Las voces de un prostíbulo en el Bronx

27 de julio del 2018

Una de las plagas que existía en el Bronx, el que era el sector más peligroso de Bogotá, era el mercado sexual de niñas. Esto ocurría a una cuadra del batallón del Ejército, recinto que actualmente piensan convertir en el Corferias del lugar en el que se cometían atrocidades. Había jóvenes, niñas y adolescentes. Desde […]

Las voces de un prostíbulo en el Bronx

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

Una de las plagas que existía en el Bronx, el que era el sector más peligroso de Bogotá, era el mercado sexual de niñas. Esto ocurría a una cuadra del batallón del Ejército, recinto que actualmente piensan convertir en el Corferias del lugar en el que se cometían atrocidades.

Había jóvenes, niñas y adolescentes. Desde las diez de la noche se abría la pasarela en la que cada día la droga, el alcohol y el sexo eran los protagonistas. Entraban hombres de todo tipo, bien vestidos, mal olientes y hasta en camionetas blindadas. Pero al pasar las horas y bajo la influencia de las sustancias se terminaba atendiendo a todo tipo de clientes.

En algunas ocasiones ellos las llevaban a moteles por fuera del Bronx, pero también se arrendaban habitaciones para ratos.

Aunque ya han pasado dos años después de la intervención que realizó el distrito, el lugar habla por sí solo. Mónica sale por la ventana del segundo piso y nos saluda con amabilidad. Una mujer ‘joven’, maciza pero ya madura, pelo largo negro ya con algunas canas asomándose.

Con una emanación de olor a licor que sale de su boca cuenta que hace días su compañero sentimental está desaparecido. Vivía con él hace cuatro años en lo que era un prostíbulo y ella su administradora.

‘Pilito’, una paloma que más parece un perro que un ave, (porque actúa como tal), no se separó de ella en toda la conversación. Aunque ella le soltara no salía a volar, contó que lo tiene desde que era un pichón y se ha convertido en su compañía, además de los cuatro gatos y una perra que acababa de tener una camada de seis cachorros. El palomo se le asentaba en la cabeza, en los hombros y cuando ya cogió confianza hizo lo mismo con nosotros.

Las paredes hablan

Inició el recorrido. Para llegar al segundo piso había que subir unas escaleras estrechas en las que solo cabía una persona. Todo estaba lleno de basura, lleno de piedras, ruinas que quedaron del día del operativo. El olor fétido que persiste en el lugar no era tan fuerte adentro. No había puertas, pero todo lo que había en los cuartos quedó tal cual.

Tanto así que en la entrada del lugar había un octavo de cartulina pegado en la pared como un aviso parroquial que decía: Después de las 11:30 p.m. se cobra la salida $1.000 pesos. Monica explica: “Si yo estaba durmiendo y salía de mi cuarto a revisar las habitaciones a esa hora y había alguien por ahí todavía, pues cobraba”.

—¿Mónica, qué era este lugar?
—Este edificio que aún queda en pie era una residencia, como hoy en día le dicen hotel, funcionaba como un pago a diario, cosas personales, qué se yo.

Pero, ¿Cómo Mónica llegó a convertirse en la ‘administradora’ de este lugar?

Ella es bogotana antes de llegar al Bronx vivió en el barrio San Cristóbal de Bogotá, a su papá nunca lo conoció y su madre hace cinco años falleció. “Siempre fui muy independiente, y tuve una rebeldía que después uno descubre para qué es”. No terminó el colegio, solo llegó hasta cuarto de secundaria (noveno grado 9°), ni siquiera se acuerda qué año fue eso pero sí de su edad, 45 años.

Cuando decidió abandonar el colegio se puso a trabajar, tenía 16 años. Lo hizo como empleada de servicio en una empresa de noruegos, pero a ella no le gustaba, lo de ella es la chatarrería, negocio que quiere montar.

Después llegó al Bronx, lugar en el que lleva 10 años y aunque no contó detalles dijo una frase que lo explica todo: “Amigo no es el que te dice que fumes un cigarrillo a escondidas, o cualquier otra droga. Pero a mí eso no me sucedió, en un momento determinado probé la marihuana, no me hacía nada y luego probé el bazuco”.

“El vicio no es pecado ni maldición, es una carrera en la vida”, asegura.

Las habitaciones son de 1.60 cm aproximadamente, aún están los colchones en el piso, hay objetos personales y mucha basura. Entre las cosas que se pueden diferenciar de los deshechos, se puede distinguir maquillaje, gorros de lana de niñas, prendas de vestir, muñecas, tacones como de 20 centímetros, en fin.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

Y las paredes hablan… había posters de cantantes, mensajes de amor, desesperación, horarios escolares. Lunes: castellano, ciencias, descanso. Martes: matemáticas, sociales, educación física. Este es uno de los tantos mensajes escritos con marcador en la pared:

Tenías tu guardado

En las maquinas y callada y yo soy el perro el gonorrea sin letras no te quiero mas  nunca en mi vida y dios te vendiga y te alegre el resto de tienpo el decida muchas gracias x todo y gosala pero q quede una cosa bien clara no tengo ni tendre a mas nadie xq con esta experiencia me queda claro q el amor no es ni sera para mi NENA solo jure x lo + sagrado y no me creiste ciudate mucho y acuerdate que hay alguien te amara como yo (corazón) chao reyna y princesa muchos besos. (sic.)  

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

Del día del operativo Mónica recuerda que la autoridad destruyó todo, no hubo tiempo de nada.

Una plaza de destrucción

Así lo describió la mujer que hace diez años vive en el lugar, como ella se describe vieja guardia del cartucho. “Cuando llegué esto era una plaza, no de comida, sino de destrucción. Había mucho daño, sentimental, moral y físico, mucho dolor físico”, aseguró.

Al llegar, habían nuevos residentes, personas que habían salido del cartucho y se instalaron en el Bronx. Ella ya había empezado a consumir y “me refugié en Nacional”, uno de los bares más reconocidos del sector. Al frente del lugar que ahora es su casa.

Una noche Mónica se sentía muy mal, y llegó al motel que luego administraría por tres años, “la prostitución nunca fue mi mundo, porque para mí hacer el amor es un arte, entonces tendría una clientela muy tremenda”, comenta entre risas. Entre los ires y venires empezó a trabajar allí hasta llegar a administrar el lugar.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

De esos días recuerda que llegaban hombres de toda clase, “a una niña la contrataban a 1.000, 2.000 y hasta 3.000 pesos. Es cierto que habían menores de edad”. Confesó que en muchas ocasiones vio cómo los hombres que contrataban los servicios de las mujeres las maltrataban.

Era recurrente que el sonido de los golpes en las paredes la obligaran a ir corriendo a los cuartos para ver qué estaba pasando. Los hombres abrían la puerta y alegaban que habían pagado y por eso tenían el derecho de hacer lo que quisieran.

Una familia peluda

El olor a colada quemada nos obligó a llegar corriendo al lugar, alimento que preparaba para sus nietos, seis perros que hace poco días habían nacido. Mónica abrió las puertas de su casa, y la mamá de los cachorros nos recibió ladrando, su instinto protector.

Su hogar consta de tres cuartos, uno en el que está su cama allí duerme con sus casi 10 animales, además de Pilito. En otro cuarto armó la cocina y los demás están llenos de basura, chatarra, etc. Con la chatarra ha subsistido desde que ocurrió el operativo, por ejemplo los televisores los desarma y vende el cobre. También la ropa que quedó la lava y la vende a las personas que viven en la calle.

Al preguntarle por qué vive allí a pesar de que ese día desalojaron el lugar, asegura que fue obra de Dios, “mi Dios me hizo invisible, fue obra de él”. Y como agradecimiento escribió un mensaje para él:

“Padre celestial gracias por mis sufrimientos, son sabiduría porque he aprendido. Papá Dios está aquí y yo aquí estoy”.

Mónica asegura que el día que deje el lugar lo primero que hará es felicitar a las personas que acabaron con tanto sufrimiento, y prepararse para lo que Dios le tenga preparado.

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