El hombre que desnudó a los Nule

El hombre que desnudó a los Nule

27 de marzo del 2011

Fue el primero en advertirlo. No había pasado un mes de estar en su nuevo escritorio cuando Luis Guillermo Vélez, con la lupa puesta sobre las 30.000 sociedades que vigila la Superintendencia, identificó el problema. El Grupo Nule no era otra cosa que una compleja telaraña de sociedades intrincadas al borde de la quiebra más grande de la historia. Una estructura corporativa similar a la de cualquier pirámide. Con firmeza y sin duda, Vélez ordenó la liquidación del Grupo Nule y detectó, por ejemplo, que los empresarios prefirieron gastarse el dinero en otras cosas y no en pagarle al Estado más de 30.000 millones de pesos en impuestos.

Por eso sintió furia cuando escuchó hace pocos días a Guido Nule en una entrevista televisiva, donde aseguró que le responderían a acreedores y al Estado. Vélez sabe que no podrá hacerlo.

Con su actuación quiso enviar una señal del rumbo que tomaría la Supersociedades bajo su mando, además de un mensaje ejemplarizante para la sociedad. Fijó su prioridad en los cuatro sectores que presentan crecimiento en la economía: infraestructura, servicios financieros que no estén bajo la vigilancia de la Superfinanciera, minería e hidrocarburos y el sector exportador (manufactura-agroindustria).

El superintendente Vélez destapó la piramide de los Nule.

Habla con la energía con la que actúa. Desde que llega a la oficina se quita el saco y se remanga la camisa, una actitud que recuerda los jóvenes ejecutivos y gerentes modernos, que calan perfecto en la filosofía del “Buen Gobierno” de Juan Manuel Santos. Con esa camisa remangada también se metió con otro grupo más poderoso de obras públicas: los Solarte. Él último gran contrato que se ganaron fue la polémica Ruta del Sol. Hace una semana advirtió que su entidad vigilaría a sus representantes, Héctor y Carlos Alberto Solarte, empresarios que en los últimos años han contratado más de seis billones de pesos en obras por todo el país, sin haberse constituido como Grupo empresarial.

El comportamiento de los Solarte no es del todo sano en el sector de la contratación, porque con pequeñas firmas logran acaparar la mayor tajada de las obras que entrega el Estado. Vélez está dispuesto a frenarlos.

Él no es nuevo en el radar del presidente Santos, con el que tiene empatía de vieja data. Lo conoció en 1997 a través de su papá, Luis Guillermo Vélez, congresista liberal experto en temas fiscales. Se desempeñó como jefe de debate en la primera contienda política de Santos, cuando aspiró a ser el candidato liberal a la presidencia, pero terminó derrotado por Horacio Serpa. En esa campaña nació el primer equipo de trabajo de jóvenes con entusiasmo político que formaron parte de la Fundación Buen Gobierno.

De esta primera cosecha resultó Germán Chica, Alto Consejero para Asuntos Políticos; Sergio Díaz-Granados, ministro de Comercio Exterior; Catalina Crane, Alta Consejera Presidencial, y Juan Carlos Mira, secretario privado, quien también trabajó en la firma de consultores que fundó Vélez en 2000. El contacto con Santos le permitió no sólo trazar su nuevo rumbo político sino su camino profesional como abogado. Conoció a William Pearl y Martha Abdallah, compañeros de la Universidad de los Andes, con quienes se asoció para conformar el bufete de abogados Urdaneta, Vélez, Peral & Abdallah – UVP & A.

El grupo constructor Solarte presidido por Carlos Alberto Solarte, está en la mira de la Supersociedades.

Cuando conoció a Santos, ya había dado sus primeros pasos en el sector público. Una iniciación salpicada de sinsabores. Al regreso de Washington, donde completó una maestría en políticas públicas en la Universidad de Georgetown, se vinculó a la campaña presidencial de Ernesto Samper, y luego fue nombrado viceministro de Fernando Botero, en la cartera de defensa. Vivió muy de cerca la crisis del sonado proceso 8.000 con sus bemoles y enseñanzas. En el segundo año de gobierno viajó a México como Cónsul general de Colombia, donde permaneció hasta el final del gobierno Samper. Lo suyo, como lo fue para su papá, es la política y el sector público. Lejos de la rama materna de su mamá, la huilense Lilia Cabrera, en la que todos son médicos cardiólogos, que crearon la Fundación Cardio Infantil.

Y como su papá, que dio duras batallas contra el poder del Banco de la Republica en los temas tributarios, Luis Guillermo Vélez se ha convertido en seis meses, y a sus 41 años, en la piedra en el zapato de los desmanes de muchas sociedades. Tiene los reflectores prendidos en el sector de servicios financieros, donde están las captadoras ilegales.

Se propone concluir la liquidación de las pirámides DMG, DFR y Costa Caribe. Está dispuesto a enfrentar todas las irregularidades que encuentre con las correspondientes responsabilidades individuales, como en el caso de las personas naturales vinculadas a las pirámides, de las que envió sus expedientes a la Fiscalía.

De igual manera lo hará en el sector de minería e hidrocarburos, donde se ha propuesto revisar la composición de estas sociedades para que el patrimonio coincida con los niveles de producción y ventas alcanzados. En el sector exportador debe enfrentarse al manejo de la crisis de empresas con alto componente laboral. Sólo en flores han salido de producción mil hectáreas en el último año, y varias empresas de manufactura ‒como los confeccionistas‒, han cerrado ante la importación de piezas terminadas de China.

En seis meses, Vélez ha hundido el acelerador con resultados.

El caso de los Nule es sólo el comienzo de la puesta en orden del sector de infraestructura, donde pululan los enjambres de sociedades que han controlado las grandes obras públicas del país. Luis Guillermo Vélez no piensa descansar ni un minuto más de lo necesario. El factor sorpresa será una de sus armas, como lo hizo a mediados de diciembre cuando detectó el renacimiento de una nueva DMG y la hizo abortar. En menos de 48 horas envió tres investigadores de confianza a Putumayo que, apoyados por la Policía y la Fiscalía, frenaron la pretensión de esta nueva captadora, llamada Kogi. El tiempo dirá hasta dónde llegará su ímpetu.