Luego de sobrevivir a seis tiros de los Paramilitares, Moisés se convirtió en un campeón que ganó medalla paralímpica

31 de agosto del 2012

Con la natación subió al podio en Pekín. Espera repetir en Londres.

Moisés Fuentes

Moisés Fuentes dio sus últimos pasos mientras intentaba escapar de las balas. Ocurrió en Santa Marta, el 13 de octubre de 1992, a las 6 de la tarde: cuatro hombres armados entraron por la fuerza a una casa de El Yucal. Buscaban a Roberto, el hermano de Moisés, un comerciante de ganado que compraba reses vivas para venderlas en las carnicerías. Venían por él y lo encontraron.

Uno de los hombres tomó a Moisés por el cuello, mientras los demás doblegaban a su hermano. De repente, sonó un disparo. Moisés advirtió que el sujeto lo había soltado y de inmediato giró la cabeza en dirección a su hermano sin percatarse de que el hombre que lo había liberado acababa de apretar el gatillo de su pistola. Más que dolor, Moisés sintió el ruido ensordecedor de un balazo que le atravesó un costado del cuello. Herido, sin pensarlo, ignorante de que serían sus últimos pasos, empezó a correr mientras la sangre se confundía con su sudor. Se escucharon tres, cuatro, cinco disparos más. El joven alcanzó a llegar a la carretera y allí se desplomó.

Roberto no sobrevivió, pero Moisés, que contaba 17 años,  tuvo mejor suerte. Varios policías lo llevaron al hospital de Santa Marta, a donde llegó con seis heridas de bala. Jamás perdió el conocimiento, ni siquiera cuando cayó en la carretera. Dos días después un médico le informó que uno de los disparos le había ocasionado una lesión en la médula espinal, en las vértebras 9 y 10, y solo tenía un 10 por ciento de posibilidades de volver a caminar.

Poco después le informaron que tendría que usar una silla de ruedas de por vida. “Al principio no me lo creía. Ni sabía qué era la médula de que me hablaban”, dice Moisés, quien luego de salir del hospital visitó sobanderos y curanderos con la esperanza de que hicieran un milagro a punta de extraños rezos, mejunjes y oraciones a San Gregorio. Pero nada funcionó y Moisés tuvo que hacerse a la idea de que jamás volvería a caminar. No sabía que el futuro le traería muchas más alegrías que tristezas.

Moisés Fuentes
Moisés participa siempre en la prueba de 100 metros braza, donde este año aspira volver al pódium.
Foto: Vanguardia.

Moisés es un campesino nacido en el Valle de San José, un pueblo de Santander que hoy no supera los 6 mil habitantes. Antes del accidente había hecho la primaria en Escuela Antonia Santos de Betulia (Santander) y estaba lejos de convertirse en bachiller. En estos años consiguió graduarse como contador público y tecnólogo deportivo. Se casó con Anabel Tarazona y es padre de una niña de 4 años, Isabella. Se convirtió en un nadador profesional que en septiembre de 2008, en la misma piscina en la que Michael Phelps rompió varios récords, logró ganar la primera medalla paralímpica en la historia de Colombia, una de bronce.

Su relación con el agua comenzó en una pequeña quebrada llamada La Putana donde pescaba su padre. Cuando tenía seis años, Moisés solía atar a su pecho un cordón amarrado a una pimpina de gasolina que le servía de flotador y empezaba a nadar contra la corriente moviendo los brazos y chapoteando con las piernas.

Hoy se ríe cuando recuerda su estilo torpe, su “nadado de río”. Cuando Moisés se lanza  a una piscina siente una sensación liberadora, “Es como flotar”, cuenta. Pero luego de salir del hospital, lo primero que hizo fue jugar basquetbol.  “Fue muy importante para mí porque me dio seguridad, me hizo ver que había muchas personas como yo. Por medio del deporte volví a relacionarme al ver que no era único en el mundo”.

Pero lo suyo era la natación. En unos Juegos de la Fraternidad, organizados por la Policía, se dio cuenta de ello.  Mientras se divertían en la piscina, un entrenador notó el potencial que tenía Moisés. Lo presentó a un entrenador, William David Jiménez, quien rápidamente advirtió que tenía a un gran prospecto cuyo futuro estaba en el agua.

Moisés Fuentes
La medalla que consiguió en Pekín se la obsequió al extécnico del Once Caldas Luis Fernando Montoya.

Por entonces, a finales de los años noventa, Moisés ya vivía en Bucaramanga.  Se ganaba la vida organizando rifas y sorteos, y todos los días a las 4:30 de la tarde salía empujando su silla desde el barrio Campo Hermoso hasta el Polideportivo Las Américas. Un trayecto que duraba 50 minutos. Allí entrenaba hasta las 7:00 de la noche. Y volvía a casa, de nuevo impulsado por sus brazos.

El empeño de Moisés le ha traído muchos triunfos: fue séptimo en las Olimpiadas de Sidney 2000, quinto en los de Atenas 2004, segundo en los Juegos Parapanamericanos de Río de Janeiro y segundo en la Copa Mundo Visa en Manchester. Pero su mayor triunfo lo obtuvo el 11 de septiembre de 2008, en los Paralímpicos de Pekín.

Ese día Moisés salió por el carril número tres en la prueba de 100 metros braza. Sabía que era muy difícil vencer al español Ricardo Ten, quien había logrado mejores tiempos que él. La competencia fue reñida hasta los últimos 40 metros. Daniel Dias se ubicó en la segunda posición, y más atrás Moisés luchaba por mantener el tercer lugar. Lo logró. Esos 100 metros, que recorrió en un tiempo de 1:42.04, lo convirtieron en el primer colombiano en ganar una medalla paralímpica.

Pero la medalla no está en sus manos. En 2008, en la inauguración de los Juegos Nacionales Paralímpicos, Fuentes se acercó a Luis Fernando Montoya, extécnico de Caldas que quedó cuadripléjico tras un atraco, y le dijo: “desde el cubo de agua le mandan esto”, y le regaló la presea. Al recibirla, Montoya dijo emocionado que aquella “medalla era como haber ganado nuevamente la Copa Libertadores”.

Moisés ha vuelto este año a las Olimpiadas. Participará en Londres, donde buscará una nueva medalla. “Si no vuelvo a subir al podio, me retiro”, dice. Hoy, con 37 años, trabaja en la formación de jóvenes que, como él, tendrán que vivir en una silla de ruedas. “Para mí no hay nada como verlos cambiar a través del deporte. Se vuelven más seguros, se  sienten útiles, se llenan de ganas de vivir”. Han pasado veinte años desde la muerte de su hermano y los asesinos aún siguen libres. Desde Londres, por medio de su correo, escribe la siguiente respuesta a una pregunta obvia: “Creo que mas del 50 por ciento de las personas en condición de discapacidad tienen relación con hechos de violencia”.

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