El miedo a morir de VIH al otro lado de la frontera

28 de febrero del 2019

El drama de los migrantes venezolanos con VIH.

Frontera Venezuela

Daniel Eduardo Rojas Sánchez / KienyKe.com

Jorge salió de Venezuela en busca de unas pastillas que le prometían vida. Había adquirido el VIH desde hace varios años, su tratamiento le permitía controlar el virus, hasta que la crisis, el cerco económico y la inflación de su país hizo escasear uno de los tratamientos más costosos el esquema antirretroviral. En una encrucijada entre el avance de la enfermedad y las dificultades de migrar sin permisos, decidió migrar y llegar a Colombia en la búsqueda de las pastillas.

Migrar se hace más difícil cuando se tiene doble condición de vulnerabilidad, migrante y seropositivo (VIH). En esa condición han tenido que salir de Venezuela al menos unas 393 personas, según cifras del Ministerio de Salud colombiano. Ellos esperan encontrar el tratamiento que mantiene su salud estable, encerrados en una carrera contra el tiempo para hallar la posibilidad de una vida normal.

Jorge llegó a Colombia, se estableció en Barranquilla y empezó a trabajar informalmente en la calle. Durante tres años no logró conseguir el tratamiento antirretroviral por su condición irregular y el virus continuaba su avance. A los tres años de estar en el país cayó enfermo, lejos de su familia y sin dinero.

Escuche aquí la historia de Luis Meneses

Llevaba más de diez días en el hospital, cuando una enfermera leyó en el periódico El Heraldo una nota sobre Luis Meneses, un activista LGBTI en Barranquilla, que ayudaba a pacientes de VIH en el país y decidió contactarlo para contarle el caso y buscar ayuda.

“Me acerqué al hospital y estaba bastante delgado, tanto que no podía pararse. Estaba al cuidado de una señora que trabajaba por el Portal de Soledad vendiendo maticas, mientras él vendía agua. Era la que venía a bañarlo, a cambiarlo, pero no era familiar de él”, cuenta Meneses en diálogo con KienyKe.com.

La enfermedad había hecho lo suyo en el cuerpo de Jorge y el hospital en el que estaba internado no tenía ni siquiera una unidad de infectología para recibir atención especializada. Tampoco le habían autorizado el traslado a un hospital de mayor nivel. Meneses trató de hacer las gestiones y logró que un médico infectólogo lo visitara. Este le recetó un tratamiento sin tener los exámenes y le inyectó un medicamento.

“No sé por qué migró Jorge, pero quizá por la misma razón que migran todos, por el desespero de buscar acceso al tratamiento. Se van a lo más cercano que es Colombia o Brasil. La gente está en busca de su esperanza de vida, que es una pastilla”, afirma Meneses.

A la mañana siguiente de la visita del especialista, el activista recibió la llamada final del centro médico. “Jorge murió solo, sin familia, enterrado prácticamente en una fosa común, sin nadie que le diera un sepelio digno”, cuenta Luis con la voz entrecortada.

Los migrantes que padecen la condición de seropositivo buscan un medicamento que de forma particular puede alcanzar el precio de un millón 400 mil pesos. En Colombia este es suministrado por el Estado a los nacionales, como parte de compromisos con la ONU, para enfrentar la enfermedad, pero con un proceso de diagnóstico en las EPS nacionales, a los que los migrantes irregulares no pueden acceder.

“El tema en Venezuela es bastante complejo, tengo conocimiento de donación de medicamentos por AQA y Onusida para tener el tratamiento oportuno, pero está la dificultad del ministerio para entregarlo de manera oportuna y que no haya continuidad del tratamiento”, cuenta el activista LGBTI.

Luis Meneses se dio cuenta de esa situación cuando llegó al país y tuvo que enfrentar el proceso con un familiar cercano. Él era activista LGBTI en el estado de Zulia en Venezuela, siendo funcionario de varias gobernaciones. Durante la gobernación de Pablo Pérez, a quien apoyó por ser opositor, se dio que debía huir.

En ese tiempo asesinaron a una mujer trans con una cruceta y Meneses inició una protesta, ese liderazgo lo puso en las fotografías de varios periódicos y bajo la mira de los gobernadores chavistas de Zulia. “Eso me llevó a que me sacaran de la gobernación, me quitaran la beca y como iba a participar en un programa llamado ‘Pablo Pérez Pregunta’ me dijeron no podían permitir que Pablo se sentara a hablar con un maricón”, cuenta.

El paso diario por el puente Simón Bolívar alcanza las cifras de 50.000 personas. Al menos 2.000 se quedan en el país.Foto: Daniel Eduardo Rojas Sánchez / KienyKe.com

Se decepcionó de los partidos opositores, pero tuvo una luz de esperanza con la llegada de Juan Pablo Guanita a la cabeza del Estado. Sin embargo, a este último lo destituyeron, convocaron elecciones y ganó Omar Prieto, de la rama de Diosdado Cabello, segundo al mando de Venezuela. Desde esa gobernación empezó a sentir que su activismo político se veía mermado por el miedo.

“Empezaron a hacer una persecución conmigo. Tuve que esconderme en una casa donde no podía nisiquiera hablar por teléfono porque se oía intervenido. Decidí vender todas mis cosas y sin decirle a nadie, me fui”, afirma Meneses.

Hace un año exactamente, en febrero, tomó un carro para salir de Venezuela rumbo a La Guajira. Aunque iba con los papeles en orden para un paso regular, el carro tomó por una trocha. Dice que el tránsito fue aterrador, había gente armada “que si no pagabas te robaban”, sin embargo, ‘La Mosca’, como llaman al guía, era un wayúu que conocía el negocio de las trochas y no les pasó nada.

“Tuve que dejar mi mamá y mi hermano que son lo único que tengo, mi vida social, el no hacer la marcha LGBT me llenó de sentimientos encontrados, el dejar amigos me llenó de tristeza y me hace sentir menos, solo, aquejado. Me siento con la moral como por debajo”, dice Luis.

Tiempo después de estar en Barranquilla, con el pasaporte sellado, se enteró que un familiar suyo, con VIH, estaba desnutrido y sin tratamiento. Luis hizo lo que pudo para llevarlo a Colombia, conseguirle atención y recuperar su salud. A partir de allí empezó de nuevo el activismo que había abandonado a su llegada a Colombia, por temor de ser señalado por los demás migrantes.

“De los 4 casos con que empecé ya van 45, existen más, hay muchos más, pero no se sabe donde están, ni siquiera la secretaría de salud sabe cuántos son. No existe una ruta efectiva de atención”, afirma Meneses.

Según el asesor del viceministro de Salud Pública del Ministerio de Salud, Julio Sáenz, el 25% de los casos registrados se concentra en la zona fronteriza de norte de Santander, la mayor parte, de población migrante, también se encuentra en La Guajira, Arauca, Cesar y Boyacá. En estas zonas, según explica, se concentran los casos porque en el tránsito diario en las ciudades fronterizas también hacen presencia personas con VIH que buscan a tratamientos en Colombia, pero no se quedan en el país.

Frontera con Venezuela

La desolación de las personas en los puestos de La Parada, en la frontera con Venezuela. Foto: Daniel Eduardo Rojas Sánchez / KienyKe.com

Maryluz, una mujer de 32 años, falleció en La Parada durante una visita que realizó KienyKe.com a la frontera entre Cúcuta y Venezuela. Llevaba más de dos años con el virus luego de haber sido contagiada por su esposo que murió de lo mismo. Según cuenta Damaris, Maryluz trató de mantener el tratamiento antirretroviral pero por la avanzada enfermedad y la imposibilidad actual de conseguir los medicamentos en la frontera y Venezuela, tuvo que abandonarlo.

La última vez que Damaris vio a su amiga fue hace cerca de 15 días cuando fue a visitarla, ya con la sombra de la muerte tras su espalda, delgada como nunca había sido, arrastrada por los familiares que la llevaron a la casa de su vecina “yo creo que venía a despedirse”. “La gente que lo tiene no habla de eso, solo lo tiene”, cuenta Damaris sobre la situación en Cúcuta. Maryluz, ese día, pidió un vaso de agua y se lo tomó conversando de cuanto podía. Cuando se fue, Damaris temerosa e ignorante frente al tema, decidió botar el vaso de vidrio “no por discriminar, pero con los niños y nosotros, uno no sabe”.

Entre el desconocimiento y la ignorancia, junto a la xenofobia, se bandean los pacientes de VIH migrantes para superar ese virus que cobra cerca de un millón de vidas anuales en el mundo según cifras de ONUsida. Sin embargo, el avance de la ciencia ha permitido que esta enfermedad no sea una sentencia de muerte, sino una enfermedad crónica que, bajo tratamiento, permite una expectativa de vida igual que las personas con diagnóstico negativo.

“Está demostrado que si no hay tratamiento la transmisibilidad está propagándose, al interrumpir el tratamiento se incrementa la posibilidad de desarrollar sida y se vuelve un tema más complejo en términos de generación de resistencia al medicamento e incrementa los costos para el paciente y el servicio de salud”, explica Sáenz, en diálogo con KienyKe.com.

Junto al apoyo de Luis Meneses, también se encuentra, según el Ministerio de Salud, una atención por medio de la ONG AIDS Healthcare Foundation que ha establecido centros de atención para el diagnóstico, atención y suministro del tratamiento. Estos centros se encuentran en Cúcuta, Bogotá y Barranquilla, principalmente, pero también coordinan apoyo en otras ciudades.

En la frontera hay personas que venden los medicamentos como si fueran dulces o cigarrillos, sin embargo allí no se consiguen tratamientos para el cáncer o el VIH. Foto: Daniel Eduardo Rojas Sánchez / KienyKe.com

Para acceder a ellos la persona, regular o irregular según Sáenz, debe asistir a los centros de salud de la zona y solicitar la ayuda. Así coordinarán entre las instituciones su atención. Sin embargo, como cuenta Meneses, ese camino no siempre resulta efectivo y por eso él se pone al servicio de los necesitados a ser contactado al teléfono 3005355635.

Aunque esta situación parezca alarmante, las cifras de VIH desde que inició el fenómeno migrante venezolano han aumentado poco en el país. Así mismo, la tasa de migrantes en esta condición es mínima comparado con las dimensiones del fenómeno.

“No es posible y no es humanamente correcto impedir el ingreso a una persona por una razón distinta a problemas penales, como por ejemplo su situación de salud”, dice enfáticamente Sáenz. “Eso impediría el derecho a la movilidad humana del migrante que los pondría aún en un problema mayor de vulnerabilidad”, agrega el funcionario.

“El migrante con VIH no viene a infectar y transmitir el virus por rencor. Eso es mentira, el que viene viene en busca de su salvación. Su prioridad no es la actividad sexual, su prioridad es conseguir el medicamento”, afirma Meneses.

Como los más de cinco millones de migrantes que han salido de Venezuela, los pacientes de VIH buscan una opción de vida mejor, una que su propio país les ha negado. Esperan, contra todo obstáculo tener el derecho a una vida estable.

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