Nocaut de cachacos a costeños

Lun, 30/01/2012 - 09:30
Óscar Gómez iba caminando por el parque central de Montería. Tenía 16 años. De pronto, tres jóvenes mayores que él se le acercaron y comenzaron a molestarlo. Lo

Óscar Gómez iba caminando por el parque central de Montería. Tenía 16 años. De pronto, tres jóvenes mayores que él se le acercaron y comenzaron a molestarlo. Lo empujaban, le lanzaban escupitajos y le daban palmadas. En ese momento apareció un niño menudo y enjuto que no medía más de un metro sesenta pero tenía la valentía de un hombre de cincuenta. El jovencito enfrentó a los tres revoltosos y los derribó uno por uno utilizando sólo sus puños. Aquella tarde, Óscar Gómez conoció a Miguel ‘El Happy’ Lora y de inmediato pensó: “este man es un campeón”.

Se hicieron amigos. Óscar se dedico a estudiar y representar boxeadores, y ‘El Happy’ a ganar peleas en el ring. Pasó el tiempo y Óscar se graduó de médico en la Universidad del Norte mientras que el ‘El Happy’ se graduó como campeón mundial en el Tamiani Fairgrounds Auditorium de Miami. Eran los años ochenta. Óscar, que lo representó en sus primeros años, quien le buscó sus primeras 10 peleas profesionales y lo llevó al ranking mundial, tuvo que ver aquel combate decisivo mientras trabajaba en el Hospital infantil de México Federico Gómez,  con las imágenes blanco y negro de un televisor de 14 pulgadas y el silencio mortuorio de las unidades de cuidados intensivos. Al ver colgado el cinturón de oro en el pecho de Lora, Óscar buscó un baño, se encerró y lloró como nunca.

–Happy era ecléctico. Bailaba como Alí, tenía el gancho de Frazer y podía hacer el voloponch de Ray Robinson –cuenta Óscar mientras se acomoda la corbata.

Miguel 'El Happy' Lora llegó a ser uno de los mejores boxeadores del mundo. 

Pasaron cuarenta años para que Óscar Gómez, el mecenas de los pugilistas más importantes del país, fuera nombrado el mejor dirigente deportivo, paradójicamente de Bogotá y no de alguna ciudad caribeña, la cuna de los grandes boxeadores y entrenadores colombianos.

Gómez es ahora el director de la Liga de boxeo de Bogotá. Gracias a su gestión, los boxeadores de la capital han dejado relegados a los departamentos que solían llevar la delantera en este deporte. Bajo su mando, cerca de cuatrocientos jóvenes entrenan en jornadas exigentes que no dan tiempo para la vagancia.

Al tomar las cuerdas de la liga de boxeo, Gómez conformó un equipo de lujo: Rito Rosa es el corazón en las instalaciones de boxeo del IDRD, un sexagenario que parece la réplica de ‘Mickey Goldmill’, aquel viejito de gorro en las películas de Rocky. El cubano Rafael Iznaga es el jefe de entrenadores, un hombre que por su trabajo hoy es seleccionador nacional. Su hermano Rafael Iznaga entrena a los mayores y juveniles. Mientras que Juan González y Ricardo Paipilla entrenan a los infantiles y Junior. Con pocos recursos para tanto joven, otros tres gimnasios colaboran con los entrenos: los cuadriláteros de Kennedy, Lourdes  y Olaya.

Los resultados de la liga bajo la dirección de Gómez y su equipo son los mejores: lograron el campeonato del Torneo Nacional de Boxeo Aficionado de Mayores 2011. La clasificación de Jeison Monroy a los Juegos Olímpicos de 2012, así como ‘ranquear’ a este último entre los diez mejores boxeadores de 81 kilogramos de boxeo aficionado.

La Liga de Boxeo de Bogotá se convirtió en la máxima potencia de este deporte en el país. 

Pero la joya de la corona es el bogotano Alexander Brand. Cuando Óscar Gómez encontró a ese muchacho de tez trigueña, 1.80 de estatura, brazos largos y 152 libras –aunque parece de 100 por su fibra–,  supo que tenía frente a sus ojos a otro campeón de la talla de ‘Kid Pambelé’ o Rodrigo ‘Rocky’ Valdez.

Desde niño Alexander había pertenecido a la Liga de Bogotá, pero siempre había participado como aficionado. A los 11 años comenzó a derribar a todos los que estaban en la otra esquina. Fue campeón nacional en las categorías junior, infantil, prejuvenil, juvenil y mayores. Ganó todo. Sin embargo, se había negado a pelear en torneos profesionales porque desconfiaba de todos los empresarios que se le acercaban.

Hace tres años, cuando Gómez llegó a la liga y se enteró de que Brand era profesor pero que seguía boxeando, sin mediar palabra le propuso que se subiera al ring de los profesionales. A Gómez le dijeron que estaba loco porque Brand, que en esa época tenía 31 años, ya estaba viejo para enfrentarse a rivales como Jesús González, Adonis Stevenson o Carl Froch. Pero Brand aceptó.

Desde ese momento, Alexander ‘el Cachaco’ Brand ha  peleado 15 veces como profesional, ha ganado 13 por nocaut y 2 por decisión. En su categoría, los supermedianos, figura en el puesto 13 según el ranking del Consejo Mundial de Boxeo. El hombre que muchos creían viejo,  se enfrentará próximamente al tercero del mundo. Óscar Gómez no se equivocó.

Así como tampoco erró cuando fue el mecenas de Luis Doria, tres veces campeón mundial; Jair Jiménez y Mauricio Castro, dos veces campeones mundiales, y Juan ‘el mello’ Arango y Carlos Mauze,  campeones en una ocasión.

Con sus zapatos italianos, traje azul profundo, camisa blanca, corbata roja y mancornas vistosas, Óscar Gómez resalta por encima de su  desvencijada oficina del gimnasio de boxeo la 68 con 63. Sus manos de médico estrechan con fuerza las ampolladas manos de un muchacho que trabaja como mecánico en Bosa mientras lo felicita por entrenarse con disciplina espartana. De pronto  suena el teléfono. Es su hija, Priscila, quien lo llama para recordarle que llega en el vuelo del mediodía a Bogotá para pasar el principio de año con toda la familia. Priscila es bailarina de ballet profesional.

Sin embargo, Gómez le cuenta que no la puede recoger porque tiene que visitar en el hospital de El Tunal a Jhon Freddy Sánchez, un jovencito de 17 años de edad, campeón juvenil de boxeo, a quien le dieron 17 puñaladas por robarlo.

–De eso se trata este trabajo, de sacar de las calles a todos esos jóvenes que en vez de ser delincuentes que pegan puñaladas pueden ser campeones que levantan trofeos –dice Gómez.

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