La Luciérnaga de los primeros años

La Luciérnaga de los primeros años

2 de marzo del 2017

Los viernes a las 6 de la tarde, Yamid Amat Ruiz –el fundador de 6 a.m. 9 a.m. y el hombre que cambió la radio en Colombia- combinaba noticias, imitaciones, humor y mucha risa. De ahí surgió, con obvios ajustes, La Luciérnaga.

“Viajamos por tierra a Manizales con Guillermo Díaz Salamanca (íbamos a la Feria), cuenta Yamid. Fue una risa permanente durante todo el largo camino y descubrí al maravilloso personaje.

-Guillermo trabajaba en otra cadena de radio y no podía entonces hablar en Caracol. Sin embargo, me acompañaba los viernes en el programa. Me respondía como el Papa, como Belisario, como tantos personajes que él imita magistralmente. Nadie sabía que era Díaz Salamanca.

También me acompañaba Juan Harvey Caicedo (q.e.p.d). Yo nunca he conocido un hombre de la genialidad, de la improvisación y la cultura para hacer humor como él. Realmente insuperable.

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Cuando el grupo Santo Domingo compró Caracol, Augusto López, presidente de Bavaria y de la junta directiva de la cadena, pidió reconsiderar el espacio porque en su opinión no era serio, en un horario consagrado a las noticias.

Yamid le propuso una encuesta para establecer el rating, antes de cualquier decisión. Así se hizo y el resultado fue contundente: primer lugar en sintonía.

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En el programa, que obviamente continuó, invitaban con frecuencia a Hernán Peláez y a Alberto Piedrahita.

“Hernán poco bebe,  pero le confieso que faltando un cuarto para las seis de la tarde –recuerda Yamid- nos tomábamos un whisky, no más de uno porque eso al aire se nota. Ese whisky nos prendía el humor y disparaba la capacidad de la gente”. Ese fue el origen de La Luciérnaga.

Un enfrentamiento entre Julio Mario Santo Domingo y ex Presidente López condujo a la renuncia de Amat. Espacios como el de los viernes desaparecen. Después viene el apagón y encuentran en ese programa, en ese esquema, una solución.

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La Luciérnaga: El apagón y la urgencia de un producto ameno

Darío Arizmendi, por entonces director de todos los Servicios Informativos de Caracol, recién llegado a la radio procedente de Medellín y la dirección del periódico El Mundo, tiene su versión:

“Estábamos en pleno apagón, ya llevábamos como 15 días. Yo había hecho una reunión social como de cien invitados, en mi apartamento de la 82. Empezamos a escuchar que cada uno en su pequeño círculo por donde íbamos transitando a lo largo del evento social, especialmente las señoras, nos sugerían inventarnos algo para la noche. No había, por cuenta del apagón, noticieros ni telenovelas.

La radio les resultaba aburrida. Ricardo Alarcón (el presidente de Caracol) lo advirtió, Peláez también y yo igual. En un momento determinado nos hicimos a un lado y convinimos una reunión de urgencia para el siguiente día, pensando que habíamos encontrado una gran oportunidad radial.

Asistimos Ricardo, Guillermo Díaz, Marco Aurelio Álvarez, por supuesto Hernán Peláez, un par de personas más y yo. Salió una explosión de ideas, de iniciativas, que humor mezclado con deportes, imitación de voces, trovadores, pero no había una ruta muy clara ni un guion muy definido.

Hernán Peláez

Decidimos arrancar esa misma noche con todos quienes participamos en la reunión, con la intención de –por el camino- inventarnos el programa. Hubo un concurso interno entre los empleados de cierto nivel y alguien (no me acuerdo quién) soltó el nombre de La Luciérnaga, que iba muy a tono con la coyuntura del apagón en ese momento. Así se quedó.

Yo participé en los tres primeros programas o durante la primera semana, y ahí brotó el talento de Hernán, la creatividad, la agudeza. Estuvo por unos días Jaime Garzón. El programa se volvió muy divertido.

Empezaron a aflorar los comentarios agudos, las observaciones inteligentes, las dosis de mala leche, el chisme de un supuesto oyente. Entendí rápido que Hernán tenía que ser el conductor. Al fin y al cabo, yo era el director del Servicio Informativo, manejaba el programa de la mañana y no me quería someter a un infarto.

Hernán se reveló como un gran conductor, un gran director. Ya había empezado a proyectarse y a demostrar otras posibilidades, por fuera del deporte y de la música, temas ambos, en los que siempre ha sido especialista y con una memoria formidable.

Realmente desde que yo llegué, Hernán tuvo la amabilidad de permanecer en el equipo de 6 a.m. 9 a.m. Él venía con Yamid y se quedó con nosotros durante seis o siete años, combinando su presencia en la mañana y dirigiendo La Luciérnaga.

En la mañana, Hernán hacía deportes, lo equivalente a la cabalgata deportiva. Tenía, como yo digo, uña libre, en el sentido de que podía entrar las veces que quisiera. Cada rato llegaba y me decía… esto está muy aburrido, metámosle música. Aquí le traje esta música de hace 20 o 30 años, venga le cuento esta historia.

Manteníamos una mamadera de gallo entre los dos y una tiraderita, que a la gente le gustaba.

Peláez y Díaz Salamanca le dieron forma

Guillermo Diaz Salamanca

Ricardo Alarcón, agrega otros elementos a los inicios de La Luciérnaga:

“Nosotros hacíamos un programa noticioso a las 6 de la tarde. Después comenzaba La Polémica, a las 7:30. Ya La Polémica había entrado en una curva de descenso por muchas razones, entre otras porque varios protagonistas se habían retirado. Los ciclos que tienen las cosas.

Con el apagón surgió la obligación de hacer una radio para la familia, no sólo para los hombres, no solamente de fútbol. Se puso toda la empresa a trabajar. Se convino que un magazín y llegamos a la conclusión de que el conductor ideal debería ser William Restrepo.

Algo pasó y William no pudo arrancar. Hernán tenía un partido de la Copa Libertadores y se levanta de la reunión para irse al aeropuerto y yo le pregunto si es muy grave que no viaje. Hernán muy rápidamente la pescó… y ahí comenzó la historia.

También hay que decirlo: La Luciérnaga como existe hoy, se la inventa Hernán, porque inicialmente pensamos en un magazín con mucho material pregrabado, era otra cosa. Hernán y Díaz Salamanca desarrollan la idea que hoy tiene el programa.

La gran idea fue sacar a Hernán del mundo del deporte, con una lógica muy sencilla: el hombre que era capaz de manejar La Polémica, un programa dificilísimo de conducir, que él llevaba con gran gracia y dominio, era el mejor conductor que teníamos para el nuevo espacio.

Poco a poco –porque no podía hacer las dos cosas con la misma intensidad- fue cambiando el modelo de comentarista deportivo, porque lo sigue siendo, a conductor de la Luciérnaga, asumiendo su nuevo rol.

El nombre lo tuvimos que inventar de una manera rapidísima. Nosotros teníamos un grupo creativo, una agencia de publicidad interna. Fueron ellos los de la idea de bautizar La Luciérnaga, que me pareció un cabezazo tremendo y recuerdo el aviso, una página completamente en negro y una lucecita con esta leyenda: “a partir de ahora, en medio de la oscuridad, La Luciérnaga de CARACOL”.

No tuvimos tiempo de registrar el nombre del programa y nos enfrentamos por mucho tiempo al problema de los derechos, que pertenecían a una revista de cerámica o algo parecido. El pleito se prolongó por varios meses hasta que logramos finalmente un acuerdo económico para mantener el nombre.

Hernán ya era el periodista deportivo más importante de Colombia, pero lo volvió el ícono que es hoy. Con los años demostró que no solamente es muy buen conductor de radio, sino también gran periodista, capaz de decir lo que toque decir, de preguntar lo que hay que preguntar y desde su personalidad seria y casi huraña, darle cabida de la manera como lo ha hecho, a un programa que contiene mucho humor.

La presencia de William Restrepo

William Restrepo, hoy director de Telecafé-Noticias  y antes presentador con mucho éxito del Noticiero Nacional de Televisión, figura brillante de la radio y televisión en Colombia y en Estados Unidos, aclara sobre su participación en los primeros días del programa de humor político y noticias de más alto rating en la radio colombiana, en los últimos veinte años:

“La Luciérnaga más que un concepto  de radio, fue la respuesta a la oscuridad,, el silencio, en medio de una de las peores épocas de violencia urbana en Colombia. La idea era acompañar a quienes en sus automóviles viajaban a sus casas, donde no había energía, por lo tanto ni radio, ni televisión ( algo muy parecido a “De regreso a casa”) programa que creamos en Miami y que ha sido éxito de sintonía desde entonces). No podía tener muchos gastos, porque sería temporal¨.

Comenzamos Darío Arizmendi, Guillermo Rodríguez, Juan Harvey Caicedo, los carrangueros de Medellín, unos días después vino Guillermo Díaz. Supuestamente el director del programa sería yo, por aquello de lo temporal, pero a la primera semana Darío se retiró, y dos semanas después me retiré yo. Nos dimos cuenta que necesitábamos más que buenos periodistas.

Nació la idea del “anchor”, “el conductor” que sería el segundo ensayo en los medios colombianos. En medio de sugerencias y propuestas, ninguna de ellas enfocadas al concepto del “anchor” apareció Hernán Peláez, y afortunadamente dijo que si, y La Luciérnaga se salvó.

Peláez corrió el riesgo más peligroso de un profesional, y descubrió lo que muchos todavía no saben cómo buscar: dirigir, orientar, y aprovechar el talento de los demás, dentro de un marco inteligente y provechoso para una idea. Sacó de su disco duro cualidades y virtudes, que consignó en un espacio que no solo entretenía, sino que con una conducción refinada, respetuosa, pero certera, enviara mensajes a través de otros que usando su talento, le daban forma  a un contenido versátil y entretenido.

Creo que Hernán sigue creciendo y rompiendo todos los esquemas. Como buen estratega, Hernán le dio identidad a la conducción, a la conciliación de ideas, sin afectar el destino de las palabras y el fundamento del contenido. Su lenguaje corporal y vocal es muy rico y sabe enfatizar con interjecciones largos parlamentos. Es decir, dice con gestos y pocas palabras, interpreta el verdadero sentido de la comunicación. Hernán nos sorprendió con su manejo de la tonalidad.

Siempre he pensado que solo la naturalidad, y la honestidad de nuestro vocabulario, pueden aparearse con los objetivos. Hernán llega, y seguirá llegando a la audiencia, porque descubrió quiénes son los que lo escuchan y qué es lo que la gente quiere oír. Sabe escoger a sus enemigos, y no cualquiera puede serlo. Es solidario con la justicia y la verdad y es capaz de sacrificar cualquier cosa por defender el derecho de los demás.

Kapuchinsky, historiador polaco y cronista, decía que “para ser buen periodista, hay que ser primero buena persona”, por eso le doy gracias a Dios por haberme permitido ser testigo del encuentro de Hernán Peláez con sus valores y principios, que le dieron fortaleza de roble, y capacidad de solidaridad con las falencias del mundo en que vivimos.

La Luciérnaga demandaba un manejo honesto, poco noticioso, pero más informativo, bien distribuido y esencialmente de un contenido interpretado apropiadamente, y entregado a la audiencia en términos familiares, de tú a tú, con el mismo lenguaje y Hernán ha sido el maestro. Cumple la filosofía inicial del Dr Ricardo Alarcón: “acompañar…acompañar…” y logró reunir una audiencia que se acompaña, y lo acompaña siempre.

Arrancó un lunes, cuenta Peláez

Hernán Peláez recuerda que La Luciérnaga arrancó un lunes, a propósito del apagón en el gobierno del presidente César Gaviria.

“La idea era acompañar. Apelamos a la memoria de los oyentes y empezamos a hablar de poesía, de geografía, de nombres de ríos, de personajes, quién fue Barba Jacob. Intercalábamos música, noticias pequeñas, el precio del dólar y otros cuentos breves.

Ese formato fue pensado para tres meses, que duraría el apagón. Sin embargo, el programa caló y decidimos que continuaba. Le retiramos un poquito la poesía, le metimos más información, humor y ahí arrancó.

La Luciérnaga se volvió otra cosa. Sin que tuviéramos la intención, se volvió muy fuerte en la opinión. Se supone que la opinión la generan los programas de la mañana, donde entrevistan personajes. Nosotros partimos de la base de que en La Luciérnaga no hay ningún personaje extraño, aparte del grupo. Es decir, no se entrevistaba a nadie. Eventualmente, alguien salía a dar una precisión, pero no era la intención del programa nutrirnos de personajes externos.

Cuando estaba Guillermo Díaz teníamos humor, generábamos alguna opinión, había mucha ironía, vaciladera. Con el ingreso de Gardeazábal y de Héctor Rincón empezamos a notar que iba creciendo mucho más la información y le dimos cabida (que no se hacía antes) a la denuncia inmediata: “hay trancón en tal parte, hay una huelga, hay un bloqueo”, le fuimos dando entrada a las noticias del momento.

Se fue generando opinión a través de calificación o descalificación de algunos hechos.

A medida que los personajes salían por X razón o fallecían o los retiran de los cargos, archivamos su imitación. Nos pasó  que hacíamos parodia de Rodrigo Rivera, por entonces Ministro de Defensa. Rivera duró cuatro o cinco meses, se fue y para nosotros, desapareció del programa.

Con Guillermo teníamos más personajes autóctonos, como el mecánico, que es un genérico. Estaba Correa Tamayo, la oportunidad para la poesía. Cuando él se fue, muchas de esas figuras se fueron con él y nos tocó crear otros.

Cuando nombran a Pekerman, director técnico de la Selección Colombia, o a Montealegre, Fiscal General de la Nación, ese mismo día teníamos su imitación.

Caracol ha tenido la fortuna de ser una marca poderosa, de gran recordación. La gente se va pero este programa parece estar blindado, siempre ha seguido. La gente lo toma como un programa de distracción, aunque no sea realmente la esencia. Lo siguen oyendo, así se vaya uno y venga otro.

Nos fuimos Artunduaga y yo, lo que suponía una crisis en sintonía y no fue así. Creo que la gente lo tiene codificado como un programa de entretención, entonces no se preocupa mucho de que se fue el personaje que manejaba la política, el director X o la diva.

Todos nos podemos ir…y la vida sigue.

La genialidad de Díaz Salamanca

Guillermo Díaz Salamanca fue clave en el fortalecimiento del programa y se convirtió en figura nacional.

“Gracias a Dios –dijo alguna vez- apareció el apagón. Si no, seguramente, Gabriel de las Casas sería un profesor en el barrio Tibabuyes, Alexandra trabajaría en una peluquería, y yo habría sido el quinto renglón de la lista al Senado de Edgar Artunduaga”.

Gabriel de las Casas, Kienyke

En diciembre de 1994, fue portada de la revista Semana, seleccionado como El Personaje del Año. “El hombre de las mil voces” había revolucionado el humor político colombiano y contribuido a posicionar “La Luciérnaga” como el más escuchado programa de radio.

Sus recuerdos de esos tiempos:

“Hernán puede parecer hosco, distante y hasta incómodo. Al principio es así, es casi inaccesible, pero a punta de porfiar o de mañita como dirían las señoras, resulta ser con el tiempo un cómplice, entendido en el mejor sentido.

Era el año 89 cuando aparecí, llevado de la mano de Yamid Amat, por los pasillos de Caracol, cumpliendo mis tareas en el área deportiva y en Radioactiva. Mi contacto con Hernán Peláez por esos días era poco cercano. Del saludo no pasaba. Algunas veces ácido – como suele ser él- mientras se le encuentra el azúcar.

Llegó “La Luciérnaga”, que arrancó Darío Arizmendi, la que ocho días más tarde comenzaría a manejar Hernán Peláez. Fue un encargo que duró para siempre. Hernán se posesionó en ese sitio que convertiría en un trono. Construyó desde allí, un programa bárbaro, y de paso también consolidó su imagen de excelente conductor de programas de radio.

Hernán era el comentarista deportivo más famoso de Colombia y sigue siéndolo. Sencillo, de palabra fácil, sin adornos, sin perendengues, con las cosas dichas de manera sencilla. Así fue construyendo tarde a tarde una imagen perdurable, de credibilidad y respeto. Y al mejor estilo del buen director técnico, comenzó a armar su equipo, con el que jugó, juega y ha jugado memorables partidos en la radio colombiana.

Al noveno año del programa, vino la crisis. Nadie creía que desde las alturas presidenciales se apretara de tal forma, como quien aprieta un tubo de crema de dientes, para que la pasta salga. Y así apretó el gobierno, hasta que la pasta – dura por cierto- de Edgar Artunduaga salió. Y al presionar esa salida, Edgar quedó en el andén y Hernán Peláez, decidió que él también se marchaba. Todo fue oscuridad. Lo que no logró el apagón, lo lograba la salida de Artunduaga.

Hernán, ante esta coyuntura y movido por esa particular forma de entender las cosas, decidió su retiro, mientras en la cabeza del Estado permaneciera el que apretaba el tubo de la pasta de dientes. Aquella noche, pudo haber acabado fácilmente la vida de La Luciérnaga.

Yo mismo les presenté a Hernán y al presidente de Caracol, José Manuel Restrepo, mi renuncia, en solidaridad con ellos. Sobre la media noche surgió una fórmula intermedia, que terminó salvando el programa. Se iba Hernán, hasta que terminara el gobierno, después de lo cual regresaba a la dirección.

Se iba Artunduaga, como en efecto se fue, y yo mantenía vivo el programa, para evitar dejar volando a varios muchachos que integraban el elenco de artistas y que nada tenían que ver con la pelotera que se había armado desde el interior del propio gobierno. Así lo hicimos. Mantuve el programa al aire y lo dirigí durante un año.

Nos contábamos al aire cada tarde y siempre faltaban dos. Y después comenzamos a contar los días que restaban para que terminara el gobierno, que había dejado muy mal herida a la Luciérnaga, pero no muerta. Creo que el remedio para el gobierno, fue peor que la enfermedad. Lo que se oyó al aire durante un año, fue duro, muy duro, tal vez de extrema dureza. Y al gobierno le quedaba imposible en medio de su caída en picada, seguir pidiendo cabezas de algún integrante del programa.

Hernán regresó justo un año después a su puesto, cuando celebrábamos 10 años de La Luciérnaga, en el Club El Nogal. Peláez es un hombre de carácter recio, es serio, no traga entero.

El muy grande Juan Harvey Caicedo.

Juanito –como le decíamos todos a Juan Harvey Caicedo- es la única “baja” definitiva, al irse de este mundo por voluntad propia y sin despedirse, el 21 de octubre de 2003.  

En la mañana de ese mismo día, funcionarios de la Cadena Caracol, donde trabajó por más de 25 años, le habían notificado la decisión de la compañía de terminar su exquisito y nostálgico programa de boleros, que se trasmitía los domingos en la noche. Antes, habían decidido excluirlo del programa Pase la tarde y La Luciérnaga.

Era “El Profesor Rico-Rico”, un anciano versado en temas del lenguaje. También personificaba a un gringo; al español “Pacorro”; al argentino; al opita; al chapetón “Juanetillo”, que lo dominaba todo sobre la fiesta brava; a un francés y hasta un japonés llamado “Mariko que es uno”. Como cubano amigo de Fidel, se enfrentaba a diario con un anticastrista que residía en Miami. Como Sergio el chileno, se conocía toda la actualidad de su país. Y a través del sargento Blanco, interpretaba el sentir militar. A la hora del resumen informativo, leía las noticias con la seriedad de siempre,  con una voz que el país admiraba y quería.

“No estaba preparado para bajar la escalera profesional”,  me insinuó uno se sus amigos más cercanos.

Mucho se especula que una supuesta crisis económica habría precipitado la tragedia, debido a la obsesión casi enfermiza de Juan Harvey de no deberle a nadie. Juanito magnificó sus problemas. El abrupto final de su programa de boleros de Caracol fue, para muchos, el detonante que lo llevó al despeñadero.

Con su muerte, a los 66 años, se fue uno de los locutores más cultos y polifacéticos de Colombia. Y un ser humano extraordinario, generoso y recto.

Sin terminar el bachillerato, en el Santiago Pérez de La Candelaria (Bogotá), ya locutaba en la exigente HJCK, de Álvaro Castaño. Y a los 21 años fue nombrado director de la emisora Nueva Granada, la matriz de RCN, cuando la radio se hacía con libretos de la más fina factura. El muchacho que vino de Santander de Quilichao, Cauca, (le decían ‘El Negro’) se convirtió muy rápido en uno de los mejores locutores colombianos.

Juan Harvey mantuvo por casi cuarenta años un matrimonio estable y armonioso con Lucia Giglioli, una hermosa italiana de ojos claros y porte imponente, que vino a Bogotá en 1961, invitada por el Hotel Tequendama para su show central. ‘Lucia Cristal’ era su nombre artístico. Juanito, maestro de ceremonias, la presentó como argentina, lo que le mereció –sin vueltas ni diplomacias- el calificativo de “bruto” que le soltó en la cara la cantante. Por otras expresiones suyas, ella lo llamó “bocón”. De los insultos y los reclamos pasaron, con el tiempo, a la amistad y a los cariños. Después al matrimonio, en 1963, y luego a las dos hijas: Carmen Lucía y Paola Rosana.

En la sede de la Asociación Colombiana de Locutores –que Juan presidió por muchos años- se vivieron tertulias inolvidables, cargadas de buen humor. Juanito y Fernando González Pacheco fueron siempre protagonistas, con anécdotas, chistes y hasta chanzas pesadas. Juan Harvey contaba repetidamente (improvisando cada vez nuevos episodios) la muerte y el sepelio de Pacheco, con la anuencia y las risotadas del ‘difunto’.

El clímax de la emoción y la carcajada llegaba siempre cuando el féretro era transportado, desde el aeropuerto hasta una funeraria del norte. El paso por los moteles de la 26 era narrado por Juan Harvey con voz seria y apesadumbrada. “Cientos de empleados salen con sábanas blancas a darle el último adiós a uno de sus más fieles clientes. En los moteles no hay atención al público…dueños y empleados en general guardan luto por el amigo y el compañero muerto…”.

Por esas cosas del destino, Juanito murió primero.

El divertido De las Casas

¿Y cómo es Hernán en el trabajo? le pregunté a Gabriel De las Casas, quien estuvo casi 20 años en La Luciérnaga.

“Hernán es disciplinado, práctico, rápido y frentero. Es el mismo Hernán Peláez que conocí hace 23 años cuando entré a hacer prácticas profesionales en Caracol Radio.

Hernán tiene la magia de comunicarse con el oyente sin importar sexo, estrato social, interés ni edad, lo hace porque no busca adornarse y sus palabras son claras y sencillas. El protagonismo se lo gana dejando a los demás lucirse. No se jura dueño de la palabra, ni de la verdad, pero le gusta dejar clara su posición frente a cualquier tema.

Quizás leyendo el anterior párrafo, parecería que es difícil trabajar con él, pero al contrario, cuando cada uno sabe qué es lo que tiene que hacer y cuáles son los límites que debe respetar el trabajo es más fácil. Es el gran director de la radio en Colombia y maestro en el manejo de los tiempos y es así como cada uno de los que se sienta en su mesa de trabajo espera la señal de entrada, pero siempre con la libertad de improvisar a su cuenta y riesgo.

Si algo detesta es que lo adulen, y que quienes lo rodeen pertenezcan al “Atlético Lagarteiro”, con él el trabajo es la carta de presentación y el cumplimiento es la referencia más importante. Pero no es un ermitaño, le gusta salir de ronda por la redacción y los estudios para “levantar” al que esté mal parqueado. Ataca con frecuencia la máquina de comestibles y es el primero en impulsar la “vaca” para comprar roscones y pandeyucas para comer en el break comercial de las seis de la tarde.

En Caracol no había control de radio, embolador, niña de los tintos, recepcionista, portero, escolta, que no defendiera al gran señor que siempre tiene una palabra amable, saludo y reconocimiento para cada uno de ellos”.

La patojita Alexandra Montoya

Alexandra Montoya

-La primera vez que vi a Hernán Peláez cerca fue en el año 1990 a dos metros de distancia, en INRAVISION, el Instituto Nacional de Radio y Televisión.

Cuando lo vi pasar con Carlos Antonio Vélez, se dirigían a grabar un programa de televisión que se llamaba el “Cuchufli de los Deportes” y lo presentaban los lunes en la noche. Mi timidez de adolescente no me permitió ni siquiera pronunciar palabra para saludar. Hoy en día utilizo este recuerdo con el personaje de la cachaca y su perrita, que lo escucha de “toda la vida”

La segunda oportunidad fue en el año 1993, luego de que él hubiera participado en una conferencia en la Universidad Externado de Colombia.  Yo me encontraba estudiando 6to. semestre de Comunicación Social y Periodismo, ya existía La Luciérnaga y quería comentarle de algunas voces que sabia hacer, pero para poder abordarlo tenia que brincar un centenar de jóvenes admiradores de La Polémica, un programa radial de fútbol que se emitía en las noches y en el que Hernán participaba. Me fue imposible llegar hasta donde él estaba, entonces vi cómo mis ilusiones de poder entrar a La Luciérnaga se perdían, mientras se diluía su cuerpo entre la multitud.

Pasaron dos años, y a través de Guillermo Díaz Salamanca logro tener el primer contacto con Hernán. Me vinculo a Caracol a través de un cargo administrativo y el mismo día que empecé mi nueva faceta como Analista de Emisoras Afiliadas, terminando la tarde, me acerco a la cabina donde se emitía la Luciérnaga.

Guillermo, padrino y gestor de mi vinculación me presenta ante él y como si hubiera trabajado con Peláez toda la vida, sabía cuando hablar y cuando no, con solo leerle sus ojos. Hernán me pregunta qué voces sé hacer y me estreno con la voz de Paola y la boyacense. Con esta ultima me sugiere que si sé algo que pueda tomarle del pelo a Artunduaga, le contesto que por supuesto, y arranco con una improvisada copla: “ayer tuve amasando las arepas, le dio tanto gusto a don Esgar, al verme mover las… trenzas” Hubo risas y para mi fue el aval de que ya estaba dentro del grupo.

Viajamos a diferentes ciudades del país haciendo presentaciones del programa en teatros, tratamos de hacer radio recordando cómo era antes, en vivo. La respuesta del público era maravillosa, Hernán coordinaba todo con el tiempo justo para que cada uno de los que participamos en tarima, lográramos el lucimiento.

Una vez, en el aeropuerto de Cali, en una de esas mañanas después de una presentación del grupo, nos abordó un hombre alto, moreno, de espalda ancha, atlético. Se acercó y saludó efusivamente a Hernán, que con una sonrisa en el rostro me dijo: mijita él es Chalo González, fue defensa del Caldas y Millonarios, jugó entre los años 60  y 70”. Los dos recuerdan el pasado.

Le pregunta Peláez por otros jugadores y después de varias anécdotas, el veterano jugador, con acento del Pacífico, divertido, alegre, saca de su bolsillo la billetera y nos dice que tiene dos fotos que nunca olvidará, porque una le produjo una gran alegría y la otra le dio un gran dolor. Abre la primera parte de la billetera y está una foto en la que salió portada de una revista deportiva Pelé y al lado el jugador González. Por supuesto, nos impresionamos al ver la foto y a Chalo lograr semejante momento con el rey del fútbol. Cuando abre la otra parte de la billetera,  saca su segunda foto. Pensábamos encontrar algo más para la vanidoteca, cuando vemos que hay una radiografía de su fractura de cadera. Nos hizo desternillar de la risa.

Hay un ingrediente nuevo en su vida. Hace unos dos años, una tarde estábamos en pleno programa, nos sorprendió al aire con una pregunta que jamás nos imaginamos vendría de él: “¿dónde consigo la película de Toy Story 3?”. Hubo un silencio de pocos segundos e inmediatamente una carcajada, pues esperábamos las preguntas de rigor, sobre política, denuncia o incluso algún tema social. Allí puede ver al Peláez tierno que pocos conocen, al que lo derriten sus nietos. Ellos son su nueva energía, un abuelo, que al lado de ellos se vuelve niño también