Lucho Bermúdez: “Creo que nací con la flauta en las manos”

Lucho Bermúdez: “Creo que nací con la flauta en las manos”

8 de noviembre del 2014

Ni siquiera el impacto emotivo que me produjo pasar por la loma de La Venera, donde murió en un accidente el cantante y guacharaquero Eduardo Lora, ni la congestión del tráfico de la carretera que de Cartagena conduce a Sincelejo, fue capaz de distraer mi mente orientada en esos momentos en conocer todo lo concerniente al Carmen de Bolívar y su música, la tierra de Lucho Bermúdez, famoso clarinetista que inmortalizó a su pueblo con la genialidad de sus creaciones e interpretaciones musicales.  Internacionalizó ritmos como la cumbia, el porro, el vallenato, el bolero. Además fue pionero en escribir en partituras la música que interpretaban las bandas de los pueblos costeños.

En muchas oportunidades me contaron sobre el accidente que le ocasionó la muerte a Eduardo Lora, al volcarse un Jeep Willys modelo 1953, descapotado, conducido por el sargento Vásquez del Ejercito Nacional, cuando parrandeaban con el acordeonero del Carmen, Héctor Romero. El acordeonero y conocedor de gaitas de San Jacinto, Andres Landero, plasmó esa infausta desaparición en el paseo “La muerte de Eduardo Lora”.

Ese triste episodio, me impresionó y gestó en mí un vínculo imaginario con esas tierras donde los agradables vientos alisios, motivan las reuniones de los músicos de la región, avalados por la vena musical de sus antepasados, los indios zenues, quienes además caracterizaron por su laboriosidad en la agricultura, las artes y los tejidos.

“Eso nadie lo creía/la muerte de ese muchacho

recuerdo que me decía/sabroso es morir borracho”

Gracias a la topografía divisé a lo lejos El Carmen de Bolívar, situada a 114 kms de Cartagena, en el corazón de los Montes de María, una subregión geográfica y cultural del Caribe colombiano, epicentro de las cumbias o gaitas melancólicas indígenas que se interpretan con un instrumento colectivo compuesto por dos flautas largas: el soporte rítmico lo da la gaita macho y la hembra sustenta la base melódica. Las gaitas fueron inicialmente instrumentales, pero gracias a la genialidad de Silvestre Manuel Julio, de María la Baja (Bolívar), Teófilo Mendoza de San Jacinto y Tońo Fernández, creador de Los Gaiteros de San Jacinto, le agregaron texto y le incorporaron la voz. Sin una denominación específica. Un son de gaita podría ser un porro, una gaita, una puya o una gaita atravesada de donde nace el merengue sabanero, según Adolfo Pacheco, historiador y compositor de La Hamaca Grande y el Viejo Miguel.

La actividad  económica del Carmen de Bolívar es basada en la agrícola y la ganadera, con larga experiencia en el cultivo y procesamiento del tabaco. Sus recursos naturales y la diversidad cultural es admirable. En el centro de la población se congregan sus habitantes y forasteros para darle gracias a la Virgen de Nuestra Señora del Carmen por los milagros recibidos, y los grupos folclóricos realizan constantemente encuentros de música y danzas acompañados de las gaitas

Allí en El Carmen nació el 25 de enero de 1912 Luis Eduardo Bermúdez Acosta. Su padre, Luis Eduardo Bermúdez Pareja, fue matemático, poeta, escritor, político y rector de la Universidad de Cartagena. Su madre, Isabel Acosta Montes, era descendiente de una familia de músicos de la región. Al morir su padre cuando tenía dos años, su abuela materna doña Concepción Montes, dedicada al oficio de costurera, se hizo cargo de su crianza.

Lucho-Bermudez

El maestro Lucho Bermúdez condecorado por el presidente César Gaviria

“Mi padre fue un político. Luchó por Rafael Uribe Uribe y llegó a ser secretario del Directorio Nacional Liberal. Cuando murió yo solo tenía dos años y es por eso que no guardo recuerdos de él. Crecí en un ambiente pobre, pues la muerte de papá nos dejó prácticamente quebrados. La casa era pequeña, incrustada en una esquina polvorienta”, así se refirió Lucho a su padre.

Desde sus primeros años tuvo contacto con la música, la banda del pueblo estaba presente en todos los eventos y era dirigida por su tío abuelo José María Montes, músico de profesión, quien le tomó cariño y lo enseñó a tocar el flautín, una flauta con sonido más agudo y penetrante que la flauta ordinaria.

Su tío, al darse cuenta del talento musical y la disposición que tenía Lucho al tocar el flautín, se consagró a orientarlo y lo integró a la banda. Este ambiente propicio para sus inquietudes generó en él un amor inmenso hacia la música. Por eso a la edad de cinco años, como él mismo lo afirma, “estaba en capacidad de tocar cualquier instrumento y empecé a escribir los primeros versos. No puedo decir en qué momento comencé a ser músico, creo que nací con la flauta en las manos.”

Doña Concepción trasladó su residencia a Aracataca y se llevó a su nieto. Ella vivió con su hijo Jorge Rafael Acosta, músico también, con quien Lucho aprendió a tocar otros instrumentos de viento e integró a Lucho a la banda del pueblo. Posteriormente se fueron a Santa Marta donde logró que Lucho ingresara a estudiar en el Liceo Celedón e hiciera parte de varias bandas de música. Gracias a su talento, a sus conocimientos musicales y a la destreza que mostró con el flautín, en una visita que realizó al Batallon Córdova de Santa Marta el Presidente de Colombia Miguel Abadía Méndez, fue aceptado en la banda Militar cuando solo tenía 14 años de edad. La dirección de los maestros que dirigían la banda militar fue muy importante para el. Logró consolidar conocimientos dispersos y aprendió a tocar otros instrumentos como el bombardino, el trombón y el clarinete.

Como la banda militar fue clausurada, Lucho se retiró en su segundo año de bachillerato del Liceo y se dedicó de lleno a lo que le gustaba, por eso ingresó a la academia de música del profesor Guillermo Rico, caracterizada por el énfasis en el piano, la armonía y la composición. Inicialmente compuso bambucos, torbellinos, pasillos etc. “A pesar de no conocer el interior del país, componía música de allá. Los ritmos costeños no afloraban. Había una serie de sonidos dispersos, de percusión, sin cohesión. Esas eran nuestras cumbias y porros. Esto lo inicié espontáneamente. Lo primero que compuse fue un valse, ‘Madre mía’, que ya no recuerdo porque no lo escribí.”

Posteriormente inició un periplo musical extenso y fructífero por  Chiriguana, en El banco, Aracataca y Mompox en el que fue capaz de dirigir, enseñar, componer y escribir. A los 19 años llegó a Cartagena como arreglista de la banda departamental y la banda de la base naval. Allí vivió varios años en compañía de su primera esposa Leda Montes y participó en la Orquesta A No. 1 del maestro José Pianeta Pitalúa, una de las pioneras del formato Jazz Band, cuyo iniciador fue el clarinetista y director de orquesta estadounidense de jazz, Benny Goodman. En 1936 fue director musical de la orquesta de la Emisora Fuentes, participando de las primeras grabaciones de música costeña que se realizaron en la Ciudad Heroica

Fundó la Orquesta del Caribe y realizó su primera grabación con temas como Marbella, Cartagenerita, Joselito Carnaval y Borrachera. En 1944, Lucho Bermúdez ya con grandes conocimientos y experiencia viajó a Bogotá con su orquesta para presentarse en el Club Metropolitan con un valioso repertorio de porros, gaitas y cumbias, pero con una nueva dimensión musical, buscando con sus arreglos una percepción diferente en los grandes salones de baile del interior del país. Allí vivió con su esposa Leda y su hijo, quienes se regresaron al poco tiempo a Cartagena. Al culminar el contrato los músico hicieron lo mismo, pero Lucho se quedó y comenzó a trabajar con varias emisoras.

En los estudios de la Radio Nacional de Colombia, por intermedio de su amigo el triplista y conocedor del piano Emilio Murillo, conoció a Matilde Díaz quien con su hermana Elvira crearon un dúo para cantar pasillos y bambucos. Matilde nació en Icononzo (Tolima) el 29 de noviembre de 1924 donde transcurrió su niñez. “Cuando el maestro Emilio Murillo vio la facilidad que mi hermana y yo teníamos para cantar, nos empezó a enseñar sus canciones. Nos llevaba a la Radio Nacional, interrumpía cualquier concierto que estuvieran transmitiendo, se colocaba al piano y nos hacía cantar en vivo”. Ella en 1943, a los 18 años contrajo matrimonio con el periodista Alberto Figueroa Navarro, un locutor de una emisora en Bogotá, cuya unión duró muy poco tiempo.

Posteriormente Lucho fue invitado por el Hotel Granada para dirigir la orquesta de planta y contrató a Matilde Díaz como cantante. De inmediato, sus arreglos, el clarinete y con esa preciosa voz de Matilde, que embrujaba al público, lograron colmar de alegrías los grandes salones y se convirtieron en una exitosa pareja musical con quienes todos querían disfrutar. Con ella se consolidó la orquesta, su canto le dio identidad propia a los arreglos musicales de Lucho. Como lo expresó Rafael Escalona: “La música costeña dejó de ser desconocida. El porro llegó con Lucho y Matilde a los grandes salones de Bogotá, Medellín, Ibagué, Cali, etc. A mí me tocó seguir sus pasos con el vallenato”.

Por invitación que le hizo RCA Víctor, el maestro viajó con Matilde a Buenos Aires, para grabar su música con la colaboración de músicos extranjeros. El 30 de septiembre de 1946 Lucho, de 34 años, y Matilde de 22, decidieron casarse civilmente en Buenos Aires donde estuvieron trabajando ocho meses.

Bermúdez regresó a Bogotá contratado por el Hotel Granada, posteriormente se trasladó a Medellín donde vivió 15 años trabajando en La Voz de Antioquia, el Hotel Nutibara y los clubes sociales destacados de la ciudad. Invitado por Ernesto Lecuona, viajó a Cuba con Matilde, se presentó en el “Tropicana ” y conoció las intimidades del son,  fundamento de la música latina, según los investigadores de la música popular. Este ritmo que es considerado como una fusión de las tradiciones musicales africanas y las tradiciones musicales españolas, facilitó el torbellino de su creatividad musical. De paso estuvo en México y finalizando esa correría de conocimientos, contactos y éxitos, regresó a Bogotá contratado por el Hotel Tequendama y el Grill Candilejas, del cual era socio, donde hacía una presentación musical diaria denominada  “El show de Lucho Bermúdez.”

El aporte de Lucho Bermúdez a la cultura musical colombiana es inigualable. Transformó la música de su región, la transformó con la influencia del jazz, convirtiéndola en un ritmo que traspasó fronteras. Compuso más de 1.000 canciones: porros, cumbias, tangos, mambos, gaitas, merengues, pasillos etc. Musicalmente todo lo dijo con sus arreglos y con las melodías de su instrumento preferido, el clarinete. Fue indiscutiblemente un genio con este instrumento. A sus colegas que no tenían los elementales conocimientos para escribir sus canciones, los apoyaba permanentemente, como siempre lo expresó el legendario compositor José Benito Barros, autor de La Piragua.

El 23 de abril de 1994  falleció en Bogota dejando una huella indeleble en el sentimiento de todos los colombianos

Las rosas rojas

La afinidad musical de Lucho y Matilde sorprendía. Ella ingresó como cantante de la orquesta que dirigía Lucho a través de un concurso de talento en 1944, con la canción “Veneno de los hombres”, que nunca fue grabada.  Gracias a su carisma y a su voz, dio a conocer hermosas obras como ‘San Fernando’, canción alusiva al Club San Fernando de Cali, una tierra que siempre llevó presente, ‘Salsipuedes’, ‘Carmen de Bolívar’, ‘Prende la vela’, ‘Borrachera’, ‘Danza negra’, etcétera. El auge musical logrado por la orquesta producto de la genialidad de Lucho y la facilidad de trasmitir de Matilde, trajo también funestas consecuencias a la relación de la pareja. El matrimonio se fue deteriorando después de algunos años. El maestro, luego de sus presentaciones en los clubes nocturnos, organizaba con sus grandes amigos unas francachelas sin recato alguno, Matilde, mujer de carácter, hogareña y dedicada a su hija Gloria María, se iba a su residencia molesta y cansada de esperar un cambio de actitud de él. Por esta circunstancia llegó la desconfianza, la decepción, y el amor, que es alegría y admiración, se extinguió. Esta triste realidad llevó a Matilde a separarse de Lucho en 1963.

Matilde no imaginó que el amor llegaría nuevamente a su vida a través de un detalle que poco a poco la cautivó. Años atrás, en el Banco (Magdalena), Lucho Bermúdez conoció a Alfonso León Quintero, un reconocido ganadero y agricultor de Codazzi (Cesar), con quien estableció una amistad cercana, a través de una pariente que vivía en la capital del oro blanco.

En Bogotá Armando León Quintero, hijo de Alfonso, compositor vallenato, autor de varias composiciones entre ellas ‘Amor ausente’, éxito musical de Diomedes Díaz, se convirtió en su amigo inseparable, gracias a los gustos afines por la música y a las jaranas que permanentemente compartían.

Armando, que en muchas oportunidades acompañaba a Lucho en su presentaciones y luego continuaban, con un selecto grupo de amigos, sus reuniones privadas con mariachis y hermosas mujeres, observaba que un hombre elegante, después que Matilde terminaba su presentación, se le acercaba, conversaba brevemente y le entregaba un ramo de rosas. Este provinciano curtido en amores y desdichas le dijo a Lucho: “Maestro, esto no me está gustando, ojo con esas flores. ¿Qué vaina es esa?” El maestro, acostumbrado a esos detalles del público, le contestó: “Armando, no te preocupes, él es el Dr Alberto Lleras Puga, hijo del Presidente de la República, Alberto Lleras Camargo, amigo y seguidor de mi música, que halaga a una gran artista que admira.”

El contacto inicial que con Matilde Díaz tuvo Alberto Lleras Puga fue sensorial. Le agradaba la fuerza de su voz y su donaire, por eso era para él necesario escucharla y verla actuar permanentemente en el Hotel Tequendama o en el Grill Candilejas donde se presentaba. Allí sentado frente a un trago de whisky, escuchando la orquesta del Maestro Lucho Bermúdez, la miraba en silencio disfrutando esos momentos emotivos que lo hacían vibrar, y cuando terminaba de cantar se acercaba al escenario, la colmaba de halagos y le entregaba un ramo de rosas rojas, fulgor de la naturaleza y expresión de un sentimiento que motivaba en busca de añoranzas

Matilde Diaz

Alberto Lleras Puga y Matilde Díaz

Al estar frente a ella quería gritar lo que sentía, pero sabía que primero tendría que conquistarla para no decepcionarse. El tiempo transcurrió sin afanes, seguía frecuentando ese lugar espectacular y mágico que lo hacía feliz. Al recordarla, brotaba de su corazón una fuerza motivadora que lo hacía sentir bien, por eso era imperativo estar allí, día a día, para impregnarse de su energía. En cualquier instante se dio cuenta que a Matilde le agradaba el detalle que permanentemente le llevaba. Ella, hermosa y distinguida mujer, después de su presentación se acercaba a su mesa para darle las gracias e iniciaban charlas formales que con el tiempo se fueron convirtiendo en cercanas. Estos encuentros, propiciados y apoyados aparentemente por unas rosas rojas y por la inteligencia y la caballerosidad de Alberto Lleras, generaron la unión de dos mundos que parecían diferentes, pero gracias al amor, se gestó un matrimonio feliz que perduró hasta la muerte.

Conversando generalidades con el Dr. Álvaro Araujo Noguera, exministro de Agricultura del presidente Alfonso López Michelsen, se refirió a la coyuntura familiar que vivió el Presidente Alberto Lleras Camargo, días antes al matrimonio de su hijo con Matilde Díaz, debido a los comentarios generalizados en los diferentes medios sobre la boda. Esta situación suscitó una conversación del Dr. Lleras con su hijo para indagar al respecto. La respuesta de Alberto fue tajante: “Papá, es verdad, voy a casarme con Matilde, necesito tu bendición, si no me la das, eso no me hará cambiar de opinión”. Ante esta lacónica afirmación el Presidente Lleras, consciente de las libertades y responsabilidades de cada persona y de la decisión de su hijo, le respondió:  “Tienes mi bendición y mi apoyo incondicional hijo, aquí estoy para colaborarte en todo.”

Alberto Lleras Puga

Alberto Lleras Puga en una fotografía de caza

Cuando Lucho se dio cuenta que el matrimonio de Matilde con el Dr. Lleras era una realidad, llamó a su amigo y le dijo: “Armando estoy destrozado, las rosas rojas acabaron conmigo, ya no hay nada que hacer”. Entre sollozos de un hombre abatido y unos tragos que llegaron, le nació a Armando la inspiración y compuso un paseo vallenato que llamo “Dolor y amor”, que un tiempo después conoció y grabó Lucho en el sello Phillips con su orquesta:

“Por qué mi Dios, por qué mi Dios/hiciste que sintiera amor/si era feliz, muy feliz/Y ahora conozco el dolor

Así es la vida sintiendo amor/cuando se quiere con toda el alma/produce mucho dolor y nunca viene la calma.”

Recientemente, indagando algunas inquietudes, hablé con el Dr. Alberto Lleras Puga, quien amablemente me atendió, le pedí que me contara algún detalle significativo sobre su relación con Matilde. Sin titubear me contesto: “Lo mejor que me ha pasado en la vida, es haber conocido a Matilde, con quien duré casado 39 años, aunque murió en 2002, yo permanezco viudo pero me nutro constantemente de esos recuerdos que me hacen feliz” . Entendí entonces que eso era suficiente. Un hombre inteligente como él resumió con una reflexión que brotó de su alma enamorada una bella historia de amor.