Muerte, transformación y vida

8 de abril del 2019

Por Armando Martí.

Muerte, transformación y vida

Foto: Cortesía Armando Martí.

Hace pocos días, recibí a través del WhatsApp una interesante imagen en donde aparecían dos posibilidades: decidir evolucionar o no, en nuestra misión de vida.

En la parte de abajo del mensaje se observa el símbolo del infinito (el comienzo y el final de todas las cosas). Al lado izquierdo del túnel aparece un hombre que nace, crece envejece y muere.

Pero sale por el frente del símbolo convertido en un nuevo ser humano, esta vez en la forma de mujer y comienza un nuevo ciclo de aprendizaje a través del ensayo y error, como una forma de experiencia para esta y otras vidas terrenales.

En la parte superior izquierda del dibujo, aparece una estrella que irradia una luz brillante iluminando a un ser unificado con los chakras sincronizados, y su energía fluyendo poderosamente dentro de sí.

Además, se puede leer una frase que dice: “Si no logras esto (volverse un ser de luz armónico), deberás pasar por esto (volver a nacer y morir)”.

Foto: Cortesía Armando Martí.

Reflexionando en lo anterior, vino a mi mente las enseñanzas orientales del “Samsara” que explican los ciclos de nacimiento, vida, muerte y reencarnación de la cultura budista e hinduista.

Además, en estas religiones existe la dualidad: el Dharma (acciones desde la intención del bien) y el Karma (consecuencia de las acciones), que determinan la evolución de cada persona. Este proceso se llama moksha, es decir, unión con Dios.

Entonces recordé aquellas enseñanzas que desde su mente abierta, clara y precisa, nos brindó a sus alumnos de teología el padre Humberto Silva Silva, fundador de la escuela Kyrios y quien a sus 78 años, partió de este plano terrenal en octubre del 2018.

Él nos explicó desde su brillante sencillez, que el ser humano debe primero centrarse para conocerse a sí mismo, luego descentralizarse en el otro para compartir el amor en pareja, con sus familiares, hijos, amigos y seres queridos, para posteriormente centralizarse en Dios y lograr el proceso de reactivación del vínculo trasformativo con el Creador.

El agente motivador de todas estas introspecciones, fue mi amigo el ingeniero mecánico César Téllez, quien está en este momento definiendo un importante negocio de la industria automotriz en la Ciudad de México y me escribió, porque quería agradecerme algunas herramientas aprendidas durante su proceso personal superativo, el cual yo acompañé como su Coach de vida.

Como es natural quise ver su foto de perfil y me sorprendió no encontrarme con su alegre rostro, sino con una oscura imagen de un hombre cabizbajo, quien estaba muy triste y sostenía una carta en su mano izquierda sentado en un banco solo.

Foto: Cortesía Armando Martí.

El contenido del mensaje hacía referencia a la muerte de su progenitora: “La muerte de mi madre, es como una herida en el costado que jamás sanará”. Entendí su profunda pérdida y lo llamé para darle mis condolencias.

Muy acongojado me contó que doña Gloria Inés Sánchez de Téllez, falleció a sus 70 años después de una intervención de cirugía de corazón abierto por unas venas tapadas, en donde los médicos encontraron que tenía la aorta de porcelana.

Razón por la cual, procedieron a realizar un cateterismo pero 2 horas después presentó una baja de tensión, entró en paro cardiorrespiratorio y falleció.

También, con su voz quebrada por la pena me expresó: “Es más el dolor que deja esa persona a los seres queridos, que quizás la felicidad y tranquilidad que ella está sintiendo en este momento”.

Debo aprender a soportar este sufrimiento y lidiar con los recuerdos de cuando ella estaba conmigo a mi lado, orientándome y enseñándome tantas cosas valiosas. Y pensar que ahora ya no está”.

Esta situación fue como reflejarme en el espejo de su pérdida, y me movió muchos resortes emocionales asociados con mi madre, a quien amorosamente llamamos mis hermanos y yo “Terelinda”.

Ella pasa ya los ochenta años y en su proceso natural de desgaste biológico, su cambio de dimensión trasformativa puede suceder en cualquier momento.

Si bien es cierto que nosotros escogemos la vida a través de nuestros padres, también traemos en nuestro espíritu la fuerza para realizar la misión en este plano, por encima de las equivocaciones de ellos mismos, quienes en la mayoría de los casos, desde su buena intensión desearon lo mejor para sus hijos.

De igual manera, es verdad que la pérdida de estos seres queridos se asimila pero nunca se supera. Recordemos que paradójicamente la muerte es necesaria para la vida.

Foto: Cortesía Armando Martí.

La “Apoptosis” es un término que en griego significa la caída de los pétalos o de las hojas, y se aplica científicamente a la muerte diaria de 50 billones de células que se producen en un adulto normal.

Esta “limpieza” hace que el organismo se motive a producir otras tantas células, con el fin de compensar o reparar dicha pérdida. Y es en este trance, entre morir y vivir, donde se sostiene la energía vital para existir.

Nacemos para morir. Solo en occidente se divide este proceso entre la vida y la muerte, por eso nos enseñan que nuestro enemigo natural es la muerte como un castigo divino que llega a nuestra vida para quitarnos la felicidad.

Nada más alejado de la verdad que estas afirmaciones. Nuestra consciencia está más allá de este supuesto, inclusive del mismo cerebro, pues el alma no es un efecto directo o indirecto de lo neurológico, es decir, si nuestro cerebro se “apaga” el alma también.

Eso para mí no es cierto, pues he visto morir a familiares y amigos, y en cada situación, se evidencian distintos fenómenos que se manifestaron en cada uno durante su agonía y posterior partida.

Por ejemplo, durante la fase final de la vida de mi padre Armando Francisco, él describía encuentros con seres queridos fallecidos, rostros que salían de un espejo que tenía enfrente de su cama de la habitación de la Clínica Shaio de Bogotá.

Los médicos al relatarles estos hechos, aseguraban que eran alucinaciones y sin prestarle la debida atención mimetizaron su importancia. No se daban cuenta que estas experiencias eran espirituales y no físicas.

Mi padre, mi madre, dos enfermeras y yo, vimos una especie de luz suave que invadió el cuarto y momentos previos para ser trasladado a la sala de cuidados intensivo donde murió, su rostro que antes estaba lleno de dolor y miedo, se tranquilizó y sus ojos se iluminaron levemente con una bella mirada de sosiego y calma interior.

Un gesto como si por fin, hubiera comprendido el amor que siempre le faltó en su exitosa, agitada, creativa y a veces dolorosa vida, que él escogió y forjó a través de cada una de sus decisiones.

Asimismo, he percibido cuando otras personas queridas se han “despedido” de mí antes de morir. Como sucedió con mi tía Gloria, que se hizo “sentir” delante de mi amigo Robert Garzón, ya que, mientras conversábamos un extraño frío congeló el espacio donde estábamos.

Igualmente, Diego el ex novio de mi hermana María Cristina, quien se cayó desde un quinto piso cuando revisaba una de sus obras de arquitectura, se me manifestó sonriente como un gesto por la visita que le hice a la Clínica del Country.

El olor a alcohol y medicina, permaneció varios días en mi habitación. Mi querida hermana Cristina, sabe muy bien de lo que le estoy hablando.

Por otra parte, hace algunos años, asistí al entierro de la madre de una familia a quien quiero mucho, y mientras rezábamos el rosario en la sala de velación, pude verla parada al lado de su féretro bendiciendo a sus hijos, amigos y familiares.

También en esa ocasión, la luz se tornó más brillante y lo comentamos con mi esposa Catherine y otros amigos que asistieron a su velación.

Estas experiencias del final de la vida, contienen muchos prejuicios y casi no se comparten debido al miedo, la vergüenza o la ignorancia de confundir un fenómeno netamente espiritual con otro de origen cientificista, parasicológico y supersticioso.

Según las estadísticas, más del 60% de las personas en Estados Unidos y otro porcentaje más elevado en Europa (alrededor de 800 millones de persona), creen en la posibilidad de que la consciencia sobrevive más allá de la vida física. Contrario a grupos científicos occidentales, que minimizan o ridiculizan la posibilidad de vida después de la vida.

El psiquiatra judío alemán Viktor E. Frankl, creador de la Logoterapia escribía después de su terrible experiencia dentro de un campo de concentración nazi, durante la Segunda Guerra Mundial: “En la muerte el ser humano no pierde su vida, se trasforma en la vida”.

Esta reveladora y brillante conclusión, fue inscrita en el mármol donde reposan los restos de mi querido padre, en los campos de los Jardines del Recuerdo al norte de la capital.

Las muchas caras de la muerte

Foto: Cortesía Armando Martí.

Independientemente de cómo y dónde nacemos, lo que en definitiva une a los seres humanos de las diferentes culturas en el mundo, es el hecho de que eventualmente todos morimos.

Sin embargo, las culturas varían en la forma en que conceptualizan la muerte y lo que sucede cuando una persona fallece. En algunos países, la muerte se concibe como resultado de alguna enfermedad o a partir del deterioro físico después de cierta edad.

Mientras que en diferentes tradiciones, ven la muerte como una transición a otras formas de existencia, es decir, una interacción continua entre los muertos y los vivos. Como una especie de patrón circular de muertes múltiples y renacimientos; y para otros es el fin sin que ocurra nada después de la misma.

Aunque nos entusiasma los temas relacionados con el nacimiento, de igual manera las personas discuten la muerte con extrema reticencia.

La dificultad de tener una visión unitaria de la muerte, se puede apreciar cuando nos damos cuenta de que es problemático definir lo que entendemos por muerte.

Durante más de cien años la definición clínica de la muerte, se basó en la ausencia de latidos cardíacos y respiración.

No obstante, los avances en la tecnología médica hicieron posible que los signos vitales fueran sostenidos por máquinas, modificando el término muerte a muerte cerebral total, que se refiere al “cese irreversible de las funciones circulatorias, respiratorias y cerebrales”.

Junto con esta definición se establecen algunos criterios, los cuales deben cumplirse antes de que una persona sea declarada muerta: Ausencia de respuesta espontánea a cualquier estímulo; falta de respiración espontánea durante al menos una hora; carencia de actividad postural como tragar, bostezar o vocalizar; no hay movimientos oculares, parpadeo o respuestas de la pupila, así como también, una ausencia total de reflejos motores.

Esta definición no solo representa una concepción en gran parte occidental de la muerte, sino que es un enfoque meramente científico, pero ¿cómo se concibe la muerte desde diferentes religiones?

Perspectivas culturales de la muerte

Foto: Cortesía Armando Martí.

Catolicismo

Los católicos creen que hay una vida después de la muerte y que cuando la persona muere, verá a Dios cara a cara. Si una persona ha cometido una ofensa grave y no se ha arrepentido en el momento de la muerte, será difícil que entre en la gloria completa del cielo.

Cuando una persona está cerca de la muerte, la familia o los amigos le piden a un sacerdote que venga a orar por el enfermo y le administra el Sacramento de la Unción de los Enfermos.

Esto incluye la unción con los Aceites Santos y la recepción de los Sacramentos de la Reconciliación y la Sagrada Comunión.

El rito funerario católico se llama la Orden de los funerales cristianos, en donde la familia y los amigos oran por la persona fallecida y le piden a Dios que reciba su alma en la gloria eterna.

La vigilia de los difuntos (un servicio de oración) se lleva a cabo la noche antes del funeral. El día de la ceremonia final, se celebra una misa de réquiem por la persona fallecida.

En la tumba se celebra el Rito de Compromiso, en donde los familiares y amigos, junto con el sacerdote, rezan una vez más por la persona fallecida mientras entregan el cuerpo o los restos cremados al lugar de descanso final.

Durante el próximo año los familiares y amigos, a menudo celebran una misa por la paz del alma de la persona fallecida. En ocasiones especiales, como el cumpleaños, la Navidad o el aniversario de muerte, se visita la tumba, ofreciendo flores u otros objetos para recordar al difunto en señal de respeto.

Foto: Cortesía Armando Martí.

Budismo

Los budistas creen en el renacimiento. El objetivo de su vida es escapar del ciclo de la muerte, para alcanzar el nirvana o un estado de paz perfecta.

En el preámbulo a la muerte, la persona moribunda puede pedirle a un monje de su tradición que lo ayude a hacer que su transición de la vida a la muerte sea lo más pacífica posible.

Los budistas creen que el estado mental de una persona al morir es muy importante para que pueda encontrar un feliz estado de renacimiento, por eso recitan cánticos de las escrituras budistas.

En el momento de la muerte, el espíritu abandona el cuerpo inmediatamente, pero puede permanecer en un estado intermedio cercano al cuerpo. En este caso, es importante que el cuerpo sea tratado con respeto para que el espíritu pueda continuar su viaje hacia la felicidad.

El tiempo que se cree que toma el espíritu para renacer puede variar según las acciones positivas que haya acumulado a lo largo de la vida.

Usualmente los servicios funerarios son muy humildes. A veces las cenizas pueden ser esparcidas en un campo sagrado, o la tumba puede ser visitada por amigos y familiares en memoria de la persona que falleció, pues los budistas creen que solo el cuerpo físico está en la tumba porque el espíritu de la persona ha renacido.

Foto: Cortesía Armando Martí.

Judaísmo

Las creencias pueden variar dependiendo de si la persona judía es ortodoxa, reformista o conservadora. Los judíos creen que cuando mueren, irán al cielo para estar con Dios. Este siguiente mundo se llama Olam Haemet o “el mundo de la verdad”. La muerte es vista como parte de la vida y el plan de Dios.

La familia y los amigos se reúnen, y un rabino puede ser llamado para ofrecer consuelo y orar por la persona que está muriendo, debido a que no debe quedarse sola.

En el momento del fallecimiento, los ojos del muerto están cerrados y el cuerpo tendido en el suelo, cubierto y rodeado de velas encendidas. Comer y beber no se permiten como una señal de respeto.

Los judíos no pueden ser cremados o embalsamados. El cuerpo está envuelto en un sudario blanco. Las lágrimas de los familiares ante la pérdida, se ven como un signo de tristeza y también pueden rasgarse la ropa como expresión de su dolor. La ley judía dice que cada tumba debe tener una lápida para recordar al difunto.

Una vela se enciende después de regresar del cementerio para conmemorar siete días de luto llamado Shivah, momento en que la gente puede ofrecer simpatía a los familiares. Cada año se conmemora el aniversario de la muerte según el calendario hebreo, como un día solemne.

Formas de aliviar el dolor de los vivos

Foto: Cortesía Armando Martí.

La pérdida de un ser querido, puede ser uno de los desafíos emocionales más difíciles de la vida. La pena y el dolor son un proceso, ¡La recuperación es una elección!

Por eso es normal que las personas experimenten a nivel emocional estados de negación, culpa, auto culpa, temor, vacío, temor, tristeza y depresión.

Al igual que a nivel psicológico, inhabilidad para concentrarse en sus labores diarias, emociones explosivas, un periodo de baja autoestima, falta de interés en uno mismo y en los demás, incapacidad para llevar las cosas a término e inhabilidad para disfrutar de la vida.

Y a nivel físico, es normal experimentar un cansancio continuo, dificultad para conciliar el sueño, exceso o falta de apetito, presión en el pecho, dolores de cabeza y estomacales, nudos en la garganta y nerviosísimo en general.

A continuación, algunas herramientas y ejercicios transformativos que como Coach de Vida, Gestor Emocional y Logoterapeuta, he podido realizar con ciertas personas y familias que he tenido la oportunidad de acompañar durante el proceso del duelo:

  1. Ofrecer esperanza: Las personas que han sufrido una aflicción a menudo recuerdan a aquellos que les brindaron palabras tranquilizadoras y la certeza de que las cosas mejorarán, ayudándoles a orientar el dolor hacia un sentido renovado de la vida.
  2. Realizar llamadas telefónicas: A veces lo que se necesita es un apoyo constante pero moderado, especialmente después de las primeras semanas o meses cuando todo vuelve a la normalidad. Expresar simpatía, es importante pues los demás se sienten contenidos y respaldados en su dolor.
  3. Sensibilidad ante las diferencias: Cada individuo llora y se lamenta de diferentes maneras. La religión juega un papel importante en cómo se trata la muerte y lo mismo ocurre con los antecedentes étnicos, culturales y familiares. Por lo cual es fundamental, no intentar imponer las creencias sobre la muerte, sino por el contrario, acompañar desde la orilla de la comprensión y la compasión.
  4. Escuchar en lugar de aconsejar: Esta es una sabia decisión durante las transiciones dolorosas. A menudo, las personas exteriorizan el dolor o trauma, contando su historia una y otra vez, hasta lograr una catarsis que les permite de manera saludable continuar con la vida.
  5. Expresa los sentimientos: Es primordial aprender a manejar no solo la ira sino también los instantes de frustración con mucha suavidad y aceptación. Las personas que están de duelo, a veces dirigen sus sentimientos de enojo hacia el objetivo más cercano.

Si sucede que eres tú, trata de ser comprensivo. Es decir, espera hasta después de que la persona se haya calmado, antes de plantear posibles escenarios sanos de duelo.

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