La recicladora presidencial que vive un sueño impensado

La recicladora presidencial que vive un sueño impensado

26 de octubre del 2017

María Tilia López de Sánchez, una mujer de 81 años y quien recogía la basura a Belisario Betancourt, Ernesto Samper y otros tantos presidentes en la Casa de Nariño, hoy cumple un sueño impensado. Gracias al reciclaje, construyó su casa en un lote que le entregó la Caja de la Vivienda Popular, entidad que hoy le transformó su casa.

Esta mujer que se escondió en la Calle del Bronx para esquivar los disparos y el incendio de la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19 en 1985, hoy está sentada en una poltrona de su casa en Sierra Morena, en Ciudad Bolívar. Recuerda, mientras desenreda su lacio cabello rucio, que mientras el humo escondía el palacio de las leyes, la gente gritaba y el país históricamente se partía en dos, ella corría desesperada buscando refugio.

Era recicladora de la Presidencia de la República, de la Procuraduría General de la Nación y el Congreso de la República, trabajo que hoy- con la ayuda de la Caja de la Vivienda Popular- la tiene viviendo como ‘reina’, en la casa que siempre soñó y que hoy es una realidad. 

Sin marido, porque lo perdió hace 54 años por una tuberculosis que no le dio tregua, terminó pagando arriendo a la Caja de la Vivienda Popular en el barrio Los Laches, un caserío ubicado en el centro de la capital, que, contrario a muchos sectores, le permitía refugiar a más de siete personas bajo un mismo techo.

Sin embargo, María Tilia López empacó maletas y se marchó después de 16 años. La Caja de la Vivienda Popular, entidad que hoy ‘ama’, según dice, le donó un lote en Sierra Morena, en Ciudad Bolívar, donde edificó lo que hoy es su casa, esa misma que por tantas noches y días trabajo bajo el sol y la lluvia.

En medio de sus dificultades económicas comenzó la construcción por el frente, la sala y un baño. “Reciclaba, no descansaba. Lo que me ganaba ahorraba, dejada dinero así no comiera y todo terminaba en la ferretería de un vecino. Él me fiaba materiales de construcción y así fui levantando mi vivienda”, recuerda esta mujer oriunda de Une, Cundinamarca.

Despacio pero firme, su casa tomó forma hasta expandirse cada vez más cerca de las estrellas, relata con orgullo. “Yo contraté a los maestros”, cuenta. El dinero del reciclaje le alcanzaba. En el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Hotel Tequendama también guardaban desechos que después vendía a un mercado que aprendió a conocer bien.

No obstante, en septiembre de 2016, fue sorprendida en la puerta de su hogar. Al otro lado de la puerta, una funcionaria de la Caja de la Vivienda Popular le tocaba el timbre. “¿Qué necesita?, le pregunté. Y cuando vi que eran de la Caja la mandé a seguir de una vez porque vivo muy agradecida con el Distrito, con la Caja desde que me dieron mi lote”.

Después de múltiples recuerdos de Los Laches, le lanzaron una oferta: “¿Le gustaría ser beneficiaria de un mejoramiento de vivienda?”. López de Sánchez (ni a palo se despojará el apellido de su marido, pese a su medio centenario de muerte) quedó impávida. La Caja de la Vivienda Popular la volvía a premiar: más de 11 millones de pesos representados en un mejoramiento de vivienda, una última estocada a su casa que, hasta hace dos años, tenía pisos en tierra, baños a media marcha y una cocina que evitaba por el desorden, el barro y la antihigiene.

“Les pedí que me patrocinaran el piso, los dos baños, el patio, la cocina… La Caja me cumplió, me escuchó y me trajo esta baldosa para el piso, es demasiado bonita y lujosa… es más cómoda, ya puedo pisar mejor”, dice al insistir en que la Caja es como su casa. “Solo bendiciones para ellos”.

Hoy, esta mujer de 81 años quiere pasarle la escoba diariamente a su baldosa, vivir en la cocina la mayor parte del tiempo y bañarse con mayor frecuencia. Sus pisos lucen una tableta clara, grande, que le hace ver más grande su hogar. La cocina es blanca, con un mesón grande. “En los baños me instalaron una tasa nueva, toda la grifería y baldosa”.

Mientras la mujer recorre su vivienda, construida con dinero del reciclaje y la ayuda del Distrito, dice que si Dios manda por ella, partiría feliz. Construyó su sueño y se excedió hasta con una terraza desde donde divisa los cerros de Bogotá.

“A mí casa no le hace falta nada más, de pronto unas tejas y ya… estoy muy agradecida, muy feliz… me han llegado propuestas de venta de mi vivienda, pero no tengo ningún afán de irme de acá. Gracias a Dios y a la Caja vivo muy bien”, apunta con una sonrisa que inspira ternura, pero sobre admiración.

Hoy María Tilia está satisfecha, agradecida, reposando en su cómoda casa desde donde pide a los bogotanos que crean en sus entidades y que no solo abran las puertas de su corazón, también las de sus casas para recibir las ayudas de la Caja de la Vivienda Popular.