Los Reyes Magos: una farsa de la historia

Los Reyes Magos: una farsa de la historia

5 de enero del 2012

Todas las religiones cristianas, con algunas variaciones en la fecha y en la liturgia, celebran el día de la Epifanía, en que los tres Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, guiados por una estrella, encontraron el pesebre en que María y José cuidaban al recién nacido Niño Dios, a quien ofrendaron con incienso, mirra y oro. Sin embargo, aunque estos detalles están bien expuestos y ordenados en el villancico Tutaina y demás apéndices modernos de la celebración de la Navidad, la Biblia no contiene ni rastro de los nombres, ni la historia de cómo llegaron, ni por qué eran magos, ni por qué eran tres, ni de qué reino eran reyes, ni a dónde se fueron una vez que se fueron. Al parecer, la historia de los Reyes Magos es todo menos bíblica, y se debe en cambio a la misteriosa conjunción de un astrólogo persa, un evangelio apócrifo, un Papa pragmático, un rey codicioso, y una ruma de papiros viejos transcritos a la incierta luz de una vela por cansados copistas a lo largo de cuatro o cinco siglos.


“Adoración a los Magos”, del pintor holandés El Bosco.

La Biblia apenas nos cuenta, en las páginas del Evangelio de Mateo, que algunos magos de Oriente, camino hacia Belén en busca del Mesías, del que sabían que acababa de nacer en algún lugar de Judea, pararon en Jerusalén y se entrevistaron con el rey Herodes para pedirle indicaciones precisas. Herodes, convencido de que eran brujos, les sonrió y los atendió como a sabios, y convencido de que debía deshacerse del Mesías para ahorrarse problemas futuros, les preguntó dónde había nacido, para ir y adorarlo él también. Los Magos quedaron en avisarle una vez lo encontraran, cosa que por suerte no hicieron, porque uno de ellos tuvo un sueño en que un ángel lo previno de confiar en el escurridizo monarca. Después de haberle dado al Niño los tres regalos, entonces, los Magos se marcharon de Belén por una ruta distinta de la que los había traído. Y en este punto Mateo decide cambiar de tema.


“Adoración a los Magos”, obra del pintor renascentista italiano, Sandro Botticelli.

Para Mateo, y para todos los cristianos de la época, la palabra “mago” carece del sentido amplio y vago que le damos hoy, donde lo aplicamos a todo el que sepa hacer aparecer una paloma, desde el mago de pueblo y sus rápidos dedos, hasta David Copperfield y su costosa pirotecnia. Para Mateo y sus vecinos, la palabra, que no estaba desprovista de una fuerte carga negativa, quería decir astrólogo, estudioso de los movimientos celestes, y más en específico, astrólogo de la orden de Zoroastro, filósofo con un trasfondo metafísico responsable del auge de las religiones monoteístas en el antiguo Valle del Indo. Zoroastro era de origen afgano, pero tuvo que fundar su escuela en la floreciente Persia para huir del caos político que reinaba en el Gran Irán del siglo VI a.C. Esto explica la primera de las tantas incógnitas acerca del misterioso trío, porque aunque la estrella guiadora de Belén fue sin duda movida por la mano de Dios, fueron sus conocimientos astrológicos los que les permitieron seguirla a través de medio mundo, tarea no poco fácil. El objetivo de Mateo, entonces, es hacer entender al lector, por vía alegórica, que el nacimiento del Mesías había atraído a los habitantes más relegados y periféricos del mundo, a los que la herejía oriental había seducido del todo. Pero como sus almas habían sido iluminadas por la  bondad infinita de Cristo, no podían regresar por el mismo camino.

La alegoría, hay que admitirlo, es de una elegancia admirable, pero no termina de explicarnos cómo es que esos astrólogos de número indefinido terminaron siendo tres y teniendo reinos y nombres propios. De todas formas, Mateo sí nos cuenta que los regalos presentados al Mesías fueron tres, y el sentido común parecería indicar que para cargar tres regalos en pesados cofres de metal se necesitan tres personas, y además, que llegar al nacimiento del Niño Dios sin regalo, cuando el resto de la visita va cargado de tesoros, es de una mala educación atribuible con dificultad a un sabio de la antigüedad. En efecto, no parece haber mayor explicación que la provista por el siempre fiel sentido común y la sempiterna buena educación, y así es que vemos que los textos de los Padres de la Iglesia del tardío Imperio Romano ponen el tres como si fuera verdad canónica. Poco después, en el siglo V, el pragmático Papa León I el Magno, al ver que no había razón para dudar del número, que además tenía el valor de ser el mismo de la Santísima Trinidad, le puso el sello papal y dio fin a la cuestión. No pensó que podía dejar por fuera de la historia a otros cuantos astrólogos patriarcas que, por esto o por aquello, no alcanzaron a comprar regalo.


“Adoración a los Magos” fue una de las primeras grandes obras del pintor italiano Leonardo da Vinci.

Y esa es la historia de cómo no uno, ni dos, sino nueve sabios del Oriente se quedaron sin puesto en el pesebre. El hecho lo refiere uno de los evangelios apócrifos hallados en el año 45 del siglo pasado en la famosa biblioteca gnóstica copta de Nag Hammadi, en que se relata que los magos eran doce, e iban acompañados de doce mil soldados. El texto se llama el Evangelio Armenio de la Infancia, y permaneció casi dos milenios sepultado bajo los escombros de un templo egipcio, para dicha absoluta de las abuelas de hoy, que se salvaron de tener que comprar doce mil camellitos y despejar la sala entera para ubicar el pesebre. Entre los nombres de los magos, además, hay tres que con mucha imaginación pueden transcribirse al alfabeto latino como Melchor, Gaspar y Baltasar. Sin embargo, con la misma facilidad podrían llegar a convertirse en los nombres que ahora se les da en otras Iglesias cristianas. En la etíope, por ejemplo, se llaman Hor, Basanater y Karsudan, y en la siria se llaman Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph. Estos últimos, de origen persa, parecen ser los más cercanos a los originales, porque, como también confirma el Evangelio de la Infancia, los magos eran de origen persa, aunque representaban tres reinos distintos: el persa, el indio y el árabe.

Aunque este Evangelio estuvo escondido durante la mayor parte de la historia del Cristianismo, sin duda fue leído y copiado en partes por los padres de la época temprana, porque de él derivan no sólo los nombres de los magos sino otro atributo, en apariencia menor, pero de una utilidad insospechada: los reyes venían de los tres reinos más importantes de la región. Es decir, en el siglo I eso era equivalente al mundo entero. Un mapamundi de la época, conocido como el Orbis Terrarum, o círculo de la Tierra, dibujado por Marcus Agrippa para su edición del De Architectura escrita para Julio César, muestra por qué las cuentas parecían correctas. El mundo, entonces, estaba dividido en tres continentes: Asia, África y Europa. En el medio estaba el Mediterráneo y alrededor, bordeando el círculo de la Tierra y delimitando sus confines, el Mare Magnum. De ese modo, si se suponía que los magos habían venido cada uno en representación de un continente, la elegante alegoría de Mateo adquiriría un segundo significado: el mundo entero había reconocido el nacimiento del Mesías de la única Fe verdadera. Así es como Melchor se volvió negro y proveniente de Etiopía, Gaspar se volvió blanco y representante de Europa, y Baltasar se quedó color oliva en representación de los árabes, los persas y los indios, que al fin y al cabo se parecían bastante.

Esta actualizada versión de la historia de los Reyes Magos ya se parece bastante a la que conocemos hoy, a excepción de su condición de reyes de un reino, que hasta entonces no aparecía por ningún lado en los textos del Nuevo Testamento, apócrifos o genuinos. Sin embargo, en uno de los salmos del Antiguo Testamento, en el número LXXI para ser exactos, había consignada una olvidada profecía: “Los reyes de Tarsis y de las islas traerán ofrendas, los reyes árabes ofrecerán tributos. Ante Él todos los reyes se postrarán, lo servirán todas las naciones”. De modo que la Biblia prometía la llegada de unos reyes que nunca llegaron, y los padres de la Iglesia en cambio tenían unos magos que además venían en representación de los tres continentes del mundo. La astucia necesaria para unir una cosa con otra no era demasiada. Así es que algún monje en algún monasterio perdido en un bosque, a la luz incierta de una vela, sacó una tarde su pluma y coronó a los astrólogos de Zoroastro como soberanos de tres reinos ‒por lo demás del todo imaginarios, como el Reino de Europa)‒ y listos los Reyes Magos..

Pero bueno, en realidad el proceso no fue tan sencillo, aunque sin duda en él tuvo parte una escena tan fortuita como la apenas relatada. De todos modos, el hecho de que el tardío Imperio Romano hubiera hecho reyes a los magos no es solamente un intento de hacer concordar las verdades de la Biblia, sino que además tenía una utilidad enorme en un momento en que los territorios olvidados por un Imperio Romano decadente, se poblaba de pequeños feudos y reinados, y en cada reinado un rey. Que los cristianos de Europa recordaran anualmente la llegada de unos magos que además eran reyes, les daba cabida a los soberanos para recordarles que ellos mismos eran, además de reyes, magos. Esta astucia, que puede en principio parecer absurda, es en cambio uno de los fundamentos del desarrollo político de la Europa medieval, y ha sido estudiado a fondo por el fantástico Marc Bloch en un libro titulado justamente Los reyes taumaturgos.


Izquierda: “Adoración de los Magos” del pintor Aunque Rubens, 1624. Derecha: “Adoración a los magos” de Diego Velazquez, 1619. Los dos cuadros se encuentran actualmente expuestos en el Museo del Prado en Madrid.

De modo que sólo ahora la fragmentada y misteriosa historia de los reyes magos viene a empatar con el rápido relato del evangelista Mateo, que, como se podrá recordar, concluye el capítulo diciendo que los reyes, una vez alabado el Niño Dios, tomaron el camino de regreso por una vía distinta de la que los había llevado hasta ahí. Y aunque la intención de Mateo no era la de precisar la ruta de los magos, sino la de urdir una alegoría, resulta que los magos en apariencia sí tomaron una vía alternativa. Esto se sabe porque sus restos fueron encontrados, varios siglos después, en la deslumbrante ciudad de Constantinopla, desde tiempos bajo el dominio bizantino, fiel enemigo de los persas. Los encontró la Santa Elena en un peregrinaje a Tierra Santa, llevándoselos consigo a la basílica de San Eustorgio en Milán, donde aún permanecen. De ahí en adelante varios monarcas europeos se pelearon los despojos de los magos, para llevarlos a sus propias catedrales, pero tales esfuerzos se vieron frustrados una y otra vez. De repente, hacia el siglo XII, como si a los monarcas y arzobispos se les acabara de ocurrir el ardid, los restos empezaron a aparecer por toda Europa. Aparecieron en la Catedral de Colonia, donde aún permanecen. Marco Polo los vio en la ciudad de Saba, al sur de Teherán, donde aún permanecen, y de donde se los robó Federico Barba Roja para llevárselos a Suiza, donde aún, por supuesto, permanecen.

Hoy en día, como las reliquias de tantos otros santos y santas, están regados por el mundo ‒una tibia aquí, un peroné allá‒, los restos multiplicados de esos enigmáticos reyes sin reino y magos sin encantación, que de ser reunidos darían sin duda para armar más de tres cuerpos, e incluso tal vez los de los doce sabios del Oriente originales.