El Paparazzito, un hombre que vive de milagro

Foto: Laura Salomón

El Paparazzito, un hombre que vive de milagro

23 de enero del 2018

En una caja de cartón amarrada con una cabuya amarilla empacó más ilusiones que ropa. Tenía 19 años y no se imaginaba que ir tras sus sueños de locutor podría ser más difícil y doloroso que trabajar con el azadón. Misael Suárez dejó atrás las labores de campesino y a los pocos años estaba haciendo reír a los colombianos en el programa El Lavadero, en el que duró 10 años. Él era el famoso Paparazzito.

El proceso antes y después de ser reconocido en la calle tuvo altibajos, problemas y circunstancias que muy pocos conocen. El salir en la pantalla chica, como la gran mayoría de colombianos cree, no es siempre sinónimo de éxito, dinero, y sobre todo felicidad. Misael Suárez sabe muy bien de eso. Los problemas psicoanímicos, emocionales, económicos y de pareja, lo llevaron al borde del abismo desde donde estuvo a punto de saltar.

“Viví de milagro”, dice entre risas. Frase que acompaña de una leve carcajada que expresa más tristeza que alegría. Su rostro vuelve a la serenidad que estuvo presente durante toda esta entrevista y empieza un relato que carga emociones encontradas.

Oriundo de la Vereda Nueve Pilas, Úmbita, Boyacá, tuvo el sueño de ser la voz que salía del radio marca Sutatenza que su padre había llevado a la casa durante su infancia. 

Este hombre que solo alcanzó  a medir 1.48 mts. era un fiel seguidor del ciclismo y boxeo. Jugaba, en compañía de su hermano, a ser narrador deportivo cuando hacía los mandados de su padre de vereda en vereda. 

“Escuchar las voces en la radio siempre fue algo mágico”, explica sonriente. Como si volviera a ser ese niño de campo sin preocupaciones. 

Su hermano fue uno de lo únicos que estuvo presente en las crisis económicas y emocionales. Misael entendió en ese momento que las personas no se rodean de los mismos en la fama y la impopularidad. 

Jorge Antonio Vega, Yamid Amat y Juan Gossaín fueron los primeros nombres que escuchó en la radio. Ellos le dieron el impulso para empacar en su maleta: la caja de cartón, el sueño y anhelo de ser escuchado por miles de personas. Próxima parada: Bogotá.

“Mientras le jalaba el rabo al azadón lo pensé y lo pensé… hasta que lo hice”. 

Sabía que a punta de quitarle la hierba a la papa, regar semillas, llevar leche y mirar si las gallinas ya pusieron, no iba a conseguir dinero suficiente para emprender su viaje a la capital. Por esa razón empezó como ayudante de bus intermunicipal. 

Duré tres años y medio como ayudante de bus en una empresa que se llamaba Valle de Tenza“, relata con nostalgia mientras se frota constantemente las manos. Se ve ansioso, algo parece preocuparle. Quizás el desenlace de esta historia.   

A pesar de su pequeña estatura también manejaba. Con la ayuda de un cojín y la silla ajustable podía alcanzar los pedales. 

A Misael le decían Rubín porque parecía una ruba. Chiquito, tierno y bonito. 

Tiempo después se convirtió en un bogotano más. Su anterior trabajo -el de asistente de bus- le ayudó para comprar un taxi y estudiar. Sabía lo que quería. Trabajaría en el día y en las noches, además de extrañar su tierra y a sus nueve hermanos, estudiaría en el Colegio Superior de Telecomunicaciones. 

Una de esas heladas noches que caracterizan a Bogotá, de esas que entumen las manos, fue testigo del accidente que sufrió Misael en la calle 140 con Autopista Norte. Un borracho chocó por detrás el taxi que tanto trabajo le había costado tener. Sus sueños parecían desvanecerse con cada giro que daba el vehículo en el aire. 

“Aunque no crea, los pies me alcanzaban a los pedales”

Sí, le alcanzaban a los pedales, pero no para responder de inmediato a la trágica circunstancia que lo esperaba sin compasión. 

“Casi se me acaban los sueños y la vida ahí”.

Ese no fue el único momento trágico en su vida. Al parecer, no pararían . Era uno tras otro.

En 2011 le entregaron su nueva casa. El lugar donde podría construir una familia. Donde podría abrir la caja que trajo desde Úmbita para seguir desempacando sus sueños. 

Estaba ansioso por ver cómo había quedado la cocina. Fue allí cuando abrió la tapa del horno a gas y una ráfaga de fuego envolvió el 25% de su cuerpo causándole graves quemaduras. Al poco tiempo ya estaba en el pabellón de quemados del Hospital Simón Bolívar.

“Le rogué a Dios que al menos me dejara la cara como estaba. No le pedía nada más”.

Las manifestaciones de cariño por parte de su gremio no se hicieron esperar. 

“No sabía si reír o llorar en ese momento. Ver a Jota Mario, Carlos Calero, Jeringa, Don Jediendo…”, respira profundo y un silencio se apodera de la conversación. Misael inhala una vez más. Sus largas pestañas parecen unificarse con las lágrimas que están prontas a correr por sus mejillas. Misael se contiene y sigue con el relato. 

El inicio de una crisis 

Con tan solo veinte años, ya tenía dudas. La necesidad lo llevó a trabajar de mensajero en una cigarrería en la calle 129 con autopista. Santa Coloma fue el lugar que le ofreció un humilde sustento durante cuatro años.  

“Allí ganaba un sueldo integral de $450.000 y con las propinas podía duplicar o triplicar esa suma”. 

El día que se sintió más pequeño 

Nelson Neira le abrió los micrófonos de Todelar para ver de qué estaba hecho. Sin embargo, a la hora de la verdad no pudo hablar. “Los nervios se apoderaron de mí, sudaba en exceso. Casi me orino. Literal”.

Tiempo después hizo un casting para Sábados Felices. La respuesta a un centenar de intentos era un “no” rotundo. 

A pesar de que le dieron la oportunidad y finalmente pasó. A la hora de la verdad, frente a un gran público, las cosas no salieron como lo esperaba. 

“Me sacaron de hombros. No por lo bueno sino por lo tieso que me quedé en el escenario. Se me durmió la lengua. Me dio de todo”. 

La vida le enseñó que todo tiene una sola y única oportunidad. Triste y cabizbajo, llegó a la casa y fue poseído por un trauma que se apoderó de su autoestima por cuatro meses.

Foto: Laura Salomón

Supo que no podía quedarse en la casa. Tenía que hacer algo. Se presentó una vez más y ganó. En esas momentáneas épocas de victoria conoció a Jota Mario Valencia. Él sabía de lo que Misael estaba hecho. 

 ‘Jota’ se lo llevó para Sábado Espectacular donde empezó a trabajar en La Vaca que Ríe como mayordomo. 

Una fórmula de humor y chismes

Iván Charria tenía una propuesta para el hombre que seguía remando en un mar de intentos. Al ver lo bien que le había ido en La Vaca que Ríe lo llamó para empezar El Lavadero. Una fórmula de humor y chismes.  

Charria fue uno de los pocos que sabía de lo que Misael era capaz. Vio en él un aire de paparazzi. Así que le puso la tarea de investigar cómo era el trabajo de un paparazzi europeo. La pinta estaba lista. Traje de paño y el referente de las gafas negras hicieron al Paparazzito todo un personaje de la pantalla chica. 

“Mi función era mamar gayo”. 

No todo podía ser bueno 

A pesar del buen rating y la aceptación de los colombianos, el programa se acabó. Misael quedó en un limbo. No sabía qué hacer ni a dónde ir. Sin trabajo, buscó a esos “amigos”. Amigos que le dieron la espalda. 

El cansancio y la desesperación de Misael incrementaban con el paso del tiempo. Fueron tres años de incertidumbre. 

— ¿De qué vivió esos tres años?

— “De Milagro”.

Tres años en los que se le vino el mundo encima. No tenía con qué pagar la casa ni el colegio de sus tres hijos. Mucho menos con qué mandarlos al colegio. Ni siquiera tenía para las onces. Los gastos del hogar era otro pensamiento que lo perseguía todo el tiempo. 

Los negocios que había hecho, entre ellos una fundación, trajeron más desgracias que alegrías. La contratación de eventos, obras de teatro y una revista llamada Futmodels aumentaban las pérdidas y deudas. 

La relación con su esposa se empezó a deteriorar. Ella no estaba de acuerdo con los negocios que había hecho. Se quejaba porque nunca la escuchaba y las cosas estaban como estaban por culpa de él. 

Foto: Laura Salomón

Las deudas sumaban más de 300 millones de pesos 

Misael llegó al punto más crítico. Al de la decepción de vida. Estuvo a punto de dejar caer su cuerpo al vacío.  

Su postura espiritual lo hizo cambiar de opinión. Quitarse la vida tenía riesgos en ese aspecto. Decidió enfrentar el divorcio y las deudas con el banco. 

“Me la pasaba llorando y deprimido. Estaba bien con mis hijos, pero cuando los dejaba en el colegio me atacaba a llorar. No estaba bien”.

“Si a la persona que actúa bien, le va bien. ¿Por qué a mí, que soy una persona llena de alegría y hago reír a los demás, me va mal? Nunca fui un hombre de vicios. Sí, iba a donde las prostitutas pero nunca adquirí sus servicios. Tampoco era amigo del trago”.

Nunca descartó la posibilidad de volver al campo y usar nuevamente el azadón. No se iba a morir de hambre. 

“Ya nada me importaba. Si me iban a robar pues que me roben. Si iban a poner una bomba pues que la pongan. Si me iban a matar pues que me mataran”. 

Cuando superó los malos momentos su esposa ya no estaba a su lado. Actualmente, a pesar de estar separados viven bajo el mismo techo, por una sencilla razón, “porque no hay para dónde coger”.  

Hoy día, luego de aguantar tantas penurias, sobrevivir a un accidente automovilístico, sufrir quemaduras en más del 20% de su cuerpo y pasar por malos momentos, habla del hambre y la define como un aprendizaje. Una enseñanza muy buena porque cuando se tiene hambre se valora la comida. 

“Cuando se tiene hambre se valora el pan sobre la mesa”.

Por: @AlejoPaezT