Lo que nunca se sabrá

Lo que nunca se sabrá

3 de septiembre del 2011

DICIEMBRE DE 1939

Llevaba por lo menos media hora esperándola.

Ya no lloviznaba pero las calles estaban mojadas, en los árboles se acumulaban gruesas gotas que caían sobre el pavimento y una neblina fría comenzaba a descender sobre la ciudad.

Don Miguel Tamayo procuraba pasar inadvertido entre los transeúntes y los comerciantes que a esa hora cerraban los negocios antes de regresar a la casa. Caminaba lentamente por la acera, iba hasta la esquina formada por la calle Colombia con Cundinamarca, y deshacía el trayecto sin perder de vista la puerta del almacén de artículos de minería y herramientas agrícolas.

Volvió a pensar, como tantas veces en el pasado, que el trabajo en el negocio de Alejandro Correa tenía muy poco que ver con la refinada personalidad de Amanda Arboleda. Sin embargo, mientras estuvieron comprometidos, jamás la oyó pronunciar una palabra de inconformidad con las tareas que desempeñaba eficazmente desde las primeras horas del día hasta las seis de la tarde.

El propio don Alejandro le había comentado alguna vez con simpatía que el título de secretaria era apenas un formulismo porque Amanda se hacía cargo de las tareas de mayor responsabilidad: se comunicaba con las casas productoras en Inglaterra, les cobraba a los clientes, llevaba la contabilidad, manejaba las cuentas en el Banco Alemán Antioqueño y dirigía con autoridad incuestionable no sólo a los muchachos que trabajaban en la bodega, a la señora de la limpieza, sino a él mismo.

Fue preciso esperar otro cuarto de hora antes de verla salir. Faltaba poco para las seis y la noche se precipitaba envuelta en una neblina pesada, que ensombrecía aún más sus pensamientos. Ignoraba si Amanda reconocía que estaba expuesta a un grave peligro. Las fuerzas de la sociedad se volcarían contra ella en unos días, unas semanas a lo sumo.

Finalmente la joven salió, ajustándose una elegante chaqueta de paño marrón. Llevaba colgada del brazo una cartera de cuero, lucía una falda de un tono ligeramente más claro que el de la chaqueta, y sus piernas parecían aún más esbeltas en los altos zapatos. El pelo rojo brilló como una llamarada bajo la luz del farol.

Al verla, don Miguel lamentó con amargura haber perdido la última oportunidad de ser feliz. Una vez más se culpó por haber pensado en los hijos y no en sí mismo, por haber prestado oídos a las palabras de los amigos que recomendaban prudencia, a los parientes que aseguraban que un matrimonio con una mujer joven, hermosa y pobre, era un lance arriesgado.

Notó que Amanda no se había percatado de su presencia. Esperaba de espaldas a la calle a que salieran don Alejandro, que esa semana se ocupaba personalmente de cerrar la puerta, los empleados y la mujer de la limpieza.

El propietario, un hombre magro, de pelo gris y mirada miope, pensó en decirle de una vez lo que debía. Don Miguel lo vio volverse hacia ella, contemplarla con desconfianza, iniciar una frase que en seguida cortó. Amanda se encogió de hombros.

Entonces miró ansiosa en dirección a la calle que venía del parque, como si esperara ver llegar a alguien. Con visible desencanto buscó la hora en el reloj de pulsera, único recuerdo de su padre, y se mordió los labios antes de componer el rostro en una máscara de indiferencia. Con la mano que le quedaba libre se alisó el pelo, un gesto que traicionó la fatiga de un día transcurrido entre facturas y cuentas por cobrar.

Al pasar por su lado la joven se detuvo, y ocultó la sorpresa. Don Miguel no adivinó si su presencia le molestaba, o si se alegraba de verlo.

—Buenas tardes, Miguel.

—Buenas tardes, Amanda. ¿Puedo acompañarla?

—Por supuesto. ¿Qué lo trae por estos lados? —preguntó, y volvió a mirar calle arriba.

Tomás Medina tampoco vendría a buscarla esa tarde. Don Miguel agradeció la buena suerte, o la cobardía del hombre que le permitía conversar con ella durante los veinte minutos que duraba el trayecto hasta la casa.

Amanda llevaba el pelo suelto sobre los hombros, como a él tanto le gustaba. A la luz de los faroles su piel parecía aún más blanca. Contempló con avidez mal disimulada el rostro triangular, el mentón marcado aunque no lo suficiente para endurecerle la expresión, la nariz elegante, la boca de trazo delicado. Un rostro de belleza exquisita, que los círculos de fatiga alrededor de los ojos hacían aún más conmovedor.

—Usted debe adivinarlo, Amanda.

—La verdad, no me imagino. Si es lo que insinúa, no se tome la molestia.

—Quiero conversar seriamente con usted —dijo, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.

Amanda caminaba con tanta prisa que apenas la seguía. Esquivó un carro al cruzar la carrera Bolívar, atravesó el parque y comenzó a subir por las calles residenciales hasta la casa de las mellizas Lalinde, en la calle Perú.

—No es momento de sostener conversaciones serias, ¿no le parece?

Don Miguel se preguntó si Tomás estaría resuelto a abandonarla por la sospecha que recaía sobre ella, y por un instante deseó que fuera así.

—Le pido que me oiga por última vez —suplicó, consciente de rebajarse ante los ojos de la joven, cuando había roto el compromiso con ella hacía más de un año, obligándose a fingir una frialdad contraria al lacerante sentimiento de pérdida que experimentaba.

—La última vez que lo oí, usted dijo que no volveríamos a hablar.

—Entiéndame, por favor, Amanda.

—Por supuesto que lo entiendo. Sus problemas quedaron atrás, gracias a Dios.

Sabía que Beatriz, la hija de trece años de don Miguel, y Justiniano, el hijo de once, la apodaban la Ratona. Se habían mostrado implacables a la hora de separarlos, impulsados por el ciego egoísmo de la niñez, sin detenerse a considerar la soledad a la cual condenaban a ese hombre decente, que desde que enviudó, los había convertido en la única razón de una existencia de entrega; hasta que acarició temporalmente la idea de casarse con ella.

—Mis hijos nada tienen que ver con lo que vengo a decirle —aseguró don Miguel, tomándola del brazo.

Observó que algunos comerciantes parecían querer saludarlos, no tanto por cortesía, como por curiosidad de saber por qué andaban juntos a esa hora, por qué un hombre como él se dejaba ver en la calle con la protagonista de uno de los peores escándalos ocurridos en la ciudad.

—¡No se quede atrás, Miguel! Tengo afán por llegar —dijo Amanda, soltándose de su brazo y saltando con delicadeza un charco en el que se reflejaba la luz del farol encendido sobre la puerta de una casa.

La esperanza de ver a Tomás se desvanecía. Era noche cerrada. El reflejo de la luna que saldría en una hora clareaba las nubes al oriente de la ciudad.

—Conozco lo del testamento, Amanda. Todo Medellín está enterado.

—¡Y cómo no! El testamento se publicó esta mañana, así que muchos lo conocen —respondió, volviéndose para mirarlo, aunque sin dejar de avanzar por la acera, demasiado estrecha para los dos.

Le pareció que el hombre que primero le ofreciera matrimonio, y después la plantara, había envejecido en el último año. Tenía la piel surcada por hondas arrugas desde la altura de la nariz hasta la boca. El aire de continua preocupación se había acentuado, lo mismo que esa manera de caminar con la cabeza echada hacia delante. Llevaba un traje gris y un chaleco de
auténtico paño inglés, que en alguien como Edmundo Rojas luciría impecable, pero que en aquel hombre de corta estatura y mirada mansa, parecía prestado.

—Quiero advertirle que se le avecinan graves problemas. La familia Rojas va a impugnar ese testamento. Edmundo está reuniendo testigos. Yo lo conozco, sé que no se conformará hasta meterla en la cárcel.

—Tratará de condenarme, pero no va a lograrlo. Las cosas se hicieron correctamente. Tengo testigos, pruebas de mi inocencia. Puedo comprobar que no estaba con ella cuando pasó lo que pasó —dijo la joven, preguntándose con angustia si Tomás estaría dispuesto a permanecer a su lado en caso de que surgieran las complicaciones que vaticinaba don Miguel.

Pese a su aparente tranquilidad, estaba preocupada. Conocía la fuerza y terquedad de los enemigos. Con sus influencias, Edmundo Rojas tenía las de ganar, en tanto que ella debía confiar en la rectitud de los jueces, en la validez de las pruebas para quedar limpia de culpa, redimida ante los ojos de la ciudad, ante los de su madre, que a esa hora estaría esperándola inquieta, sin atreverse a seguir soñando con la idea de independizarse de las viejas mellizas Lalinde, donde vivían desde que lo perdieron todo.

Volvió a recordar el rostro de gata de aquella muchacha que apareció días antes en el almacén, acompañada de Isabel, la criada de los Rojas, con la débil disculpa de comprar semillas.

—Harán lo que sea, con el fin de demostrar que las pruebas son nulas —dijo don Miguel—. Tiene que saber a quiénes se enfrenta, Amanda.

—Conozco perfectamente a los Rojas, Miguel. Los conozco mejor que usted.

Edmundo me odia desde la tarde en que, recién llegados de Europa, me vio salir de su casa con mamá. Pero aun así, no logrará lo que se propone.

Don Miguel se preguntó si había oído una nota vacilante en la voz, una duda que se asomaba a las palabras.

—Le repito que todo está en regla —continuó Amanda, abotonándose la chaqueta, como si repentinamente sintiera frío.
—No puede desconocer el poder de los Rojas —insistió don Miguel—. ¡No puede creer que va a ganarles esa pelea, que será a muerte!

—Ellos tendrán que aceptar las cosas tal como son. Le agradezco su interés, pero le aseguro que no tiene por qué preocuparse —respondió, deteniéndose ante la puerta de las Lalinde.

—Amanda, vengo a proponerle algo —dijo, tomándola por los hombros.

Tuvo que contener el impulso de apretarla contra el pecho como la tarde en que se despidió de ella en ese mismo lugar, en vísperas de salir a comprar el ajuar de novios a Nueva York.

Había cometido el error de renunciar a la boda después de llegar cargado de baúles llenos de ropa blanca, vajillas de porcelana, cristalería y cubiertos de plata, claudicando ante los ruegos de Beatriz y Justiniano. A partir de ese momento, no había pasado un día sin lamentarlo. Mil veces pensó en pedirle perdón, en suplicarle de nuevo que se casara con él. Mil veces se contuvo, con el fin de que sus hijos no crecieran al amparo de una mujer que no era su madre.

Desde la hora del almuerzo, cuando oyó comentar lo del testamento, no dejaba de recriminarse. De haber ignorado los caprichos de los hijos, nada de aquello estaría sucediendo. La amistad entre Amanda y Jimena Rojas no habría prosperado. La joven estaría en su casa, bajo su protección. Sería una señora respetable, no una sospechosa mirada con recelo. Ahora su reputación quedaría cubierta por un manto de dudas, aun en el caso de salir absuelta en el juicio que se entablaría.

Los ojos grises, separados bajo las cejas que se elevaban ligeramente hacia las sienes, lo miraron con algo que a él le pareció desprecio. Sabía que al aceptarlo, Amanda había considerado otras ventajas, no sus cualidades, obediente a los deseos de su madre.

Dolía que lo mirara así, de manera tan implacable. No pretendía que lo amara. Muchos consideraban arrogante esa forma de mirar, arrogante y retadora en una muchacha tan pobre. Notó el contraste entre los ojos grises y el pelo que brillaba con destellos cobrizos a la luz del farol. Amanda parecía menor de lo que era, casi una adolescente, con la cintura flexible, las facciones delicadas y esa sonrisa que a veces se asomaba a los labios, provocativa e inocente a la vez.

—Quiero que renuncie a la herencia y se case conmigo —dijo don Miguel, tratando de controlar el temblor en la voz.

Era más alta que él. Le llevaba por lo menos cinco centímetros, aumentados por la altura de los tacones.

—Usted perdió la oportunidad, Miguel. Sabe que voy a casarme con Tomás —respondió, mientras buscaba la llave en la cartera.

—Los Rojas van a destruirla. Cásese conmigo, Amanda. Usted sabe cuánto la quiero. Podemos hacerlo mañana mismo. Todavía tenemos los papeles en regla. Puedo poner algunas de mis propiedades a su nombre o a nombre de su mamá. Así no sentirán que dependen de mí. Haré lo que me pida, pero no siga adelante con ese plan.

—¿Con cuál plan? —preguntó la joven, con la piel de los pómulos enrojecida por un repentino rubor—. ¿Usted cree que tengo un plan, Miguel? ¡Francamente, no lo creía tan mezquino! Aquí sólo hubo un accidente.

—Sé que es inocente, pero eso no es lo que la gente piensa. Cásese conmigo —repitió.

—Ahora soy una mujer rica. No necesito casarme con usted. Perdóneme la franqueza, pero es así. Dentro de unas semanas me casaré con Tomás —aseguró, en tono vehemente—. Si me permite, voy a saludar a mi mamá. Que le vaya bien.

Don Miguel oyó el golpe seco de la puerta al cerrarse, el rítmico sonido de los tacones sobre el embaldosado del pasillo. Se quedó unos minutos frente a la puerta cerrada. Después se alejó con la cabeza inclinada, las manos en los bolsillos del pantalón.

Las mellizas Rosa y Rosalba tenían encendidas todas las luces de la casa, como si se tratara de una ocasión especial. Ahora que las inquilinas estaban a punto de marcharse, no sabían muy bien qué trato darles ni tampoco cómo reaccionar ante la nueva posición de Amanda. Una posición incierta, porque a lo mejor iba a parar a la cárcel, aunque también era posible que recobrara el lugar que ella y su madre habían perdido con la muerte de Ignacio Arboleda.

Esa noche doña Rosa vestía de azul violeta, doña Rosalba de azul pastel. A la hora de mandarse coser un vestido, de pedirle a la peluquera que les pusiera un enjuague color catleya en el pelo, recordaban que eran mellizas. Ambas iban peinadas con pequeños rizos que les caían sobre la frente, llevaban las manos enjoyadas, relucientes zapatos negros de grueso tacón. Lucían el rostro empolvado, los labios pintados y una capa de colorete en las mejillas.

Ambas sonrieron al verla entrar. No era la sonrisa que le regalaban de ordinario, sino un gesto dudoso, teñido de una inocultable curiosidad.
—Buenas noches —dijo Amanda, sin cruzar el marco de la puerta.

Quería saludar a su madre, asegurarle que nada le iba a pasar, cenar temprano e irse a la cama. Tenía asuntos por resolver, decisiones que tomar. No sólo enfrentar a los Rojas, sino fijar la fecha para abandonar de una vez por todas aquella casa donde ella y doña Clemencia habían pasado los últimos doce años de inquilinas, en una pequeña habitación con sólo una ventana al corredor de la mesa de la plancha.

—Llegas un poco tarde. No debes trabajar tanto, mijita. ¿Te gustaría tomarte una copita de vino mientras sirven la comida? —preguntó doña Rosa, señalando la botella de vino dulce, casi un jarabe, que en ocasiones especiales abrían antes de cenar.

Amanda notó que la miraban con otros ojos, como si acabaran de descubrir en ella unas cualidades nunca antes vistas. Volvían a sonreír con una expresión de falsa tranquilidad, aunque era evidente que querían preguntarle sobre el testamento y lo que pensaba hacer al respecto.

Doña Rosalba acarició el brazo de la poltrona, invitándola a sentarse.

—A lo mejor tu mamá nos quiera acompañar. Voy a decirle que llegaste —dijo, tratando de ponerse de pie.

Un procedimiento complicado, acompañado de temblores, jadeos y gemidos, dado el peso que debían soportar sus rodillas.

—No se moleste, doña Rosalba. Voy a ver qué está haciendo —dijo, como si su madre tuviera varias opciones en lugar de esperarla leyendo, o cosiendo alguna prenda para ella—. Llegué tarde porque me encontré con Miguel —añadió, picada por el repentino deseo de azuzar su curiosidad—. Él me acompañó hasta aquí.

—¿Te lo encontraste por casualidad, o te fue a buscar al almacén? —preguntó doña Rosa.

—Me fue a buscar.

—¿Y Tomás? —preguntó doña Rosalba—. No lo vemos desde el domingo.

—Está fuera de la ciudad.

—Pues ojalá regrese pronto. No debe dejarte sola en estos momentos.

Cuéntame, ¿Miguel tenía algo especial que decirte? ¡No le perdono que te hubiera abandonado, cuando tenían hasta el ajuar! Esas cosas no se le hacen a una persona como tú —dijo doña Rosa, estudiando el rostro de Amanda.

La joven las miró antes de responder, diciéndose que ninguna se había manifestado cuando él rompió el compromiso. En ese momento más bien pareció que aprobaban la decisión.

—Quería saludarme —dijo Amanda—. Ah, antes de que se me olvide: les comunico que nos vamos dentro de una semana.

—¿La casa está lista?

—Lo estará en una semana —respondió, pensando que el maestro de obra, tan diligente en un comienzo, tardaba más de lo esperado con los últimos arreglos de la cocina.

—Pero… ¿y los muebles? ¡Si ustedes no tienen nada! —protestó doña Rosalba.

—Tenemos el comedor que me regaló Tomás. Este fin de semana podemos conseguir lo que haga falta.
—Sabes muy bien que nadie te está pidiendo que te vayas de aquí, mijita —dijo doña Rosa.
Sin embargo, al ver la mirada de su hermana, se arrepintió. A pesar del cariño que le tenían, era más prudente que Amanda no figurara como su inquilina.
—Las dejo. Voy a saludar a mamá.

Doña Clemencia la esperaba con una pregunta en los ojos. Estaba enterada de lo del testamento, y quería saber si alguien de la familia Rojas se había puesto en contacto con ella. En su rostro, de belleza prematuramente marchita, se notaba la ansiedad que la consumía. Había pasado la tarde encerrada para no encarar a las mellizas, incapaz de concentrarse en la lectura de una novela que Amanda había pedido prestada, con la ayuda de María Cano, en la Biblioteca Departamental. No podía dejar de barajar las posibilidades que su hija tenía de salir airosa del trance, o bien de terminar en la cárcel.
Al igual que don Miguel, consideraba que Amanda estaría sola, sin amigos, indefensa al momento de enfrentarse en un duelo a muerte con las personas más prestigiosas de la ciudad.

De no ser por el regreso de los Rojas año y medio atrás, y la visita que Amanda y ella les hicieron, la vida habría continuado igual, se decía una y otra vez doña Clemencia.

Ahora, cuando las mellizas la enteraron de lo del testamento, se culpó por haber invitado a su hija a saludar a doña Ernestina, no tanto con la intención de darle la bienvenida, sino movida por la necesidad de saberse todavía parte del mundo del cual las habían arrojado hacía casi trece años, durante los cuales fueron cayendo en el olvido, paulatinamente desterradas de los lugares que frecuentaban antes de la trágica muerte de su marido. Por eso, siempre que se presentaba la oportunidad, buscaba la ilusión de pertenecer, así fuera durante el tiempo de una visita.

Ese sábado caminaron hasta la quinta de los Rojas, en la avenida La Playa, una imponente edificación de dos pisos en la margen derecha de la quebrada. Seis columnas blancas adornaban la fachada. Al lado izquierdo se elevaba una torre cuadrangular que

abarcaba ambas plantas, con un ventanal abovedado en la primera y una puerta vidriera en la segunda, donde quedaba la habitación de doña Ernestina. Al otro lado estaban las habitaciones de los tres hijos, Jimena, Edmundo y Rafael, cada cual con una puerta a la terraza, delimitada con una elegante balaustrada de mampostería.

Doña Clemencia permitió que Amanda tocara la campana de bronce y empujara la puerta de la verja que protegía el antejardín. Recorrió detrás de ella el sendero de gravilla bordeado de bifloras y subió lentamente los cuatro escalones de piedra, preguntándose si el día sería apropiado. Al llegar a la puerta, estaba arrepentida.

Les abrió una joven morena, vestida con un entallado uniforme blanco. Tenía una sonrisa alegre, que ambas pudieron admirar cuando les devolvió el saludo antes de conducirlas a un salón adornado con muebles y cuadros europeos.
Las ventanas estaban cerradas. En el interior reinaba una suave penumbra y se respiraba un aire quieto. En el fondo había un piano de cola, y detrás de éste una puerta de cristales que daba a la salita amoblada con auténticos muebles Luis XV, una alfombra de Aubusson, la araña de veinte brazos y gobelinos franceses, que sólo se abría durante las ocasiones solemnes.

Amanda observó el retrato de cuerpo entero de doña Ernestina pintado por Gabriel Montoya, que dominaba la pared de la amplia escalera de caracol. La pintura mostraba a una mujer alta, de una belleza fuerte, casi masculina. Iba vestida con un traje de gala negro y lucía una gargantilla de diamantes.

Esperaron veinte minutos antes de que ella y Jimena bajaran al salón. Sentada en el borde de una poltrona, doña Clemencia repasaba cada pieza del decorado, se fijaba en los cuadros, en las macetas sembradas de palmas y helechos, en los adornos de las mesas, en la vitrina de cristal abombado llena de porcelanas, un abanico decorado a mano y con filigrana de plata, unos prismáticos de oro.

Ambas mujeres vestían batas caseras de medio luto. A pesar del calor, doña Ernestina se abrigaba con un chal de lana que parecía tejido por ella misma. Jimena calzaba zapatillas planas y no usaba maquillaje. Tenía hondas arrugas en el entrecejo, que acentuaban la expresión huraña de un rostro que podría haber sido bello.

Después de estudiar a la hija, Amanda miró a doña Ernestina. Sabía por las Lalinde que sufría de artritis, de angina de pecho, que le daban mareos y continuos dolores de cabeza. La mala salud, unida a la amenaza de la guerra, según les informó apenas se sentaron a conversar, habían sido las razones por las cuales decidieron cerrar el apartamento en París.

Sin preguntar por ellas, comenzó a relatarles lo que le había dicho a media ciudad: que Edmundo, su hijo, había comprendido la gravedad de la situación el mismo día en que los alemanes anexaron Austria. Aunque Edmundo consideraba que los nazis defenderían a Occidente del avance del comunismo, miraba con inquietud la débil reacción de las potencias europeas ante el expansionismo de Hitler, quien poco después empezó a reclamar los derechos de Alemania sobre una región checa con población alemana. Apenas Francia e Inglaterra concedieron el territorio a cambio de la promesa del Führer de no hacer nuevas demandas, su hijo perdió la esperanza de una paz temprana y compró los pasajes de regreso en un barco de la Hamburg Amerika Linie, que en dieciséis días atravesó el mar desde Hamburgo hasta Barranquilla.

Decía esto con la intención de dejar en claro que Edmundo había sabido tomar medidas a tiempo, cuando otras familias residentes en el exterior pensaban que las potencias europeas resolverían sus diferencias en una mesa de conversaciones.

—Lo que primero trajo fue la plata que teníamos en los bancos —explicó.

Pese a sus simpatías por Alemania, Edmundo no podía arriesgar la tranquilidad de los suyos, en caso de que Hitler incumpliera las promesas y estallara la guerra. No era cosa de andar cometiendo imprudencias, así que por el momento estaban en Medellín. Más adelante se vería si regresaban, o si se quedaban definitivamente en el país.

—Al fin y al cabo, nadie nos está echando de aquí —aclaró, mirando con una sombra de pesar a doña Clemencia.

—A lo que más le temía Edmundo mientras estábamos allá era al cierre de las fronteras —continuó—, además del peligro de navegar por un mar infestado de minas y barcos de guerra. Afortunadamente estamos sanos y salvos.

Doña Clemencia tenía la sensación de haber sido inoportuna. Le parecía que, a pesar de las palabras en apariencia cordiales, su antigua conocida marcaba una perceptible distancia entre las dos. Amanda, en cambio, se veía contenta conversando con Jimena.

La charla pareció animarse aún más cuando se les unió Rafael, el hijo menor. Después de saludar a su madre con un beso en la frente, a su hermana con una palmadita en el hombro, a las visitantes con un apretón de manos, se sentó frente a Amanda sin ocultar que lo hacía para admirarle las piernas.

Doña Clemencia recordó, mirando a Rafael, lo que de él se decía: que había perdido el tiempo en París, agotando hasta el fondo los placeres de la ciudad. A su regreso tampoco parecía inclinado a trabajar, pues demostraba una pasmosa indiferencia por las minas, las fincas ganaderas, las propiedades, las acciones y la trilladora de café que les había dejado en herencia don Ramón Edmundo.

Tantas cosas dependían del dinero, se decía, paseando con nostalgia la mirada por el salón de los Rojas. Trataba de creer que la verdadera riqueza estaba en la vida del espíritu, pero en el fondo anhelaba lo imposible, dar marcha atrás en el tiempo, regresar a los días tranquilos, sin una nube, libres de angustia, del miedo al futuro.

La idea de que algo llegara a sucederle a su hija la sumía en el terror. Si Amanda sufriera una enfermedad, un accidente que la dejara inválida, si perdiera el empleo de secretaria en el almacén de don Alejandro, ambas quedarían reducidas a la más absoluta miseria. Serían tan pobres como el más pobre, iguales a la criada vestida de blanco que ahora les ofrecía una bandeja con humeantes tacitas de café.

Observó la sonrisa que le dirigió Rafael, quien no paraba de contar anécdotas graciosas con el único propósito de hacer reír a Amanda. Vio también la sonrisa que le devolvió la criada, al tiempo que se inclinaba hacia él con la pesada bandeja de plata.

Mientras atendía a la enumeración de los males de doña Ernestina, doña Clemencia también observaba a Jimena. Revelaba más de los treinta y siete años cumplidos. No le quedaban esperanzas de un buen matrimonio, si bien hablaban de un breve compromiso con un médico francés.

—La próxima vez que vengan le pediremos a Jimena que nos toque algo en el piano —dijo doña Ernestina.

—Por supuesto, nos encantaría oírla en otra oportunidad. Me imagino que en París pudo practicar con los mejores maestros —respondió doña Clemencia, tomando la cartera y los guantes.

Trató de acompañar las palabras con una sonrisa, pero no pudo.

—Cómo, ¿se van ya? —preguntó Rafael.

—Se hace tarde. Tenemos que irnos —contestó doña Clemencia, mirando a su hija.

Amanda notó la palidez de su madre, la mirada abatida. Aunque tenía prisa por marcharse, sintió una rabia sorda contra doña Ernestina, pero supo disimular con una sonrisa.

—Me encantaría que volvieras a visitarme —dijo Jimena, dirigiéndose a Amanda, que pareció no oírla.

Estaba pensando en Tomás, el hombre que había conocido días antes, cuando se lo presentó un cliente en el almacén.

La semana anterior la había invitado a cenar, y al despedirse le había prometido que esa tarde pasaría a buscarla. Ella no podía faltar a la cita de la cual sentía que dependía la felicidad.

—La llamo, o paso por su casa para darle un saludito —insistió Jimena adelantándose a Rafael, que caminaba al lado de Amanda.
Al llegar a la verja, después de recorrer en fila india el sendero de gravilla bordeado de bifloras, encontraron a Edmundo.

Doña Clemencia pareció empequeñecerse. Al pasar por su lado lo saludó con un inaudible “buenas tardes”, que él a duras penas respondió. Amanda le hizo una seña con la mano y se alejó con paso vigoroso, llevándose a su madre del brazo.

Edmundo se volvió para verla caminar por la avenida. El brillo de aquella llameante cabellera lo siguió hasta la sala, donde doña Ernestina se quejó de lo agotada que la había dejado la visita.

—La pobre Clemencia no es ni la sombra de lo que era antes de la desgracia —dijo, tomando un sorbito de agua de boldo—. Si no se murió de vergüenza, fue para no dejar abandonada a esa muchacha. Lástima, me parece que es igualita al papá.