He aquí algunos poemas de Roy

He aquí algunos poemas de Roy

6 de Mayo del 2013

El presidente de Congreso, Roy Barreras, lanzó su antología de 23 poemas ‘Que la paz sea contigo’, editado por Planetaen el marco de la Feria del Libro 2013.

El Congresista dijo que los poemas fueron producto de una noche de inspiración, en la que empezó a escribirlos y los terminó esa misma madrugada. Inspirado en la realidad colombiana, hace peticiones y preguntas a Dios y a La Virgen sobre la situación de las víctima del conflicto en Colombia.

El dinero que se recaude con la venta del libro será donado a la Fundación Víctimas Visibles.

Estos son algunos de los poemas que se podrán encontrar en ‘Que la paz sea contigo’:

Perro guerrillero

¡Perro guerrillero!

¿qué haces allí en la mitad del bosque?

Terrorista infiltrado,

fiera salvaje.

¿Estás seguro de que es ese tu mejor amigo?

¿No tienes otro?

¿Qué estás pensando con tu cabeza gacha?

¿Buscas refugio?

¿Quieres comida?

¿Alguien querrá adoptarte?

¿Darte un hogar? ¿Llevarte a casa?

¿Ofrecerte otra vida?

No es fácil… podrías atacar,

no te conocen, no tienes nombre.

De lejos podrías ser peligroso.

¿Es más fácil quererte que matarte?

¿Es fácil matarte que quererte?

Sandalias, tablero y arma

Érase una vez una niña campesina

que buscó refugio en una escuela abandonada.

Hasta allá la llevaron sus sandalias

huyendo de los hombres armados y hormonados.

Y érase una vez un mercenario cualquiera,

un guerrero de ninguna causa,

un matador experto en la metralla

que siguió a la niña hasta la escuela sola

en la que ya no hay risas ni maestros.

Y sucede que al feroz, al bandolero, le estorbó el arma letal,

la puso con cuidado en la repisa del tablero verde

—para no dañarla— y se llevó a la niña…

Él volverá por el arma,

ella no regresó por sus sandalias.

Se les quedó el loro

Se les quedó el loro

y la ventana abierta

y todo lo demás.

No quedó nadie,

el camino de piedra no los llevó al cielo.

Pero es mejor huir de los diablos armados.

Quiero ser el loro

a quien nadie tortura,

a quien todos olvidan,

a quien nadie pregunta en qué bando milita,

bajo pena de muerte según sea la respuesta.

No repitas, loro, lo último que oíste,

por si acaso.

Es prudente que ni tú digas nada.

Madre callada

Madre, ¿qué esperas tú?

Si recuperas tu mirada perdida y decides pararte de esa banca,

no te olvides de mí.

Aquí estoy en la tina de plástico donde me pusiste,

mientras tratabas de pensar un poco,

de aclarar tu mente,

de entender qué pasó.

Y sobre todo de saber qué sigue.

¿Qué hay para ti allí afuera en el mundo?

Y si no hay para ti, ¿habrá para mí?

Dime que vas a levantarte y que verás claro el horizonte.

Dime que tu hombre no ha muerto.

Y que tendrás trabajo.

Que te esperan los panes y los peces

y no sólo los perros y las ratas.

Dime algo, mamá,

estás tan callada

que parece que tú también ya hubieras muerto.

Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Te lo pregunto así de rodillas y de golpe,

sucio y descalzo;

¿Por qué la muerte se llevó a mis hijos?

¿Por qué las huellas en la tierra de polvo y sangre no me dicen nada?

¿Por qué tan duro este camino ciego que no me lleva a nada, ni a nadie, ni a ti?

¿Para qué la vida que me diste?

¿Para qué Tú?

¿Para qué mis manos y mi cuerpo inútil?

Dímelo tú, Dios, ¡yo te lo reclamo!

¿Para qué esta miserable guerra

que hace al mundo tuyo…

al que creaste,

más sucio, más pobre y más postrado?

Impotente.

Inerme.

Vacío.

Arrodillado.

Así es tu mundo hoy.

¡Yo soy el mundo!

¡Virgen santísima!

El análisis forense mostró un tiro en la frente

y otro en el pómulo izquierdo que comprometió el ojo.

Múltiples esquirlas de metralla.

Varias de ellas impactaron su propio corazón en llamas,

extrañamente atravesado por un puñal antiguo.

Perdió el brazo derecho, pero no la dulzura.

Eres tú, Virgen santísima, profanada.

María antes inmaculada.

Tenías catorce años cuando te desposaron,

viste morir a tu hijo que resucitó al tercer día,

y llevas dos mil años viendo morir a otros,

algunos aferrados a tu manto de yeso

pidiendo que los salves… y ni tú te salvaste.

Dios te salve, María,

y nos salve a todos del diablo de la guerra.

A cielo abierto

¿Qué les falta a estos niños?

Sí… es claro,

es obvio,

les falta el techo,

y la pizarra,

y el maestro,

y quizá el padre,

o la madre,

o ambos,

les falta el futuro,

y el presente,

les falta todo lo que gastamos en las balas,

en la guerra inútil.

Pero no te equivoques:

no están a cielo abierto.

Porque el cielo está lejos

y en cambio la dura realidad de la tierra está muy cerca.