La valiente mujer que engañó a los nazis

La valiente mujer que engañó a los nazis

8 de marzo del 2017

Irena Sandler

En 1939 el poderoso ejército Alemán invadió Varsovia, capital de Polonia. Poco tiempo después, la terrible maquinaria Nazi puso en marcha uno de los horrores más inimaginables de la historia de la humanidad: el Gueto de Varsovia.

Como animales, allí fueron enviados miles de judíos, mientras esperaban su destino final: el Campo de Concentración de Treblinka. Llegó a haber dentro del Gueto 400 mil personas, que ocupaban menos del 3% de lo que era Varsovia entonces. Hacinamiento sería una palabra que se quedaría corta para describir el espectáculo.

El hambre, las enfermedades, las ejecuciones y las deportaciones a los campos de extermino, en tres años, redujeron la población del gueto a 50 mil. Las primeras víctimas siempre eran los niños. Una mujer se dio cuenta de ello, y como si fuera cuestión de vida o muerte, se propuso salvar a tantos como fuera posible. Ella se llamaba Irena Sendler.

Cuando los Nazis invadieron su país, Irena era enfermera, y trabajaba en el Departamento de Bienestar social de Varsovia. Por su profesión, le quedó muy fácil infiltrarse en el gueto, ya que los soldados alemanes no entraban porque temían contagiarse con el tifus.

“La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad”, dijo Irena en una entrevista.

Cuando caminaba por las calles del gueto, llevaba el brazalete con la Estrella de David como gesto de solidaridad y para no llamar la atención. Al darse cuenta de las condiciones de los niños judíos, que muy posiblemente morirían en el gueto, Irena empezó a sacarlos de allí.

Primero hablaba con los padres, a quienes trataba de convencer de que era mejor sacar a los niños de ahí. Ellos le preguntaban “¿Puedes prometerme que el niño vivirá? Pero Irena no podía garantizar nada. Ni siquiera sabía si ella misma iba a estar viva al otro día. Lo único que podía hacer era intentarlo: si los niños se quedaban en el gueto seguramente sí iban a morir. Era entonces, elegir entre una muerte segura y una muerte posible.

Desde 1941 hasta 1943 Irena logró salvar a más de 2500 niños. Sus maniobras eran, además de arriesgadas, distintas y creativas. Solía, por ejemplo, sacarlos dentro de ambulancias, diciendo que tenían tifus. O sino los metía en ataúdes, en costales, en cajas. Cualquier oportunidad, cualquier resquicio, eran escondites potenciales que salvarían vidas.

Con el tiempo los Nazis supieron de sus actividades. Inmediatamente fue llevada a la prisión de Pawiak. Allí Irena fue torturada antes de ser sentenciada a muerte. Antes de que se ejecutara la sentencia, un soldado alemán la llevó para un “interrogatorio adicional”. Entonces la llevó a la calle y en polaco le dijo que corriera. Al otro día, Irena Sendler vio su nombre en la lista de polacos ejecutados que publicaba el periódico.

Irena era la única que sabía los nombres verdaderos y dónde estaban los niños judíos. En 1943, cuando pasó el Levantamiento de Varsovia, metió esos listados en un tarro de vidrio y los enterró en el jardín de la casa de un amigo. Cuando terminó la guerra, le informó al médico Adolf Berman. Entonces siguió la tarea de unir a los sobrevivientes con sus familias, que en realidad era pocas: muchos habían muerto en el gueto o en Treblinka.

Irena Sendler vivió el resto de su vida en Polonia. Durante el gobierno comunista también tuvo algunos problemas por su ideología que no encajaba del todo en el imaginario de la Polonia comunista. Entonces volvió al anonimato.

Con los años, la historia le dio que se le debía. Fue condecorada con la orden del Aguila Blanca en Polonia. Se le dio también el título de Justa entre las naciones, entregada por el gobierno israelí. Además, en 2007 fue candidata al Premio Nobel de Paz. Murió a la edad de 95 años, siendo reconocida como el “Ángel del Gueto de Varsovia”.

Christta McAuliffe

Puede que no haya un solo ser humano en el mundo que, cuando vea las estrellas, no piense en cómo sería ir al espacio. La posibilidad de tener una aventura es casi que imposible para cualquiera; muchos aspiran a ello, pero pocas, muy pocas personas son los que lo logran en realidad. Christta McAuliffe fue una de ellas.

Los astronautas generalmente son físicos, ingenieros, militares altamente preparados. Christta McAuliffe era, en cambio, profesora de preparatoria. Dictaba historia, inglés, economía, y un curso diseñado por ella misma llamado “The American woman” (La mujer americana).

En 1985, la NASA creo el programa “Profesor en el espacio”. Luego de un riguroso proceso de selección McAuliffe fue elegida como especialista de carga para viajar en el Trasbordador Espacial Challenger. No cualquier lograría algo así. No cualquiera, además, soportaría las exigencias del entrenamiento aeroespacial, que incluía vuelos a grandes velocidades en aviones de combate, simulación de gravedad cero, extenuantes ejercicios físicos, así como técnicas para el manejo de la carga útil a bordo del Challenger. Parecían pruebas diseñadas por hombres para que las hicieran hombres. Sin embargo, Christa las pasó todas exitosamente. Había ganado con creces el derecho para ver el planeta desde afuera.

En enero de 1986 la misión estaba lista. Tenía como objetivo poner en órbita los satélites TDRS-B y SPARTAN-Halley. No obstante, expertos de la NASA decían que no era seguro hacer el lanzamiento entonces, pues la nave, primero, parecía no cumplir con las condiciones de seguridad necesarias. Segundo, el clima que de los últimos días, de vientos fríos e intensos, podría dificultar el despegue. Pero la misión ya se había aplazado mucho, y ese era un lujo que la NASA no se podía permitir, así que el 28 de enero de 1986, el Challenger cursaría el cielo por fin.

Además de lo anterior, una desafortunada secuencia de errores técnicos y humanos precipitaría la tragedia, quizás una de las más graves que ha sufrido la aventura humana de explorar el espacio. 73 segundos luego del despegue, a más de 20 km de altura, frente a millones de televidentes, el Challenger explotó. Los siete tripulantes, entre los que estaba Christa McAuliffe, murieron cuando la cápsula de la nave, que caía a más de 300 km/h, se estrelló y se desintegró en el mar.

La posibilidad de tener una aventura es casi que imposible para cualquiera; muchos aspiran a ello, pero pocas, muy pocas personas son los que lo logran en realidad. Christta McAuliffe fue una de ellas.

No cualquiera llega al espacio en un cohete. Así, a Christta Mcauliffe se le ha reconocido, más que como una astronauta, como una mujer valiente, común y corriente, que sobresalió dentro de un espacio sobretodo masculino, a veces exclusivo y duro, en el que logró un imposible para la mayoría de seres humanos: ser astronauta.  Que haya muerto en eso le da más peso a su memoria.

Irena Senders y Christa McAuliffe hicieron lo que hicieron en épocas y puntos diferentes de la historia. No hay entre los hechos ni la más remota conexión. Lo único que tienen en común es que fueron mujeres, y que se arriesgaron por hacer algo especial por sí mismas y por los demás. Mujeres como ellas pueden haber miles en el mundo. El hecho que estén en el anonimato no quita resta en nada al papel que ellas, todas las mujeres, han hecho para que el mundo siga girando; para que el mundo no se desbarate.