Míriam: Los ojos de Jesús Santrich

23 de septiembre del 2016

“No quiero llegar al Congreso”, dice el jefe guerrillero en diálogo con KienyKe.com.

Míriam: Los ojos de Jesús Santrich

– “¿Usted solo toma apuntes y fotos?”, pregunta Jesús Santrich.

– “No. También estoy grabando la voz”, le respondo mientras me seco el sudor de la frente. El calor del medio día en las sabanas del Yarí es insoportable. Él luce fresco; ni se inmuta.

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“Compañero, al menos tómese una cerveza”. Ahora se ríe. Es una risa suave y contagiosa que hace que los guerrilleros que lo rodean suelten carcajadas.

Él sabe que tiene la chispa para hacer reír y después de un apunte gracioso, normalmente bota otro, otro y otro. Es un bombardeo de comentarios que hacen que dialogar con él sea, a pesar de todo, divertido.

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“Guerra de Titanes es mi película preferida (…) aunque hace rato no la veo”, bromea. Santrich perdió la visión, pero no el humor.

Quienes conocen de cerca el desarrollo de los diálogos de paz de La Habana, coinciden en afirmar que Jesús Santrich fue uno de los negociadores más duros por parte de las Farc.

Su baja visión le ha desarrollado otros sentidos. Es paciente para escuchar pero muy agudo para definir la intención real de su interlocutor. “Si usted le dice mentiras a Jesús, él lo descubre (…) el tono de la voz delata al mentiroso”, dice ella, que lo conoce muy de cerca.

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“Por eso cada punto, cada coma, cada letra (del Acuerdo Final) ha sido muy peleada”, dice él en diálogo con KienyKe.com.

Mientras habla de la poesía de Neruda, del vino blanco que le gustaría tomarse luego de besar y bailar con una mujer, y de las más de 300 canciones que compuso con Iván Márquez, ella lo observa muy de cerca.

Pero decir que lo observa es poca cosa, ella, que insisto, lo conoce muy de cerca, casi que lo idolatra. Suspira con cada cosa que dice su jefe. Se llama Míriam Narváez, tiene 23 años. Lleva trece años en las Farc.

Como todos en la guerrilla, dice que entró al grupo porque los paramilitares le mataron algún familiar y como todos en la guerrilla, dice que no empuñó un arma por gusto sino porque el Estado la obligó.

A lo que no la obligaron, dice, y que cumple a cabalidad como si fuera su sueño hecho realidad, es ser los ojos de Jesús Santrich. Míriam está dichosa.

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“Se siente muy lindo saber que en este momento soy los ojos de él. Lo llevo a donde quiere ir para que se sienta feliz. Estar con él es sentir lo que él siete. Sentirlo a él es sentirme a mí misma”, confiesa en diálogo con este medio.

A las tres de la mañana están en pie. En los últimos años Míriam no había leído tanto como en los últimos quince días. “Me tiene estudiando mucho”, dice.

“Nos levantamos, nos cepillamos, vamos al restaurante, nos tomamos un tinto y nos ponemos a estudiar, descansamos otro rato y después de las sesiones conjuntas con los delegados de la guerrilla, nos vamos para la rancha y otra vez nos ponemos a estudiar”.

Para Santrich el estudio ha sido una obsesión. En la Universidad del Atlántico estudió dos carreras: Derecho y Ciencias de la Educación.

Santrich es de esos costeños (nació en Tolú Viejo, departamento de Sucre) que para cada cosa tiene anécdotas.

“¿Sabe por qué me picó el bicho de la revolución?… Eso no fue por generación espontánea. Resulta que mi mamá y mi papá discutían en la cama temas políticos y filosóficos. La formación en el hogar ayudó mucho en la formación de la conciencia” .

Los papás de Jesús Santrich fueron profesores universitarios. “Ambos especialistas en filosofía. Uno en filosofía latinoamericana, otro en teología. Siempre estuvimos muy integrados con eso”, dice.

Si se tiene en cuenta la influencia que Santrich tiene en las Farc, hay que decir que lleva poco tiempo en la guerrilla. Ingresó en 1991. Otros integrantes de la mesa de diálogos entraron al menos en los años 80, incluso antes.

Estando en la Universidad se vinculó en la Juventud Comunista y tras el bombardeo a Casa Verde, decidió irse para la selva.

Míriam define a Santrich como un hombre escencialmente vanidoso.

“Siempre huele bien. Se toma el tiempo para peinarse, echarse perfume y es muy coqueto. Él tiene sus novias”, se ríe.

Es fácil darse cuenta de eso. El guerrillero se pavonea por el campamento guerrillero instalándole su respectivo beso a cada camarada que se le atraviesa. El beso va con un cuento, un piropo o una invitación. “Esta noche vamos al concierto”, le dice al oído a una. No sé qué más le dijo, lo cierto es que la receptora del mensaje no paró de reírse. Hasta roja se puso.

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En poco tiempo Míriam aprendió a identificar cuando su jefe está de mal humor. Y sabe perfectamente cómo calmarlo.

“Cuando está de mal genio se pone rojo, se le arruga la frente, yo le toco la frente y le digo: ‘vamos a pasear’…. Él me dice: ‘Bueno mija’; hablamos por el camino y se le va pasando. No es grosero, es muy respetuoso”.

En esta entrevista solo se le salió una grosería. Fue cuando le pregunté si quiere ser congresista.

“No. Esa mierda no. Prefiero estar componiendo canciones, pintando, tocando el saxo. Eso sí, voy a seguir trabajando para los colombianos, para que tengan un país más justo, menos desigual”.

Esta tarde Santrich tiene lentes de sol con el marco café, ayer tenía unas gafas rojas, mañana puede que se ponga las negras. Tiene cuatro pares. Sin embargo, Santrich dice que “nunca me voy a hacer el de las gafas”, pese al optimismo generalizado, sigue expresando sus dudas con relación al Acuerdo Final.

“Hay factores que te llevan a dudar. Tenemos optimismo, tenemos fe si se quiere, pero cuando a ti te dicen que no se quiere comprometer más de un punto del PIB en la implantación de los acuerdos y no hay recursos, pues difícilmente va a haber reforma rural integral, difícilmente va a conectividad para esas zonas apartadas, va a haber escuelas o sustitución de cultivos. Se requieren recursos que el gobierno dice no tener”.

Agrega: “Hace falta que en la etapa de implementación el gobierno se decida a comprometer al menos cuatro puntos del PIB durante unos diez años. La mayoría de los aspectos que están acordados son deberes atrasados del Estado, no es una dádiva a la insurgencia como lo quieren hacer ver algunos sectores de extrema derecha”, dice.

Antes de despedirse me aprieta la mano y sin soltármela hace una recomendación.

“La prensa tiene que contribuir a no avivar los odios, crear un ambiente de concordia y fraternidad”.

Por: Joseph Casañas.

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