¿Por qué todos odian a Efraim Medina?

¿Por qué todos odian a Efraim Medina?

16 de Mayo del 2012

Otros escritores mejores, peores y tan buenos como él me advirtieron: “Es un hijueputa”. Dicen haberlo visto en una playa en Cartagena, asoleándose en tanga montado encima de otro hombre. Dicen que manipula su perfil en Wikipedia e inventa premios de literatura sin merecerlos. Que se hace pasar por sus fans y se manda e-mails a sí mismo alabándose y refiriéndose a lo paupérrimos que son todos los demás. Que habla mal de todo el mundo, que cree brutos a todos y se ha inventado romances con mujeres ajenas. Que quiere ser l’enfant terrible y usa Facebook como su burdel personal. Que es un narciso, torpe, provocador y ramplón.

–Que hablen, que sigan hablando, que digan lo que quieran sobre mí. Los costeños no le paramos bolas a nada.

Ha sido muy difícil encontrar alguien que me hable bien de Efraim Medina…

Nos encontramos en la cafetería El Andante, en las Torres del Parque, a las 10 de la mañana de un martes. Le acaban de servir un desayuno humeante. Huevos revueltos en una cacerolita abollada, chocolate caliente y un tambaleante vaso de jugo de naranja que se desborda cada vez que Efraim mueve las manos o golpea la mesa. El jugo avanza por la mesa y amenaza con llegar al borde y caer. Ojalá no lo haga sobre los pantalones de tela gris brillante, las botas de cuero marrón, acordonadas, o el saco, también gris, de cuello tortuga abotonado, abierto al frente por donde se asoman unos pocos pelos del pecho, sin timidez. Es difícil tomarlo con seriedad cuando se le notan los pezones parados bajo un saco sin camiseta, o cuando pienso en su pene, que con el mayor orgullo ha desfilado por internet como si no perteneciera a su cuerpo.

–¿De dónde salió Efraim Medina?

–No me parece una pregunta inteligente. Todo eso biográfico está en Google y Wikipedia. No hizo su tarea y pretende que se la haga yo…

Yo esperaba una respuesta poética acerca de su niñez miserable y sin autoestima, cuando todavía no había aceptado su altura, su piel oscura y el acné en la cara, y ayudaba a su mamá, lavandera, cargando baldes de ropa mojada por las calles más pobres del barrio Getsemaní, en Cartagena (aunque él afirma que su mamá fue enfermera y después asistente de un juez). Quería que me hablara sobre su talento para andar solo, y las monedas que les pagaba a sus vecinos para leer los comics alquilados porque no tenía plata para comprarse los suyos. Y del día en que a su tío, que lo crió como si fuera su padre, lo atropelló un bus y lo mató. Efraim no tenía más de seis años. Tiene sentido, su infancia fue tan dolorosa que hace mucho tiempo la olvidó y no habla del tema.

Miércoles por la noche, me ha invitado a conocer a sus amigos en Café Cinema, un bar sobre la Séptima con calle 56. Hace veinte años fue mesero del lugar durante pocos días, hasta cuando su dueño le permitió dejar de trabajar, y siguió pagándole el sueldo mientras él escribía. El lugar tiene poca luz y no lo veo cuando entro, pero lo ubico al oírlo por encima de las voces de todos. Tiene puesto el mismo saco gris y lo acompaña una paisa muy guapa y uno de sus mejores amigos, un pintor. Les cuenta sobre una novia canadiense que tuvo hace algunos años. La mujer se enamoró de él y le propuso casarse para que él adquiriera la nacionalidad canadiense y así poder vivir juntos en Canadá. Ella llegó a Cartagena a buscar a Efraim pero él ya se había aburrido de la relación a larga distancia que llevaban y de esperarla, entonces se escondió. Ella siguió buscándolo durante más de un año y se devolvió a su tierra con el hueco donde va el corazón lleno de carne picada.

El autor que además es músico no es capaz de contener las lágrimas en el escenario.

Uno tras otro, está tomando whiskey con hielo, y yo espero que baje la guardia y me cuente algún secreto, o me deje ver cuáles son sus adicciones. Un grupo de estudiantes de Pasto lo reconocen y se acercan a nuestra mesa a tomarse fotos con él. Es un grupo particular: cuatro gordas y dos flacos, todos mamertos y muy borrachos. Una de ellas, la más fea, lo saca a bailar alguna música andina que la infla de orgullo. Efraim, tomándole las manos, se levanta y baila con ella tres canciones seguidas, mientras nosotros admiramos la familiaridad con la cual se desenvuelve frente a sus fans. Tranquilo, cómodo, amoroso pero sin coquetear. Este es el escritor que quiere ser amigo y emborracharse con todos los jóvenes que le escriben, y casarse con todas las jovencitas que también le escriben adulándolo. Su gran estímulo son sus lectores.

–¿De qué te arrepientes? –Le pregunto.

–Del tono con que empecé esta entrevista.

Efraim me dirá que los homosexuales son quienes mejor se visten, y que en general todos los hombres son bisexuales, pues siempre que un hombre busca mucho a un amigo es porque está enamorado de él. Posará para unas fotos, me pedirá que lo haga reír y me dirá que le gusta mucho mi pinta. Después volverá a sentarse a la mesa a terminar su desayuno. Su amigo que lo acompaña durante la entrevista me dirá que Efraim es tan sencillo que se comió su desayuno frío, tan frío como estaba antes de que se lo prepararan.

Efraim Medina tiene derecho a burlarse de todo el mundo, porque nadie se burla de sí mismo como lo hace él. Habla mierda por fastidiar, patalear y llamar la atención. Quiere ser tomado en cuenta. No se arrepiente de haber criticado a Gabriel García Márquez por recibir el Nobel vestido con un liqui liqui. Cien años de soledad le parece un libro fantástico, pero no le estimula la inteligencia, no lo motiva ni le ve una aplicación práctica. No ha encontrado un escritor colombiano a quien admirar, y tampoco lo descrestan Cortázar, Vargas Llosa o Rulfo.

Tiene una mirada seria, se demora en reírse. Los ojos chiquitos y grandes pómulos que parecen implantes. Se ve serio, muy serio, cuando dice: “Lo que todavía no sabes del pez hielo, mi última novela publicada, sí vuelve más inteligente al lector”. ¿Cómo no creerle?

–El mundo de la literatura tiene la ligereza de solo preocuparse por lo que contiene. Si yo fuera un pez, seguro me interesaría mirar las estrellas.

De Efraim Medina se dice, entre otras cosas, que es narciso y provocador.

No se siente escritor, ni le gusta la idea. Dice que no se parece a ellos porque no tienen las mismas preocupaciones, y no hablan de lo mismo. Se considera alguien que escribe, no un escritor, y no tiene consciencia de ser un buen escritor, de tener ese don. No cree poder ofrecerle nada a la literatura colombiana. Jamás se vio reflejado en aquellos elementos de su cultura. Sus ídolos nunca fueron locales y no le correspondían. No se pudo identificar “con un hombre que andaba por ahí con un burro, como Alejo Durán”. Eso significó estar aislado. Tuvo que buscar a sus amigos, y esto no fue divertido. Por eso, el hecho de que los jóvenes de hoy se identifiquen con él lo llena de absoluta satisfacción. Siente que está llenando algún vacío.

El hombre que se presta para una cirugía estética en la cara y se sube a un rin a boxear con un profesional, solo para escribir una crónica, dice que sería capaz de nadar entre pirañas si Daniel Samper Ospina, su gran amigo, se lo pidiera. Veinte años más tarde, aún no es capaz de hablar de la muerte de su hermano del alma, Ciro Díaz, sin llorar. Y todavía lo entristece pensar en una lagartija a la que torturó hasta matarla. Tenía seis años y coleccionaba lagartijas que metía en un tarro, las alimentaba y las soltaba. Uno de estos animales, más atrevido que los demás, le mordió la mano y Efraim reaccionó arrancándole la cola y clavándole un lápiz hasta matarlo.

El mismo personaje irreverente y contestatario quien escribió: “Mi verga está pegada contra el vientre de mi madre mientras chupo (…) sus tetas. Mi verga late contra mi madre con más fuerza que su corazón…” hoy en día es padre de una niña chiquita. Y es tan tierno y dedicado a ella que pasa por cursi. Embobado. Irreconocible. Todos sus triunfos son para ella, y ella, a sus cuatro años, es quien le tomó la foto de la solapa de su última novela, y por eso solo se le ve media cara.

Luego de la entrevista, Efraim vuelve a sentarse a terminar su desayuno y se lo come frío sin quejarse.

Efraim Medina es el rey cursi. Llega casi dos horas tarde a su concierto experimental en el Teatro Metro con la banda 7 Torpes Band, y a nadie sorprende. La calavera estampada en su camiseta negra combina con el tatuaje chino que tiene en el cuello, cubriéndole una cicatriz de una cuchillada recibida hace algunos años en la Avenida El Dorado cuando trataron de atracarlo y casi lo matan, pero no combina con el corazón rojo brillante que tiene colgando de una gargantilla. Imita la voz de Tom Waits, pero no se le entiende nada. Es completamente arrítmico, da vergüenza ajena verlo mover la cadera y las piernas largas, larguísimas, sobre el escenario. Recibe tragos de sus fans, quienes lo admiran sin aplaudir, y luego los invita a todos a subirse al escenario con él y comienza a llorar mirando hacia el techo, como pidiendo clemencia. Se quita las lágrimas de la cara y apretando fuerte el micrófono como para que no se le escape dice:

–Gracias, gracias, yo no estaría vivo si no fuera por ustedes.

Este gigante moreno, de ojos chiquitos como botones y moral elástica y expansiva que dice no consumir drogas porque no tiene tiempo que perder, y quien se declara trisexual como Marlon Brando, me agarra la cara entre ambas manos cuando voy a despedirme de él. Voy directo al cachete, pero él me desvía la cara y me planta un beso en la boca. Sus labios gruesos aprietan los míos y trata de meterme la lengua. Siento que estoy besando a Bukowski y pienso en los granos purulentos de su cara… No soy capaz de seguirle la corriente.