“Me hubiera gustado bailar una canción de salsa con Andrés Caicedo”

10 de marzo del 2012

Virginia Mayer recuerda al escritor caleño, que cumple 35 años de muerto y a quien La Biblioteca Luis Ángel Arango le rinde homenaje con textos y fotografías inéditas.

“Me hubiera gustado bailar una canción de salsa con Andrés Caicedo”

Yo hubiera querido bailar salsa Jala jala Jala jala Jala jala Jala jala Jala jala Jala jala Jala jala con Andrés Caicedo en el sótano de una casona vieja hasta que me dolieran las rodillas de lustrar baldosas, y salir con él a la calle a que nos diera un poco el viento en la cara y soplara las gotas de sudor. Hubiera querido sentirme miserable con él, hubiera querido odiar a los felices y que compartiéramos un Valium que él partiera con los dientes. Hubiera querido sentarme en el piso de un cuarto de paredes rosadas, sobre una alfombra cochina, a oír discos de los Rolling Stones y odiar, secretamente, a los Beatles con él. What a drag it is getting old. Yo hubiera querido tener 17 años toda la vida y andar por las calles de Cali descalza, con camiseta de tiritas y el pelo enredado. Hubiera querido que un vampiro me mordiera el cuello y me dejara en la calle, desangrándome hasta la mañana, y que me quemara el sol y me desapareciera.

Me gusta la crudeza con la que escribe y su descripción de la inmundicia: “Tengo la ponzoña en los bronquios y la nariz y la pared de la boca y el conducto urinario y tengo la ponzoña en mi semen escaso y en la forma que tengo de abrirme de piernas cada vez que defeco. Huelo la ponzoña en lo que defeco, y en el color de bosque nuevo que tienen mis excrementos adivino allí todo el sentido de mis nostalgias…”. Dejo de respirar y me muero con su sencillez. Caicedo escribió para todos, para quien lo quisiera leer. Me gusta porque es incluyente y no es pretencioso. Me gusta que escribe para quien lo quiera leer. No es egoísta. Patino sobre mantequilla en sus repeticiones maniacas. Me muero. Me muero. Me muero. Me muero.

Sus historias de adolescentes, escritas por un adolescente, para ser leídos por adolescentes. Su narrativa urbana. La violencia, la droga, la locura, el amor, el despertar a la sexualidad, la música, el cine, el horror. El canibalismo, el vampirismo, los complejos de Edipo, el masoquismo, el voyerismo, las perversiones, los complejos. Relatos obsesionados. Universos corruptos. La noche y la calle. Rebeldía, rabia, nostalgia, anarquía.

“Hay gente que puede ser poeta y bailarín al mismo tiempo. Pero yo no puedo. Yo soy un hombre melancólico”.

La exposición de la biblioteca Luis Ángel Arango exhibe material inédito sobre el autor, como esta curiosa foto con el legendario salsero Héctor Lavoe.

Me gusta que como el agua y el aceite, logró mezclar salsa con rock ‘n’ roll. Y que al final de sus días emborrachara su desespero existencial con Valium y marihuana. Me gusta un mundo entre nubes, sin claridad, donde no se ve el comienzo ni el fin. Son drogas que dopan pero no embrutecen. Sentir que estoy pero no estoy. Que soy pero no soy. “No resisto esta soledad, busco compañía y no resisto la compañía”.

La magia de Andrés Caicedo es que sus palabras enamoran como notas musicales por su simpleza poética. Inspira como viendo al mundo a través de un caleidoscopio y creo que puedo escribir tan bien como él. Su pasión por lo macabro y lo grotesco. La sombra siniestra de Edgar Allan Poe que se cuela entre sus palabras palabras palabras palabras, sus frases y sus párrafos. Su escritura fluida, abierta. Su simpleza y cómo las palabras de sus textos se entrelazan como tejidas en un telar. Las palabras de Andrés Caicedo envuelven como una cobija. No conozco Cali pero ya la conozco. Willie Colón, Richie Ray, Bobby Cruz. Cali me entró por los oídos. Ese Cali de ayer que ya no es el Cali que Caicedo escribía.

Me enamoro y me corto las venas por sus niñas flaquitas de pelo rubio y despelucado. Las de abrazos fáciles y almas perdidas. De amores sufridos, tortuosos y no correspondidos. Sus babas, la cobija de lana pegada a su cuerpo sudoroso. Andrés Caicedo es un mago de la sencillez, el espejo de una generación que hoy llega y pasa los sesenta años, una generación que lo vio irse a los 25. Quizá es mejor que no estés aquí, si antes todo comenzaba a podrirse, ahora todo huele a mierda y aquí no querrías estar.

Me gusta porque dejó preguntas sin responder. Su suicidio es un misterio para quienes más lo amaban, y hoy, 35 años después de su muerte, se ha vuelto fuente de sus obsesiones. Sandro Romero y Luis Ospina se han apropiado de él. Mío. Mío. Mío. Mío. Mío. Queremos que lo suelten y lo compartan con nosotros para que lo saboreemos como lo han hecho ellos to-dos-es-tos-a-ños. Nosotros, pseudo-hippies, hipsters, emos, intelectualoides de cafetín, colegiales tibios en sudadera o faldas cortas, escritores autoproclamados, literatos mochileros, cineastas con ego de elefante, críticos de literatura ácidos como el limón, vampiros, bailaores, hijos del rock ‘n’ roll, almas llenas de huecos. Andrés Caicedo es para todos.

Este año la obra ‘¡Que viva la música!’ será editada en inglés y francés por dos grandes editoriales, Penguin y Belfond.

 Su novela ‘¡Que viva la música!’, traducida al francés y al inglés, se llevará a Caicedo de América Latina y lo levantará por los aires para dejarlo derramar sobre el resto del planeta. Durante muchos años fue nuestro secreto mejor guardado, pero es hora de compartirlo, y que así el mundo sepa que lo mejor que tenemos para dar no es ni Juanes ni Shakira (Andrés se vomita), y que el único escritor brillante no es Gabriel García Márquez. Penguin Classics lo llevará a las bibliotecas más elegantes y exclusivas. A departamentos de literatura en colegios y universidades, bibliotecas de pueblos chiquitos, y a las manos de todos.

Sus manuscritos originales expuestos en la Biblioteca Luis Ángel Arango me hacen sentir más cerca de él y llego a verlo como un ser humano de carne y hueso. Los tachones, las hojas amarillas que olerán a libro viejo. Su letra incomprensible. Su máquina de escribir, que su hermana Rosario describe como “peligrosísima para los terroristas”. Esta exposición es una oportunidad para estar más cerca de Andrés, para quererlo de cerca y que se deje querer.

Este texto mío es una injusticia, porque no te hace justicia, Andrés.

“No tengo otra cosa que decir además de no me dejes no me dejes no me dejes no me dejes no me dejes no me dejes no me dejes no te vayas no te vayas no te vayas no te vayas no te vayas no te vayas.”

Twitter: @Virginia_Mayer

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