Los ‘piques’ que sí son legales

27 de agosto del 2019

Un pasatiempo que hoy tiene millones de seguidores en todo el mundo.

Los ‘piques’ que sí son legales

Todo comenzó como una broma. En 1898, en el Madison Square Garden, Nikola Tesla le hizo creer a todos los espectadores que podían controlar un pequeño bote no tripulado.

El juguete parecía obedecer las órdenes de la audiencia, pero en realidad era manejado por Tesla, quien enviaba frecuencias al sistema eléctrico interno por control remoto.

Esta fue la primera vez que se usó por diversión la técnica de radiocontrol para mover un objeto a distancia de manera inalámbrica.

Así inició un pasatiempo que hoy tiene millones de seguidores en todo el mundo, en donde compiten drones, tractomulas, aviones, botes, helicópteros y, por supuesto, carros manejados a control remoto.

En Colombia hay miles de aficionados del radiocontrol, o RC, los cuales se reúnen en pequeños grupos casi desconocidos. Autodemencia es uno de los más grandes del país y fue fundado por Diego Rodríguez, quien por medio de redes sociales ha construido una comunidad de personas obsesionadas con estos carritos.

“Una vez estaba jugando con mi hermano y él me preguntó qué quería ser cuando grande y yo le di una respuesta que se me quedó grabada hasta hoy: «Quiero hacer juguetes para hacer feliz a la gente»”, asegura Rodríguez.

Unos años atrás cayó en la quiebra y decidió comprar unos carros a control remoto con el poco dinero que le quedaba. Así inició todo: empezó a contactar gente por redes sociales para venderles repuestos y a organizar competencias en parques de la ciudad.

Rodríguez encontró un sustento y una estabilidad económica con su tienda y club de aficionados, y bajo su coordinación todos los viernes se reúne un grupo de cerca de cien personas en una cancha de baloncesto en el barrio Rafael Núñez para competir.

Los miércoles en la noche llevan los camperos a la Quebrada La Vieja, y los domingos cada 15 días van a lugares como el Nevado del Ruíz, Villa de Leyva, Anapoima, Tocancipá y La Calera. Este año quieren ir hasta Machu Pichu, en Perú, para probar las camionetas todoterreno.

Los vehículos profesionales de control remoto se clasifican de diversas maneras: por tipo de motor (ya sean eléctricos o de combustión, también llamados «nitro»); por escala, es decir, el tamaño con respecto a un carro real (los más populares son 1:8 y 1:10), por tracción de las llantas (hay 4×2 y 4×4) y por categorías de terreno: de pista, «on-road», y todoterreno, «off-road».

Dentro de estas hay varias subcategorías que definen los tipos de carro y las competencias: «monster» (carros con llantas grandes), «drifting» (carros especiales para derrapar), «crawling» (camionetas todo terreno), «short course» (carros de carreras cortas para cualquier tipo de terreno), «minis» (carros miniatura), «bashers» (carros diseñados para chocar), «buggies» (carros todoterreno muy veloces) y «touring» (carros de carreras para asfalto).

Estos se manejan con un mando a distancia que tiene forma de pistola y se sujeta con la mano izquierda. Para acelerar hay que oprimir un gatillo y para frenar o retroceder, alejarlo. La dirección se maneja con la mano derecha, girando una pequeña rueda que está al costado derecho del control. Un buen piloto puede alcanzar de 70 a 80 km/hr en pocos segundos.

“Yo tengo como 20 carros, empecé con un «nitro» y me encanta. Desde pequeño tenía carros de control remoto y llevo tres años con carritos profesionales”, asegura Fabio Barrera, de 41 años, quien dice que para empezar solo hace falta tener ganas…Ganas y dinero.

Un buen carro no baja del millón de pesos, pero a medida que se configura a los gustos del piloto este precio puede alcanzar los cuatro u ocho millones; una tractomula puede costar más del triple de este valor. “Lo más extravagante que he visto es un señor de Villavicencio que convirtió la sala y el garaje de su casa en un diorama, con puentes, rocas y montañas, para poner a prueba sus carros”, afirma Rodríguez.

Casi todos los asistentes aseguran que la afición por los carritos nació de una misma frustración: de pequeños siempre quisieron tener un carro a control remoto y sus papás no se los compraron: “Yo pienso que uno nunca deja de ser niño, la mayoría acá somos grandes y tenemos hijos, pero al venir salimos de la rutina de la semana. Uno espera el día de la carrera para desestresarse; es como una medicina”, asegura Barrera.

En el grupo hay abogados, magistrados, ingenieros, policías, diseñadores, celadores, conductores de taxi, mensajeros, estudiantes. “Acá participan personas desde los 6 hasta niños de 80 años”, dice entre risas el director de Autodemencia.

Uno de esos “niños” es Jorge Navarro, de 70 años, a quien le fascina manejar su camioneta y está aprendiendo a correr los carros de carreras: “Es un hobby para toda la familia.

La gente de este grupo es muy buena, todos están pendientes de mí y me cuidan mucho porque soy como el abuelito. Eso nos ha hecho más amigos”.

Cada semana se unen al grupo nuevas personas, como Andrés Aristizábal, quien viene por primera vez a este parque: “Yo arranqué cuando tenía 15 años, en 1991. He corrido en pistas de Estados Unidos, México y Venezuela. Vine porque escuché del grupo y quería ver cómo corren”.

También está Juliana Chaparro, de 13 años, quien acompaña a su papá en el pasatiempo y a quien le fascina competir: “Lo más difícil son las curvas y el tipo de suelo: si es muy liso el carro se puede volcar muy fácil”. Junto a ella está Karen Ducón, de 17, quien sale del colegio los viernes para ir a correr: “Se siente chévere ser diferente porque no solo es un hobby de hombres, también nosotras participamos”.

El grupo, además, tiene una razón social y dona regalos cada tanto a los niños más necesitados para Halloween o Navidad: “Hemos ido a fundaciones y hacemos espectáculos.

Por ejemplo, hace tres años fuimos a una comunidad de indígenas embera y los niños estaban fascinados con los carritos”, asegura Rodríguez.

Muchos vecinos se acercan a ver la pista de obstáculos diseñada para camionetas 4×4 y admiran la pericia de los conductores.

Rodríguez cuenta hasta tres y los carros empiezan a girar en la pista a toda velocidad: “Falta apoyo y faltan espacios, tenemos inconvenientes con la gente que vive cerca a los sitios donde corremos, a veces hacemos ruido porque nos emocionamos y eso puede ser molesto para algunas personas”, asegura Nelson Rubio, quien desde hace tres años se ha convertido en un experto en configurar los carritos de los participantes.

Hace poco el grupo tuvo que mudarse de escenario, luego de que Rodríguez fuera arrestado por organizar estas carreras en un espacio público: “Lastimosamente, generar felicidad incomoda a muchas personas. Los motores de combustión hacen ruido y a veces la gente quiere usar la cancha y discuten por eso”.

Es medianoche y los aficionados recogen sus carros. Hay quienes revisan con la luz de una linterna su carro y otros siguen practicando en la pista desocupada. “Lo que queremos es que más gente se integre.

Cualquier persona puede entrar a este pasatiempo. Todos fuimos niños, o más bien, todos somos niños”, dice Rodríguez.

Poco a poco el parque se queda solo. Rodríguez recoge la pista de obstáculos para camionetas y la pista de carreras.

Los aficionados se van, intentando esquivar el frío, con miras en la próxima carrera, en la que tendrán su carrito a un nivel más competitivo. Rodríguez se despide de su “familia”, como llama a sus amigos y clientes, mientras se ríen a carcajadas recordando lo que pasó en la pista. Y todo termina como comenzó, como una broma.

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