“Me indigna que digan que los jóvenes no leen”

Foto: Jessica Acosta/Kienyke.com

“Me indigna que digan que los jóvenes no leen”

14 de marzo del 2017

Hay una fila bastante larga; ya incluso da la vuelta a la esquina. La mayoría son jóvenes, hombres y mujeres de no más de 30 años. Algunos niños con sus padres. Un par de personas “grandes”. A pesar de que hace frío y llueve un poco, nadie parece tener ganas de moverse. Irse no es una opción. Hay algo al final de la línea que vale la pena ver. Cualquiera que pasara por el frente pensaría que es un concierto o algún otro evento así. Pero no: cientos de personas esperan por ver y oír a un hombre. Y no es un hombre cualquiera: es un escritor. Es Mario Mendoza.

Su voz es grave y firme. No habla con la experiencia de los años porque no está viejo —tan viejo—. Habla, más bien, con la experiencia de los libros. Se le nota, sin embargo, algo de timidez; pareciera que también fuera un niño asustado. Pero ha leído y escrito tanto, que no se amilana, menos cuando de lo que hará será discutir de literatura, así que con firmeza, como midiendo cada palabra, empieza su discurso.Mario Mendoza habla como escribe.

La aventura de Mario Mendoza en la literatura empezó cuando él apenas era un niño. Una peritonitis gangrenosa, que casi lo mata, lo mantuvo en un hospital por 7 meses. En ese encierro un libro le cambió la vida: Cuentos de Hadas franceses. Quizás había nacido para eso, y poco a poco las circunstancias lo fueron llevando por el camino de las letras. Ya más adelante, otros libros, El Cuarteto de Alejandría, de Lawrece Durrell, entre otros, sirvieron de influencia y el joven Mario tomó una decisión vital: estudiar filosofía y letras.

Cualquiera con dos dedos de frente sabe que eso no sirve para nada; que eso es para morirse de hambre. Pero a Mario no le importó. El amor por los libros era más grande que cualquier otra cosa.

La escritura, para que fluya, para que crezca, debe alimentarse de experiencias. En algún punto se ha vivido tanto, que escribir se convierte en una necesidad poderosa, casi que de vida o muerte. Luego de que Mario Mendoza pasara lo que tenía que pasar, que conociera de cerca a Campo Elías Delgado, el asesino de Pozzeto, por ejemplo, o que estuviera preso en Medio Oriente, que viajara y conociera, que viviera y aprendiera, y que ensañara, una frase, apenas una frase, lo empujó a dedicarse completamente a escribir: Salta. Ya aparecerá el piso.

Entonces era profesor de la Javeriana. La sentencia, un viejo verso navajo, lo había estremecido hasta tal punto, que renunció inmediatamente y se dedicó a la literatura. Porque o era eso o no era nada. La pasión del artista al fin de cuentas. Con las propias exigencias del caso, asumiendo todos los riesgos, se lanzó a escribir una de sus novelas más íntimas: Relato de un asesino. Era el año 2001 

La paciencia, y también la calamidad, que lo endurecieron, pero que al mismo tiempo pulieron su prosa, le permitieron escribir la novela que desde sus días de universitario él tenía adentro. Una novela que, como el vino, debía madurar antes de ver la luz, antes de ser bebida de un largo sorbo; porque así se lee Satanás: de un trago. Y llegó lo que todo escritor espera en algún momento de su vida: el reconocimiento. Con aquel libro ganó el premio Biblioteca Breve 2002. Cualquiera escribe. Pero no cualquiera es escritor.

Una frase, apenas una frase, lo llevó a dedicarse completamente a escribir: Salta. Ya aparecerá el piso.

“El primer paso para ser un escritor es leer. Hay que leer mucho. Leer de todo, no sólo literatura, y de todos los géneros. Hay que leer teatro, poesía; hay que leer cuento. Yo creo que hay que leer antropología, hay que leer filosofía, psicología. Hay que tener la curiosidad para que, de alguna manera cambiar de disciplina y estar permanentemente al día”Mario Mendoza

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“Lentamente uno va construyendo su propio ritmo, su propia voz. Por eso no hay que afanarse. Hay gente de 20 o de 21 años que quiere que ya sus textos funcionen casi que como si fuera un autor reconocido. Y no. Hay que tener calma. Hay que hacerlo a la vieja usanza, con las reglas de la vieja escuela, y eso significa tomarse el tiempo. La prosa es algo que va madurando poco a poco, y uno va sintiendo su ritmo; va sintiéndose lentamente más cómodo y va fluyendo mejor dentro de sus personajes, dentro de su propio mundo. También es muy importante construir una visión propia; es decir cuando uno dice eso es Botero, es porque el tipo tiene una manera única. Cuando uno oye una página y dice eso es Gabo o eso es Álvaro Mutis o eso es Vargas Llosa, es porque hay una sonoridad, pero también hay una manera de ver particular. Un artista se reconoce porque piensa y ve distinto a los demás”.

Pensar y ver distinto a los demás es fruto de una sensibilidad especial que sólo tienen los artistas. Esa sensibilidad da una visión del mundo más amplia. Por eso, a veces, vivir suele ser más dificil. La vida puede ser el libro más difícil de leer, y más difícil de escribir. Así, Mario habló de cuando Colombia le dijo NO al plebiscito. “Para mí fue realmente demoledor. Yo venía haciendo una campaña de casi dos años largos en donde en colegios, clubes de lectura, bibliotecas públicas, le explicaba a los lectores la importancia de pasar el dinero de la guerra a la educación y la cultura. No hay un solo país que hay salido del subdesarrollo comprando tanques, comprando bombas, y llevando a cabo una guerra fratricida. La única manera de salir del subdesarrollo es educación. Ese es el caso de Singapur, de Corea del Sur, de la India”.

Hay que tener la curiosidad para que, de alguna manera cambiar de disciplina y estar permanentemente al día.

“Hacemos el proceso de paz —continuó—; sacamos del dinero (de la guerra), lo pasamos a educación y cultura, creamos una plataforma para las nuevas generaciones, que haya dinero para las maestrías, para los doctorados, que los muchachos no tengan que endeudarse para terminar la universidad. Ese era el proyecto que Colombia quería construir. La verdad yo creía que los colombianos estábamos listos para el perdón, para una abrazo, para crear unas nuevas condiciones históricas, y para mí fue muy duro saber que el 60% se quedaron en sus casas por el invierno, viendo fútbol, cualquier cosa. Un 20% votó por el NO. Muy respetable; tenían sus argumentos. Y otro 20% votó por el sí. Había un empate técnico. Eso significa que somos 2 de 10. 20 personas de 100. A unos no les interesó ese proceso ni entendió la importancia de lo que significaba cambiar las coordenadas de un país. Para mí fue muy duro; fue muy triste”.

La marca que Mario Mendoza quiso dar a sus literatura fue la de narrar la “Bogotá subterránea”. Realismo degradado, lo llama. Para él, eso es adentrarse profundamente en la sociedad, en la ciudad, esta ciudad inmensa, salvaje, que traga y lastima, y convertirla en una historia. En muchas historias. Es ver lo que no ve nadie. Es darle voz a los que no la tienen. Es juntarse con los que no se junta nadie. Es buscar donde nadie quiere buscar. Porque escribir es resistir.

Y hay otros, miles quizás, jóvenes sobretodo, para quienes ese otro lado que Mario Mendoza les muestra no les resulta aterrador, terrible, sino es, mejor, una especie de mundo al que van para perderse de la realidad que puede ser peor. Por eso Mario Mendoza despierta ese profundo sentimiento de gratitud, de cariño en sus lectores. Para ellos, es como si él les hubiera salvado la vida. Y se lo dicen todo el tiempo. “Maestro, usted me salvó la vida”. No parece descabellado, entonces, pensar que la literatura salva vidas; la de los lectores, y la de los escritores. Si a Mario se le preguntara si la literatura le salvó la vida, su respuesta sería contundente: sí.

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“Yo estudiaba filosofía y letras en la Universidad Javeriana —dijo—. En esos años a mediados de los 80, en realidad nuestra literatura urbana no era mucha. Ya había exploraciones: Roberto Rubiano Vargas; Sin remedio de Antonio Caballero; R.H Moreno Duran, en fin. Pero no había un corpus: la ciudad no había sido elevada a la categoría de ciudad literaria. Bogotá todavía no era una ciudad de los libros. Y a mí me parecía triste no haber leído mi ciudad.

Yo decía por qué no puedo abrir un libro como un argentino que abre los libros y lee Buenos Aires; o un mexicano que podía leer a ciudad de México desde 1957 con Carlos Fuentes. Pero nosotros no. Pues claro: nuestro nobel construyó un mundo extraordinario, perfecto, maravilloso, que era Macondo, y que nos dio ese premio”.

“A García Marquéz no le interesaba, no era lo suyo, no tenía por qué, entrar en la literatura urbana. Y sin embargo Colombia ya había estallado en grandes megalópolis contemporáneas, Medellín, Cali, Barranquilla, Bogotá; y esos ritmos estaban por escribirse. Y entonces cuando yo empiezo a escribir, una de mis grandes obsesiones es que los lectores sientan la ciudad, que la reconozcan.”

Parece un grito de batalla: Salta. Ya aparecerá el suelo. Y Mario saltó. Sólo él podría responder si vive o no de escribir. Sin embargo, si casi que cada año sale un libro suyo es porque por fin lo logró. Pero la literatura no es algo de logros a largo o corto plazo: es, más bien, de logros cada día. Cada día, entonces, Mario Mendoza, desde que saltó, va buscando el suelo.