Cuatro hijos y cuatro despedidas en la olvidada Soacha

1 de junio del 2019

Marlén Martínez Sepúlveda ahora ayuda los hijos de otros, con el anhelo de que no terminen como los suyos.

Cuatro hijos y cuatro despedidas en la olvidada Soacha

Aquel domingo se levantó muy temprano de la cama, aun cuando afuera el frío era insoportable. De camino a la cocina, a poner a hervir el agua para preparar el tinto de la mañana, algo detuvo su paso: un papel extraño de color blanco bajo la puerta de la entrada. Se acercó. Sin alzar la hoja del suelo y sin leerla toda, identificó que las letras recortadas de un periódico formaban el nombre de su hijo menor. También identificó la palabra muerte.

Cuando Marlén Martínez Sepúlveda concedió esta entrevista estaba a un par de horas de despedirse de su hijo. El joven, que aún no ha cumplido los 18 años, vivirá en la humilde finca de sus abuelos, en un pequeño pueblo de Boyacá. Marlén prefiere estar lejos de él a tener que estar sin él, como ha pasado con sus otros tres hijos. Enterró a uno. Visita en la cárcel al mayor. El otro está radicado en el extranjero. Y ahora el menor huye de ser asesinado. “Nos hemos quedado solos”, dice, refiriéndose a ella y a su esposo.

Marlén dice que el estar lejos de todos sus hijos es causa de la violencia que siempre ha existido en el barrio donde vive: la Comuna 6 San Humberto de Soacha. Un sector donde impera la drogadicción y el pandillismo; una zona pegada al sur de Bogotá donde reina el silencio de los buenos, que a su vez genera permisividad para que los bandidos actúen como amos y señores de todo y de todos.

Marlén es líder comunal. Aun cuando el camino no ha sido fácil y ha vivido entre el dolor, el miedo, la zozobra, la pobreza, el olvido y además, el motor de su existencia, que son sus hijos, no están ni estarán a su lado, transformó su tragedia en servicio. Hace cinco años creó una fundación con la que hace esfuerzos para calmar el hambre de los niños de la comuna, inclusive hijos de pandilleros que azotan el sector con violencia e inundan las calles con drogas ilícitas.

“Aquí hay mucha pobreza. Hay familias enteras que pasan todo un día con una aguadepanela y tenemos que hacer algo”, Marlén.

Por falta de recursos ha estado a punto de cerrar varias veces la puerta de la fundación, pero el querer ayudar en nombre de su hijo la ha obligado a sacar plata hasta de su propio sueldo.

La idea de calmar el hambre en la comunidad inició en ella hace 22 años, porque el falta de comida en la zona era una necesidad en aumento. Narra que en aquel tiempo se unieron madres cabezas de familia de los barrios La Florida y La Pradera. Recogieron fondos y tocaron puertas, para crear un comedor comunitario, donde alimentaban niños, ancianos y madres gestantes.

Contaron con el apoyo de entidades como el Banco de alimentos de Bogotá y Visión Mundial. Con la primera consiguieron donaciones y la opción de adquirir alimentos a precios muy bajos y la segunda les apoyó económicamente durante dos décadas.

Aunque dinero no había, con lo poco que recogían multiplicaban el alimento. Cuenta Marlén que llegaron a darla comida hasta 600 niños. “El objetivo era que los pequeños tuvieran un desayuno antes de ir a la escuela y un plato de comida en la tarde”, dice la líder.

En una época quisieron organizarse como líderes sociales. Llegaron a ser 36 mujeres que voluntariamente velaban por el bienestar de la comunidad. Cada una de ellas tenía a cargo un determinado número de familias. Pero las balas de los sicarios cortaron este proceso. Cuatro lideresas, en diferentes tiempos, fueron asesinadas.

“Al parecer tocaron temas que según los bandidos no debían haber sido tocados, como seguridad, pandillismo y drogadicción”, así  lo asegura Miguel Ángel*, un hombre que conoce de frente las problemáticas del sector. El miedo se apoderó de las mujeres lideresas y la organización se fragmentó.

Miguel Ángel vive en la Comuna 6 hace más de 30 años; al ser preguntado por el qué pasa en el sector, dijo que las pandillas de esta comuna “son familias que de generación en generación tienen el negocio del microtráfico.” También dijo que hay miedo. “Siempre ha habido miedo y si se quiere estar vivo hay que tener la boca cerrada”.

Miguel Ángel, por seguridad, habla detrás de un nombre que no es el suyo. Y bajo la condición de no identificarlo dice que esta comuna de calles sin pavimentar es un territorio olvidado por el Estado y la sociedad. También dice que la policía está al servicio de las pandillas y que es bien sabido que los uniformados que vigilan el sector reciben dinero para que allí no pase nada.

Aunque Marlén y Miguel Ángel no se conocen, los dos han sido víctimas de la violencia de este sector. Él es propietario de una pequeña tienda y le paga vacuna a las pandillas, para que no lo roben y pueda trabajar con ‘seguridad’.

“Aquí mandan paramilitares, guerrilleros, pandilleros y hay fronteras invisibles. En la parte alta, donde yo vivo, venden armas como vender dulces”, afirma Miguel Ángel.

El inicio del dolor

Marlén, quien sin tener dinero ha dado de comer a miles de niños durante estos 22 años, ha sido víctima directa de las bandas criminales que operan en la Comuna San Humberto.

Hace unos años, no muchos, uno de sus hijos, Edward Camilo, que hoy tendría 23, fue asesinado. Dicen los testigos que lo mataron miembros de uno de estos grupos delincuenciales, que son dios y ley de la olvidada Comuna 6.

Edward Camilo tenía 17 años. En compañía de su hermano mayor, John Jairo, retiró dinero de un banco de Soacha y al salir de la entidad financiera tomaron rumbos diferentes. El menor, a pie, se devolvió para la casa. La plata tenía que llevársela a su mamá, pero no alcanzó a llegar.

A mitad de camino un hombre lo abrazó. Los testigos, que fueron solo dos, dijeron que Edward Camilo nunca grito ni intentó correr. También dijeron que solo se dieron cuenta de las heridas del chico, después de que este cayera al suelo, se retirara la mano del cuello y de allí brotara un río de sangre. El hombre que lo había abrazado lo degolló por un mísero millón de pesos.

De los cuatro hijos de Marlén, Edward Camilo, el segundo en nacer, -dice ella- era el más interesado por las causas sociales, por el bienestar del barrio y sus residentes, por alejar del barrio la injusticia, la delincuencia y la drogadicción en los niños y por eso pretendía estudiar Derecho en la Universidad Nacional, a la que había pasado dos meses antes de morir.

“Se graduó de bachiller a los 14 años. A los 17 se había graduado de una carrera técnica en el Sena y fue uno de los mejores puntajes de ingreso a la Nacional para aquel semestre”, contó su madre, quien en medio del llanto amargo dijo que su hijo quería ser abogado con el único propósito de ayudar a la triste comunidad en la que vivía.

Edward Camilo fue llevado en un taxi al hospital Hospital Mario Gaitán Yanguas de Soacha, por la gravedad de las heridas fue trasladado al Cardioinfantil de Bogotá, donde murió cinco días después, un viernes a las 4 de la tarde.

Cementerio y cárcel

Sin que el duelo haya hecho un proceso en el corazón de Marlén, John Jairo, el mayor de sus hijos, fue capturado  por la policía ocho días después y acusado de dos delitos: porte ilegal de armas y tentativa de extorsión. Paga una condena de 20 años. Lleva ocho en la Cárcel Modelo de Bogotá.

Dice Marlén que John Jairo si quería comprar un arma de fuego y que con ella, sin importarle las consecuencias, mataría, con sus propias manos, a los asesinos de su hermano.

Esta madre cuenta, sin dejar de llorar un solo segundo, que la imputación de extorsión que pesa sobre su hijo es falsa, un montaje o una mala investigación judicial. Dice que John Jairo estaba negociando un arma de fuego desde el día siguiente a la muerte de Edward Camilo.

Cuando lo capturan estaba cerrando aquel ilícito negocio, con bandidos de verdad, quienes también fueron judicializados por los mismos delitos.

“En menos de ocho días perdí a dos de mis hijos. Uno se fue para el cementerio y el otro para cárcel”.

Marlén deja a un lado el comedor comunitario y es en ese momento que en honor a su hijo asesinado crea la fundación a la que llama ‘Edward Camilo Formando Vidas’.

La triste historia de Marlén, una mujer que por días trabaja en oficios domésticos, no termina ahí.

Un año después de ocurrida la muerte y captura de sus hijos, el tercero de ellos, Johan Sneider, que hoy tiene 21 años, en medio de la depresión que le generó lo ocurrido con sus hermanos, toma la fatal decisión de suicidarse.

Una tragedia más

Una tarde, a mediados de 2015, Johan Sneider, con apenas 16 años, sube al tercer piso de la casa y deja caer su cuerpo. Otro golpe más para una madre que lo único que quería en la vida era tener a su familia unida. “Casi me enloquezco”, dice Marlén, mientras sus manos secan sus lágrimas.

Johan Sneider permaneció cuatro meses en coma. Al despertar y recobrar el sentido, dice su madre, que en medio de un llanto que sonaba a vergüenza, pidió perdón y le hizo una promesa: terminar el bachillerato, profesionalizase y ser alguien en la vida. Y así fue. Al año siguiente se graduó de bachiller, estudió diseño gráfico y se fue a vivir a Chile, porque allá su entorno cambiaría y sus pensamientos no estarían recorriendo los pasos de sus hermanos mayores.

Hoy cuando este texto se publica Marlén vive sin sus cuatro hijos. Su hijo menor ya está donde sus abuelos, en Boyacá. Desde su casa, donde queda la Fundación, Marlén no habla de la violencia que habita la Comuna San Humberto, aunque sí le importa lo que pasa a su alrededor, ella solo quiere que los niños no se acuesten sin probar al menos un poco de comida.

Marlén dice que los pequeños que corren su casa mientras les prepara la comida son su alegría; dice también que ayudar a los hijos de los demás es la mejor manera de rendirle homenaje a la ausencia de los suyos, así esta sea eterna.

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