¿Cómo sobrevivir a un paro de transportadores en Bogotá?

¿Cómo sobrevivir a un paro de transportadores en Bogotá?

10 de mayo del 2017

Más de 1500 kilómetros cuadrados. 5145 barrios. 9 millones de habitantes y contando. Un clima promedio de 15 grados centígrados. Calores insoportables en diciembre y en enero. Fuertes lluvias en abril y octubre. Un clima variable el resto del año. Cerca de 21 atracos diarios. Eso es Bogotá. Y caos: Bogotá también es caos. Normal en una ciudad moderna, tan grande y tan llena de gente.

Uno de los propios síntomas de ese caos, quizás el más insoportable, es la movilidad. Cualquier capitalino, nacido aquí o que haya llegado por las circunstancias, sabe que moverse aquí es un problema; una especie de karma injusto que paga quien a busca mejores oportunidades en la ciudad más grande de Colombia.

Desligar la cuestión de la movilidad de los paros y los bloqueos resultaría muy difícil. Es como una dicotomía: no son la una sin los otros y viceversa. No es raro despertar y ver que tal o cual avenida está trancada; que ‘x’ o ‘y’ portal está bloqueado; que no están pasando buses por la 30 o por la 26. Normal.

El paro que se vive este 10 de mayo por la inconformidad de los taxistas no es una novedad. No es el primero. Quizás ya nos hemos acostumbrado y como que hemos ido desarrollando cierta resiliencia –no resistencia, que son cosas distintas–, frente a esta clase de cosas. Pude haber dos o tres al año. Una virtud del bogotano promedio: acostumbrarse a este ‘mierdero’. Mierdero es una palabra muy fuerte; pero las cosas por su nombre.

paro de taxistas

“No he visto otra ciudad con una evolución tan lenta como Bogotá. No hay proyectos grandes y el desarrollo no se ve. Sus gobernantes hablan de obras, pero nunca se preocupan por el desarrollo mental de los ciudadanos o por si se les está dando lo que necesitan…

Transmilenio es importante, pero no es sino una medida intermedia, y los bogotanos viven sacando pecho con ella… Bogotá tiene que dejar de ser una tacita de plata para convertirse en una ciudad”, dijo el científico bogotano Rodolfo Llinás.

La costumbre, entonces, vendría también con el desarrollo de, digamos, cierta rutina. Como un plan B que uno debe tener muy claro desde que sale de la casa. “Hoy hay paro –diría el locutor de la radio. Y usted “ah, listo, entonces tendré que hacer esto o aquello; coger el bus en otro lado; caminar mucho”. Y así.

En el año 2010, la alcaldía de Samuel Moreno propuso la chatarrización de al menos el 30% de los buses que circulaban por Bogotá. Eso era fundamental para la implementación del Sistema integrado de Transporte público. Pero a los transportadores no les gustó la idea y se fueron a paro. Quizás ese ha sido, el del 1,2 y 3 de marzo de 2010, uno de los peores paros, de los más difíciles.

“El paro de buses y busetas ha dejado en claro, creo, la debilidad del estado frente a la empresa privada. Ya en días normales, lo saben quienes padecen el transporte público, los chóferes de bus son los dueños de la ciudad; la manejan a su antojo en sus máquinas prehistóricas; son los verdaderos alcaldes; no necesitan escritorios de ejecutivos ni diplomas universitarios; les basta chancletear el acelerador y maniobrar a diestra y siniestra”, escribió Sebastián Pineda en el Tiempo.

¿Cómo sobrevivir a un paro en Bogotá?

La mayoría de paros tiene la misma dinámica. Desde un par de días antes, por propia iniciativa de los promotores, o porque se filtra la información, se sabe que va a pasar. Uno puede prepararse física y mentalmente para ello. Igual hay que esperar: hasta que no llegué el día, ‘la hora cero’ que llaman, no se puede uno acelerar a dar conjeturas. La cosa es como Mateo que le metió los dedos a Jesús en las heridas: hasta no ver no creer.

En el paro de 2010, la noticia se había empezado a regar desde los últimos dos días de abril. Parecía que iba en serio porque mucha gente hablaba de eso. Esa noche –domingo- me acosté tarde, como siempre, con el peso de la obligación de tener que madrugar más de lo normal. Problema número uno del paro: dormir menos.

Sin que todavía hubiera salido el sol, mi mamá entro al cuarto y me llamó, primero amablemente, moviendo un poco mi cuerpo, pero como yo parecía un muerto, ella me llamó más duro y me zarandeó con todas sus ganas. “Levántate ya, hombre –me dijo–, que hay paro y no están saliendo buses”. Recomendación número uno: madrugar.

La mañana estaba fría y lluviosa. No sé porque, quizás por inocente –o por estúpido–, me fui para el paradero de buses en el que siempre tomaba la ruta que me llevaba a la universidad. Había mucha fila, más de lo normal. Nadia parecía hacerse a la idea de que hoy no habría transporte. Nos mirábamos apenas, como si en los otros estuviera la respuesta a la pregunta que no había hecho nadie: ¿en serio?

“Creo que hay paro –dijo una señora mayor–: llevo hora y medía aquí y no ha pasado nada”. Todos nos miramos con cara de angustia. Las sospechas se confirmaron cuando un furgón se detuvo en el paradero. “No hay buses –soltó un ayudante– por $1500 los llevamos hasta Chapinero”. Y el camión se llenó ahí mismo. La abuelita fue la primera en subir. Recomendación número dos: cualquier cosa que lo lleve sirve. Cualquiera.

“El paro es liderado por la asociación de pequeños propietarios de buses Apetrans, quienes insisten que será indefinido hasta que el alcalde los tenga en cuenta en sus proyectos de movilidad. Sin embargo, se trata de una licitación millonaria que ya fue ofrecida al público y en la que hay tanto en juego, que no es fácil para el Alcalde ahora reversarla por la protesta de los transportadores pequeños”, escribió Laura Rico en La Silla Vacía.

Yo, sin embargo, no pude subir al camión: no cabía. Me tocó caminar. No sabía, hasta entonces, cómo llegaría a clase. Estaba al otro lado de la ciudad, y el camino ‘era largo y culebrero’. Recomendación número tres: póngase zapatos cómodos y prepárese para caminar.

En un punto, cuando ya llevaba más Emde dos horas andando y no iba ni por la mitad, decidí, porque ese día tenía un quiz, subirme a lo primero que pasara. Una zorra jalada por un pobre caballo escuálido, que todavía tenía permitido andar por Bogotá, pasó con algunas personas, todas muy elegantes, con cara de ejecutivos, me llevó hasta la entrada de la universidad por 1000 pesos. Volvemos a lo mismo: cualquier cosa sirve.

En la noche tuve suerte. Estaba mentalizado en que volver a casa sería una odisea. Sin embargo, un amigo que vivía cerca tuvo la delicadeza de llevarme en moto.

Al otro día, 2 de marzo, la cosa seguía igual, o quizás peor. En la universidad no habían tenido la decencia de cancelar las clases y, por un comunicado escueto, nos había “invitado a usar medios alternativos de transporte”. O sea: llegar como fuera. Ese día madrugué, me puse mis viejos tenis de combate y me preparé para lo peor.

Hasta entonces había evitado en Transmilenio tanto como fuera posible. Pero ese día no había más opciones. Caminé hasta la estación. Aguante una fila de una hora. Soporté pisotones, insultos, apretujones, groserías, quejas, reclamos. Estaba, como todo mundo, mentalizado en que aquí prima la ley de la selva, especialmente en esos casos, y, casi que sacando lo peor de mí, me subí al primer articulado que pude. Recomendación número cuatro: hágase a la idea de que el Transmilenio, ese día, será un horror. Un horror peor del que es normalmente.

Foto: YouTubo

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Esa mañana las negociaciones con los transportadores seguían. “Después de una reunión acordamos levantar el pico y placa para los vehículos particulares –dijo Samuel Moreno entonces–. Se inició un proceso de investigación y sanción a las empresas de servicio público colectivo que no han sacado sus vehículos. Unos pocos nos pueden seguir manejando un negocio que es muy lucrativo en detrimento y en contra de millones de usuarios”.

“Tenemos Transmilenio a total capacidad: el 100 % de la flota está funcionando. Hemos autorizado también a todos los taxistas para que hagan servicio colectivo. Igualmente vehículos de la administración, de la Unidad de malla vial, de la Policía, del Ejército, de le ETB, del Acueducto están igualmente circulando. Desafortunadamente hay una afectación grave en el servicio, pero no nos vamos a dejar presionar y no vamos a ceder a estas pretensiones”, dijo el alcalde Moreno.

Como el Distrito no iba a dar nada, el dialogo estaba estancado. Todos los intentos que se hacían terminaban rotos porque ninguna de las partes quería dar el brazo a torcer. Y los bogotanos sufriendo. “Vamos hasta las últimas consecuencias”, dijo Alirio Rey, miembro de la junta directiva de Apetrans.

El paro se levantó después de cuatro días. Los transportadores acordaron que se les diera el 1.5% de rentabilidad sobre la chatarrización. La ciudad volvía a la normalidad. Algunas de las lecciones que dejó el caos, parece, no se aprendieron, y la desastrosa experiencia, con los propios matices de cada caso concreto, se repitió en 2012, 2014, 2016 y ahora, con más calma y menos desorden, nos enfrentamos a un nuevo paro.

La clave para vivir en Bogotá es la paciencia. Hay que tener paciencia cada mañana. Hay que tener paciencia en las filas, los buses, las estaciones y los portales. Esa es la recomendación final, vista, mejor, como la lección suprema que Bogotá enseña, y enseña a las malas: hay que tener paciencia siempre.