“Carta al hombre que me dejó parapléjica”

“Carta al hombre que me dejó parapléjica”

26 de abril del 2013

Por Ricardo Solarte

El día en que a usted lo condenaron, justo después de la audiencia fui a cine con mi hermana. Aunque le parezca extraño no pude sacármelo de la cabeza durante esa noche. En medio de la función interrumpí a Ángela para decirle que mientras ella y yo disfrutábamos de una buena película, usted estaba en la cárcel, privado de la libertad y lejos de su familia.

Cuando el juez leía la sentencia escuché algunas voces que rechazaban los 20 meses de prisión que hoy paga en una cárcel especial para conductores. Argumentaban que era una farsa si se comparaba con el daño que me había causado. Creo que la justicia actuó. Y con un solo día que pase lejos de sus hijos y su esposa, hubiese sido suficiente castigo para que aprenda la lección.

Aún siento mucha rabia cuando lo recuerdo. Pienso en su nombre y lo asocio con el dolor y la frustración que me causa estar en esta silla de ruedas. Tengo ganas de pararme y volver a ser dueña absoluta de mis actos. De salir de casa sin sentirme vulnerable, correr, saltar y de tener la capacidad de amar sin restricciones físicas ni mentales.

Hoy quiero conocer el mundo entero, mostrarme a la gente como soy, con mis nuevas limitaciones y temores. Con mis aspiraciones y frustraciones. Nunca antes había sentido tanta necesidad de expresar y desnudar mi alma. Por eso, decidí contarle un poco de mi vida. De lo que soy, y de lo que era hasta esa noche del 27 de marzo del 2011, cuando nos cruzamos en el camino y nuestras vidas, la suya y la mía, cambiaron para siempre.

Yo iba a casa con mi esposo Juan Carlos en nuestra moto, y como en un cuento de hadas que de repente se convierte en pesadilla, un hombre que conducía en estado de embriaguez nos arrolló por la espalda. Ese era usted en su taxi. Nada ha vuelto a ser como antes desde aquel momento.

Para ese día apenas se cumplía un mes de haber estrenado mi nuevo apartamento. Era hermoso. Recuerdo que me lo entregaron en obra gris el 23 de diciembre del 2010. Le dije a mi familia que era el regalo del Niño Dios más lindo que había recibido en toda mi vida. Aunque el edificio no tenía ascensor, lo escogí en un sexto piso porque amaba las alturas.

Me mudé el 20 de febrero después de hacerle algunos arreglos. Aún sin cortinas, me senté en la sala de mi casa, encendí un cigarrillo y observé cómo el sol se escondía en el ocaso. Era maravilloso estar ahí. Sintiéndome dueña de mi destino y orgullosa de alcanzar mis metas. Esa satisfacción plena, la que llena el corazón, no la he vuelto a sentir. Espero que no se me haya marchitado el alma.

Imagino que usted también ha experimentado esa alegría. Tal vez cuando se casó o cuando tuvo a sus hijos. Yo no he vivido eso aún, y en mi nueva condición no tengo muchas esperanzas de alcanzarlo. Renuncié a ser madre porque sé que concebirlo y criarlo va a ser mucho más difícil en mi condición. No me imagino cuando mi pequeño hijo se caiga y yo quiera ir auxiliarlo. ¿Y si me le voy encima? Esos temores siempre están presentes.

El apartamento lo compré sola porque mi esposo estaba indeciso de querer hacer una vida conmigo. Nuestra relación atravesaba un momento difícil pero con el tiempo mejoró y empecé a sentirlo más comprometido. Pero el idilio duró poco, solo un mes después de soñar en pareja todo se derrumbó cuando sufrimos el accidente que usted provocó y en el que él salió mejor librado al fracturarse una de sus muñecas de lo cual está plenamente recuperado.

Nubia Pinzón, Kienyke

Siempre recuerdo las palabras de mi esposo cuando aún hospitalizados se acercó a mi cama, me agarró de la mano y me dijo: “linda, lo que nos pasó nos va a unir mucho más. Vamos a estar juntos siempre”. Eso me reconfortaba el alma. A pesar de la desesperanza que me producía estar postrada en una cama con el diagnóstico de no volver a caminar, sus palabras me generaban la  tranquilidad para enfrentar la vida.

Pero su apoyo no sería por mucho tiempo. Cuando me dieron de alta en el hospital, Juan Carlos y mi familia estuvieron de acuerdo en que me llevaran a la casa de mi mamá mientras terminaba mi proceso de recuperación. Entre tanto él se fue a casa de sus padres. Y ese fue el comienzo del fin de nuestra relación. Aunque nos veíamos con frecuencia, cada vez estábamos más lejos.

Lo sentía distante y frustrado a mi lado. Así que un día le hablé con la franqueza que me caracteriza. Le dije que no lo iba a amarrar a una silla de ruedas y que no se sintiera comprometido conmigo. Esperaba escuchar cualquier otra palabra de su boca, tenía la esperanza de estar equivocada. Pero solo esbozó un lánguido “bueno”, asintiendo con su cabeza, como si le estuviera quitado un peso de encima.

Me pidió, sin embargo, que siguiéramos hablando. Quería estar pendiente de mí. Así fue durante un mes, en el que cada ocho días me acompañaba a algunas citas médicas. Pero la situación se volvió insoportable. Le entraban llamadas a su celular y no las contestaba por consideración a mí, tal vez. No debía ser adivina para saber que ya estaba rehaciendo su vida por otro lado.

Entonces lo mejor fue dejar las cosas así. No volvernos a ver. La decisión me dolió mucho. Ahora siento un vacío muy grande en el alma, me hace falta tener al lado a una persona que me apoye y acepte como soy. Pero tengo que ser realista. Va a ser muy difícil que un hombre se fije en mí. Cuando pienso en la posibilidad de volverme a enamorar me atacan los temores y las inseguridades.

No imagino a un hombre que en sus cinco sentidos se fije en una persona como yo. Alguien que no controla esfínteres y no siente absolutamente nada de su cintura para abajo. Me aterra pensar que una noche cualquiera en la que estemos dándonos afecto una mala jugada de mi estómago acabe con el romanticismo. Sé que esto es muy reciente, apenas llevo dos años con mi nueva vida y algunas personas me dicen que mi percepción sobre el tema cambiará con el tiempo. Eso espero.

Una amiga en situación de discapacidad, quien vive con su esposo y sus dos hijas, dice no encontrar inconvenientes a las infidelidades reiteradas de su marido. Me dice que le basta y le sobra con la felicidad que le produce cuando él la lleva en su silla de ruedas a un centro comercial y la hace reír. Me duele escuchar eso. Nosotras valemos mucho y los hombres no pueden escudar sus infidelidades en la discapacidad de su pareja.

Ahora que usted está en la cárcel imagino que su esposa le manifestó su apoyo incondicional y lo ha cumplido. Esa es la naturaleza de nosotras las mujeres. Mientras algunos hombres abandonan cuando la situación se pone difícil, nosotras nos quedamos al lado de la persona que amamos hasta el último de sus días.

Es curioso, antes de que me ocurriera este accidente no veía a las personas en sillas de ruedas. Andaba en mis cosas y no me detenía a pensar en esa otra realidad de la que ahora formo parte. Y con mucho dolor, encuentro que las ciudades no están hechas para los discapacitados. Temo salir sola a la calle pues me siento vulnerable.

Paradójicamente, antes del accidente nunca tomé un curso de conducción porque me parecía algo peligroso por el tráfico de Bogotá y la imprudencia de los conductores. Ahora que mi única alternativa es andar en carro, me hice a uno y aprendí a manejarlo con pedales de mano, diseñado especialmente para mí.

Inicialmente le daba vueltas al barrio junto con mi amigo William, quien me ayudó a perderle el miedo. Para mí, el carro es mucho más que unas latas con cuatro ruedas. Desde que lo compré le llamo mi ‘bichirilo’. Es una extensión de mi cuerpo. A veces, cuando llego a casa me bajo de él y le doy las gracias por ayudarme a seguir mi vida a pesar de no poderme valer por mi cuenta. Nos hemos convertido en los mejores amigos y sé que me escucha cuando le digo que no me vaya a dejar varada. A eso le tengo mucho miedo.

Esta situación me ha ayudado a descubrir personas valiosas. Aunque cada vez están menos pendientes de mí, pues la vida sigue para todos. Durante la convalecencia mis compañeros de trabajo se organizaron de tal manera que me visitaban en grupos por lo menos una vez al mes durante el año y cinco meses que no pude ir a trabajar.

Nubia Pinzón, Kienyke

Imagino que sus amigos de verdad no lo han desamparado ahora que está en la cárcel. Esos son los que realmente cuentan, pues como dice el refrán popular: “en la cárcel y en el hospital se conocen a los verdaderos amigos”. Esos que están con uno en las buenas y en las malas.

Y es que realmente hacían un gran esfuerzo al venir hasta mi casa después de las nueve de la noche cuando terminaban sus labores. Yo los esperaba encantada a pesar de que al otro día madrugaba a las terapias. Eso sí, siempre les advertía que no me vieran ni hablaran con lástima. “Sigo siendo la misma chiquitina malgeniada, rumbera y rebelde que ustedes conocieron, así que trátenme igual que antes”, les advertía a modo de regaño.

Cuando estuve más dura y podía manejar mi silla de ruedas quise volver a los sitios de rumba que frecuentaba antes del accidente. Me fui para la discoteca Madeiros, en Suba. Tiene tres pisos y escaleras estrechas. Me costó trabajo convencer a mis amigas de que me llevaran a ese lugar.

Les decía que no había por qué temer y que si querían salir conmigo debían acostumbrarse a la situación. Cuando llegamos a la discoteca les pedí a los porteros que me ayudaran a subir. Gustosos un par de fortachones me alzaron en sus brazos mientras mis amigas se encargaban de la silla. Quería pisar nuevamente las pistas de baile en las que tanto rumbié y saber qué se siente al estar ahí nuevamente en otra condición. Para mi sorpresa lo tomé muy tranquila.

Me encantaba la canción ‘El negrito de la salsa’, cuando sonaba en las fiestas familiares o en las discotecas todos me abrían paso porque venía el show de Nubia. Realmente la salsa lograba transportarme y convertirme en una persona libre que expresaba con su cuerpo lo que ordenaba su alma. ¿Usted sabe bailar? ¿Lo disfruta? Si lo hace, solo debe esperar unos cuantos meses para cuando salga de la cárcel volver a disfrutarlo. Yo en cambio, no creo que lo vuelva disfrutar.

Después de año y cinco meses de recuperación volví al trabajo. Debo reconocer que soy bendecida con la empresa con la que estoy vinculada hace más ocho años, una multinacional de casinos que desde el accidente siempre ha estado muy pendiente de mí. De hecho, una vez pensionada por invalidez, me ofrecieron volver a trabajar con ellos, lo que gustosamente acepté. Antes me desempeñaba en la zona de bingo, donde repartía los cartones y recogía el dinero. Ahora me reubicaron en una tarea que puedo desarrollar desde mi silla de ruedas como asistente de servicio al cliente.

Adaptaron el lugar para que yo pudiera trabajar y construyeron un baño más amplio de uso exclusivo para mí. Cuando salí de la clínica en mayo del año 2011, organizaron un bingo benéfico en el que recolectaron fondos para mí. Ese día fui la invitada especial. Volví al casino por primera vez después del accidente. Entré en mi silla de ruedas y todos se pararon a aplaudirme. Me emocioné mucho. Me siento muy agradecida con la vida por contar con personas tan valiosas.

Para mis compañeros de trabajo me he convertido en una fuente de inspiración. Me miran hacer mis labores diarias y dicen que soy una “berraquita”. No saben de dónde saco tanta fortaleza para seguir. Lo único que digo es que tengo “un parcero” que me llena de fortaleza y sabiduría todos los días. Es Dios. Siempre ha estado ahí, antes, durante y después del día en que me cambió la vida para siempre.

La noche del accidente, en el momento en que caí a la calle sentí como si tuviera un tubo atravesado en el pecho que no me dejaba respirar. Pensé que me iba a morir y empecé a hablar con Dios. “No me quiero morir, no me dejes morir. Ponme la prueba que tú quieras pero dame vida”, le dije: Y creo que me escuchó. Cuando reniego por mi situación y le reclamo, me contesto: “tú le pediste que te pusiera una prueba a cambio de vivir”.

Cuando llegué a la clínica los médicos estaban sorprendidos con mi tranquilidad. Le decían a mi familia que parecía que yo no sintiera dolor, como si la lesión no hubiera sido grave. Realmente estaban más afectados mis familiares y amigos que yo en ese momento, porque siempre estuve en total conexión con Dios.

Ahora más que antes Dios está conmigo todos los días. El día de la audiencia en que me iba a encontrar cara a cara con usted y con mi exesposo, le pedí a él que iluminara mis palabras. En cierta medida los dos cambiaron mi vida. Usted por causarme esta lesión y Juan Carlos porque me dejó en el momento en que más lo necesitaba. Temía decirles cosas feas. Así que me encomendé a Dios para actuar con sabiduría. Y así fue.

¿Usted cree en Dios? imagino que se ha aferrado a él para soportar la cárcel y estar lejos de su familia. Pero mucho más para sobrellevar la culpa en su corazón. Pídale siempre a él que lo acompañe. A pesar de todos los errores que cometemos en la vida, él está ahí para darnos la mano.

Algunos dolores físicos y espirituales se van superando con el pasar del tiempo. Pero el dolor que siente mi mamá por verme en la silla de ruedas es algo que no puedo superar y me genera mucha frustración. Cuando apenas salí de la clínica y me llevaron a la casa, ella pasaba noches enteras rezando junto a mi cama y pendiente de mi sueño. Siempre me dice que si tuviera la posibilidad de darme sus piernas para que yo volviera a caminar, lo haría gustosa. Por eso decidí ir a vivir con unos amigos. Lejos de su mirada melancólica, para demostrarle que puedo rehacer  mi vida.

Nubia Pinzón, Kienyke

No ha sido fácil. Los apartamentos no están pensados para una persona con discapacidad, así que la entrada al baño es un proceso en el que a diario me ayuda la enfermera que la EPS asignó para mí. Además, cubre los costos de los pañales porque mi bolsillo no habría aguantando tanto gasto. En cuanto a mi apartamento propio, afortunadamente el banco condonó la deuda al conocer de mi situación, y lo tengo arrendado. Eso me ayuda a cubrir los gastos del apartamento donde vivo ahora.

Hay cambios inevitables en mi cuerpo que no me gustan. Yo era de las que pasaba horas enteras frente a un espejo viendo cómo se veía mi cola en los pantalones que me probaba. Ahora tengo pancita producto de la flacidez del estómago. Mi espalda y brazos cada vez se vuelven más anchos por el ejercicio diario de las terapias. De la talla XS en de blusa pasé a la M. Y en pantalón subí dos tallas.

Mi diagnóstico es un trauma raquimedular T8 T9, ninguno de los especialistas que me han visto hasta ahora me dan esperanzas de volver a caminar. Sin embargo, tengo la ilusión de que algún día vuelva a dar mis primeros pasos. Para eso me entreno todos los días en la fundación Arcángeles. S será Dios quien finalmente me lleve de su mano para lograrlo.

Por último, quiero decirle que estoy en el proceso de perdonarlo por todo el daño que me causó a mí y a mis seres queridos porque la discapacidad de una persona la vive toda la familia. Eso va a requerir un poco más de tiempo. En algún momento sé que tendré el valor de visitarlo, mirarlo a los ojos y decirle que lo perdono, aunque usted no me haya ofrecido disculpas siquiera.