Borrando a Íngrid

Borrando a Íngrid

27 de octubre del 2010

La aguja entró en el hombro izquierdo de Juan Carlos Lecompte, el publicista y ex esposo de Íngrid que recorrió el mundo con un dummie suyo, el mismo que sobrevoló la selva esparciendo fotos de Melanie y Lorenzo, los hijos de Íngrid, y que, enamorado, se hizo tatuar su imagen en el hombro durante un viaje que realizó a Holanda dos meses después del secuestro su esposa, en julio de 2002. Pero la vida cambió y la aguja tiene otro propósito: inyectarle la anestesia en el hombro izquierdo para borrar del todo a Íngrid.

Él no sintió el efecto y durante los sesenta minutos que duró la sesión, Lecompte sintió chispas y estallidos sobre su piel, mientras la imagen de su ex esposa empezaba a desaparecer. Dolor y olor a carne quemada exorcisaron los cúmulos de tinta que estaban en los poros de su piel.

–Me tendrías que pagar diez mil dólares para dejarme tomar una foto de mi brazo –dice Lecompte entre risas–. Ya no pienso mostrarlo más. Ahora tiene una mancha gris.

Y tiene sus razones. Para Lecompte, la Íngrid Betancourt que volvió de la selva es otra muy diferente a la mujer cariñosa y cercana que él dejó de ver cuando ella viajó al Caguán y terminó secuestrada el 23 de febrero de 2002. La que volvió no tuvo para él más que un abrazo frío para saludarlo cuando se bajó del avión en Catam, enviarle dos abogados con la demanda de divorcio a la clínica y a las exequias de su papá. Es la Íngrid que intentó obtener una millonaria indemnización del Estado por su secuestro, hacer de su libro un bestseller mundial y ser una de las personas más odiadas de Colombia.

Ahora se arrepiente de no haber escuchado los consejos de su mamá cuando le recomendó no tatuarse, que en tierra caliente quedaría expuesto y que qué pasaría si su relación con Íngrid no continuaba.

–Ese secuestro me dejó en la ruina –asegura molesto, arrugando la frente con su gesto característico, en la sala de su apartamento, un séptimo piso con vista al Parque El Virrey.

Pero su mayor problema ahora es el tatuaje. Cada sesión de láser cuesta $350.000. Según el doctor José Rafael Reyes, necesitará cuatro, $1’400.000, tres veces más el valor que le pagó al tatuador holandés. Y además del dinero está el dolor físico, que no tiene precio.

El 2 Julio de 2008, el día de la liberación, Lecompte quiso mostrarle el tatuaje a Íngrid, pero ella lo rechazó. Si ella ahora quisiera verlo ya no podría.

–Ese día hablaba, hablaba y hablaba. Nadie más podía hablar, sólo ella –recuerda Lecompte. Es natural: llevaba seis años, cuatro meses y nueve días secuestrada. Lo único que la une a su ex esposo es un documento de conciliación que ella no quiere firmar y que para él significa el boleto de libertad.