La esencia de correr en la Media Maratón de Bogotá

La esencia de correr en la Media Maratón de Bogotá

31 de julio del 2018

Levantarme cada día a las 5:00 de la mañana y dejar la pereza y una hora de sueño, es uno de los tantos sacrificios que hice para seguir un objetivo: correr 10 kilómetros en la Media Maratón de Bogotá. El correr más minutos, más kilómetros y no tener ninguna lesión o sobrecarga muscular es el pensamiento por cada paso para ser mejor.

Romper una marca o mejor aún, correr por segunda vez en este evento que convoca a más de 40.000 atletas, es una experiencia única que es el cúspide de un sueño que empieza para seguir compitiendo.

Luego de correr y sentir la satisfacción de haber cumplido uno de los retos en esta carrera abierta, sigue la pasión por correr en otra edición y así lo hice. Mi segunda carrera de 10 kilómetros fue más larga, pesada y con más rigor, a pesar de tener el mismo recorrido.

Al llegar al Parque Simón Bolívar atletas profesionales y aficionados nos reunimos en la Plaza de Eventos para comenzar a hacer ejercicios de calentamiento, mientras que otras personas en grupo se comían un banano -para evitar calambres- y otros se enfocaron en su propia formar de calentar y estirar. Cada uno tenía su ritual de iniciación.

¡Bienvenidos a la fiesta más grande Colombia!, fue una las frases que nos hicieron vibrar a los corredores para tener un ambiente acorde al clima: sol y cielo azul. El Parque se llenaba cada vez más para estar en punto de 10:30 a.m en la salida de la carrera.

El encuentro para correr no es una competencia, sino un espacio para ser libres, en medio de gritos y ánimos de los mismos competidores que no quieren que ninguno esté caminando o no dé todo de sí mismo para llegar a la meta.

En los tres primeros kilómetros guardé energía para lo que quedaba. Todos comenzaron con un trote suave que se fue prolongando hasta encontrar el primer puente de la Carrera 50. La inclinación nos bajó el ritmo del trote y muchas personas comenzaron a caminar.

¡La meta está cerca!, gritó un corredor que esquivaba a otros para mantener su propio ritmo. La respiración es fundamental para no sentir un desgaste que me obligue a parar. Las islas de servicio con bolsas de agua fueron el salvavidas para combatir el calor.

El segundo puente de la Avenida Esperanza con Boyacá marcaba 5 kilómetros recorridos y ahí fue fácil para volver a tener un buen ritmo de competencia en medio de un mar de camisetas grises, y una que otra de otro color con mensajes y nombres.

En medio de la carrera vi a grandes corredores que no tienen ninguna medalla olímpica, ninguna entrevista o foto en portada, sino que se destacaron por competir con una prótesis en sus piernas y dar fe que no hay ningún limite y que con perseverancia y dedicación se puede llegar a cumplir cualquier sueño.

En el kilómetro 7 con la última subida con puente en la Av Rojas con Calle 26 marcó un punto para correr más rápido y sentir que la meta estaba cada vez más cerca. La energía se agotaba y los pensamientos de ánimo fueron más fuertes para no parar ni caminar.

En ese momento a pesar de saber cual era la distancia, el pensamiento más terrorífico para un corredor es creer que hay un muro. Es decir, que a pesar de correr y correr hay fallo físico en el que no se puede más y caminar es la primera opción. Eso me estuvo a punto de pasar pero con las señales de saber que estaba cerca me di ánimo para no ceder.

A la altura del colegio militar Simón Bolívar, niños de la banda de guerra tocaban sus instrumentos para animarnos y también chocaban los cinco en medio de un ambiente de apoyo y resistencia.

Otra isla de servicio con agua y refrescos fue vital para dar todo en los últimos kilómetros y no dejar de correr hasta pasar la línea de meta venciendo miedos y situaciones en medio del trote.

A la vez que se iba llegando al Parque había más personas viendo el estado en que algunos corredores llegaban dentro de su tiempo y sin ningún rastro de cansancio, mientras que otros demostraban haber llegado a su límite pero al cruzar la meta se dibujó una sonrisa en su cara de cumplir ese reto y ser portador de una medalla que los acredita como campeones de una competencia contra ellos mismos.

Llegar a la meta fue el final de correr por una hora y darse cuenta que el cuerpo es el instrumento para poder hacer realidad sueños y retos que se hicieron a principio de año, o solo por probarse de que se es capaz.

Esta vez en mi segundo año me demoré más que la primera vez. No había remordimiento ni sentimiento de haber sido vencida por mí. Al contrario fue otra satisfacción en mi lista de metas deportivas aficionadas por cumplir.

Recibí con mucho agrado la medalla y luego más líquido, que correr con sol hizo un desgaste mayor. Estirar muy bien es uno de los factores que más nos lo recordaron por medio de los parlantes del Parque y tener un suplemento calórico, como lo son las frutas o el bocadillo.

La carrera de los 10k también escenario para corredores que comienzan su camino profesional como lo hicieron Alejandra Sierra y Cristian Moreno que marcaron buenos tiempos para seguir el ejemplo de grandes atletas nacionales.

Al salir del lugar escuché y concordé con los comentarios  que entre ellos fueron las subidas de los puentes y el tiempo de carrera, pero todos portábamos con orgullo la medalla, la de la primera vez que corrieron en este evento deportivo, o la segunda, tercera o decimoquinta.

El único punto negativo es la basura que se deja durante el recorrido y dentro del Parque, a pesar que se dijo muchas veces no dejar botellas plásticas o bolsas en medio del prado, el panorama no fue alentador para las personas que tuvieron que desempañar la labor de dejar lindo el Simón Bolívar y las calles. Es un punto que debe ser tenido en cuenta para las próximas ediciones y no dejar que nada empañe la fiesta del running y mucho menos opacar la esencia de correr. Pero, como sucede muchas veces, la idiosincrasia, negativa en estos casos, se refleja en eventos de gran importancia.