De cultivar piña y yuca a estudiar en Bosnia

14 de junio del 2018

Marlon Galvis dejó la rutina diaria de arar la tierra para formarse.

De cultivar piña y yuca a estudiar en Bosnia

La vida del campo puede llegar a ser productiva, rentable y en algunos casos se convierte en una mina de oro. Pero para Marlon Galvis era una rutina diaria de arar la tierra y estar pendiente de los cultivos de piña y yuca. Esto no era de su agrado, él solo pensaba en una cosa: estudiar.

Lo que no sabía es que, en un par de años, estaría pisando territorio europeo para terminar su bachillerato y abrirse a nuevas culturas que le enseñarían una nueva forma de ver la vida.

El colegio donde asistió para cumplir la primaria quedaba justo frente a su casa. No tenía que madrugar como los demás para llegar a tiempo a clases.  Para cuando entró a secundaria, asistió a La Aguada de Ceferino en Lebrija, Santander, que estaba un poco deteriorada y no contaba con recursos. Sin embargo, con la ayuda de una mano amiga del programa llamado Piecitos Colorados, de la Fundación Prosegur, el lugar cambió para brindar más sonrisas a los pequeños que asistían.

“La vida de campo es bastante inestable” 

Los padres de Marlon se dedicaron desde pequeños a la agricultura para salir adelante. Desde ese tiempo, y años atrás, la desigualdad de género ha sido esa realidad, donde cada quien tiene un papel definido: los hombres trabajan y las mujeres se dedican al hogar. Eso era algo que Marlon se cuestionaba y que, posteriormente, se convertiría en su mayor reto.

Luego de terminar la primaria, venía el bachillerato, una meta que parecía imposible ante la realidad de que su mayor ejemplo, su papá, solo había logrado estudiar hasta quinto grado. Sumado a lo anterior, el costo que tenía que asumir su progenitor para transportarlo de casa a la escuela parecía un absurdo. “No era mucho en realidad, pero cuatro mil o cinco mil pesos pesan en el bolsillo en esas circunstancias”.

Y aunque el panorama no pintaba del todo bien, su padre lo apoyó para que estudiara. “Él siempre quiso que fuera alguien sobresaliente y tuviera la oportunidad de un mejor futuro haciendo lo que más amaba”.

“Saber que hay alguien ahí apoyándote te motiva aún más”

Afrontar los gastos se hizo más difícil cuando su hermana menor terminó la primaria, en ese entonces se hizo imposible cubrir el transporte hasta la escuela de bachillerato que estaba a 50 minutos en bus. Pero había otra más cercana en la que se matricularon, La Aguada de Ceferino. Solo debían caminar 40 minutos.

Dos pensamientos rondaban su cabeza cuando iba y venía: aprender algo nuevo cada día para salir adelante o ayudar a su padre a trabajar la tierra. Difícil decisión.

Una mañana escuchó el nombre de la Fundación Prosegur. Ese día su vida cambiaría, pues no solo ayudó a transformar por completo la escuela donde estudió, también se encargó de que Marlon conociera lugares como Madrid y Mostar (Bosnia y Herzegovina).

La Fundación Prosegur se encargó de darle un vuelco de 180 grados a su escuela además de enviarlo a Europa, primero a Madrid en un campamento de emprendimiento donde conocería chicos de su edad que también buscaban resolver una problemática; y luego a Mostar, donde tuvo la posibilidad de graduarse de un bachillerato internacional.

“En el campamento habían personas de más de 13 países. Todos pensaban de una forma completamente diferente y eso se evidenciaba en la forma en la que se desarrollaban las actividades que buscaban solucionar problemáticas de la sociedad actual”, dice Marlon mientras cuenta con entusiasmo su experiencia.

Su paso por la capital española con el programa Action for Change le permitió conocer de primera mano cómo era la vida en otro país.

Pero su reto más grande sería Mostar, una ciudad al sur de Bosnia-Herzegovina ubicada a orillas del río Neretva y conocida por el emblemático puente medieval de un solo arco reconstruido después de la guerra, Stari Most.

En Mostar no solo conocería la historia de la ciudad a través de la arquitectura. También conoció los antiguos campos de concentración y presenció la cultura y las prácticas de una religión desconocida, el Islam.

Asombrado por lo que vio allí, llamó a quien se podría catalogar como su mayor apoyo en esta experiencia: Roxana Durán, gerente de la Fundación Prosegur para Latinoamérica, para contarle con detalles lo vivido.

Roxana y Marlon se comunicaban todos los días por mensajería instantánea. Ella estaba pendiente de que nada le faltara y era su principal guía desde la Fundación.

“Nunca me había enfrentado a esto”, le dijo Marlon. 

En ese punto de su vida, Marlon ya no se sentía triste por hacer lo que no le gustaba. Por fin había llegado el momento de salir de casa para conocer nuevas culturas y convertirse en el primero de su familia en terminar el bachillerato y próximo a iniciar una carrera universitaria. Ya no tenía que regar los químicos sobre los cultivos y mucho menos arranchar la difícil maleza.

Cuando a Marlon le preguntan cómo se ve en cinco años responde “graduado de una carrera profesional”. El proceso que vivió fuera de su país y de los brazos de su madre lo define como enriquecedor.

Marlon Galvis es el claro ejemplo de los jóvenes colombianos que deben salir adelante para ayudar al sostenimiento del hogar.

Pero… ¿Qué es exactamente Piecitos Colorados? 

Se trata de un Programa de Cooperación al Desarrollo, surgido en 2006 cuando un grupo de empleados argentinos de Prosegur vio la difícil situación de algunas escuelas al norte del país. Allí existían varias escuelas que a nivel de infraestructura y servicios básicos apenas podían subsistir y brindarles a los niños un espacio para el aprendizaje.

Muchos de los niños tenían que caminar varios kilómetros para ir a clase y, con el paso del tiempo, sus pies se manchaban de la característica tierra roja del camino. Maestros y demás pobladores les dieron el nombre de “Piecitos colorados”.

Así fue como nació un programa insignia para los niños de Latinoamérica en el que los propios empleados se convirtieron en testigos directos del crecimiento de los pequeños a través de la intervención realizada por la Fundación Prosegur en cada una de las escuelas: mejoras de infraestructura, formación nutricional, calidad educativa y fomento del deporte; un apoyo integral al alumno y a la comunidad.

La fundación ha logrado llegar a varias regiones de Latinoamérica en los lugares más apartados. Es así como cuenta con una escuela a 4.600 metros de altura en Perú. En Colombia, existen ocho centros educativos que benefician a más de 880 niños de todas las edades.

“Trabajamos por mejorar las condiciones de vida y calidad de personas en los países donde están presentes con programas propios. Los proyectos responden a las demandas locales de cada lugar al que vamos”, enfatiza Roxana.

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