El último sobreviviente del accidente del ‘Chapeco’

El último sobreviviente del accidente del ‘Chapeco’

9 de julio del 2017

Helio Zamper Neto fue el último futbolista en salir vivo del accidente aéreo del Chapecoense. Lo rescataron cuando ya todos creían que lo único que quedaba en esa montaña fría eran muertos y los pedazos del Avro Rj385 de LaMia.

‘Neto’ es un hombre alto y fornido. Después del accidente, sin embargo, se ve en las fotos un poco delgado. Ha necesitado mucha terapia para recuperarse completamente. No cualquiera sale bien librado de la caída de un avión. Quizás ‘Neto’ tuvo suerte, o un ángel particularmente eficiente que lo acompañó todo el tiempo. O quizás no era su hora, como sí era la hora de las 71 personas que murieron esa noche de noviembre de 2016.

Pero no hay que dejar todo a la suerte: ‘Neto’ también se salvó por la pericia, valentía y la voluntad de un grupo de policías, dirigidos por teniente de la policía: Marlon Lengua. Si en 10, 15, 20 años, le preguntaran sobre el accidente, el teniente recordaría todo con la misma claridad. “Es más fácil que se me olvide la fecha de mi cumpleaños” –dijo.

Eran poco más de las 9:30 de la noche del 28 de noviembre de 2016. El Teniente Marlon Lengua, subcomandante de la estación de policía de La Ceja, estaba terminando su turno. Había sido un día relativamente tranquilo. Mientras hablaba con los auxiliares bachilleres que tenía a su cargo, para enviarlos a descansar, recibió la primera llamada. Una llamada que le cambiaría la vida para siempre.

Al otro lado de la línea estaba una compañera suya, policía del aeropuerto, que de primera mano tenía acceso a lo que estaba pasando.

–Oiga, marica, curso ¿usted no sabe qué pasó? –le dijo ella, nerviosa y acelerada.
–¿Qué pasó de qué? –preguntó el teniente.
–Se estrelló un avión por allá cerca de donde usted está.

Al principio, al teniente la noticia no le pareció creíble. Sí había oído un estruendo raro, pero  pensó que era pólvora u otra cosa. Sin embargo no se podía poner con suspicacias: una noticia así no era un juego, así que llamó a su oficial al mando y le contó la situación. El jefe –un teniente también– tampoco tenía mucha idea. Se comunicaron con un coronel, comandante de distrito y le pidieron instrucciones. “Por allá no nos podemos ir todavía” –les ordenó el oficial–. Nadie sabía mucho aún. Y por si fuera poco, la montaña en la que posiblemente había caído el avión no era jurisdicción del teniente Lengua y no tenía permiso para actuar.

Unos minutos después, su compañera del aeropuerto le volvió a llamar. “Curso –le dijo ella–: imagínese  que ese avión que se estrelló venía del Brasil con un equipo de fútbol”. El teniente empezó a atar cabos: ¿Equipo de fútbol?… ¿Brasil? La única posibilidad era que el involucrado fuera el Chapecoense –todo coincidía–, equipo que jugaría en Medellín la final de la Copa Suramericana con el Atlético Nacional.

No perdió más tiempo pidiendo permisos. Buscó algunos policías para que lo acompañaran, y en una camioneta 4×4 que le prestó la alcaldía, porque hasta el lugar del accidente no podían subir otra clase de vehículos, empezó el ascenso hasta el Cerro gordo.

En el cordón de seguridad, otros policías le informaron que no podían entrar. “¡Qué les pasa, hermano! –Exclamó el teniente– yo aquí vengo a contribuir, no a jugar. Yo respondo por lo que tenga que responder”. Por su rango, mayor al de los patrulleros, el teniente y sus hombres siguieron adelante.

Llegaron en el carro hasta donde lo permitió el clima. Luego subieron caminando. Ya se podía ver una columna de humo, a pesar de que llovía y había una bruma densa y fría por todas partes.

Eran poco más de las  12 de la noche cuando llegaron al lugar preciso del accidente. No hay palabras para describir lo que el teniente Lengua vio: los restos del avión, los muertos, el humo, las pertenencias de las víctimas, esparcidas: los guayos, la ropa, los balones, los conos para entrenar.

Por el clima, y luego de haber rescatado a 5 sobrevivientes, las labores de búsqueda se aplazaron para el otro día. Aparentemente, lo único que quedaba eran los muertos y los fragmentos, aun humeantes del avión. En ese momento había cerca de 250 personas. Cuando las operaciones se suspendieron, no permanecieron en la montaña más que el teniente Lengua y unos pocos policías más. “Ustedes quédense acá custodiando esto –les dijeron–, para que nadie venga a llevarse las pertenencias”.

La lluvia arreciaba cada vez más. Hacía mucho frío. La neblina no dejaba ver más allá de la propia nariz. Los policías se ubicaron debajo de las mismas latas del avión para cubrirse del agua.

Pasadas las dos de la mañana, cuando el agua había dejado de caer un poco, para estirar las piernas entumecidas, el teniente salió a caminar por el lugar. “No es fácil asimilar un accidente de esos, y mucho menos cuando se trata de un equipo de fútbol… y mucho menos cuando a uno le gusta el fútbol”.

De pronto, el teniente, empezó a escuchar un ruido que no pudo identificar. Pensó que podría ser su imaginación o algún animal. Poco a poco, el sonido se hacía más claro, e iba tomando la forma de un quejido, suave pero audible, y que se repetía desesperadamente.

“Aldana –le dijo el teniente a un compañero–: Aldana, venga. Escuche, haga silencio y escuche, a ver si soy yo el que está escuchando cosas.

El sonido seguía, pero Aldana no oía nada.

–Ponga cuidado –insistió el teniente.
–Eso es como un celular que está vibrando, mi teniente.
–No pude ser eso. Escuche bien, Aldana.

A la tercera vez, el quejido se hizo más fuerte.

–Mi teniente –dijo Aldana–: yo creo que es alguien con vida.
–¿Cierto que sí?

Con esa certeza empezaron a buscar. Dando pasos largos y decididos, los dos policías pasaron por encima de las latas y caminaron hasta el lugar del que el sonido salía. Entre la maleza notaron que lo que parecía el tronco de un muerto subía y bajaba lentamente. “¡Aquí hay alguien vivo! –Empezó a gritar el teniente– ¡Aquí hay alguien vivo! Páseme una linterna y un machete”.

La cantidad de hierba y los restos del avión entre la que estaba la persona no permitieron que sacarlo fuera fácil. Luego los policías buscaron una camilla, pero no la había por ninguna parte porque ya se habían ido todos los rescatistas. Aún así, lograron conseguir una en la misma camioneta en la que subieron al cerro. El problema ahora era sacar al herido de allá.

Por su radioteléfono, el teniente llamó a pedir una ambulancia. Le respondieron que sería muy difícil porque ya no quedaba nadie. Tuvieron que sacar le herido a píe. La bruma no los deja ver bien. El lodo les llegaba hasta las rodillas. La persona pesaba mucho.

Todavía no sabían quién era. Lo llamaban ‘Alan’ porque fue el nombre que encontraron en una credencial. “¡Alan, Alan, estamos acá contigo –repetían los policías para que no se rindiera.

Llevaron a ‘Alan’ hasta donde encontraron una ambulancia. Desafortunadamente, ésta no tenía los instrumentos necesarios, y sólo sirvió para dejar a ‘Alan’ en el puesto de mando unificado desde el que fue posible estabilizarlo.  Finalmente pudo ser trasladado hasta el hospital de la Ceja. En todo el tiempo, el teniente Lengua no se separó de él.

Marlon Lengua 2

Pocas horas después, el teniente supo que había salvado la vida de Helio Hermito Zampier Neto. ‘Alan’ es uno de sus hijos, por eso tenía una credencial con ese nombre en uno de sus bolsillos.  El futbolista sufrió lesiones abiertas y permaneció entubado. Tuvo que ser operado por “lesiones en las extremidades inferiores y heridas abiertas. “Lo más importante es que la parte neurovascular está muy bien y ahora esperaremos las 48 horas que requieren el proceso de mejoría del índice de oxigenación muscular”, informó el cuerpo médico de la Clínica San Juan de Dios en La Ceja.

El 15 de diciembre Helio Neto volvió a Brasil. Su recuperación duró algo más de dos meses. Pisó una cancha de fútbol otra vez luego de 70 días. Su rescate, por haber sido el último, fue un milagro. Ahora es un amigo muy cercano del hombre que estuvo detrás de ese milagro: el teniente Marlon Lengua.