Lupa sobre el negocio del microtráfico en Barrio Antioquia

Lupa sobre el negocio del microtráfico en Barrio Antioquia

18 de marzo del 2017

No es secreto a voces, es una realidad. Si una persona quiere comprar droga en Medellín y, de cierta forma, sentirse un poco tranquilo haciéndolo, el lugar al que se dirige es el Barrio Antioquia. Un sector que, de no ser por la problemática de microtráfico que inunda sus calles, sería como cualquier otra zona humilde de la ciudad.

Realmente es fácil comprar. El recorrido del conductor arrancó por la avenida Las Vegas hasta la calle 10 para tomar dirección hacia el occidente de Medellín. Pasó por la glorieta de la Terminal del Sur, cogió la carrera 65, llegó hasta la glorieta del Aeropuerto Olaya Herrera y viró a la derecha para pasar por un costado del Parque Biblioteca de Guayabal por la carrera 65G.

Sobre la calle 16A dobló a la izquierda y siguió el sentido de la vía hasta llegar a la calle 20. Esta es una de las tantas puertas que tiene el barrio para los que ‘van a mercar’ a la que, se dice, es la mayor plaza de vicio de la capital paisa, ya que también es proveedora de otras zonas de la ciudad como la Comuna 16 (Belén).

Derecho, apenas una cuadra después, sobre la calle 24 con la carrera 65GG, se estacionó el carro con luces apagadas. La esquina se mantiene en penumbra para facilitar las transacciones. El conductor bajó la ventanilla y de inmediato se le acercó un hombre que vestía camiseta, jeans y tenis. Un tipo normal.

“10 de crespa”, dijo el conductor, y el hombre se retiró. 30 segundos después regresó con una bolsita de ziploc pequeña con 5 cigarrillos de marihuana armados. Recibió el billete como pago, el conductor tomó la mercancía, subió la ventana y en cuestión de dos minutos ya había hecho lo que casi todos los conductores llegan a hacer a Barrio Antioquia, comprar droga.

Para salir, dobló a la derecha, luego a la izquierda, y dejó atrás ventas de empanadas, tiendas, pequeños bares y personas que conversan tranquilas sentadas en las puertas de sus casas como si nada de esto ocurriera en sus narices. Ya están tan acostumbrado que conviven sin temores con la realidad del microtráfico de su sector.

Es difícil cortar el problema de raíz

Lo que hizo el conductor y lo que pasa en Barrio Antioquia es bien conocido por las autoridades. De hecho, el más reciente operativo, de muchos llevados a cabo en la zona, fue el que realizó el CTI de la Fiscalía el pasado 2 de marzo y que permitió quitar de las manos de ‘La 24’, una de las plazas más conocidas en el barrio, 1.736 cigarrillos de marihuana, 326 blunts (porros en papel de tabaco), 368 bolsas con clorhidrato de cocaína, cinco tarros de popper y varios libros de contabilidad.

Foto: Dirección Seccional de Fiscalías

Foto: Dirección Seccional de Fiscalías

Además, descubrieron y destruyeron las caletas que ingeniosamente tenían en antejardines, jardineras y postes, en donde escondían pequeñas cantidades de mercancía en el espacio público, mientras su gran botín lo mantienen resguardado en alguna de las casas.

El golpe fue significativo, pero realmente no afectó la economía ilegal del barrio. ¿Por qué? Eso fue lo que la Policía, La Fiscalía, la Secretaría de Seguridad de Medellín y una líder de la zona le explicaron a Kienyke.com.

De zona de tolerancia a plaza de vicio

Muchos no lo saben, pero Barrio Antioquia no es el nombre legal del sector. En los planos de Medellín el que existe, entre las carreras 65 y 67 y las calles 20 y 30, es el barrio Trinidad.

Sin embargo, a la zona se le conoce por el primer nombre porque hacia 1910, cuando iniciaron los asentamientos en las mangas de aquel entonces, sus habitantes provenían de diversos municipios del departamento.

Luego, en 1951, el alcalde Luis Peláez Restrepo convirtió el sector en la primera zona de tolerancia de la ciudad con el decreto 517. En ese momento llegó la prostitución y con ella el alcohol y el vicio.

Ese hecho, según los funcionarios de la Secretaría de Seguridad, la Policía y la comunidad es el punto de partida del problema del microtráfico.

“Ahí empieza a coger mala fama el sector, comienza el estigma”, señalaron desde la Secretaría de Seguridad.

Luego, en el apogeo del narcotráfico, el ambiente del barrio fue propicio para la llegada del negocio ilegal que predomina hoy en día.

Dicen que fue centro de operación de Griselda Blanco y desde allí salieron muchos jóvenes como mulas hacia Estados Unidos. Desde ese tiempo, la droga se convirtió en un negocio de familias que se transmite de generación en generación.

¿Cómo funciona?

“Hay plazas tradicionales: la de ‘Doña Olga’, ‘El Negro’, ‘La 24’, que son manejadas por núcleos familiares que tienen pactos informales de no agresión. Se distribuyen el territorio y se respetan los negocios”, contaron funcionarios de la Secretaría de Seguridad.

En la actualidad, explicó el coronel Juan Carlos Rodríguez Acosta, subcomandante de la Policía Metropolitana del Valle de Aburrá, “allá delinquen algunos combos: ‘La 24’, ‘Alex Pin’, ‘Barrio Antioquia’ y ‘El Quinto, que tienen vínculos con las organizaciones delincuenciales integradas al narcotráfico – Odines –  ‘Caicedo’ y ‘Los Chatas’ para poder ejercer su actividad”.

Estas dos odines, cabe señalar, están asociadas a la estructura de ‘La Oficina’, y en los últimos días han recibido duros golpes con las capturas de algunos de sus cabecillas.

Claudia Carrasquilla, directora Seccional de Fiscalías, afirmó que “lo que han podido evidenciar las indagaciones es que en esta zona tradicionalmente se dedican a la distribución de estupefacientes en dosis mínimas y tienen sus centros de acopio en las viviendas”.

Por eso, en 2016, con la aplicación de la extinción de dominio a las casas en donde se guarda la droga, la Fiscalía logró expropiar 34 propiedades que ascienden a un valor de 4.000 millones de pesos.

“Pretendemos desarticular las microestructuras que hacen parte de todo un andamiaje para la distribución de sustancia estupefaciente con el proceso de extinción de dominio. Así se atacan las finanzas de las estructuras delincuenciales y se sacan del comercio los inmuebles donde se almacenaban las drogas”, explicó la fiscal.

La economía ilegal

El negocio del microtráfico que se da en este sector de Medellín es siu generis, aseguraron en la Secretaría de Seguridad. Como ya se dijo, porque es una actividad de familias enteras, así que si cae el papá, el hijo u otras personas con lazos sangúineos continúa con la venta. Esto es lo que hace más difícil romper la cadena.

Pero también es único porque entre todos los que están dedicados a la actividad ilícita tienen montada una organización que les permite evadir el control de las autoridades.

“Ellos están organizados como una empresa”, dijo Erika Pérez, presidente de la Junta de Acción Comunal. “Es un negocio, no es como una plaza de vicio cualquiera, a los campaneros les pagan sueldo y tienen prestaciones”, aseguró.

Esos muchachos, distribuidos por toda la zona, son los que advierten la presencia de las patrullas de los cuadrantes de la Policía y están atentos a brindar seguridad a los compradores que provienen de todas partes del Área Metropolitana.

Por eso, explicaron desde la Secretaría de Seguridad, “el entorno es el que se encarga de perpetuar la dinámica del barrio. Los clientes llegan en bicicleta, en moto, en carro, hasta en los vehículos más lujosos”.

Si hay demanda, es muy difícil que se acabe la oferta, coincidieron las fuentes. Por eso, los dueños de las plazas se rebuscan la forma de garantizar siempre el abastecimiento y recuperarse de las pérdidas que causan las incautaciones que hacen la Policía y la Fiscalía.

El enfoque de las autoridades

Este año, según la Policía, se ha evitado que más de cinco toneladas de marihuana ingresen a la ciudad, al igual que diferentes tipos de estupefacientes. Pero siguen encontrando maneras efectivas y creativas para ingresar las drogas al barrio.

“Utilizan grandes y pequeños vehículos, hasta personas a pie, cualquier tipo de metodología para evitar los controles”, dijo el coronel Rodríguez.

El subcomandante aseguró que la presencia de la Policía es permanente y eso obliga a que la mecánica criminal cambie de forma constante para evitar ser capturados.

El control, explicó, se da de dos maneras: “una línea es de carácter investigativo con la Fiscalía, para identificar las personas y judicializarlas, además de adelantar procesos de extinción de dominio de los bienes. Y la otra es el acercamiento a la comunidad para generar canales de comunicación más efectivos. Este es un trabajo de mucha persistencia”.

La Policía, comentó el coronel, no baja la guardia. “No son mitos, es una realidad, los delincuentes usan cualquier alternativa para evadir la acción de las autoridades. Tiene túneles, conectan las casas entre sí”, de ahí que la intervención sea tan difícil y tenga que ser muy bien planeada.

La carga de los residentes

Como ya se dijo, el nombre real del Barrio Antioquia es Trinidad y ese es el sector en el que dicen vivir los que no están involucrados en el microtráfico. Es importante no generalizar, no todo el que habita la zona hace parte de la economía ilegal.

Un sacerdote de la Parroquia Santísima Trinidad fue el que en los años 70, consciente de los problemas del barrio, decide bautizarlo y empezar a cambiar su mala imagen. Y esa es la denominación que prefieren los habitantes.

La líder comunitaria Érica Pérez afirmó:

“Todos sabemos que vivimos alrededor de plazas y hablar de eso es como descubrir que el agua moja. Para nosotros Barrio Antioquia es el sector que viene a visitar la gente de El Poblado, de Envigado y de otros lugares de Medellín, que son los que compran la droga. Los residentes estamos en Trinidad, donde hay locales de comida abiertos hasta las 3 a.m., hay empresas y otros comercios en la calle 25; en donde se puede caminar tranquilo, sin miedo a un atraco, en donde no hay barreras invisibles, ni extorsión”.

Trinidad, añadió: “Parece un pueblito chiquito porque se encuentra de todo. No se tiene que ir al centro para nada”. Y es en ese barrio que viven las personas que no ven en lo ilegal una opción para salir adelante.

“Cada quien busca su estilo de vida. Tratamos de buscar soluciones para que los más pequeños no sigan adelante con eso pero debemos convivir con los que están”, dijo Pérez al referirse al negocio del microtráfico.

Esa convivencia, como líder, va desde hacer sábados comunitarios con la Policía, hasta interceder ante las autoridades para que no desmontaran un evento de electrónica que organizan los muchachos de las plazas, y que tiene una tradición de más de seis años.

“Era más problema que les desmontaran la tarima, a que los dejaran hacer su fiesta. Además la comunidad se benefició. Dieron 800 regalos para los niños el 24 de diciembre y repartieron mercados”, cuenta Pérez.

En esa realidad se mueven los 12.300 habitantes de la zona. Y, recalca la presidente de la JAC, lo que hace más daño es la estigmatización.

“A veces, las mismas empresas de acá no les dan la oportunidad a los habitantes porque los juzgan por el lugar donde viven”, afirmó. Eso favorece que encuentren en lo ilegal algo que para ellos es una buena oportunidad de trabajo.

¿Se puede erradicar el microtráfico?

El subcomandante de la Policía Metropolitana aseguró que se está trabajando en ello. “La desarticulación del problema no solo se da desde lo judicial, así lo hacemos de la mano con la Fiscalía, sino llegando a la ciudadanía para mostrarles otras opciones de vida, y esa parte se aborda con la Alcaldía”, dijo.

Para Érika, que nunca ha probado el vicio a pesar de estar rodeada de él, es difícil. “Lo que se ve acá son plazas familiares y heredadas. Los jóvenes crecen en ese ambiente y al ver que todos en la casa participan del negocio, la ven muy fácil para conseguir sus cosas”.

El otro punto en contra es la norma simple de la economía: si hay demanda, la oferta nunca se va a acabar. Por eso, aunque las autoridades logren sacar las plazas de la zona, el negocio puede irse para otro sector de la ciudad.

No se puede obviar que Medellín es la ciudad en el país en donde las prevalencias de consumo de marihuana, cocaína, bazuco, popper, y otras sustancias alucinógenas están por encima del nivel nacional.

Por lo pronto, Barrio Antioquia y barrio Trinidad seguirán en lo mismo. En su día a día entre el tire y afloje de las plazas con los controles de Policía y el malestar de sus habitantes con el estigma que cargan por vivir rodeados de los negocios familiares de las drogas.