Por el legitimo derecho a ‘echar la madre’

Por el legitimo derecho a ‘echar la madre’

2 de agosto del 2017

Después de un hecho inesperado, un golpe, por ejemplo, o una mala noticia, la respuesta natural humana es quejarse. En la mayoría de los casos, esa queja es una sonora, contundente y liberadora grosería. Supongamos que alguien se machuca el dedo con un martillo. Como un acto reflejo, incluso antes de sobarse, suelta una ‘madrazo’.

Y eso está bien; es normal. Un estudio publicado por la facultad de psicología de la Universidad de Keel, en Reino Unido, reveló que decir groserías y maldecir ayudaba a la reducción del dolor. Se reveló que el uso diario de ‘malas palabras’ permitía a las personas una mayor tolerancia a cierto tipo de presiones o estímulos.

“Para aliviar el dolor, las malas palabras parecen desencadenar la respuesta natural de ‘lucha o huida’, así como un incremento de adrenalina y de los latidos del corazón”, le dijo otro experto al New york Times.

La grosería como tabú

Socialmente, las groserías nunca han sido bien vistas. Se les llama ‘malas palabras’; desde niños, a todos se nos enseña que no se deben usar. “La razón por la que un niño piensa que las groserías son malas palabras es porque, conforme va creciendo, se le dice que es una mala palabra, así que las vulgaridades o groserías son una concepción social que se perpetúa a lo largo del tiempo”, explicó Benjamin Bergen, profesor de Ciencias cognitivas de la Universidad de San Diego, en California.

El diccionario define grosería como “acciones o palabras bastas o poco delicadas; calidad de lo hecho sin calidad y sin pulir”.

La creencia de que no se debe decir groserías está muy arraigada. Sin embargo, es una norma de dos caras: en espacios abiertos, donde no hay confianza, formales, la persona evita el uso de esa clase de palabras. En otros momentos o lugares, en confianza, con amigos o familiares, el uso de esa clase de palabras es una constante.

En ese sentido, algunos lingüistas explican que no es en sí la palabra la que está mal, sino el contexto y la forma que se diga. Sin duda, si uno, por ejemplo, entra a una iglesia, en plena misa, y grita al menos una grosería, tendrá un problema. Pero si está en una reunión con amigos, tomando unas copas y dirige, con una sonrisa, la mismas palabras a un colega que ha hecho o dicho algo, no pasará nada.

También habrá problemas si a un desconocido o a una autoridad. Un amigo de confianza podría tomarlo de otra forma. Así las cosas, es cuestión de lugar y tono.

En defensa de las palabrotas

Maldecir y usar malas palabras es un hábito tan antiguo como el lenguaje mismo. Han estado siempre presentes por su efecto catártico. Decir groserías, explica el estudio, básicamente cumple la función de liberar. Ese efecto ha evolucionado con el tiempo. Las ‘palabrotas’ cambian como cambia la gente. “Una mentada de madre a tiempo no empobrece ni enriquece a nadie”, escribió el lingüista español Laureano Márquez.

Margarita Espinoza Meneses, lingüista, en cuanto a la historia de las palabrotas explicó que “al hablar no nada más decimos, sino que también hacemos cosas, tales como prometer, informar, preguntar, ordenar, etcétera. Una de esas ‘cosas’ que también hacemos al hablar es insultar. El insulto, pues, cumple una de las funciones principales y necesarias dentro de la comunicación. Los hombres necesitamos insultar, y lo podemos hacer de muy diversas maneras, utilizando formas sutiles, disfrazadas, apoyándonos exclusivamente en el tono de nuestra voz o usando palabras especializadas en herir, sobajar y/o lastimar a las personas, es decir, haciendo uso de las llamadas ‘malas palabras’ o ‘groserías’.

Las malas palabras que más usamos

En el español, sobretodo como lo hablamos en Colombia, una grosería podría ser, además de una de las palabras más usadas, la que más significados tiene: mierda.

La amplia sabiduría de Wikipedia nos ilumina un poco al respecto: “Mierda (del latín merda) es una expresión generalmente malsonante y polisémica, y usada principalmente en el lenguaje coloquial. En sentido estricto es el resultado del proceso digestivo, y se refiere a los deshechos fecales de un organismo vivo, normalmente expulsados del cuerpo por el ano”.

Pero nosotros no sólo la usamos para hablar de la caca. Como exclamación expresa preocupación o asombro. Como sustantivo significa algo malo. Como adjetivo calificativo, se usa para describir una situación complicada. Para referirse a acciones indebidas.

También se usa como descalificativo de alguien o algo. Funciona, además como adverbio de lugar, o sea para indicar que algo está muy lejos.  Otra de las aceptaciones más comunes es la de adverbio calificativo ante una situación muy difícil.

‘Puta’ se refiere, básicamente, a una prostituta. La palabra en sí, viene del latín coloquial ‘puttus’, que significa muchacho o muchacha. Su uso peyorativo se asocia con la referencia a la prostitución, que siempre ha sido una actividad proscrita, señalada, mal vista. Es, entonces, un adjetivo que se usa para describir de manera negativa algo o alguien.

El estudio de la universidad de Keel explica que decir groserías ayudaría a explicar las precisiones mejor y con más precisión. “Si quieres que la gente piense que estás diciendo la verdad, entonces decir malas palabras puede ayudarte en tu propósito”.

Entonces, concluye la investigación que decir groserías: tendría un efecto analgésico; haría a la persona más fuerte ante el dolor; no significa que sea una persona ‘vulgar’; es un mecanismo de defensa; hace que se sea más sociable; ayuda a enfatizar.

Así las cosas, ‘mentar la madre’ significaría que se es una persona sana, cuerda, y normal. Al final de cuenta, son sólo palabras.