El nuevo oficio de los ‘paras’ en La Picota

El nuevo oficio de los ‘paras’ en La Picota

13 de Diciembre del 2011

Manuel de Jesús Pirabán, alias ‘Jorge Pirata’, ex comandante militar del Bloque Centauros, está a la cabeza de la granja más productiva de la cárcel de La Picota. No lleva botas de caucho, ni tierra en las uñas, pero admite que le gusta cultivar. Lleva una chaqueta deportiva marca Columbia, un escapulario de oro y un reloj de marca Tissot. Él asegura que no le gustan las armas, y que por eso compró su libreta militar para no ir al Ejército. Sin embargo, se desmovilizó en 2006 con 3.400 hombres que se apropiaron al menos de 12.000 hectáreas en la zona de los llanos orientales. Además, según la Fiscalía General de la Nación, ha aceptado 420 hechos y confesado 800, entre los que se encuentran la masacre de Caño Jabón, Meta, donde murieron más de veinte campesinos, y el asesinato de María Lucero Henao, una líder comunitaria, y su hijo de 16 años, en el municipio de El Castillo, Meta. Hoy después de haber militado 17 años en las Autodefensas y entregado las armas hace cinco años, recibe de las manos de uno de los trabajadores de la granja un conejo que consiente con una ternura ajena a sus actos del pasado. Lo alza, el animal intenta soltarse, él le habla y lo acaricia. Manuel le pasa la mano por el lomo, segundos después estira la boca, simula un beso y dice ‘Nené’. ‘El Pirata’ no es un capataz convencional.

A las 7:00 a. m., 35 desmovilizados de las autodefensas comienzan las labores de la granja. Es el inicio de una jornada de diez horas laborales fuera del pabellón de Justicia y Paz, tiempo y espacio que para ellos significa media libertad. Estos hombres, ex miembros de los Bloques del Magdalena Medio, Calima, Centauros y Montes de María, trabajan en un terreno de casi una hectárea. Las manos que antes estuvieron en las masacres de Chengue y El Salado, ahora cultivan papa, hierbas medicinales y aromáticas, zanahoria, cebolla y remolacha. Además, se encargan de alimentar a 200 gallinas y recoger los 180 huevos que ponen al día, cuidar y reproducir a los más de 80 marranos, 150 conejos de cinco especies diferentes, que escuchan música todo el día para minimizar el estrés y 150 cuis. Como si se tratara de sus hijos, los alimentan dos veces al día. El lombricero y la carpintería también necesitan de su trabajo. Aunque la inversión inicial para construir la granja no superó los 70 millones de pesos, en la actualidad, puede tener un valor de más de 500 millones de pesos.


En la granja hay 150 conejos de cinco especies diferentes. Los animales escuchan música todo el día para evitar el estrés.

La granja se construyó en abril de 2007, luego de un acuerdo entre los paramilitares, la dirección de La Picota y según los artículos de la Ley de Justicia y Paz, que estipulan la construcción de un proyecto productivo. Fueron cuatro meses de trabajo para su adecuación. Allí trabajaron veinte desmovilizados entre comandantes y mandos medios, quienes sacaron escombros, fertilizaron la tierra con abonos orgánicos y construyeron cinco cabañas de madera para los animales. Así lo convirtieron en un terreno apropiado para que la granja fuera autosostenible.

Desde ese momento ha sido una tierra fértil. Cada vez que se cultiva papa puede sacar entre ochenta y cien bultos. Del fríjol, cebolla, remolacha y zanahoria salen entre veinte y veinticinco bultos, mientras que de espinaca y cilantro salen hasta 400 kilos. En ocasiones, se han visto afectados por el invierno y han perdido cosechas de cebolla. Sin embargo, confían en que el tomate de árbol, el fríjol, la lechuga y el nuevo cultivo de lulo prospere a pesar de los cambios de clima. No toda la producción de la granja es para su consumo, la mayoría es entregada al Inpec para su comercialización. Sin embargo, en ocasiones se quedan con parte de la producción de algunas verduras, hortalizas, huevos, gallinas y carne de cerdo. Los alimentos son para el consumo de los internos del pabellón de Justicia y Paz, son preparados en la cocina independiente que tienen los desmovilizados.


Tienen más de 200 gallinas que a diario ponen entre 160 y 180 huevos.

Los ex paramilitares que trabajan en la granja parecen imitar a los campesinos reales. Todos, menos alias ‘El Pirata’, llevan puestas botas pantaneras, jeans y camiseta, en las que a veces sobresalen relojes Tissot y D’Mario, anillos de oro y sombreros. Uno lleva un cinturón con una chapa brillante, que miden más de ocho centímetros y decorada con dos pistolas.

Al medio día, los trabajadores entran de nuevo al pabellón. Es la hora del almuerzo. Huele a chicharrón. A su paso por la puerta borran sus nombres, escritos en un tablero acrílico, algo que deben hacer cada vez que salen a trabajar. El comedor tiene mesas y sillas de cemento gris y está ubicado al lado de la capilla. Ya se ven los platos organizados cerca de la rejilla que da a la cocina.

En la granja todos trabajan de manera voluntaria. En especial Narciso Fajardo Marroquín, el segundo hombre después del ex comandante del Bloque Cundinamarca; Luis Eduardo Cifuentes alias ‘El águila’, quien según sus compañeros es el que conoce mejor la tierra. Otros comandantes como Úber Bánquez Martínez, alias ‘Juancho Dique’; Luis Eduardo Zuluaga, alias ‘Macguiver’; Walter Ochoa Guisao, alias ‘El Gurre’; José Baldomero Linares, alias ‘Guillermo Torres’, y Ramón Isaza ‘El viejo Isaza’, involucrados en hechos como la masacre de El Salado, el desplazamiento masivo de Mampuján, homicidios selectivos y acostumbrados a tirar sus víctimas a los ríos, el cobro de impuestos a los productores de coca, ganaderos y comerciantes, también dedican sus horas a la granja.


Treinta y cinco desmovilizados trabajan en el proyecto productivo desde las 7: 00 a.m hasta las 5:00 p.m.

Cada uno tiene claro que su trabajo no se convertirá en beneficios ni rebajas de penas, porque hacen parte de un proceso de justicia transicional. Sin embargo, aseguran que tiene otras ganancias, como el aprendizaje sobre las técnicas en los cultivos y el futuro que muchos han visto en el campo.

‘El Pirata’, o ‘Don Manuel’, como le dicen algunos, conoce muy bien la tierra. Comenta, con acento llanero –que evidencia su influencia paramilitar en los departamentos de Meta, Vichada y Casanare, pese a que nació en Cundinamarca–, que en su juventud trabajó en un par de fincas junto a su mamá. Sus labores culminaron en la tierra cuando se vinculó a las Autodefensas, a los 23 años. Además, asegura que dentro del bloque que comandaba tenía una zona de cultivo de 20 hectáreas, con plátano y maíz, ubicadas en las vegas de los ríos de los llanos orientales. Pero no era un trabajo voluntario, sino un castigo por mal comportamiento que podía durar entre cinco y seis meses dentro del cultivo.


Luego de cada jornada de trabajo se reúnen a rezar el rosario. La capilla está decorada con las flores que cultivan y las bancas que elaboraron en la capilla.

A las 5:00 p. m. termina la jornada laboral. Los desmovilizados se reúnen a rezar el rosario en la capilla decorada con los cartuchos, gladiolos y girasoles que uno de ellos cultivó. Los hombres que pertenecieron a las Autodefensas y dejaron casi 300 mil víctimas registradas en el país se acomodan en las bancas de madera que hicieron en la carpintería. Están rodeados de un Cristo crucificado, las estatuas de la sagrada familia y los catorce cuadros que representan el viacrucis que vivió Jesús. Cuando se termine la oración, los trabajadores esperarán al amanecer para tener diez horas más de libertad en la granja de la cárcel La Picota.