El patrullero que pone a bailar a los excombatientes

Elizabeth Correa / Kienyke.com

El patrullero que pone a bailar a los excombatientes

15 de marzo del 2018

Hacen dos filas, una de hombres y otra de mujeres. Suena ‘La Pollera Colorá’, empieza el movimiento de caderas de ellas y el avance con paso de cumbia de ellos. La batuta la lleva Éver con una sonrisa que no desaparece de su rostro e instrucciones claras para que todos estén coordinados. No lo logra, la canción para una y otra vez y vuelve a sonar mientras el espacio es invadido por las carcajadas de los estudiantes que aún no memorizan la rutina de baile. 

La escena no ocurre en una academia o en un salón social. Sucede una vez a la semana en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de Llano Grande, en el municipio de Dabeiba, cuando Éver de Jesús Carvajal Soto, un patrullero y coreógrafo de la Policía, acude a dar su clase de danza a la comunidad Farc, conformada por los excombatientes de esa guerrilla que habitan en la vereda del Occidente antioqueño. 

Verlos juntos, a él con su uniforme y a ellos con sus faldas coloridas y sombreros vueltiaos, conmueve. El baile es el lenguaje que les ayuda a transformar la visión que mutuamente se tienen para que los antiguos contrincantes puedan compartir ahora como amigos. 

Elizabeth Correa / Kienyke.com

De sacerdote a uniformado 

La energía del patrullero Éver es hipnótica, absorbente, contagiosa. Con su sonrisa se ha ganado la confianza de los 60 estudiantes que aprenden a bailar desde cumbia hasta reguetón y ya no caben en la caseta destinada para la práctica. La cancha de fútbol es su nuevo escenario. 

Éver tiene 22 años, es hijo de Martha Lucía Soto y Orangel de Jesús Carvajal. Nació y creció en Guatica, Risaralda, un municipio que queda a dos horas de Pereira. 

A los 18 años, recién salido del colegio, se convirtió en uniformado. Su propósito era cumplir el sueño de su papá, tener un hijo en la Policía, aunque eso significara cambiar el suyo: Ser sacerdote. 

Al principio, cuenta Éver, su progenitor no creyó que pudiera ingresar, pero al ver que sacó los papeles del Seminario y fue aceptado en la institución, no dudó en apoyarlo. 

Su razón fue poderosa: “Mi papá quiso ser militar, pero nunca tuvo estudio ni nada. Siempre hemos sido de finca, de vereda. Entonces un tío tuvo la suerte de ganar la lotería y con el tiempo le regaló la carrera de policía a dos de sus hijos. Mi papá le dijo que también quería que uno de los suyos fuera uniformado, pero respondió que eso no era para pobres. Supe de eso porque le comentó a mi mamá llorando en la noche y al otro día me presenté a la Policía y pasé derecho”, explica Éver. 

El 14 de enero de 2013 empezó a prestar servicio y muy pronto se destacó por su habilidad para bailar, pasión que conoció a los ocho años y que se materializó a los 17 cuando se convirtió en instructor coreógrafo y venció cualquier pronóstico, porque, como él comenta, “tenía dos pies izquierdos”. 

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Danza, un lenguaje de paz 

A Dabeiba llegó en 2016. Un acto cultural en el parque fue la oportunidad para mostrar sus habilidades para la danza. “Empezamos a integrar a los policías y a los grupos de los colegios y me metieron. Me hicieron subir a la tarima, así empezó todo”, dice. 

En junio de 2017 llegó a la entonces zona veredal  y hoy espacio de capacitación. El baile, explica, “fue la única forma para ingresar y ganarnos la confianza de los integrantes del partido de la Farc”. 

“Muchos ya me habían visto. Empecé a dar las clases en la vereda, afuera, pero me mandaron a llamar y me pidieron hacer una clase adentro. No hacían buena cara porque era policía. Al principio llegué con sudadera y buzo, sin el uniforme, y me decían agente, pero les pedí que cuando estuviera dándoles clase me llamaran por el nombre. El uniforme no existe y eso les gustó: Que los tratara como personas normales”, narra Éver. 

Reconoce que al principio sintió miedo, incluso sus padres todavía no entienden su labor y quieren que se salga del proyecto, pero él insiste, les explica, trata de que entiendan que su trabajo da resultados. 

Un día les dicta clase a los niños de Llano Grande, al otro, a los estudiantes del colegio, el tercero lo dedica a los miembros de la comunidad Farc y el cuarto día organiza una rumba aeróbica que une a toda la gente.

“Nos integramos todos, llegan los del Ejército, la Policía, los habitantes de la vereda y la comunidad Farc”, comenta el patrullero.

Elizabeth Correa / Kienyke.com

Eso para Éver es lo que vale la pena de su labor. “Cuando las cosas se hacen juntos, todos de las manos, se construye. Yo quiero seguir mostrando lo que realmente sucede en estos lugares”, expresa. 

Y de su intercambio con los que hasta hace poco más de un año eran sus enemigos – si se parte desde la firma de los acuerdos de paz – dice que “no se creen que estén viviendo esto, que estén compartiendo, bailando. Estaban cansados, han cambiado mucho”. 

“No han tenido estudio, muchos han nacido y han sido criados en el monte y estas actividades para ellos son nuevas”. Éver de Jesús Carvajal

Para llegar a este punto, recuerda, el primer paso lo dieron ellos. “Cuando llegamos eran muy cerrados, pero con el tiempo la primera invitación fue de ellos para hacer un torneo relámpago de fútbol con los del Ejército, la Policía y la población civil. Se hizo, ganó la Policía. La gente estaba contenta y se empezaron a construir lazos”. 

Lazos que Éver quiere seguir fortaleciendo. Su sueño es convertirse en oficial porque si como patrullero lidera un proceso que edifica la paz como este, con un mejor rango espera contribuir con acciones de mayor impacto. 

“Yo quiero que la comunidad Farc (así acordaron decirles porque ya no son guerrilleros y hacen parte de la vereda) tenga otra imagen de la Policía y que entiendan que somos personas que trabajamos por la comunidad”, concluye el patrullero con esa sonrisa que nunca desaparece de su rostro.