Las historias detrás de la columna de Claudia Palacios

16 de junio del 2019

Según la columna, parir es algo de lo que debe abstenerse la población en condiciones de vulnerabilidad.

Las historias detrás de la columna de Claudia Palacios

Foto: Martha Uribe

Del lado venezolano, Marisbel viajaba casi dos horas todos los viernes a Caracas para que sus hijos y sobrinos pudieran almorzar. Madrugaba con su cuñada a hacer fila a las afueras de un comedor solidario donde, semanalmente, les daban un plato de sopa a ellas y a los niños, al este de la ciudad.

Al bebé, con quien llegó en brazos ese día, lo concibió en una de las visitas que le hacía a su “marido” a la cárcel. A la niña, la mayor, además de un plato de comida, le dieron unos zapatos que aunque no eran nuevos al menos no estaban rotos como lo que tenía cuando llegó.

Foto. Ernesto García / Referencial

Cuando hablamos con Marisbel en 2018, dijo que no tenía planes de salir del país “si de vaina nos levantamos el pasaje para venir para acá”, nos respondió. También le preguntamos si era beneficiaria del plan de alimentos subsidiados que el Gobierno venezolano entregaba en bolsas y ahora en cajas. “Donde yo vivo eso no llega hace mucho y las últimas veces que llegó, los productos estaban vencidos”.

Cajas de alimentos subsidiados.

Con Jenny conversamos tres años antes, en 2015, en un hospital público de la capital venezolana cuando tenía 14 años de edad y con un avanzado estado de gestación. “Yo no sabía que iba a quedar embarazada, me di de cuenta cuando tenía 2 meses”.

La adolescente confesó que ni ella ni su pareja se cuidaban. Cuando le consultamos por qué, respondió tan solo con una sonrisa nerviosa. Jenny no cursó hasta ningún grado o año. “Yo nunca he estudiado”, nos dijo. Sobre cómo había cambiado su vida, comentó que básicamente había dejado de jugar y correr en la calle con sus amigos y amigas del barrio porque se podía caer y perder el bebé.

“¿Por qué las personas con el futuro absolutamente incierto, con un presente de mera supervivencia, traen hijos al mundo a padecer peor que sus padres?”, se preguntó la periodista Claudia Palacios, en una columna que le publicó el periódico El Tiempo.

La historia de la pobreza y de las mujeres adolescentes, o no, que traen niños al mundo en medio de la miseria es histórica. Tiene los mismos años que la humanidad. ¿Por qué siguen naciendo niños en el Chocó? ¿Por qué las mujeres siguen pariendo niños en África? ¿Por qué siguen habiendo niños entre el saldo de muertos de Siria?

¿Por qué mejor no mejor adoptan un perro? como de forma ejemplarizante hacen las parejas colombianas, es lo que deja entrever la respuesta de una una migrante venezolana a la que Palacios entrecomilla en su columna.

Carmen, de 44 años, tuvo dos hijas: ambas parieron sus primeros hijos a los 16. Confesó que nunca les advirtió que se cuidaran, quizá porque ella a los 17, cuando concibió a su primogénita, tampoco sabía que era un preservativo o una pastilla anticonceptiva. “Como a mí nunca me hablaron de eso yo nunca les hablé tampoco de eso; me daba como pena”. Carmen creció pensando que si su mamá no había querido tratar el tema, era por algo malo.

Este 2019 Samantha cumplió sus 22 años. Estuvo embarazada a los 16 y también a los 20. En ambos casos decidió practicarse un aborto. A diferencia de Marisbel, Jenny o Carmen, ella sí llegó a la universidad.

Para su familia un embarazo precoz o fuera del matrimonio hubiese sido una tragedia. En su casa nunca se hablaron temas asociados a reproducción sexual. Sin embargo, ella sí se cuidada con pastillas. La primera vez fue “pura calentura, inmadurez, irresponsabilidad adolescente”, asegura. Para la segunda, sabía que estaba bajo riesgo, pero los anticonceptivos a los que era tolerante desaparecieron, como muchos otros productos, del mercado venezolano. “Mi pareja y yo tomamos la decisión por la situación económica que apenas nosotros podemos sortear”.

Carly tiene 17 años. Quedó embarazada a en 2015, cuando tenía 15 años, y las las pastillas comenzaron a desaparecer. En entrevista para Hispanopost relató que esa fue su primera relación y que se confió de que su pareja “acababa afuera”, como él le decía. Esta es una de las versiones que más se repite en los últimos años.

Actualmente en Venezuela una caja de pastillas anticonceptivas, cuando se consiguen en una droguería, cuestan, con suerte un salario, es decir, unos 6 dólares. Pero como escasean, las ofertan en el mercado negro por 35 dólares.

Un subsidio sonó bien, pero no hizo la diferencia

La probabilidad de que las mujeres venezolanas ”paren de parir” es incierta, por razones históricas, antes de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, y otras, que necesariamente están conectadas con el proceso ideológico que arrancó en 1999, con la llegada del primero al poder y que trastocó la estructura social, político y económica del país.

Ahora, no se puede atribuir a un subsidio gubernamental los altos índices de embarazo, y adolescente, en el país, como sugirió Claudia Palacios, en la columna.

“Queridos venezolanos, acá no es como en su país, y qué bueno que no lo es, pues a punta de subsidios el socialismo del siglo XXI convirtió en paupérrimo al más rico país de la región. Así que la mejor manera de ser bien recibidos es tener conciencia de que, a pesar de los problemas internos, Colombia se las ha arreglado como ningún país para recibirlos, pero si ustedes se siguen reproduciendo como lo están haciendo, sería aún más difícil verlos como oportunidad para el desarrollo que como problema”, recomendó la periodista.

En un trino, que compartió luego de publicada la columna, aclaró que el hecho de haber señalado la necesidad de garantizar acceso a planificación familiar a los migrantes, pasaba “por explicar que algunos están acostumbrados a recibir subsidios por tener hijos, lo que en mi opinión es incentivo perverso”.

No es una mentira que beneficiar mujeres embarazadas ha sido una de las medidas populistas del Gobierno de Maduro, aunque anteriormente Chávez había promovido una Misión Hijos de Venezuela (Diciembre de 2011). Estaba dirigida a madres cuyos ingresos mensuales eran menores al de un salario mínimo, específicamente, a  adolescentes embarazadas en pobreza, mujeres embarazadas que en situación de pobreza, con hijos menores de 17 años.

Foto: Banmujer

El 8 de enero de 2018, por ejemplo, anunció un programa especial de bonos “para proteger desde el punto de vista financiero todas las embarazas del país”.

Durante la alocución aseguró que una mujer encinta llegó a decir que “Maduro está más pendiente de mi barriga que el marido mio” y que él tenía “una simpatía, un amor muy especial por la mujer embarazada”. Pero esto no indica que los altos índices de embarazo de venezolanas sean la consecuencia directa de la ‘escuela del subsidio’, que apenas si alcanza para darle de comer a un niño un par de días. Un par, con suerte.

Habría que hablar de desintegración familiar, falta de información, escasez de métodos anticonceptivos, analfabetismo y pobreza extrema, por enumerar algunos.

También es cierto que Venezuela lidera junto a Bolivia como los países de América del Sur, como las tasas estimadas más elevadas de fecundidad en adolescentes en América Latina y el Caribe. Así lo reportaron, en un informe conjunto difundido en 2018,  la Organización Panamericana de la Salud/ Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS), Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Las instancias sugieren, en otra forma de hacer un llamado al “paren de parir”, una de recomendaciones que involucran desde acciones para generar leyes y normas, hasta trabajos de educación a nivel individual, familiar y comunitario como programas de prevención entre grupos más vulnerables o incremento del uso de anticonceptivos, entre muchos otros.

“El informe señala que en algunos países las niñas adolescentes sin educación o con solo educación primaria tienen cuatro veces más posibilidad de quedar embarazadas que adolescentes con educación secundaria o terciaria”, es decir, se refiere a casos como Marisbel, Jenny, Carly, Carmen y sus dos hijas.

Migran personas, migran problemas, migran ideologías

A propósito del fenómeno migratorio, Lala Lovera, directora de la Fundación Comparte por una Vida Colombia, opinó en entrevista para Kienyke.com, que lo más preocupante es que los embarazos adolescentes de venezolanas, o los que se reportan entre la población más vulnerable, son un factor determinante para la reproducción de la pobreza en el país.

A su juicio, la clave está en la educación. “Los países receptores deben crear políticas claras de intervención de salud sexual y reproductivas de la población migrante venezolana, sin olvidar que en crisis humanitarias como estas, sobre todo las niñas y mujeres, están expuestas a violaciones de sus derechos, abusos sexuales, tráfico sexual y por el mismo desconocimiento o falta de educación, pues esto tiene unas consecuencias sin precedentes, que acentúa la crisis”.

Foto: Inatragram @lalalovera

Sin embargo, los planes de formación a los que se refiere Lovera no se limitan a un tema reproducción humana.

Ella es enfática en aclarar que en este proceso migratorio “se lucha también contra una forma de vida que penetró en el tejido social venezolano desde hace 20 años”.  En este sentido, considera que las alarmas se encendieron porque con este éxodo, la ideología que parecía haberse estacionado en Venezuela, está comenzando a penetrar en todos los núcleos de desigualdad de la región, y en este caso de Colombia y eso, opina, “es mucho más peligroso que tener 20 mil niños”.

“Para mí el mayor reto que enfrenta la región y Colombia es la educación de esta población y evitar que todo este tejido social socialista penetre en sus poblaciones más vulnerables”, comenta Lovera.

En Venezuela, esto tiene 20 años andando. Hugo Chávez la llenó de misiones, como herramienta para controlar la población venezolana. A través de estas misiones, que daban un sentimiento y una sensación de atención a una población que había estado abandonada, comenzó a instaurar su ideología. Hablo del asistencialismo, la manera perversa en que el régimen le hizo creer al pueblo venezolano que le estaba prestando atención a la necesidades sociales.

La pobreza es universal, es igual aquí y allá

De lado colombiano. cuando se tiene poco, da igual estar aquí o allá. Una casa de ladrillos sin revestimiento en Caracas, se parece mucho a una que levantaron con bloques en un barrio Bogotá. El hambre se siente por igual en ambos lados.

Los migrantes sin papeles, sin ahorros, sin educación formal, sin posibilidades reales, con niños en brazos o por nacer, son mayoría; los últimos de la fila, a quienes la crisis comenzó a ahorcar.

De hecho, sobre la columna de Palacios, que fue calificada en Twitter de xenófonica, clasista, disciminatoria, vulgar y poco rigurosa, un usuario en la red social dijo que el texto evidenciaba el rechazo-miedo de la periodista, precisamente hacia este tipo de migrantes del que estamos hablando.

Porque los pobres son incómodos, aquí o allá, pero útiles en períodos electorales, aquí y allá, por igual.

Para entender el contexto, vale la pena mencionar que según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), para 2018 ya el 87% de las familias venezolanas estaban bajo la línea de pobreza y el 61,2% vivían en pobreza extrema. Lo que se traduce en que un altísimo porcentaje de venezolanos que migraron este último año, por ejemplo, a Colombia, se encuentran en esta condición y bajo las problemáticas que definen su situación socio-económica.

Entre ese grupo está Alejandra.

El viernes se levantó muy temprano a hacer lo de siempre, desde hace unos meses, cada día. Se montó en un canguro a su niña de 9 meses y salió muy temprano a pedir colaboración en los buses del Sistema Integrado de Transporte Público (SIPT), que circulan por la carrera séptima, en Bogotá.

En transportes distintos, con rutas similares, estaba su prima y su esposo. Se comunican por celular para coordinarse. “Aquí en este lado del norte no hay tantos venezolanos en los buses, porque la mayoría ha ido consiguiendo trabajos en tiendas y restaurantes”.

Foto: Martha Uribe

Alejandra tiene 20 años y otro niño de 3 años. Su esposo, Randy, de 25 años, se vino primero con su mamá (la de ella). Hicieron una primera parada en Cúcuta, pero allí, cuenta, ambos pasaron mucho trabajo. Sin embargo, la señora se quedó trabajando en un restaurante en la ciudad fronteriza y él continuó el camino hacía la capital del país, a pie. A los meses, la señora María, de 47 años, decidió regresar a Maracay, en el centro de Venezuela, para ir por sus hijos y sus nietos. Los cuatro: ella su hija y los dos niños, viajaron a la frontera y se instalaron en la capital del departamento del Norte de Santander. Allí aguantaron un mes.

Dormían todos en una habitación con una cama, por la que pagaban 5 mil pesos diarios. La mamá-abuela era la única que trabajaba y percibía solo 15 mil pesos al día.

“Gracias a Dios nunca nos faltó la comida. Como mi mamá trabajaba en un restaurante, tenía opción de que se le daban y ella se la llevaba para la casa y así podíamos comer todos”, dice Alejandra.

En Venezuela, Alejandra laboraba como vendedora en una tienda de ropa interior femenina, en un centro comercial, y el papá de su hija, en un restaurante de comida china. Dice que la situación en el país empeoró en 2014, luego de la muerte de Chávez, y comenzó a hacerse insostenible desde principios de 2018. Antes de eso, pese a las dificultades, dice que su vida era buena.

“Nunca tuvimos ningún problema de nada”, asienta, pero luego se hizo más difícil conseguir productos de primera necesidad. Comenzamos a hacer filas en las noches, para poder comprar un solo producto por rubro: una pasta, una harina, un paquete de arroz.

También habló de los mentados subsidios. “La verdad eso no alcanza ni para comprar medio paquete de pañales. Yo creo que las mujeres venezolanas que tenemos hijos, los tenemos por nuestra propia decisión. No porque venga el presidente Iván Duque a regalarnos un millón“, comentó.

Sin embargo, Alejandra que nació con el chavismo, creció en un contexto de programas y “beneficios”. Cuenta que las cajas de comida llegaban a su casa cada 3 meses. “Las primeras llegaban buenísimas, pero poco a poco comenzaron a sacarle productos. Hasta que comenzó a rendir, no para el mes como prometían, sino para una sola semana”.

Recuerdo que cuando tenía 10 años, mi mamá compraba mucho en los pedevales y en los mercales (programas de subsidios de alimentos), me llevaban a los Centros Diagnóstico Integral (CDI) y había medicamentos. De hecho mi mamá estudió en la Misión Rivas, que era bachillerato, de noche, gratis”.

La joven migrante segura que nunca la obligaron a votar en favor del Gobierno a cambio de un beneficio, aunque ya en la última etapa le tocó diligenciar el carnet de la patria, que era obligatorio para recibir alguno de los subsidios de Maduro.

Alejandra y Randy reúnen 30 mil pesos, pidiendo colaboraciones en el sistema de transporte público. “De allí sacamos para comprar el salado, la comida el arriendo. Pagamos 300 mil pesos al mes”. Viven con sus dos hijos y otras tres familias en el barrio Santa Cecilia, en el norte de Bogotá. En total, 13 personas entre adultos y menores de edad, conviven en una casa que una colombiana les ofreció, mientras pedían dinero en la ruta B14, del TransMilenio.

Foto: Martha Uribe

“Nos llamó, nos preguntó que dónde vivíamos. Nos dijo que ella tenía una casa aquí, donde podíamos vivir cómodos. Nos dio su número, nos dio dinero para que la llamáramos. Nos dijo donde nos podíamos encontrar y nos regaló colchones, sábanas. Todo resultó bien”, cuenta.

Hoy en día, en casa todos comen los mismo: arepa, queso y mantequilla en el desayuno; pasta o pollo con ensalada en el almuerzo y arepas y panquecas en la noche. En Venezuela, comían poco y nunca, las tres veces al día. Ella repite, “gracias a Dios nunca nos ha faltado la comida”.

Cuando llegó vivían en Patio Bonito, en el sur, pero allí las cosas eran terribles, asegura: “pura droga, pura prostitución, se drogaban en las calles. No podíamos vivir allí con los niños”.

Al hijo mayor de Alejandra,  no se lo reciben en un jardín, porque migraron sin papeles y los que le enviaron luego, presentan problemas en los apellidos. Además, para ingresar le exigen se practique unos exámenes que cuestan 60 mil pesos y que no puede pagar.

Al llegar a Bogotá, la niña se enfermó de bronquiolitis y recibió atención gratuita en El Tintal, al sur de la ciudad. “Estuvo hospitalizada un mes”. Más recientemente, en el Hospital Simón Bolívar, al norte, le dijeron que tenía que pagar el 30%. “Me fui al Tintal donde otra vez me la atendieron y no me cobraron nada”.

Sobre lo que aspira en un futuro, en un principio inmediato, dice que lo que más desea es “regresar a Venezuela”. Para ella no es fácil pararse a pedir monedas en los buses, cuando en su país se ganada el sustento, con un empleo formal. “Nunca me imagine que íbamos a pasar por esto”.

Alejandra solo logró terminar la primaria. A los 15 años ya estaba viviendo con el padre de sus dos hijos. Un día dejó de cuidarse y pasó lo inevitable y nació el varón. De adolescente, cuando iba a clases, creía que un día podía ser bionalista o enfermera. A la hembra, la planificó porque jamás pensó que “la cosa se iba a poner tan ruda”.

“Para que tengas una idea, cuando la primera cesárea no me pidieron nada en el Seguro Social de San José. Con la niña, en el Hospital Central de Maracay, me pidieron la aguja, me pidieron algodón, me pidieron alcohol, me pidieron guantes, me pidieron la anestesia, que costaba un dineral”. Al final, pudo pagarla con el dinero que se ganaba Randy reciclando, aquí en Bogotá.

“Cuando mi marido llegó dormía en la calle en Patio Bonito. Comía de la basura, reciclaba y así era que se mantenía. Hasta que una señora paisa que tenía tres casas, les permitió vivir una semana en una de ellas sin pagar. Después de eso decidió montarse en los autobuses. Le daba mucha pena. Él estudio hasta 4to. semestre de Informática”, cuenta.

Por los momentos quisiera que sus hijos crecieran en Venezuela, el país donde nacieron. Como el resto, brega todos los días para procurarse, como mínimo, el pan de cada día, a la espera de una buena noticia que le permita retornar a su casa.

Recientemente una señora le dijo en un bus al que se subió con unos caramelos “trabajando con esa basura no vas a progresar”, pero ella no tiene planes de buscarse un empleo formal. Dice que prefiere seguir así, al menos por ahora, porque tiene los niños muy pequeños.

Foto: Martha Uribe

La historia de Alejandra es una de miles de las mujeres que llega a Bogotá, en busca de un auxilio. Algunas, inclusive solo se diferencian con las migrantes del TransMileno, por un título profesional, que no les ha servido de nada. Casi todas salen de Venezuela con lo justo (y en el mejor de los casos). La mayoría, sufre los efectos de dejar su país y no tener ni para desayunar.

Una mujer, gerente de importantes multinacionales, migró con su niño, muy pequeño, a Bogotá. No consiguió trabajo y se consumió todos los ahorros en seis meses. Ya regresó a Venezuela, a comenzar, otra vez, desde cero. Nunca pensó que era mejor un perro a su hijo porque el efecto Maduro sería devastador. Nunca imagino que el futuro sería incierto, que viviría un presente de mera supervivencia y que traería a su hijo al mundo a padecer junto a ella.

Lo que ocurre en Venezuela es duro y doloroso, tanto como lo es migrar. La gente sale con hambre y miedo y con ellos migra también el hambre y el miedo. Lo bueno y lo malo, todo cruza las fronteras.

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