72 horas en una cárcel de Estados Unidos

72 horas en una cárcel de Estados Unidos

3 de marzo del 2017

Apenas llegó al reclusorio, Omar Díaz perdió su nombre para comenzar a llamarse Colombia-054.

En lugar de encontrarse con Tirzah, lo que vio fue el cuarto P5. Una amplia habitación donde se encontraban una hilera de 60 camas, un televisor y sillas para poder verlo y un baño con seis retretes y dos lavamanos circulares, para cuatro personas cada uno.

Tuvo que quitarse sus ropas, aretes y le retiraron todas sus pertenencias a cambio de un atuendo azul. El uniforme que les corresponde a los presos poco peligrosos. ¿Su crimen? Viajar a Estados Unidos.

Una vez pisó tierra estadounidense fue trasladado a una sala llena de latinoamericanos, y poco después lo trasladaron a otro, un poco menos lleno. Había alrededor de 27 personas, Omar Díaz pudo distinguir a 20 médicos cubanos, cinco colombianos y un afroamericano que al parecer perdió su pasaporte en Dinamarca.

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En aquella sala que transmitía una película del viejo oeste tuvo que esperar 20 minutos a que un agente lo llamara. El agente Santiago, un latino de tez blanca, se hizo cargo del interrogatorio. Quién era, de dónde venía, cuánto tiempo planea quedarse, por qué había viajado la última vez, por qué se demoró tanto. Las preguntas se enfocaron más en su último viaje, en el que se demoró seis meses, y Omar comenzó a titubear.

“Tú y yo somos personas grandes, que saben que en este país hay que trabajar, ni siquiera yo puedo darme unas vacaciones de seis meses, tú qué hacías para ganar dinero, y ten cuidado con lo que dices, porque no tengo paciencia hoy” le dijo

“Sí, ganaba cinco dólares, más propinas. Ok”, dijo, rindiéndose.

Por un momento, había creído que al decir la verdad lo dejarían en paz y podría ver a Tirzah en Filadelfia. Luego, en medio de ese gran silencio, se dio cuenta de que no podía estar más equivocado.

Inspeccionaron su equipaje, sus fotografías, sus cartas. “¿Vienes solo con 200 dólares?”. “Sí, solo con 200”.

Lo trasladaron a un cuarto vacío. Le quitaron los cordones de los zapatos para evitar un intento de suicidio, y lo dejaron durante un tiempo en medio de un colchón, almohadas y cobijas de distintas aerolíneas y un sanitario de metal que se convertía en lavamanos.

Luego lo sacaron del cuarto y fue interrogado por el oficial Lues, confesó, de nuevo, que había trabajado y contestó todas sus preguntas, con la esperanza que su colaboración le permitiera entrar al país.

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Cuando el oficial le preguntó “¿sabe usted que va a ser deportado?”, todas sus esperanzas desaparecieron.

Por fin le permitieron realizar una llamada. Se comunicó con Tirzah y sus a padres les contó lo sucedido. “Las lágrimas me brotaban de los ojos por las ilusiones rotas que los demás tenían en mí”, dice en la carta que escribió después de ser devuelto y que fue publicada por revista Semana.

Le informaron que sería deportado en dos días (22 de febrero) en un vuelo que cubría la ruta Miami-Medellín, a la 1:35 pm. Lo devolvieron al cuarto, donde permaneció hasta las dos de la mañana del día siguiente, cuando lo trasladaron a otro cuarto. En el lugar había otro colombiano. Diez minutos después, le informaron que se iban y  “lo siguiente que sentí fueron unas esposas que me hicieron sentir más duro el ultraje”.

Immigration

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Lo trasladaron a un edificio de tres pisos, rodeado de rejas, alambre de púas y seguridad. “Al parquearnos frente a la reja de la entrada, mientras los oficiales miraban Los Picapiedra en un celular, veía adelante personas con las piernas y las manos esposadas subiendo a varios camiones. Eran inmigrantes. Acababa de llegar a la prisión de Krome“.

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Pasó a ser Colombia-054 y a portar el atuendo azul. Ya no existía nada más que aquel cuarto inmenso y la imposible rutina: “Las voces y los oficiales de seguridad son imponentes (…) Hay horas para todo, desayuno-recreo-dormir-aseo-recreo-televisión-almuerzo-recreo-dormir-aseo-recreo-televisión-cena”.

En Krome los reclusos que portan uniforme azul son considerados poco peligrosos, los naranjas son delincuentes y los rojos son muy peligrosos. “Estábamos vigilados por todo lado, el control es impecable. Nadie se puede salir de una fila”.

Le hicieron un examen completo de salud, lo llevaron a desayunar, tuvo tiempo de hablar con los otros reclusos. Los rostros que lo acompañaban venían de Latinoamerica y África: Colombia, Haití, Venezuela, Brasil, China, Honduras, El Salvador, Albania, Mexico, Haití, Guinea, Etiopía, Eritrea y Cuba.

Personas que cruzaron el mundo para llegar a Estados Unidos y terminaron ahí sólo por cometer un error. “A veces la libertad solo está en el camino”.

En su último día en Krome, decidió salir de la rutina y salir del cuarto. Jugó baloncesto y la rodilla se le salió de posición. “Ahora no solo estaba en la prisión, ahora no podía caminar. Los oficiales aseguraron que para la semana siguiente me podían dar una rodillera”.

Volvió al cuarto. Un oficial le dijo que no no podían ayudarle ese día con la pierna, estaba resignado cuando escuchó:

“Colombia, ¿tú eres 054?”.

“Sí.”

“Alista todo, te vas para tu país, no le des nada de tus cosas a nadie”.

Entonces recuperó su nombre, su identidad y sus pertenencias, pero no su orgullo ni a Tirzah. Lo único que pudo ver de Estados Unidos son las calles que lo llevaron de Krome al avión que lo devolvió a Colombia.