De victimario a víctima: Ómar, otro habitante del Bronx

1 de agosto del 2018

En una época, Ómar, una de las cuatro personas que aún vive en el Bronx, fue el vivo retrato de ‘Juanito Alimaña’, ese personaje que Héctor Lavoe inmortalizó en una canción. “En su mundo / Mujeres, fumaba y cana / Atracando vive Juanito Alimaña”. Esa era la vida del hombre que hoy permanece en un edificio […]

Bronx

Por: Jose Vargas/ KienyKe.com

En una época, Ómar, una de las cuatro personas que aún vive en el Bronx, fue el vivo retrato de ‘Juanito Alimaña’, ese personaje que Héctor Lavoe inmortalizó en una canción. “En su mundo / Mujeres, fumaba y cana / Atracando vive Juanito Alimaña”. Esa era la vida del hombre que hoy permanece en un edificio entre las ruinas, con la única compañía que le dan Jairo y su esposa, sus inquilinos. ‘La Negra’, el amor de su vida, y la mujer que lo sacó de ese oscuro mundo, falleció hace pocos meses, pero en el cuarto y en su corazón está más viva que nunca.

Él no es creyente, pero Rosa sí lo era, le encantaba tener una esquina del cuarto llena de vírgenes y veladoras, por eso es que Ómar trata de mantener ese espacio sagrado intacto. En los espejos cubiertos de un polvo que nadie limpia y se acumula como en un sepulcro, escribe su nombre y unas luces navideñas azul rey, que ella colgó cuando aún estaba viva, siguen encendidas.

Las luces no las apaga nunca. Sin embargo, hace una semana Codensa fue a visitarlos, iban a cortar la luz pero en vez de dejarlos sin servicio, los funcionarios bajaron la potencia. A Ómar ya no le prendían las lamparitas y no podía cocinar en la estufa que tiene. La solución, bajar desde el tercer al primer piso y subir las palancas.

Además de la mugre, el moho, el olor casi repulsivo que caracteriza este lugar, en esta visita aparecieron nuevos animales además de los perros y gatos que tienen Jairo y su pareja. De los escombros salían ratas que parecían conejos, se pasean como Pedro por su casa y a Ómar parece no importarle.

Lo que en realidad lo conmueve es el recuerdo de La Negra, cada vez que habla de ella el llanto lo obliga a parar. De repente prende la grabadora, de esas antigüas que tienen casette, para poner a sonar todo tipo de música: boleros, salsa y americana. Este último género lo puso a bailar mientras contaba que cuando lo hacía con el amor de su vida, él apenas se aprendía un paso cuando ella ya estaba en otra voltereta.

“Yo no sé por qué estoy tan chillón, pero es que cuando hablo de ella no puedo dejar de hacerlo”, dice.

Foto: Jose Vargas / KienyKe.com

‘La calle es una selva de cemento’

Pero el Ómar de ahora no es el mismo de hace unos años, de ese no queda ni el rastro. En su juventud, él mismo se denominó como un estafador, tanto así que explica cómo era su modus operandi para hacer el paquete chileno, esa estafa que tomó fama hace varios años y consiste de hacer del estafado una víctima. “Se la explico para que después no caiga, oyó linda”, replica.

Pero este maestro del engaño que recorrió el país a costa de incautos se formó desde niño en las calles de Calarcá, Quindío: robó y probó la marihuana desde los 9 años. De lo que narra se puede deducir que tuvo un padre maltratador: la “pela” más dura que le dio fue cuando el propietario de un billar llegó a la casa a contar que el niño le había robado. Él lo recuerda como si fuera hoy.

Su papá era un policía del F2, lo que hoy en día es la SIJIN, andaba con pistola hasta en la casa. Se separó de su esposa y tenía una nueva pareja, la que fue como la mamá biológica de Ómar. “Ella me tapó muchas cosas, fue muy linda conmigo”, comenta.

A Ómar le gustaba la plata y recogía de cada local las tapitas para después venderlas, llegó el turno de recoger las del billar y el dueño que estaba jugando un ‘pool’ le dijo que fuera al fondo que allá las tenía en una taza, pero lo que nunca se imaginó es que dejar abierta la caja registradora iniciaría al niño en el crimen.

“Yo estaba pequeño, nadie me había enseñado a robar pero lo hice”, explica. Como era un menor inocente solo cogió las monedas, se las iba guardando en el bolsillo del pantalón y de repente una cayó al piso, el sonido alertó al dueño y en seguida lo sacó corriendo del lugar.

Él sabía que lo que había hecho estaba mal y le contó a su madrastra. Pero tenía la esperanza de que no le dijera a su papá. Llegó el almuerzo y no soltó una palabra, había pasado la primer prueba, pero el papá despertó de la siesta, el hábito rutinario y ahí supo todo.

Lo amarró de una columna que había en el patio de la casa e hizo llamar al señor del billar para que viera el castigo ejemplar. “Cómo es eso que ladrones en la casa, no señor”, pronunció su padre. Fue tan brutal la golpiza que el observador le tuvo que decir a su progenitor que parara, que así no se castigaba un hijo.

Esas golpizas se repitieron varias veces, -como el amor-, pareciera que mientras más lo trataban de alejar de la maldad Ómar más iba hacia ella.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com – Este es el baño de Omar, el edificio en el que viven está cayéndose a pedazos.

‘Ya no hay quien salga loco de contento/ donde quiera te espera lo peor’

La droga es el común denominador en el Bronx y Ómar no es la excepción. Luego de dejar el colegio empezó a trabajar en una droguería en donde hacía domicilios en su bici. En su primer día se encontró con la marihuana. Llamaron para hacer un pedido inusual: unas medias veladas, coloretes y otras cosas más. Iba para donde las putas.

Había una “niña” que estaba fumando y le preguntó: “¿quiere?” Sin chistar le dijo sí. “Me fumé como tres plones, salí con la bicicleta pero cada vez que pedaleaba sentía que estaba en el aire”, cuenta. Desde ese momento no la dejó, a veces se robaba detalles de la droguería, él le llevaba cosas y ella le daba la dosis.

Pasaron los años y en una de las tantas ‘muendas’ de su padre huyó de casa. Él le mentía desde hace unos meses y fingía que iba al colegio. Una vez el profesor pasaba al frente de la casa y su papá le preguntó cómo era el desempeño de su hijo y supo la verdad. El castigo se tornó tan violento que le sacó el revolver. Ómar se fue con lo que tenía puesto.

Cuando salió buscó a su mamá, un reencuentro que se dio por medio de una emisora de radio. Ya con un poco de independencia, tomó su rumbo, se volvió a ir del lado de su familia e inició su vida criminal.

‘Y aunque a medio mundo le robó su plata/ todos lo comentan nadie lo delata’

Primero empezó a robar vitrinas de locales cuando estos estaban cerrados y luego a los desprevenidos, en una de esas se encontró con su primer maestro, un “negro güajiro bien puesto” que entraba a preguntar a los locales mientras que Ómar y un amigo robaban. Pantalones, zapatos, lo que se le cruzara.

Luego subió de nivel, empezó con la estafa. Antes de cada trabajo tenía que fumar hierba. Ya envuelto en ese mundo llegaron otro tipo de ofertas más escabrosas -asesinar-, pero él nunca aceptó porque su principal arma es la lengua. Salía y entraba a la cárcel pero nunca hubo una sentencia, no tenían de qué culparlo.

Ya sabía qué tipo de “pacientes” embaucar, con quién trabajar, a qué hora hacerlo, a qué sitio llevar a la persona para cerrar el negocio, ya todos los malandros lo conocían y también las mujeres.

En su mundo/ mujeres, fumaba y cana/ atracando/ vive Juanito Alimaña

Como él mismo lo reconoce era un total “perro”, a veces tenía una mujer diaria. La primera relación estable que tuvo en su vida fue con Gladys, vivió con ella 10 años. Era una mujer estudiada y su encuentro fue una vuelta del destino. “Ella era muy hermosa, la vi caminando y preguntó dónde quedaba un sitio que era popular porque hacían abortos, tenía los ojitos hinchados de tanto llorar”.

Así es, la niña de la casa quedó en embarazo, la habían echado de su hogar y estaba determinada a abortar. Ómar la acompañó al lugar, ya todo estaba cuadrado, solo faltaba pagar. Pero él la convenció de no hacerlo, en cambio le dijo que lo tuviera y cuando naciera lo daban en adopción. Pero no fue así, hoy Didier ya debería tener 30 años.

Pero la historia de los dos no duró, después de tantas infidelidades, llegadas tarde, borracheras e irreponsabilidad Gladys lo dejó: “Cuídese”, le dijo, y se marchó. Tiempo después llegó ‘La Negra’. Rosa puso patas arriba su mundo.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

De victimario a víctima

Rosa espantó a sus amigos del bajo mundo, cuando iban a buscarlo para hacer una “vuelta” ella no lo dejaba salir pero él no decía nada, el amor lo volvió como la canción de Shakira: ‘ciego, sordo y mudo’. Las cuentas no esperaban y Ómar extrañaba las calles, su mundo, pero Rosa tenía siempre la solución, el rebusque y la mendicidad fue la salida.

Después de dar vueltas y realizar cuanto trabajo resultara terminó trabajando en la selva, eso fue en 1998 en Puente Roto, Meta. Junto a Rosa, trabajaba en una finca, cocinaba en ollas comida como para 40 personas, él se encargaba de pelar un bulto de papa diario. Luego llegaban hombres a recoger el alimento, y así siempre a la misma hora. Pero él sabía que algo olía mal y el presentimiento tenía algo de cierto: alimentaban a paramilitares.

Como era común en aquella época, que no se debe repetir en el país, terminaron como víctimas del conflicto armado, su parada final, el cartucho, en esa época llegaron a la capital sin nada. Tenían que vivir en cambuches. Con el tiempo su sustento fue la limosna.

Después de que ese parque fue clausurado terminaron viviendo en el edificio familiar que funcionaba como un inquilinato y hoy está en ruinas. De los horrores que vio en los días que el Bronx estuvo activo no dice nada, aunque ya hayan pasado dos años, ser “sapo” no es su característica. Su negra ya falleció y él le pide Dios que se lo lleve.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com – Con orgullo Omar saca unas fotografías que les tomaron a la Negra y a él.

Tras contar su historia, tuvo que sacar un rollo de papel higiénico para sonarse. Lloró cuatro veces. Entre la nostalgia sacó unas fotografías que le tomaron a él y a Rosa en una entrevista. Acarició la foto como si estuviera tocando a su amada y, además, mostró los que para él son los objetos más significativos que conserva de ella.

Un anillo de lata fue una de las pertenencias que le entregaron de su ‘masita’ cuando llegó al hospital y ya la cama estaba vacía. Canción de Óscar Agudelo que, para cerrar su relato, puso a sonar en su grabadora.

Foto: Jose Vargas/ KienyKe.com

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