El encanto de la soledad

8 de julio del 2019

La soledad es buena brújula que nos guía hacia nuestro hogar espiritual.

El encanto de la soledad

Foto: Cortesía Armando Martí

Tantas veces he dormido con mi soledad

que aunque todo esté perdido no me abandonará.

Ella nunca me deja solo, es fiel como un amiga,

me sigue como una sombra por todos los caminos.

No, no estoy solo jamás, tengo mi soledad

(Georges Moustaki)

En algunas épocas de mi vida, paradójicamente entre más he tenido compañía, estabilidad económica, fama, cariño de mis seres queridos y amor de mi pareja, me he sentido solo.

Este sentimiento socialmente produce una especie de rechazo, al creer que estar solo es sinónimo de “fracaso”.

Sin embargo, fingir estar siempre bien, hace que aprendamos a reprimirla.

Nadie quiere que sus debilidades y falencias se noten, pues siendo la existencia una estrategia de supervivencia, pensamos que al mostrarnos vulnerables, el “contrincante” puede sacar provecho de nosotros y “ganar” la partida.

Esta creencia nos mantiene en constantes estados de tensión mental y física, y como dicha energía reprimida no tiene salida a través de la expresión, termina por manifestarse de inusitadas formas psicosomáticas reflejadas en nuestro cuerpo.

Foto: Cortesía Armando Martí

Por ejemplo, un exceso de ira, daña el hígado, afecta la circulación arterial y pone en peligro el cerebro y el sistema cardiovascular. De igual manera, un exceso de miedo perjudica el aparato urinario, bloqueando los riñones y la vejiga.

Asimismo, un exceso de tristeza bloquea el sistema inmunológico y debilita los pulmones, a diferencia de un exceso de excitación o alegría, que altera la presión arterial, el corazón y el aparato digestivo.

Mientras que un exceso de angustia y ansiedad, inflama el colon produciendo úlceras gástricas que deterioran no sólo el páncreas, sino también el hígado y el bazo, entre otros órganos. Como podemos apreciar, existe una vinculación muy estrecha entre los pensamientos, las emociones y el cuerpo.

La soledad, una maestra de vida.

Foto: Cortesía Armando Martí

Es mentira que la soledad es mala. Casi todo el mundo cuando ve a alguien solo, quiere acompañarlo desde un impulso protector emanado de su instinto e inconsciente.

Esta acción impide en muchos casos, la necesidad imperiosa y vital, de tener un espacio propio y poder conocerse a sí mismo.

Muchas de las pruebas, desilusiones y caídas que nos trae la vida, tienen como enseñanza la experiencia a través del ensayo y el error, incluso por medio del dolor y el sufrimiento. En mi caso personal, llego a la conclusión de que nada en este mundo es más importante que la salud mental y la paz interior.

Muchas veces, la energía y el tiempo de vida lo invertimos en búsquedas externas como el poder, el prestigio social, el dinero, el reconocimiento, el aplauso de la fama y el control sobre los demás; cuando lo que realmente necesitamos, es hacer un alto en el camino, para buscar una fuente auténtica de origen espiritual, que nos ayude a conservar la calma en medio de esta frenética e inútil carrera del mundo hacia lo superfluo.

Una mañana despertamos con un gran vacío interior, sintiéndonos angustiados, débiles, confundidos, enfermos y desesperados.

Al intentar buscar ayuda, no la encontramos en afectos o apoyos humanos, pues nuestro egoísmo y ambición han apagado la voluntad de estar cerca de nosotros para ayudarnos desde la orilla de la compasión y el amor.

Entonces es cuando comprendemos, que por este desafortunado invento, hoy nos encontramos rodeados de bienes y objetos sin vida, que con tanto esfuerzo y tesón obtuvimos, pero que en este instante son incapaces de aliviar nuestro dolor.

En estas constantes crisis por huir de nosotros mismos a través de las relaciones afectivas, las adicciones, el trabajo, el ego narcisista, la religión, la superstición y el pensamiento mágico, nos es muy fácil olvidar que nuestra búsqueda interior se inicia de adentro hacia afuera, y que sólo en la compañía de la propia soledad, podemos encontrar quiénes somos y lo que realmente queremos lograr, desde el marco referencial del cuidado de sí mismo y el amor propio.

De esta forma, al cambiar los hábitos adversos como el “estar y sentirnos mal”, por nuevas frecuencias e intenciones personales como las de “estar y sentirnos bien”, aprendemos a vivir en la plenitud de la sencillez, teniendo congruencia entre lo que pensamos, creemos, afirmamos y hacemos.

En la soledad podemos reconocer nuestros defectos de carácter y errores personales, así como también nuestros derechos y virtudes.

Después de estos espacios de silencio interior, que ayudan a depurar de estímulos externos a nuestra conciencia, podemos reflexionar y encontrar nuevos enfoques transformativos, tales como:

– Vivir es aprender a vivir.

– Desarrollar mi capacidad de ser feliz, me ayudará a solucionar los problemas de una forma creativa y sencilla.

– Estar por encima de las críticas y los señalamientos de algunas personas, no necesariamente significa que valgo menos, en realidad ellas podrán desaprobarme, pero también existen otras que me aprecian verdaderamente.

– Mi valor está basado en ser un persona, no en representar un excéntrico personaje, que mi narcisista personalidad me obliga a interpretar.

Esta errada creencia, la cambiaré al buscar lo que me hace feliz y no lo que los demás pretenden convertirme, dejando de sacrificar cosas importantes para mí en función de los deseos de otros.

– Al creer que soy perfecto, me autoimpongo metas exageradas e irreales, haciendo que la idea de fallar me llene de culpa. Por eso, asumo el papel de víctima y me desquito, al señalar de forma exagerada, algunos defectos de los demás.

Foto: Cortesía Armando Martí

Hoy en la alegría de un otoño personal, lleno de bellos matices y caminando al lado de la soledad, mi vieja amiga, descubro que juntos elegimos obligaciones y responsabilidades para mejorar nuestra evolución en este mundo.

Además y como si fuera poco, tenemos muchos derechos naturales que nos ayudan a resignificar el sentido y la calidad de nuestra vida tales como:

* Ser feliz y dar felicidad al otro.

* Ser tratado dignamente y con respeto.

* Darme el tiempo que necesite para decidir y elegir.

* Estar y sentirme bien, como estar y sentirme mal.

* Dar lo mejor de mí mismo.

* Cambiar de ideas.

* No ser perfecto

* Pedir ayuda

* Cometer errores

* Expresar mi malestar y alegría.

*Tener miedo, angustia, estrés, tristeza, ira, envidia, frustración y todas las emociones negativas que necesiten ser expresadas.

* Tener paz, sosiego mental, pasión, placer, satisfacción física, estabilidad emocional, salud integral y todas las emociones positivas que necesiten ser expresadas.

* Enamorarme y desenamorarme.

* Estar confundido y sentirme débil.

* Cuestionar, no aprobar y discutir.

* Elegir y cambiar mi tipo de vida.

* Competir, ganar y defenderme.

* Buscar apoyo y confianza en un Poder Superior o guía espiritual.

* Cuidar de mí mismo.

* Preservar mi vida y mi salud.

* Crecer, iluminarme y desarrollarme en todos los ámbitos de mi vida.

Foto: Cortesía Armando Martí

La brújula de la soledad

De un tiempo para acá, pude entender que nada gano con evitar las cosas que no están bajo mi control. La vida es potencialmente riesgosa y peligrosa, pero si acepto esta condición, habilitaré transitar por la existencia con sensatez, calma y prudencia.

El cerebro no se fatiga al reflexionar, pues esa es su función esencial. El agotamiento proviene de “imaginar” que algo malo sucederá.

De igual manera, el sobre estrés no me permite pensar ni actuar con claridad, por eso debo meditar, respirar profundo, calmarme y poner límites firmes, a la cantidad de basura mental que se produce por no controlar los pensamientos negativos y trágicos.

Esta acumulación de ideas obsesivas, impiden la realización de mi armonía interior. Hoy puedo crear un presente libre de recuerdos dolorosos y resentidos de un pasado que ya no se puede cambiar.

Puedo reconstruirme, renacer y seguir realizando los cambios que necesite, para lograr mi bienestar personal. Decidiré desarrollar con más asertividad la expresión amorosa de mis sentimientos y deseos.

Es fundamental para mejorar la calidad de vida, aprender a estar solos para confrontar la realidad así sea difícil. Esta actitud es lenta pero se sostiene en el tiempo.

Muy diferente a lo que enseñan en algunos talleres de fin de semana, que están cargados de promesas exageradas y sobreinformación “auto-superativa”, en donde las personas logran anestesiar los miedos y mimetizar sus problemas más profundos, evadiendo el proceso de rehabilitación interior.

A través de la resignificación de nuestro origen, al erradicar los paradigmas de la culpa, el pecado y la vergüenza, podemos empezar a remplazarlos por actos de responsabilidad personal, familiar y social.

Desde esta orilla el camino se vuelve más confiable. Ahora ya no buscamos la perfección pero sí la serenidad, la disciplina y el compromiso, para gozar de la alegría de ser compañeros y amigos sinceros de nuestra propia “soledad”.

Por experiencia, como terapeuta y en mis intervenciones de Coaching Ontológico compruebo que desde el ego enfermo las exageraciones espirituales empeoran la sanación integral. La humildad, la paciencia y la soledad, son las mejores brújulas que nos guían hacia nuestro hogar espiritual.

Bibliografía:

– Armando Martí. (2018). Viajero Interior: Un camino simple hacia la serenidad personal. Editorial Carrera 7ª.

– Roger – Pol Droit. (2014). 101 experiencias de filosofía cotidiana. Editorial Grijalbo.

– Eduardo Aguilar Kubli. (2000). 20 formas de amargarse la vida y cómo evitarlo. Editorial Pax – México.

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