El implacable Bustos

El implacable Bustos

7 de noviembre del 2010

La suya es una historia en la que conviven la terquedad y el peligro. La terquedad que hace que sus pesquisas sólo terminen cuando encuentran causa en un tribunal. Y el peligro porque su actividad es una de las más odiadas en un país donde campea la corrupción.

Si le hubiera correspondido vivir en el tiempo de los césares de Roma, Pablo Bustos habría sido considerado un Catón, como llamaban en aquella época a los fisgones que escrutaban el manejo de los recursos públicos y terminaban convertidos en la piedra en el zapato del Imperio.

Los resultados de su tenacidad saltan a la vista: fue Pablo Bustos quien interpuso la demanda de pérdida de investidura ante el Consejo de Estado contra del senador Javier Cáceres por sus presuntos nexos con el paramilitarismo y su participación en el manejo irregular de recursos de la salud manejados por Etesa.

La base de la denuncia es tan sólida que el Alto Tribunal va a escuchar, como pocas veces ha ocurrido, a jefes paramilitares que supuestamente colaboraron con el congresista.

Y esta semana Bustos interpuso una acción para buscar la muerte política del senador Iván Moreno Rojas, por su probable participación en lo que se ha denominado el ‘cartel’ de la contratación en Bogotá.

Desde hace 15 años este hombre ha incomodado al poder. Descubrió que su vida no se podía limitar a dictar clases de Derecho en la Universidad Autónoma y pronto asumió el rol de un auténtico veedor ciudadano.

En su vetusta oficina del viejo edificio donde mantiene su Red de Veedurías, este abogado y filósofo de la Universidad de los Andes, ha emprendido peleas solitarias contra políticos que no respetan la cosa pública. Su despacho está repleto de copias de derechos de petición.

Bustos se estrenó en el Proceso 8.000. Lo rodean las imágenes talladas en madera de elefantes y mogollas, que recuerdan que este fue el hombre que rondó sin tregua las actuaciones de Heyne Mogollón, el representante a la cámara que cobró notoriedad como el Juez que absolvió al presidente Ernesto Samper durante el proceso 8.000. link con imágenes.

Aparece también recogiendo firmas en 1995 para citar a un primer referendo que convocara a nuevas elecciones con el propósito de que Samper dejara el poder. Pero fracasó y, sin embargo, su poder cívico alcanzó la fama.

Promovió en 1998 la pérdida de investidura del congresista Carlos Oviedo Alfaro por sus ausencias a las sesiones del Congreso por hallarse privado de la libertad donde respondía por múltiples crímenes.

En el 2000 asumió el caso conocido como ‘El Pomaricazo’. Aquel hecho de corrupción protagonizado por los representantes Armado Pomárico, Juan Ignacio Castrillón y Octavio Carmona en 1999, quienes suscribieron más de 60 contratos irregulares desde la mesa directiva del Congreso a la que pertenecían, lo que originó la pérdida de investidura de los tres congresistas. Gracias también a una demanda suya, el Consejo de Estado le dio muerte política al ex presidente de la Cámara Emilio Martínez por abusos en la utilización del presupuesto oficial.

Un año más tarde, en 2002, ganó una nueva demanda. Esta vez contra el ex alcalde de Barranquilla Bernardo Hoyos, por violar las normas de contratación. Esta parecía una misión imposible pues el cura crecía en popularidad con la que se abrogaba el derecho de descalificar a sus opositores desde su púlpito del Rincón Latino en una zona deprimida de Barranquilla. Link Cura Hoyos

El frente de Bogotá no lo ha abandonado. Enfocó sus dardos contra los concejales Yudy Consuelo Pinzón, Lilia Camelo y William Cubides quienes fueron capturados en diciembre de 2002 cuando recibían cien millones de pesos por legislar en favor de los vendedores ambulantes de Bogotá. Los tres perdieron su investidura y Pablo Bustos ganaba una nueva batalla.

Ante la arremetida de este veedor algunos políticos se empeñaron en descalificarlo y lo señalaron de hacerles favores a otros políticos que, supuestamente, le dirigían sus investigaciones y le pagaban por sus denuncias. Esto no incomodó al Veedor porque, según él, jamás su Red ha recibido un peso de nadie, mucho menos por debajo de la mesa. Basta verle la modesta vida que lleva, construida con base a la herencia que le dejó su padre, un aplicado funcionario público.

En 2003 Bustos sufrió una gran derrota. Con documentos en mano quiso demostrar que más de 204 congresistas, que habían elegido al contralor Carlos Ossa Escobar, impusieron sus cuotas políticas en ese ente fiscalizador. El Consejo de Estado no acogió sus argumentos, mientras que la Procuraduría sancionó con multas irrisorias a tan sólo a siete de ellos. Bustos bajó la cara y pensó en su retiro.

“Mi mayor derrota es la impunidad”, dice, pero seguiré dando batallas contra los corruptos”. En 2004 jugó con candela. Quiso llevar hasta sus últimas consecuencias sus investigaciones para que apuntaran a demostrar la relación directa del gobierno de Álvaro Uribe con algunos grupos paramilitares.

Las amenazas no se hicieron esperar y el Veedor terminó asilado en el Canadá, donde aprovechó para estudiar inglés, criminología y realizar consultorías en temas relacionados con el fenómeno de la inmigración.

El año pasado regresó al país, sin la familia, aspiró al Senado y perdió. No tuvo el respaldo social que creyó tener. Pero retomó su destino. Un destino del que no piensa volver a apartarse porque la lucha contra la impunidad y la corrupción es su obsesión. La única compañía, por el momento, es un escolta que lo sigue a todos lados, mientras la gente lo escabulle, por temor a contaminarse de Pablo Bustos. El sigue. No se detiene.

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