El hombre que vivió con dos pumas en una casa en Bogotá

El hombre que vivió con dos pumas en una casa en Bogotá

19 de marzo del 2015

Por: @jcmentefacto

Nueve de la noche en Bogotá. Hace frío, en el parque principal del barrio Pasadena se ven algunas personas trotando y otras paseando a sus mascotas. Mauricio Gómez hace lo propio.

Sin embargo, los perros que pasean por el parque se erizan al ver los animales que acompañan a ese hombre, se ponen nerviosos, muy nerviosos, como si hubieran visto al diablo. El hombre, vestido de jean, tenis y una camiseta de The Beatles, pasea, como si nada, a dos pumas salvajes. También le puede interesar: Ella les devuelve la vida a los perros callejeros

Sucedió hace más de diez años, pero no por eso la escena deja de ser impactante, espeluznante, surrealista. ¿A quién se le ocurre tener como mascota a dos pumas en un barrio residencial de Bogotá? Lea también: La lucha por conservar el jaguar en Colombia

Mauricio, amante de la vida salvaje y la naturaleza en todas sus formas, hizo hasta lo imposible, sin pagar un solo peso, para quedarse con los pumas al enterarse que iban a ser sacrificados tras ser rescatados de la lujosa finca de un mafioso.

“Comían en la cocina, dormían conmigo, uno a cada lado de la cama. Eran de una amabilidad increíble, tanto que he llegado a pensar que el hombre primitivo, hace dos millones de años, tuvo que tener una relación estrecha con estos  felinos.  Mentalmente el puma no es tan salvaje como por ejemplo la pantera onca”, dice Mauricio, quien tiene una obsesión con la literatura de fauna, flora y la fotografía.

Mauricio Bizancio

Tomar fotos se le convirtió en un hábito tan necesario como respirar. Empezó en los años 60. “Tengo como 14 mil fotos, entre negativos, transparencias y papel”.  En sus fotos se inmortalizaron especies que posiblemente hoy no existen.

Es imposible saber a simple vista cuántos libros tiene sobre el tema. Su casa la convirtió en una especie de trinchera en la que lee e investiga sin descanso el origen y la evolución de los animales.

Durante meses, los pumas fueron su familia. “Crecieron conmigo. Fue chévere vivir con ellos”, dice el hombre al recordar ese episodio que, aunque trata de darle un tono de normalidad, no deja de sorprender.

“Con correa los sacaba a pasear por la noche para que la gente no se pusiera nerviosa. Pero los perros cuando los veían se erizaban, se ponían muy nerviosos, igual que la gente”, comenta.

Con algo de ironía, Mauricio cuenta que le decían que las rejas de la casa no eran para proteger de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera, ¿para que los pumas no incomodaran a los vecinos?, “quizá”, responde.

Después de esa respuesta viene un largo silencio. Solo se escucha de fondo la cálida voz de Sinéad O’Connor, uno de los cientos de vinilos que tiene.  Sus ojos color verde claro se ponen vidriosos. Esta será la primera vez que Mauricio llore durante la entrevista. Después de un respiro profundo y con la quijada temblorosa dice:

“Esos pumas me los quitó el Estado. Meses después murieron. El macho fue a dar a una universidad y la hembra murió en un zoológico”.

“Sé que desde el punto de vista de la ecología, está mal. Pero la única oportunidad de vida que tenían era yo”, de esta forma Mauricio empieza a contar la primera experiencia que tuvo viviendo con un puma.

Mucho antes de vivir con dos al tiempo, vivió con una, en la misma casa y en el mismo barrio residencial de Bogotá.

“El ejército la tenía en una jaula, no la trataban bien y me dijeron que la querían matar. Negocié con un piloto. Él a su vez habló con no sé quién para que se la entregaran y así fue, me la trajo en un avión DC3. La recogí en el aeropuerto luego de pagar 800 mil pesos, eso fue hace como 20 años”, recuerda.

Mauricio Bizancio

“Duré tres meses con ella. Le adecué un lugar, era una puma adulta, así que nunca le di toda la libertad para que estuviera suelta en mi espacio, como pasó con los otros dos. Le daba pescado, pollo, casi todo lo que yo comía se lo daba a ella”.

Aunque con nostalgia, esta vez Mauricio no llora, más bien sonríe porque dice que le salvó la vida al animal.  “A los tres meses, cuando ya estaba mejor de salud, la llevé al Amazonas y la liberé”.

El amor que Mauricio tiene por la naturaleza es gigantesco y nació desde muy niño.

Recuerda que durante una temporada de vacaciones en una casa de campo entró con una culebra de coral-la más venenosa del país- en la mano.

“Entré emocionado a mostrarle a la familia la ‘lagartija sin patas’ que había encontrado. Todos se levantaron asustados, se armó un despelote”.

La picadura de la coral pudo haber matado al pequeño Mauricio, pero no sucedió. Fue una señal clara que desde ese día se convertirían (Mauricio y la naturaleza) en amigos inseparables.

Este hombre, que nació un mes antes del ‘Bogotazo’, en 1948, nunca terminó el colegio.

“Me salía de clases a buscar animales, sin saberlo los estudiaba. Me gustaba meter la mano en la tierra, coger insectos, andar con gatos, perros.”

Pasó por cinco colegios y nunca logró acomodarse a esas reglas que dictaminaban los manuales de convivencia, inconformidad que le trajo problemas con sus padres.

“Era una pelea constante. Pero les tocó aceptar, llegaron a la conclusión de dejarme decidir lo que yo quisiera. No podían hacer nada porque tomaba mis decisiones”.

Mauricio Bizancio

Mauricio convirtió su sala en una galería de arte. Allí exhibe piezas de arte -casi todas religiosas- que fabrica con madera.

En su infancia conoció a un pariente que le marcó la vida. Se trata de Enrique Pérez Arbeláez, el padre de la ecología en Colombia y fundador del Jardín Botánico de Bogotá.

De una repisa color café, a la que se le nota el paso de los años, una de las tantas que se pueden encontrar en la sala de Mauricio, saca un libro cuya pasta alguna vez fue color verde con letras doradas.

‘Plantas Útiles de Colombia’,  es el título que se ve luego de que Mauricio sopla sobre la carátula para espantar el polvo. El texto, de hojas amarillas, que alguna vez fueron blancas, fue escrito por Arbeláez.

“El Jardín Botánico debería llevar su nombre, pero no. Este país no reconoce las cosas importantes”, dice indignado Mauricio. Una indignación de la que él es el único doliente.

Cuando Mauricio presenta un libro que le es importante, aunque todos lo son, lo abre con delicadeza. La mayoría de ellos son muy viejos y sus hojas corren el riesgo de caer como las de un árbol en otoño.

En todos se esconden hojas secas de árbol, apuntes desprevenidos, fotos de animales, negativos fotográficos o recortes de periódicos. Esta es la segunda vez que Mauricio llora durante la entrevista.

‘Asesinada famosa ecóloga’, dice el titular de una noticia de 1985 que se escondía en una de las páginas de los libros de Mauricio. Se trata del reporte de la muerte de Dian Fossey, conocida como ‘La Dama de los Gorilas’.

Mauricio Bizancio

Fossey fue asesinada en África, donde vivía por y para los gorilas, al parecer por cazadores furtivos que vieron cómo su macabro trabajo se veía perturbado por la gestión de la ecóloga estadounidense.

De nuevo le tiembla la quijada, y la voz. “Era bella. Estaba protegiendo a nuestros parientes más cercanos. ¡Miércoles! Ella había entendido primero que nadie quiénes eran ellos (los gorilas).

Mientras no entendamos que somos iguales, estamos perdidos.  Esta mujer hizo un cambio y dio su vida por ellos. Le importó un comino, se lo advirtieron pero no le importó”, dice Mauricio entre lágrimas.

El permiso que le dio el futuro presidente de los Estados Unidos

Su pasión por la naturaleza lo ha conducido por caminos afines. En el SENA estudió durante tres años agricultura y ganadería, en el medio estuvo un viaje a Estados Unidos. Durante un año, Mauricio se convirtió en un campesino gringo.

Sucedió en 1969, mientras miles de jóvenes norteamericanos eran reclutados para pelear en la Guerra de Vietnam, Mauricio trabajaba en el los campos de Michigan.

“Iba muy bien preparado por el SENA, los gringos nos llevaban 40 años de adelanto en las técnicas de lechería pero llegué a la altura de ellos, incluso les di cursos de inseminación artificial”.

Sin pretensiones, Mauricio cuenta una anécdota que pocos en el mundo pueden narrar.

“Se estaba acabando mi tiempo de permanencia en Estado Unidos y el dueño de la granja en la que estaba trabajando acudió a un congresista de Michigan para pedir que me dejaran quedar seis meses más”.

La respuesta llegó a Bogotá firmada de puño y letra de ese congresista que años más tarde, en 1974, se convertiría en el presidente del país más poderoso del mundo.

“En la respuesta Gerald Ford le decía a mi papá que estaba muy agradecido con la petición y que con gusto autorizaba mi permanencia en Estados Unidos. Me reuní con él y vi a un hombre de una transparencia increíble”, dice Mauricio sobre el hombre que asumió la presidencia tras la renuncia de Nixon a causa del escándalo de Watergate.

Mauricio Bizancio

La música, su otra pasión. Vinilos Abba, John Travolta, Cat Stevens, Sinéad O’Connor, The Beatles, Elvis Presley, hacen parte de su colección.

El viaje al país del Tío Sam lo hizo crecer como persona. Consolidó su temperamento. “Aprendí a trabajar a temperaturas bajo cero todos los días de 5 am a 11pm”, sin embargo, no dejó de llevar al extremo sus sentimientos por la naturaleza.

Esta es la tercera vez que Mauricio llora durante la entrevista: “Sucedió en el Magdalena Medio, mi padre me llevaba a las selvas del Magdalena. Las estaban destruyendo pese a que estaban llenas de vida animal.

“En uno de esos viajes llegamos a un campamento y se dijo que en la zona había una danta, (uno de los animales salvajes de mayor tamaño en Suramérica), esa danta la mataron para comérsela”. Se le quiebra la voz, “me dijeron que fuera a verla, cuando me acerqué, vi que tenía muchas entradas de bala, no de ese día, sino de mucho tiempo atrás.  Ella había tratado de salvarse mucho tiempo atrás, sobrevivió meses hasta que ya no dio más”, suspira.

Mauricio mezcla sus anécdotas de la vida animal con reflexiones filosóficas,  de política silvestre y religión.  

“Decimos que es el país más rico en aves y es mentira porque las acabamos, las destruimos. Dicen que los cielos de Bogotá se cubrían de aves en las épocas de las migraciones, entre octubre y marzo. Pero aquí las acabamos a punta de bala.”

¿Por qué ama tanto los animales?

Porque soy un animal. Las religiones, la política y otras cosas nos han separado de la condición animal que tenemos. Mire mis escamas -muestra sus dedos- las tengo como las tiene una gallina, un pez, una tortuga, un cocodrilo.

No acepto eso que dicen que somos superiores, porque no lo somos. Somos iguales. Somos formas diferentes de vida que llegamos al mismo punto de evolución. Pero nosotros cogimos el control, pero lo cogimos mal porque estamos destruyendo absolutamente todo”, dice moviendo sus manos, como si estuviera en una protesta en la vía pública.

Mauricio Bizancio

Mauricio llora por cuarta vez cuando recuerda que una vez iba en su campero cuando vio, a tan solo una hora de Bogotá, la piel de una pantera onca.

“Paré y le pregunté al campesino de dónde la había sacado. ‘La maté hace ocho días en la zona’, me respondió. Era la última pantera de esa clase en una zona que el Estado no fue capaz de proteger. Nuestro país no es capaz de proteger la vida silvestre ni la naturaleza”, dice.

Esa tarde Mauricio almorzó acelga, cebolla roja, tomate, ají, pimentón y limón, no come carne.

“A mi hermana la mataron, y un hermano se suicidó”, cuando pensé que iba a llorar por quinta vez, no lo hizo.

Este hombre, una suerte de ermitaño urbano, que se gana la vida fabricando piezas de arte en madera, le duele más el maltrato a la vida animal que la muerte de un ser humano.

“Cuando murió mi papá, vine, me senté en la cama, me tomé una cerveza y seguí tomando fotos”.