Noticias del despojo

Noticias del despojo

28 de mayo del 2011

¿Quién habría imaginado que siendo sus padres de Valledupar –la ciudad que más  compositores ha regalado a Colombia‒ llevando el nombre de un ídolo de muchachitas de la generación que hoy es abuela, y siendo hijo de uno de los más famosos y queridos reyes vallenatos, este hombre no terminaría siendo músico? Todas las coincidencias apuntaban en ese sentido. Pero José Luis Rodríguez nació sin oído musical. Ni siquiera baila bien. Aún así, los astros no se equivocaron en aquello de dotarlo con el talento de la creación. El sentido que le negaron se lo retribuyeron, con creces, en la vista. Más exactamente, en su ojo derecho: aquel con el que enfoca. José Luis Rodríguez Maldonado es fotógrafo. Y de los buenos: acaba de ganar el Premio de Fotografía Colombo Suizo ‒que hace parte de la carpeta del Premio Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura‒, con una obra tan bella como dolorosa.

La muestra se llama La casa tomada y la componen quince fotografías que retratan el regreso al que fue su hogar de los habitantes de Mampuján, a quienes les tocó desperdigarse a las carreras por la basta geografía nacional ‒ahítos del miedo‒ luego de que trece de sus paisanos fueran asesinados, en la vecina vereda Las Brisas, por órdenes de “Juancho Dique” y “Diego Vecino”, el macabro tándem de jefes paramilitares del Bloque “Héroes de los Montes de María”. Así se hacían llamar, “héroes”, estos hombres que sembraron terror mientras convirtieron gran parte del país en un inmenso camposanto.

Rodríguez Maldonado conoce muy bien sobre estos dos temas: desplazamiento forzoso ‒como éste que padecieron los habitantes de Mampuján‒, y desaparición forzada, como la de cientos de compatriotas que, a instancias de estos “héroes”, terminaron arropados unos con otros en fosas comunes que todavía se siguen desenterrando. Como fotógrafo de la Unidad de Justicia y Paz, en la exhumación de la mayoría de estas tumbas él ha estado presente acompañando al equipo de fiscales para dejar testimonio con su cámara de lo que en cada una de ellas se encuentra.

“Queremos retornar y volver a sentir la alegría de ser campesinos”.

Por el ojo de este hombre ha pasado la historia contemporánea de Colombia, pero la historia de violencia, la que no hubiéramos querido haber vivido nunca, al punto de que hay quienes la niegan como una manera de justificarla. Basta con ojear las estadísticas, contadas por la Fiscalía, que heredamos de estos “héroes”. Son aterradoras. Las publicó hace breve tiempo El Espectador: “173.183 homicidios y 34.467 desapariciones forzadas cometidos por paramilitares, 74.990 comunidades desplazadas, 3.557 menores de edad reclutados, 3.532 extorsiones, 3.527 secuestros, 677 casos de violencia contra mujeres”. Como si nos bastaran estos datos, Alfredo Molano recientemente llamó la atención cuando escribió en su columna  con otra cifra demoledora: sumadas todas estas muertes, completan ciento setenta y tres kilómetros de largo, “la distancia que hay de Bogotá a Tunja; o de Cali a Popayán, o de Medellín a Honda”.

Pero una cosa son los números –fríos y aislados‒ y otra los cuerpos desmembrados, vueltos meros huesos, de quien alguna vez tuvo un nombre propio, y unos padres y –quizás‒ unos hijos. Es así como encuentran la osamenta: una calavera aquí, el brazo de esa misma persona más allá, las piernas que no se sabe dónde fueron a parar… No cuento esto por contarlo. O como ejercicio de pornoviolencia. Busco que el lector se meta en la cabeza de lo que este fotógrafo ha sido testigo excepcional en los últimos años. Pero es claro que no es fácil ponerse en sus zapatos: su mirada guarda demasiado dolor, demasiada tragedia. Guarda, exactamente, la verdad de este país (no toda, es claro, porque también están la guerrilla, los narcos y el largo etcétera que conocemos. Pero, vamos, que con la crueldad paramilitar basta y sobra).

“Fosas comunes hay por toda Colombia –afirma Rodríguez Maldonado al inicio de la conversación‒: en este país, donde uno mete el ojo hay un cementerio”. Aunque en algunas regiones el asunto se pone peor: “Putumayo, Antioquia y los Montes de María son las zonas donde se ha excavado el mayor número de tumbas comunes”. Teniendo en cuenta que se trata de asesinatos cometidos hace más de cinco años, lo que más se encuentran son meros huesos. “Pero los huesos cuentan la historia de la víctima –se adelanta a contar Rodríguez Maldonado‒. No sólo determinan su identidad sino también si fue torturado o cómo murió. Lo más normal es encontrar los huesos de las manos todavía amarradas. O vendada esa parte del cráneo donde alguna estuvieron los ojos. Por la forma en que fue enterrada la víctima, también se sabe el grado de sometimiento, o si murió por un tiro de gracia o por toda una ráfaga”. Cuando se exhuma una fosa común, los huellos hallados son enviados a su correspondiente estudio genético. Una vez comprobada su identidad, se entregan a sus familiares. “Hasta el momento se han devuelto a sus familias mil doscientos cuerpos, de más de tres mil que han sido encontrados”.

“Nuestros ancentros africanos fueron desplazados de su tierra por la esclavitud, nuestros padres fueron desplazados por la guerra partidista, nosotros fuimos desplazados por la guerra paramilitar. ¿Quién desplazará a nuestros hijos?”

José Luis Rodríguez Maldonado recuerda todavía con cierto horror en su mirada –mientras contó lo siguiente, sus ojos adquirieron una mirada amalgamada con rabia y dolor, como si el corazón le pidiera llorar pero la razón le exigiera gritar‒ la vez que acompañó a los fiscales de Sucre en la búsqueda de una fosa común en la hacienda El Palmar, en San Onofre, Montes de María. “Inicialmente se hablaba de una tumba pero cuando comenzaron a cavar fueron apareciendo cuerpos desperdigados enterrados por todas partes. Sin mentir, había más de cincuenta cadáveres, la mayoría descuartizados, enterrados ‒varios pares de piernas o de brazos unos junto con los otros‒ con el modus operandi del menor esfuerzo, o sea, en fosas de entre cuarenta y cincuenta centímetros de ancho, a menos de un metro de profundidad”. El autor de esta carnicería no fue otro que Rodrigo Mercado Pelufo, más conocido como “Cadena”, un matón que –según cuentan las leyendas que comienzan a construirse‒ asesinaba a sus propios hombres sólo porque sí, porque lo miraran mal o se sonrieran a destiempo.

“Los sentimientos de inconformidad, abandono o frutración eran desconocidos para nosotros. Cada día enfrentamos una batalla espiritual para deshacernos de estos pensamientos negativos”.

Pero si esta es la pesadilla que recuerda haber visto en tierra firme, lo que narra Rodríguez Maldonado de las aguas que bañan nuestros campos es cien veces peor. “Nuestros ríos están llenos de sangre. Es la mejor manera de cubrir las huellas, porque a un cadáver es más fácil abrirle el estómago, sacarle las vísceras para convertirlas en alimento de buitres, y rellenar el cuerpo con la piedra y la arena que garantizan que no volverá a subir del fondo de las aguas”. De todos, el más ensangrentado, como es de esperarse, es el Magdalena, particularmente en el Magdalena Medio: “Esa parte del río es una orgía de sangre y huesos”, enfatiza el fotógrafo.

Además de sangre, rabia, crueldad y espeluznamiento, otra palabra frecuente en el trabajo de José Luis Rodríguez Maldonado como fotógrafo acompañante de los fiscales es magia. Pero no se piense en la magia de los magos que alegran el espíritu de los niños, sino en la magia de los brujos, en el poder de quienes utilizan lo sobrenatural para hacer el mal. En esos que son unos “magos” para hacer desaparecer. Uno de ellos en particular, cuyo nombre le asusta decir a pesar de estar tras las rejas de tiempo atrás, solía blindar su propia alma con las almas de sus muertos: “el hombre cargaba unas cartas negras que servían como ritual para extraer el alma del vivo justo en su trance hacia al más allá”. Según cuenta Rodríguez Maldonado, al parecer este paramilitar “tenía embrujadas a todas las mujeres de su pueblo, en los Llanos Orientales: a la que lo desobedecía la  quebraba”.

Un caso que recuerda con particular lucidez tiene que ver con una joven familiar de un alto funcionario estatal cuya tumba buscaron a lo largo y ancho de toda una región. “Cavaban aquí o allá pero nada que aparecía el cadáver”. De repente se les ocurrió consultar con la “experiencia” de una tía del jefe paramilitar que había ordenado su asesinato pero no recordaba el lugar con exactitud. Al llegar hasta allá, “bastó que le hiciera una llamada por celular a una tía suya de quien se dice tiene poderes sobrenaturales. Tan pronto colgó dijo Esa tumba está allá, señalando el sitio exacto donde luego cavaron un hueco con pico y pala hasta topar con un arrume de piedras que dificultaron el trabajo, pero no fue más que quitar unas cuantas de ellas y apareció el cadáver”.

“En esta casa nacieron nuestros hijos, ya no están con nosotros, el desplazamiento nos obligó a separarnos”.

De historias como estas está llena su archivo personal, el disco duro de su memoria. “Contarlas es importante porque crean identidad en las víctimas. Al escuchar que tantos otros colombianos han sido víctimas de esta misma pesadilla, de repente logran, de algún modo, descansar. Es como si un vaho negativo, una fuerza maligna y furiosa que no los dejaba en paz, abandonara sus cuerpos –asegura con una voz tan suave e inocente que más parece la de un adolescente‒. Este país está urgido de una catarsis en la que todos podamos gritar públicamente la tragedia personal que nos ata al dolor”.

Si bien José Luis Rodríguez Maldonado no se fue por el canto –a lo que parecía estar destinado‒, sí nació con la sensibilidad propia de los artistas, a pesar de que por sus venas corre la sangre de los políticos. Rodríguez Maldonado es hijo de Luis Rodríguez Valera, un exgobernador recordado en el Cesar por su carisma e inteligencia en una época cuando la política en este departamento no estaba teñida, como sucede actualmente, de deshonestidad y corrupción.

Con dos hijos chicos a bordo, su mamá, Fanny Maldonado, se mudó de Valledupar a Bogotá con una oferta de trabajo en la Contraloría General de la República a principios de los setenta, pocos meses antes de que un paisano suyo, Aníbal Martínez Zuleta, asumiera las riendas de esa entidad. Viviendo en la capital de la República, Fanny Maldonado inició una relación que ya casi cumple 30 años con Egidio Cuadrado, quien primero fue coronado rey vallenato antes de conocer la gloria alrededor del mundo convertido en acordeonero de Carlos Vives. “Salvo por los ejercicios de poder propios de la adolescencia, la relación con Egidio siempre ha sido magnífica –cuenta con cierta alegría en su voz mientras sus pupilas parecen dilatar de orgullo‒. Como padre, el tipo ha sido un ejemplo inmejorable en cuanto a que es muy  noble, disciplinado en su arte y, a pesar del derroche de fama, conserva la sencillez de los campesinos”.

En Bogotá, José Luis se graduó de bachiller antes de pasar al Externado a estudiar derecho. Siguiendo un amor al que nunca se atrevió a declarársele se hizo actor y  conoció a Jorge Plata Saray, fundador del Teatro Libre de Bogotá. Junto con su amigo Andrés Calderón participó en un premio universitario con una pieza teatral escrita a cuatro manos. Las migajas del siglo, se llamaba. “Una crítica a la juventud sin memoria ni identidad”, tal cual la resume él mismo. Ganaron el concurso, montaron la obra y se fueron seis meses a recorrer pueblos presentándola. Hasta que entendió que la actuación no era lo suyo. Entonces se pasó a estudiar cine cuando Colombia sólo tenía un par de películas en su haber. Lo hizo buscando el derecho de ganarse la vida con una profesión que desconociera la cotidianidad de la burocracia. Lo hizo buscando su propio lenguaje  para llamar la atención sobre aquello que lo conmueve.

A sus 34, José Luis está felizmente casado con Mónica y tiene cuatro hijos. Él, a su vez, suma en total dieciséis hermanos. Es un hombre que se acerca al metro ochenta, de cabello largo y descuidado, lo que le da un aire de bohemio. Hace más de diez años, en uno de sus tantos viajes a Valledupar, por el camino de Pueblo Bello descubrió la Sierra Nevada de Santa Marta. Dos años se quedó como huésped de los arhuacos, regresando con uno de sus más bellos trabajos fotográficos en torno a la memoria histórica y la tradición. La muestra la exhibió en el Salón Cultural del Convenio Andrés Bello y en una de las salas del Banco de la República. Fue cuando conoció a la antropóloga y documentalista Gloria Triana,  quien le sirvió como madrina para su siguiente trabajo en torno a las fiestas populares luego de escribir sobre esta obra fotografiada en la Sierra Nevada: “la atmósfera mitológica esta presente en estas fotos que José Luis nunca hubiera podido lograr si no se hubiera acercado con humildad y con respeto a la cultura de nuestros “Hermanos Mayores”.

“Acá lo teníamos todo, disfrutábamos de una vivienda digna, los alimentos abundan y la tranquilidad predominaba”.

Lo de la fotografía fue su paso “lógico” después del cine. Aunque no fue sino hasta que conoció a Gonzalo Martínez, hijo del escritor argentino Tomás Eloy Martínez, que se supo fotógrafo. El encuentro ocurrió en Cartagena siendo invitado como fotógrafo por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. De Martínez aprendió lo más importante para su futuro: a contar una historia con fotografías. El género se llama fotodocumental, y es con lo que acaba de ganar el Premio Nacional de Fotografía, mostrando un trabajo que no  habla de tragedia sino de esperanza. Allí están las casas  medio destruidas, medio demolidas, que conservan intactas el recuerdo de aquella madrugada de desplazamiento, el 11 de marzo hace diez años. Mil cuatrocientos cristianos que se escabulleron despavoridos del lugar. Ahora han comenzado a regresar. Poco a poco. Uno a uno. Por eso en estos retratos de José Luis Rodríguez Maldonado los rostros sonríen, están alegres. A pesar de la escena dantesca que en el 2000 grabaron en sus memorias, esta gente ha podido volver a casa, al terruño que los vio nacer y crecer. Los gritos de horror, el Guernica que fue ese día, quedó atrás. De frente, ahora sólo hay fe y ganas de vivir. Como diría uno de ellos en su sonoro acento costeño de palabras entrecortadas, “pa´ llá es pa ´lante”.

A pesar de que Rodríguez Maldonado no es un hombre de fortuna, con el dinero del premio creó la Corporación Memoria Visible, auspiciando un fondo documental visual donde ‒siempre buscando debatir la forma de no repetir  la violencia que no cesa de repetirse‒ los colombianos podamos conocer de cerca la tragedia. La obra fotográfica premiada, en tanto, la donó a Mampuján para que, al subastarla, se ganen recursos que permitan la creación de un Museo de la Memoria.

Mientras esto sucede, José Luis Rodríguez Maldonado trabaja con el Grupo de Memoria Histórica de la unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía General de la Nación, visitando las zonas más apartadas y desconocidas del país mientras los fiscales le siguen el paso a las cientos de fosas comunes que continúan selladas. ¿Qué país le queda a uno en la cabeza después de haber hecho del horror la cotidianidad laboral? “La memoria está paralizada porque la imagen distorsiona la realidad. Hay un afán mediático por contar el horror como pieza de teatro banal, buscando escandalizar por breve instante pero sin conmover, sin conmiserar, sin causar ningún tipo de reflexión alrededor de una tragedia que no sólo pertenece a sus víctimas directas sino a todos nosotros. ¿Cómo no llenarse de rabia y miedo después de haber visto todo aquello? ¿Cómo no trasmitirles a mis hijos que vivimos en tierra de nadie donde lo único que subsiste es la violencia? Hay una forma: hacer visible nuestra memoria y llenarse de esperanza. Si abandonamos el miedo convencidos de que habrá un mañana mejor, no hay duda de que con él se va el resentimiento. Es a lo que yo le apuesto”.

(*) Alonso Sánchez Baute es autor de las novelas Al diablo la maldita primavera y Líbranos del bien, de la colección de crónicas de la noche ¿Sex o no sex? y el creador de www.muelleg.com, una red social cuyos usuarios son sólo hombres homosexuales.

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