Medalla de plata para un hombre con corazón de oro

Medalla de plata para un hombre con corazón de oro

30 de Julio del 2012

Óscar Figueroa fue anunciado para subir a la plataforma de competencia en el levantamiento de pesas, categoría 62 kilogramos. Era el viernes 15 de agosto de los Olímpicos Beijing 2008. Más de 48 largos meses de fuerte entrenamiento se concentraban en aquel minuto. Momentos antes, en el salón de preparación y calistenia había ensayado levantando dos kilos más de los que necesitaba para subir al podio.

Salió con el uniforme tricolor de Colombia, ajustado al cuerpo y en lycra para mejor elasticidad. Untó sus manos de cal para eliminar cualquier humedad. Respiraba profundo mirando al techo. Caminó hacia la barra que en total pesaba 178 kilogramos. Abrió sus piernas, flexionó sus rodillas noventa grados, hizo el respectivo agarre de sus manos apretando la barra de acero, pasando las falanges de los pulgares bajo sus demás dedos para un mejor agarre. De inmediato, inició el arranque pero ocurrió algo inesperado: su mano derecha se zafó en un gesto aparatoso. Su dedo pulgar no respondió, se abrió y no pudo levantar nada. La pesa quedó en el piso. Falló.

Óscar Figueroa emitió un aullido ensordecedor de impotencia. Cuando bajó las escaleras, todo su cuerpo estaba envuelto por la tristeza. Al regreso al salón de calentamiento, se recostó contra una pared y comenzó a llorar sin consuelo. Acababa de perder una medalla olímpica  y las cientos de horas de preparación se esfumaron.

A Óscar Figueroa toda su vida lo ha perseguido el oro. Nació hace 29 años en Zaragoza (Antioquia), pueblo de socavones preciosos. Sus antepasados fueron buscadores de oro y su padre minero. La vida en su pueblo natal era apacible. Si tenían hambre tomaban una caña de pescar, iban al río y sacaban un par de sabaletas, arrancaban los tubérculos en la huerta de la casa y preparaban el alimento diario. Óscar, el segundo de cuatro hermanos, tenía el carácter para lidiar peleas desde corta edad. Era capaz hasta de defender a su hermano mayor, sin embargo, a sus 12 años no podía hacer nada contra la violencia entre paramilitares y guerrilla.

Por esa razón, la familia se vio obligada al desplazamiento forzado. Doña Ernelinda, su mamá, decidió hacer un par de maletas e irse con sus cuatro hijos lejos de ese infierno de oro. Los recibieron familiares en Cartago (Valle del Cauca) por un par de días hasta que consiguieron un rancho en arriendo en un barrio de invasión. En ese momento la mamá comenzó a ser la cabeza del hogar. Se empleó como ayudante doméstica en una casa de ricos y así comenzó a sacar a sus hijos adelante.

Un día Óscar pasó por un gimnasio pobre del municipio, vio que unos jóvenes levantaban pesas y le gustó la idea de hacerse grande. A sus primos que jugaban fútbol no les gustó tanto, pues veían en él posibilidades de ser un buen centrocampista, pero el joven, obstinado, se decidió por los “fierros”. Cuenta Damaris Delgado, su primera entrenadora, que el muchacho la impresionó porque en la segunda semana de entreno, el desnutrido moreno de 34 kilos de peso corporal fue capaz de levantar 65 kilos en sentadilla.

Dos años más tarde, el entrenador de la selección vallecaucana de halterofilia, Jaiber Manjarrez, lo vio ganar un campeonato y le propuso irse a vivir a Cali para prepararse con los mayores. Óscar llegó a vivir en un inquilinato humilde; con cama de colchón de paja y tablas heridas por la polilla. Desayunaba, almorzaba y comía en la tienda frente al gimnasio, cuentas que cada mes pagaba el entrenador con su propio sueldo.

Oscar Figueroa
Óscar Figueroa tuvo todo para subir al podio en los dos juegos olímpicos pasados pero la tercera fue la vencida, después de 12 años de un perserverante trabajo.

Figueroa inició su racha de triunfos. En cada categoría que participó se subió al número uno del podio para colgarse la simbólica medalla de oro, que en realidad era hecha en estaño, descubrimiento que haría un día de la madre cuando sin plata en los bolsillos, quiso empeñar una de las medallas para enviarle un regalo a su mamá. En el año 2000 fue a su primer campeonato mundial en Praga. Aunque solo hizo el quinto puesto, logró que Coldeportes Nacional le diera su primer sueldo: el primer sueldo mínimo.

Un poco aburrido por la situación económica, buscó trabajo en otras lides. Lloraba cada vez que no alcanzaba a recoger el dinero para colaborarle a su mamá para el arriendo de la casa en Cartago. Iba a renunciar a las pesas. Meses más tarde se enteró de que si ganaba el campeonato mundial, las cuentas de Coldeportes desembolsarían el dinero para la compra de una casa de interés social. Una casa barata para su mamá. Así lo hizo. En Turquía se coronó campeón mundial en la categoría juvenil. Volvió con tres medallas de oro, y con ellas, las llaves de la vivienda.

Por ley se enroló en las filas del ejército nacional. Sin embargo, la recomendación de los entrenadores deportivos hizo que lo llamaran a hacer parte del equipo de Fuerzas Armadas. Él jovencito quería salir a patrullar como los demás soldados pero sus superiores no dejaron que se perdiera en el camuflado, impulsándolo a entrenar fuertemente para asistir a los Olímpicos de Atenas 2004.

Sus primeras olimpiadas las perdió. Ese año no alcanzó la medalla por unos gramos de su propio peso. El turco Sedat Artuc y el búlgaro Vitali Dzerbianiov levantaron el mismo pesaje que el colombiano: 280 kilos, pero ellos habían alcanzado a deshidratarse un poco más.

Llegarían más triunfos aunque no el anhelado: una medalla olímpica. En el mundial de 2006 se traería la medalla de plata. Al siguiente año quedaría en el cuarto lugar sospechando lo peor, le descubrirían una grave lesión: hernia cervical C2 C6. El dictamen médico lo asustó más, pues le dijeron que podía quedar cuadripléjico. El obstinado deportista paro un par de meses, pero volvió a entrenar para intentar de nuevo ser campeón olímpico en Beijing.

Oscar Figueroa
Por fin pudo celebrar, cuando vio su nombre en el segundo lugar, detrás del norcoreano Kim Un Guk. Figueroa levantó 317 kilos.

Tratando de cuidar su salud de cualquier contingencia, decidió entrenarse de nuevo de manera personalizada con el técnico Jaiber Manjarrez. Un viejo conocido que más que verlo como una máquina excavadora que encuentra oro, lo veía como un amigo, un ser de carne y hueso y de alma noble al que había que entender por su estado anímico. Esto se vio mal en la delegación colombiana de halterofilia, pues el entrenador general era el búlgaro Gantcho Karouskov, el mismo hombre de carácter fuerte que había sacado a María Isabel Urrutia como la única medallista olímpica en traer un oro en la historia de Colombia.

Las dos personalidades chocaron. Gantcho y Óscar empezaron a tener grandes diferencias. El búlgaro anunció que si no entrenaba con el plan de él, tenía que irse de la selección. Óscar intensificó sus prácticas. Ya no eran 130 kilos los que debía levantar en los entrenamientos de arranque sino los 140 que exigía Gantcho. Las palabras se las tenía que tragar y el orgullo dejarlo en la casa si quería ir ganar en Beijing, ya que había fracasado cuatro años antes en la casa de los dioses del Olimpo. Dos semanas antes de la clasificación, los dolores lumbares se incrementaron. La solución fue entrenar con correas de amarre y dejarlas a la hora de las pruebas oficiales. Así logró clasificarse con un gran puntaje a las olimpiadas del 2008 en la legendaria China. Todo cuanto siguió en aquellos juegos lo registraron las cámaras.

Sin embargo, lo que no se mostró fueron los juzgamientos y señalamientos que personas como el entrenador Gantcho Karouskov y la propia colombiana María Isabel Urrutia hicieron dejando en duda el nombre del pesista Figueroa. El búlgaro le dijo que su problema estaba en la cabeza, Urrutia apoyaba las palabras del enérgico entrenador y algunos periodistas deportivos se atrevieron a decir en los micrófonos que “el pesista se había aculillado”. A todos estos reproches el joven Figueroa les respondió cuando puso los exámenes de su hernia discal tomados en China, en la mesa gerencial de la liga de halterofilia, sentenciando: “Aquí está lo que tengo en mi cabeza; una lesión en la espalda y un récord conseguido semanas antes para ir a Beijing, eso es lo que tengo en mi mente”.

Pasarían 12 años de entrenamiento para que los sueños de este colombiano se hicieran realidad. Ocurrió el 30 de julio de 2012, a las 2:25 de la tarde. A esa hora, se abrazó con sus entrenadores. Por fin pudo celebrar, cuando vio su nombre en el segundo lugar, detrás del norcoreano Kim Un Guk. Figueroa levantó 317 kilos, entre arranque y envión, y su nombre quedará escrito en la historia del deporte.