Los sacerdotes que luchan contra la discriminación

30 de agosto del 2018

En la década del 60, el sacerdote Carlos Mugica comenzó su labor comunitaria en el barrio de emergencia más grande de la Ciudad de Buenos Aires, llamado Villa 31. Allí fundó la parroquia Cristo Obrero, siendo pionero del movimiento de sacerdotes comprometidos con la integración de las villas de emergencia, quienes más tarde serían popularmente […]

Los sacerdotes que luchan contra la discriminación

Agencia Anadolu Emiliano Limia

En la década del 60, el sacerdote Carlos Mugica comenzó su labor comunitaria en el barrio de emergencia más grande de la Ciudad de Buenos Aires, llamado Villa 31. Allí fundó la parroquia Cristo Obrero, siendo pionero del movimiento de sacerdotes comprometidos con la integración de las villas de emergencia, quienes más tarde serían popularmente conocidos como curas villeros.

Los curas villeros son reconocidos por su trabajo, que para muchos es de un valor social incuantificable. En general se destacan sus esfuerzos al interior de las villas por la recuperación de adictos a las drogas, así como por la lucha por concientizar a la sociedad sobre la no criminalización del adicto y por la no discriminación de los pobres, entre otros.

En este sentido, buscan el progreso en las condiciones generales de salud, vivienda, educación y trabajo, y la integración de los habitantes de estos barrios, que han transformado lo que era un basural -un lugar abandonado por el Estado y por la sociedad en general- en un lugar habitable.

La Agencia Anadolu visitó uno de estos barrios de emergencia, más precisamente la Villa 21-24 de la Ciudad de Buenos Aires, y habló con el sacerdote Lorenzo de Vedia, más conocido como “Padre Toto”.

“Nosotros estamos para acompañar a la gente. El padre Mugica armó las bases de lo que estamos traccionado aún hoy. Hace 50 años fundó el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, lo que hoy se conoce como curas villeros, que es básicamente la presencia de la Iglesia en las villas”, afirma el sacerdote.

El Padre Toto fue declarado “ciudadano ilustre” por la legislatura porteña, dada su labor religiosa en la villa 21-24. Llegó allí en el año 2011, de la mano del otrora cardenal porteño Jorge Mario Bergoglio, hoy reconocido mundialmente como el papa Francisco.

Desde ese año se encuentra a cargo de la parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé, desde donde realiza un trabajo comunitario que promueve la integración urbana y social de los vecinos de la villa al resto de la ciudad.

Los prejuicios y la integración

“En este tipo de barrios existe el prejuicio de los que solo ven delincuencia, drogas y violencia. La discriminación, la idea de que las villas son un aguantadero de delincuentes, es algo que afecta la vida de la gente y su posibilidad de insertarse en la sociedad”, sostiene.

Otra de las ideas muy arraigadas dentro de la sociedad tiene que ver con que quien vive en las villas no trabaja y vive de las asistencias sociales que otorga el Estado.

Con respecto a esto, el sacerdote manifiesta que “los planes sociales si bien no alcanzan a veces son necesarios, pero deben ser parte de un camino que ayude a crecer a la gente. La gente de la villa busca trabajo, no busca planes. Ese es un prejuicio que se genera, y a la hora de buscar trabajo, entre una persona que vive en la villa y una persona que vive en otro lado, prefieren a la de otro lado”.

De Vedia se queja de que “no se habla de la gente que va a trabajar, de los chicos que van a estudiar ni de los miles de casos positivos como las mujeres que son madres no solo de sus hijos sino de todos los chicos del pasillo en el que viven”.

En el 2014, el Padre Toto fue designado como capellán del Movimiento de Trabajadores Excluidos y de los Trabajadores Cartoneros. “Busco ser fiel al pueblo, ser parte de él. Acá en la villa tengo un pacto de vida con la gente. Los curas villeros lo que queremos es acompañar a estos barrios obreros y devolver la dignidad a sus vecinos, queremos fortalecerlos”, asegura.

“El Estado aún no ha logrado dar una respuesta integral ni eficiente para los habitantes del lugar. Hay muchos habitantes que no tienen reconocidos sus derechos, y es necesario que haya una sociedad más justa y solidaria”, sostiene.

Considera, además, que el intento por integrar a los chicos que viven en este tipo de asentamientos con el resto de la ciudad debería ser una política de Estado, y agrega que el trabajo de los curas villeros necesita ser revalorizado y recibir más apoyo.

La asistencia social y estatal

“En el último tiempo se nota una mejor intención, se agranda la asistencia del gobierno. El problema es que en el diseño de las políticas públicas todavía se ve con lejanía a las villas. Si bien el Estado está mucho más presente que hace 15 años, todavía hay muchos desafíos en los que trabajar”, asegura.

Uno de los puntos más sensibles en materia educativa son las vacantes en escuelas, sobre todo en nivel inicial y jardines maternales: “Vemos que hay esfuerzos por mejorar la situación de la educación. Tanto a nivel nacional como en la ciudad se está apoyando la creación de escuelas, muchas veces por iniciativa de la Iglesia, aunque sabemos que esto todavía no alcanza”.

En cuanto a este tema, el Padre Toto comenta que a veces se consiguen vacantes en otros lugares, pero si la escuela queda muy lejos la gente de la villa no puede ir, y así se retrasa la escolaridad de los chicos.

“La mayoría de la gente trata de darle a sus hijos una buena educación para que después tengan un pasar económico mejor que el de ellos. Sueñan con salir de la pobreza, transformar a la villa, mejorarla, porque es un barrio obrero que tiene pobreza estructural”, cuenta De Vedia.

De todas maneras, el sacerdote afirma que hay un respaldo muy fuerte de la Iglesia hacia el trabajo que hacen con la gente: “Los protagonistas son los mismos habitantes de la villa. Veo buenas intenciones en dar pasos, pero siempre está el riesgo de quedarse en el maquillaje, hacer algo para mostrar que se hace algo, pero sin involucrarse con la gente”.

Este punto es una de las principales preocupaciones que tiene el Padre Toto: “Hay muchos valores para aportar a la sociedad. El objetivo no tiene que ser iluminar la villa y nada más. No sirve hacer una urbanización en tiempo récord. Eso es arreglar la infraestructura, pero si no se trabaja socialmente con la gente, no se resuelven los problemas”.

Los valores de los más humildes

El sacerdote destaca que en las villas “hay valores que no se ven en otros sectores sociales, como la solidaridad natural, la religiosidad popular, la religión como fuente de transformación de la realidad. De las villas generalmente trasciende lo que hace ruido, pero estas cosas también es importante tenerlas en cuenta”.

En un contexto en el que el país atraviesa un momento socio-económico complicado, el Padre Todo resalta que en la villa hay muchas iniciativas de vecinos que arman comedores: “Estamos viviendo un momento social muy duro. Lógicamente hay gente que viene a pedir ayuda y afortunadamente la solidaridad se ve todos los días”.

Además, enfatiza que las peronas que llegan a vivir en la villa buscan progresar, ya que “nadie viene a vivir a un lugar que era un basural para construirse una casa. Vienen de un lugar peor y vienen a seguir creciendo. Su expectativa es conseguir un trabajo digno que les permita salir adelante”, asegura.

Finalmente, admite que su función no tiene horarios: “La gente que viene acá son los más pobres. Es importante guiarlos, no hacerles las cosas sino enseñarles para que aprendan a hacer. Eso va más allá del compromiso que uno pueda tener con Dios y con la Iglesia por ser sacerdote. Tiene que ver con un compromiso social con los más necesitados”.

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