Belfast y Cali, emparentadas por los ‘muros de paz’

12 de septiembre del 2019

La iniciativa ‘Graficalia, hablame en colores’ reunió a 16 artistas nacionales e internacionales

Belfast y Cali, emparentadas por los ‘muros de paz’

Foto: Anadolu

“Acceso carnal violento”: violación. “Cerco diplomático”: invasión. “Solución final”: Holocausto judío. “Peace walls”: paredes que separan a las comunidades protestantes de las católicas en Belfast, Irlanda del Norte.

A las cosas en algún momento hay que llamarlas por su nombre, y los llamados “muros de paz”, levantados a lo largo de 30 kilómetros en Belfast, dan cuenta de una segregación urbana que el Acuerdo de Viernes Santo de 1998 -pacto que finalizó un conflicto armado de tres décadas entre republicanos y unionistas- no pudo disipar.

Estas barreras físicas de hierro, acero y hormigón, que en algunos espacios de la ciudad alcanzan los ocho metros de altura, son el legado de una sociedad con un profundo sectarismo.

Muchos residentes de los barrios obreros consideran necesaria la presencia de los “muros de paz” como una solución para mitigar la violencia. Otros, los artistas gráficos urbanos, los perciben como un lienzo testimonial en el que se habla en igual medida de los ‘Troubles’ -enfrentamiento interétnico en Irlanda del Norte- y de la resiliencia.

En este sentido, el grafitero irlandés Jonny McKerr (JMK) destaca el valor de su arte como una herramienta de paz, de resistencia y de apropiación para transformar las dinámicas violentas en los suburbios de Belfast y el mundo.

JMK, quien combina un estilo tradicional de pintura al óleo con una yuxtaposición de gráficos contemporáneos, asegura que “el arte urbano es determinante para los jóvenes porque produce una sensación de libertad que sirve como distractor. Esto algunas veces los hace olvidar el rudo contexto en el que viven. A pesar del sistema escolar segregativo de Belfast, el arte fomenta la integración comunitaria”.

“En el marco de las pintadas de paredes -añade McKeer- los jóvenes se dan cuenta que no son tan diferentes los unos de los otros, y así adoptan una lógica de tolerancia y aceptación. Este tipo de métodos puede ser utilizado en diferentes contextos del mundo, no interesan las dificultades sociales o económicas, no importa si el país se llama Colombia o Irlanda del Norte”.

Al tiempo que sus dedos teñidos por el aerosol enrollan un cigarrillo de tabaco marca ‘Amber Leaf’, McKeer habla de la importancia que tiene para Colombia -en época de implementación del acuerdo de paz del 2016- realizar estrategias estatales como ‘Graficalia, hablame en colores’, una iniciativa de la Secretaría de Paz y Cultura Ciudadana de Cali que surgió como mecanismo de prevención social de la violencia a través de talleres con jóvenes en situación de vulnerabilidad.

McKeer, invitado por el British Council a ‘Graficalia’, trabajó con 15 artistas nacionales e internacionales durante siete días e intervinieron 16 muros de la capital vallecaucana.

Uno de ellos fue el que se pintó en la frontera invisible entre la comuna 19 y 20 de Cali, zona de la ciudad donde históricamente las pandillas y grupos criminales han trazado límites para preservar el control del microtráfico y la extorsión.

En esta demarcación imaginaria, Peachzz, otra de las artistas traídas desde el Reino Unido, llevó a cabo una pintada colaborativa que, según el artista gráfico Anderson García Pérez, encierra un mensaje tácito: “Podemos trabajar de un lado y del otro sin necesidad de agredirnos”.

“Con el grafiti le llegamos al joven de forma efectiva. Se le dice: ‘Vea, esto también es ser calle, esto también es ser capo, esto también es tener respeto en su barrio’, pero a través de una dinámica cultural”, cuenta García.

“Yo le aseguro -continúa- que muchos de nosotros podemos atravesar las fronteras invisibles en muchos barrios solo porque somos artistas. Pero, además, esos pelaos que en un principio se interesaron en pintar una pared en muchos casos se convierten en profesionales de diseño gráfico, de artes visuales y carreras afines”.

Lo que callan los barrotes, lo gritan las paredes

-¿Qué va a hacer cuando salga?

-Quiero ser pintor. Quiero que me reconozcan por mi estilo body abstracto. Antes de caer acá no sabía pintar, pero después de ver a un compañero utilizando las témperas y la brocha, me interesé. Me faltan nueve meses para salir y mi paso a seguir es aprender más sobre pintura, que mis cuadros den la vuelta al mundo y los valoren.

Quien habla es Jhon. Cumple una condena de 72 meses por homicidio en el Centro de Atención Especializada (CAE) Valle del Lili, en Cali. Allí los muros que se yerguen sobre los pastizales, rematados por una maraña de alambres de púas, contienen a una población mixta de 380 jóvenes privados de su libertad.

Bajo un calor estival, dos paredes blancas de este CAE, separadas por una reja amarilla, son tatuadas por JMK y 20, 30 o 40 manos de adolescentes en conflicto con la ley penal. El resultado: dos colibríes psicodélicos que alzan vuelo en direcciones opuestas.

Con su naturaleza antiestablecimiento, el grafiti se carga de simbolismos. Para una de las menores con sanción privativa de la libertad, es su “liberación poética”.

“En estos casos -anota Sylvia Ospina, directora del departamento de artes del British Council en Colombia- el arte urbano tiene un inmenso poder de catarsis, el poder para ayudar a sobrellevar el dolor que dejó una mala decisión”.

Es así como, tanto en Belfast como en Cali, el grafiti sirve para superar los agravios. Al respecto, el escritor y director de la Fundación Gratitud, Camilo Hoyos, explica que este tipo de ejercicios de “verbalización” -en este caso, entendidos como grafitis- son fundamentales para cualquier proceso de restauración y trabajo emocional.

“Tras visitar Irlanda del Norte, un país que ya pasó por un conflicto armado y un posconflicto, me di cuenta que el arte urbano fue y es un canalizador de emociones e iras. Eso habla de nuestras similitudes, aunque estemos en diferentes orillas”, concluye Anderson García Pérez.

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