados. Por una confusión con su esposa, Junco le pagó a Gómez dos veces la camisa. Mercedes Barcha fue la intermediaria para devolver el dinero, pero el millonario dijo que, en vez de los dólares, le enviara otra guayabera.

Años después, una llamada extraña de Bogotá le dio las medidas de un hombre sin nombre: 1.80 m de estatura y talla 34 de pantalón. Al entregar las camisas en el Hotel Caribe, la mujer que le encargó las camisas le confesó al oído que el cliente era Bill Gates. Gómez fue al Hotel Las Américas a escuchar la charla del hombre más rico del mundo en ese entonces. Al ver que Gates tenía su guayabera puesta, su hija le pellizcó el brazo. Édgar brincó y la prensa se dio cuenta. De nuevo, las cámaras lo señalaron como el hombre que le hacía las guayaberas a los poderosos que visitaban Cartagena. Gates le compró veinte camisas más de diferentes colores. Durante su visita siempre se las puso por dentro.

Andrés Pastrana y Ernesto Samper también han sido sus clientes. Álvaro Uribe ha sido muy buen cliente suyo: le ha comprado guayaberas para regalarse al rey Juan Carlos de Borbón y otra para el senador republicano John McCain, y compró más de cincuenta sólo para el matrimonio de su hijo Tomás. Gómez dice que Juan Manuel Santos, otro de sus clientes, es más amable que Uribe, a pesar de que el ex presidente fue quien lo condecoró en 2010 como el mejor sastre del departamento de Norte de Santander.

La lista de hombres poderosos con las guayaberas de Édgar Gómez no parece terminar. Alejandro Santo Domingo, David Lee –el sonidista de The Matrix–y el canciller venezolano Nicolás Maduro tienen sus camisas en sus armarios. El nombre de su marca es contundente: Ego. Pronto, Hugo Chávez también tendrá una guayabera Ego, avaluada en $500.000 y hecha con lino italiano importado. De seguro, la camisa será la más fresca que Chávez se haya puesto en el calor de su poder.