El joven que quería ser médico y ahora desea estar con su familia

22 de noviembre del 2018

Su nombre no es Ahmad. Por cuestiones de seguridad prefiere no revelar su verdadera identidad. Su hermano y su padre siguen en Siria intentando no perder los restos de una casa que ha sufrido más de diez bombardeos. “Es lo único que nos queda en Siria”, explica Ahmad a la Agencia Anadolu. “Yo preferiría que […]

El joven que quería ser médico y ahora desea estar con su familia

Anadolu

Su nombre no es Ahmad. Por cuestiones de seguridad prefiere no revelar su verdadera identidad. Su hermano y su padre siguen en Siria intentando no perder los restos de una casa que ha sufrido más de diez bombardeos.

“Es lo único que nos queda en Siria”, explica Ahmad a la Agencia Anadolu. “Yo preferiría que huyeran del país aunque perdamos la casa. Después de todo lo que he vivido, prefiero que mi familia siga viva a conservar una casa”, sostiene.

Ahmad tenía tan solo 21 años cuando estalló la guerra de Siria. Estaba en su segundo año de carrera de Medicina en la Universidad de Damasco. “Nuestra ciudad, a pocos metros de Damasco, era una de las zonas seguras los primeros años del conflicto, pero esa paz duró poco”.

La guerra en sus inicios

El joven, que ahora tiene 29 años, recuerda el día que cayó la primera bomba en su pueblo natal. “Todo era caos, humo, destrucción… Recuerdo quedarme en shock cuando vi a todos mis vecinos sangrando o sepultados bajo las casas destruidas”. El impacto fue tal que Ahmad, junto con dos de sus compañeros de universidad, decidieron construir un hospital de campaña para atender a todos los heridos.

“Era algo muy precario e improvisado. Utilizábamos generadores e incluso la linterna de los móviles para poder ver cuando no teníamos electricidad”, explica. Las guerras pueden sacar lo mejor y lo peor de la gente. En el caso de Ahmad, tuvo la gran suerte de que sus vecinos, propietarios de farmacias, les permitieran utilizar todo tipo de fármacos y utensilios para poder operar a los heridos.

“Muchos de los propietarios de las farmacias habían huido al estallar la guerra. Nosotros les llamábamos por teléfono para pedirles si podíamos entrar a sus farmacias para utilizar material médico. Fue increíble la muestra de generosidad de nuestros vecinos”, recuerda el joven.

Durante casi tres años, Ahmad y sus compañeros estuvieron operando en un improvisado hospital de campaña. Ahmad tenía tan solo 22 años cuando un niño de apenas cinco años moría en sus brazos. “Tenía una bala aquí- señala- en medio de los ojos. Ese fue el momento en el que mis sueños se hicieron pedazos”.

El joven sirio enseña en su móvil la única pertenencia que le queda: fotografías de su ciudad antes de que estallara la guerra. “Es un lugar precioso. Bueno, era, cuando termine todo, espero volver”. En las imágenes puede verse a un chico lleno de vida. Ahora su mirada está completamente apagada. El peso de la guerra se hace evidente. “No tengo ni 30 años y me estoy quedando calvo”. Pese a las dificultades que ha tenido que vivir, sigue manteniendo el sentido del humor y la esperanza de poder reunirse con su familia.

Enemigo del régimen

Ahmad recuerda el día que su nombre apareció en la lista de enemigos de Bashar al-Assad. Fue una mañana de 2012. Le acusaban de estar ayudando al Ejército Libre Sirio.

“Nunca entendí por qué lo hicieron. Yo no estaba en ningún bando. Lo que hice no fue por una cuestión de ideología ni de religión, fue porque no podía dejar que mi gente, mis vecinos, mis amigos murieran por una estúpida y cruel guerra en la que nosotros no teníamos nada que ver”, mantiene.

Pese a estar en la lista, Ahmad siguió operando en el hospital de campaña hasta que un día un joven con su mismo nombre y apellidos recibió siete balazos por la espalda. “Tenía 17 años y no puedo dejar de pensar en él, en que la mala suerte de llamarse como yo acabara con su vida”.

Fue entonces cuando no le quedó otra alternativa que huir de Siria. “Me costó mucho tomar la decisión pero mi madre fue quien me convenció. Con lágrimas en los ojos me rogó que dejara Siria, que no podría soportar la idea de perderme”.

Las angustias después de la huida

Ahmad tenía un familiar en España. Fue su prima quien tramitó la carta de invitación, una de las vías para poder acceder a España bajo la condición de refugiado. Pero primero tenía que salir de Siria sin que el Ejército del régimen sirio le descubriera.

“Tuve la suerte de no tener que pagar nada para huir. Muchos de mis vecinos acabaron pagando hasta EUR 3.000 para poder escapar de la guerra pero resultó que una de las personas que se encargaban de llevar a los refugiados hasta Líbano era el padre de un joven al que le salvé la vida en el hospital de campaña”.

En pleno invierno, el joven sirio tardó cinco días en recorrer a pie los 135 kilómetros que separan Damasco de Beirut, en Líbano. “Una de las noches, tuvimos que escondernos en un río, con el agua helada hasta el cuello y muertos de frío hasta que pudimos retomar el viaje”, explica.

“Recuerdo como si fuera ayer ese momento. Yo estaba abrazado al caballo porque era la única manera de entrar en calor, en medio del silencio de la noche y el sonido de las bombas cayendo”. El trayecto lo hizo de noche, para evitar los puestos fronterizos (hasta ocho) y las emboscadas de los milicianos. Finalmente consiguió llegar a Líbano.

Allí logró reunir toda la documentación necesaria, papeles bancarios y el dinero para pagar el tiquete hasta España. Pensaba que lo peor había terminado. Lo que no se esperaba es que Europa le iba a dar la espalda.

La esperanza en España

Llegó a Madrid en 2013 con una acreditación de refugiado. Durante siete meses le permitieron vivir en un centro de acogida y recibir una ayuda económica de 300 euros. Su situación profesional tampoco ayudaría. Al estar en la lista de enemigos del presidente sirio, la Universidad de Damasco se negó a tramitar su expediente. Ahmad debía empezar, de nuevo, desde cero.

Tuvo que preparar la selectividad, la prueba para acceder a la universidad, como cualquier otro español más.

Muy “tenaz”. “Todas las pruebas eran en español, así que tuve pocos meses para aprender por mi cuenta el idioma”, sostiene. Consiguió un 9,5, la mejor nota de su promoción. Pese a eso, el Gobierno español no le otorgó ninguna beca para poder estudiar medicina.

La vida le puso en contacto con un profesor gallego de medicina. “Cuando conoció mi historia decidió ayudarme. Me acogió en su casa, donde sigo viviendo, y consiguió que la Universidad de Santiago de Compostela me pagara la matrícula de la universidad”.

Actualmente acude a clases por la mañana y hace prácticas en el hospital de la ciudad por las tardes. “Si no fuera por él, por su generosidad, no sé qué habría pasado conmigo”.

Pese a sentirse afortunado, Ahmad no puede dejar de preocuparse por su familia. “Estamos todos separados. Mi madre y mi hermana pequeña están en Alemania. Mis otras dos hermanas en Líbano esperando un visado para ir a Europa y mi padre y mi hermano siguen en Siria. Hay días que no consigo hablar con ellos porque no tienen electricidad y siempre me temo lo peor”, explica.

“Mi sueño era ser médico y salvar vidas y actualmente lo sigue siendo pero, por encima de todo eso, lo que más deseo en el mundo ahora es volver a Siria y poder reunirme con toda mi familia”, sostiene.

“Volver a estar todos juntos como la familia que éramos antes de que estallara el conflicto. Sé que nada volverá a ser lo mismo, pero lo único que quiero es volver a abrazarlos”.

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