La sangre Cano sigue escribiendo El Espectador

14 de agosto del 2019

Una serie de coincidencias en la vida lo llevaron a la silla que hoy ocupa.

La sangre Cano sigue escribiendo El Espectador

Foto: Cristian Garavito/El Espectador

El plan de Fidel Cano Correa y su papá era escuchar el partido final de la Liga Nacional de fútbol. El título lo disputaban América de Cali y Deportivo Cali. Era 17 de diciembre de 1986. Don Fidel Cano Correa, hoy director de El Espectador, tenía 20 años.

El encuentro deportivo, que en esa época no se transmitía por televisión, convocaba al país futbolero alrededor de un parlante para vivirlo. Serían tal vez las 7:20 de la noche y Fidel Cano Correa, aficionado al fútbol, ya estaba sentado frente al equipo de sonido, mientras su padre, Fidel Cano Isaza, en otro lugar de la casa.

La transmisión del partido fue interrumpida por un extra que golpeó a los Cano y fracturó a Colombia.

El locutor dijo que minutos antes don Guillermo Cano Isaza, el tío de Fidel hijo y entonces director de El Espectador, había sido víctima de un atentado criminal cuando salía del periódico.

Cuando Fidel Cano Correa rememora ese 17 de diciembre, se aflige. Baja el tono de la voz y se acomoda en la silla, se toca el rostro y empieza a hablar.

Lea también: Gabriel Delascasas: La Luciérnaga es el bus que esperaba

Le puede interesar: “El día que llegue la muerte no quiero estar ahí”: Carlos ‘El Gordo’ Benjumea

En medio de gritos Fidel buscó a su padre y segundos después, con la radio encendida a alto volumen, los dos iban en el carro a gran velocidad rumbo al periódico, que para la fecha estaba ubicado en la Avenida carrera 68 con calle 23, en el centro occidente de Bogotá.

Cambiaron la ruta porque otro extra informó que a don ‘Guiller’, como le decían de cariño, lo llevaron herido de gravedad a Cajanal. Cuadras antes de llegar a la sede médica, la voz al otro lado de la radio dijo que don Guillermo Cano había muerto. Los sicarios le habían propinado ocho disparos.

A don Guillermo lo silenció el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria. La razón: la lucha contra el tráfico de drogas y en favor de la extradición que se hacía desde las páginas de El Espectador.

El diario era propiedad de la familia Cano. Fue fundado por Fidel Cano Gutiérrez en 1887 y don Guillermo, nieto del fundador, lo dirigió durante 34 años, desde 1952.

El asesinato de don Guillermo fue uno de los episodios más tristes para la familia Cano. El país, aunque estaba en época navideña, vivía en tensión por la violencia que desencadenaron los narcotraficantes. A bala y bombas buscaban que el gobierno no firmara la ley de extradición. Estaban convencidos que a la fuerza harían de Colombia una patria cocalera.

Foto: Kevin Narvaez

Después de la muerte de don Guillermo, la familia se unió en torno al diario; el mismo día del crimen, inclusive, en la sala de espera de la clínica Cajanal, “ahí, en ese momento, dijimos que teníamos que entrar y pelear por el periódico”.

Aunque El Espectador ya estaba en medio de una crisis económica, la decisión de los Cano fue no vender y respaldar a Juan Guillermo y Fernando, dos de los hijos de don ‘Guiller’, quienes asumieron la dirección editorial.  Meses después ellos también fueron amenazados y se vieron obligados a salir exiliados del país.

La dirección quedó temporalmente en manos del editor y jefe de redacción José Salgar.

De traje y corbata

Es lunes. Son las 8:20 de la mañana. Aunque las entrevistas no son de su agrado atiende esta con amabilidad.

No le gusta vestir de sastre pero dice que ya lo usa por hábito.

Herencia de Carlos Lleras de la Fuente”, embajador de Colombia en Estados Unidos en el gobierno de Ernesto Samper, para quien trabajó en la secretaría de prensa en Washington. Además ahora, siendo el director de El Espectador, uno de los diarios más importante del país, “siempre hay alguien a quien recibir, reuniones a las que debe asistir o chicharrones que solucionar”, explica.

La oficina de Fidel Cano es pequeña; larga pero angosta; fundamentalmente nada vanidosa.

Tiene una biblioteca de color negro que resalta con el blanco de las paredes. A la entrada hay una mesita redonda con tres sillas que aprietan aún más el espacio. Tiene un escritorio amplio que llena la oficina. La atmósfera habla de quien es: una persona sencilla.

Fidel trabaja junto a un rincón lleno de matas, en su mayoría sembradas por él. Un fríjol de tres metros de largo presume ser el consentido del director de El Espectador. Casi muere cuando lo trasplantaron, pero gracias a su cuidado ahora trepa libremente por el techo y las paredes.

Las plantas son la conexión de Fidel Cano con la naturaleza y con otra de sus pasiones: la biología.

Su amor por el campo y aversión por la ciudad ha sido de toda la vida. El verde le proporciona la tranquilidad que la urbe le arrebata.

Foto: Cristian Garavito/El Espectador

No le gusta el ruido ni los tumultos, tampoco los eventos sociales. Le parecen aburridísimos los cócteles y se siente incómodo en los espacios atiborrados de gente desconocida y más si le toca entablar conversaciones.

Su esparcimiento es íntimo.

Las tertulias cómodas son con gente muy conocida. Cuando se reúne con sus verdaderos amigos sí habla, y puede hacerlo durante horas. Siempre o casi siempre terminan y/o comienzan con el mismo tema: fútbol, otra de sus pasiones, tal vez la más grande.

Es hincha hasta las venas de Santa Fe, uno de los equipos de la capital bogotana; todos los Cano -al menos las últimas generaciones- lo son. Años atrás ir a El Campín con los primos y tíos era uno de los planes domingueros de la familia.

Hubo un tiempo en que dejó de ir al estadio. Los escándalos de mafias y narcotráfico dentro del fútbol, que también rodearon a Santa Fe, lo desanimaron.

Hoy día, mientras está en Bogotá va al estadio, a apoyar a su equipo del alma. Es abonado, lo ha sido por varios años. Casi siempre va solo.

Cuando su hijo menor, Emilio Cano, otro santafereño hasta los huesos, está en Colombia, va con él. A veces lleva a las tribunas a un sobrino de ocho años a quien está convenciendo de ser hincha rojo; pero la presente y anterior temporada del equipo no le han ayudado mucho en el proceso.

Fidel también es hincha de Cristiano Ronaldo.

Se casó dos veces. Con Carolina Rentería tuvo dos hijos. Se separó y desde hace unos 15 años convive con el amor de su vida, una de las más grandes economistas del país: Ana María Ibáñez. Legalizó la felicidad en agosto de 2007 y desde entonces vive en una permanente luna de miel.

Lo que más ama además de Ana María y sus hijos es el periodismo. Dice que lo único que tiene para pararse y mirar de frente a cualquier persona es hacer un trabajo bien hecho. Aunque si no hubiese sido periodista, quizá sería futbolista.

Tal vez habría sido un buen back central, posición en la que aún juega. Pero si es cancha corta, lo hace adelante. “Ya no sirvo para defender y uno no tiene la misma agilidad que antes”

Fidel hace parte del equipo de fútbol-cinco interno que se coronó campeón el año pasado. Es competitivo. Los periodistas dicen que su jefe mete el cuerpo duro y él responde en medio de una carcajada que “se quejan mucho. Lloran mucho, dicen que yo pego muy duro”.

Foto: Kevin Narvaez

Forjar el camino sin conocer la meta

Fidel Cano Correa tiene hoy 53 años y dirige El Espectador desde hace 15. Es bisnieto del fundador del periódico, pero no está sentado en la silla de director por su apellido. Es más, si los Cano no hubieran tenido que vender el diario, y sus generaciones heredado los cargos, tal vez no sería el director general. La línea editorial le seguía a los hijos del asesinado Guillermo Cano Isaza -explica.

“Llegar a ser director fue una serie de coincidencias en la vida”, dice Fidel. Y no solo fueron las coincidencias que describe, como el haberse ido a trabajar a Washington con Lleras y que a Lleras, años después, lo hayan nombrado director de El Espectador.

La llegada de Fidel Cano a la dirección también fue un largo camino académico y laboral que inició desde abajo, como practicante de periodismo.

Para la época del asesinato de don Guillermo, Fidel estudiaba Filosofía y Literatura en la Universidad de los Andes. Aunque tenía claro que quería ser periodista, no optó por Comunicación Social porque como  nació y creció en una sala de redacción, del oficio periodístico ya conocía sus particularidades.

La filosofía le daba un poco más de análisis y profundidad crítica, mientras que la literatura ha sido parte de su pasión.

De niño, la mayor parte del tiempo libre la pasaba metido en la redacción de El Espectador. En vacaciones, la rotativa era el lugar perfecto para jugar a las escondidas con sus primos, en medio de los inmensos rollos de papel. Mientras su padre y sus tres tíos –Luis Gabriel, Alfonso y Guillermo– dueños herederos de El Espectador, lidiaban con el negocio desde sus escritorios.

Años después Fidel jugaba a ser periodista. Se colaba en entrevistas y cubrimientos, especialmente en el tema deportivo. Así se fue enamorando aún más de la profesión y aprendiendo, de primera mano, las técnicas del oficio.

A los 12 años, durante las  vacaciones, otro juego, que se tomó muy en serio, fue hacer un periódico llamado el Fideloncito. Su periódico contenía hechos que ocurrían en la sala de redacción, algunos chismes que escuchaba en la cafetería, sus infantiles interpretaciones sobre las noticias que leía en el periódico y mucho fútbol. Sus lectores, y financistas, eran los los trabajadores de la empresa. A ellos les vendía los ejemplares.

Tras la muerte de don ‘Guiller’, y como respuesta a la decisión de ayudar todos con la empresa familiar, Fidel entró oficialmente a El Espectador. Inició allí sus prácticas en la sección de deportes, tema que desde siempre le ha interesado.

Cuando colgó el diploma de profesional fue contratado como redactor deportivo y cubrió la fuente por unos cuatro años. Al retirarse la editora de la sección Vida Cotidiana fue llamado a ocupar la vacante. Un año más adelante se sentó en la silla del editor de Economía.

La ‘descanización’ de El Espectador

Fidel Cano Correa insiste en hacerse publicidad como un hombre tímido y callado, asegura  que le tiene miedo a las cámaras y que las entrevistas lo ponen nervioso. Sin embargo, en esta, se mostró abierto y conversador.

Foto: Cristian Garavito/El Espectador

El continuo movimiento de entrelazar las manos, mover constantemente el anillo de matrimonio y no quedarse quieto en la silla confirman su nerviosa timidez confesa. Varias veces mira de reojo la cámara de video y repite que ese aparato lo asusta.

El ahora director de El Espectador cuenta que recién casado con Carolina Rentería, su primera esposa,  toma la decisión de irse para Estados Unidos con la intención de formarse académicamente. Ya tenía unos seis años en el periódico y sabía que afuera podía mejorar su formación, con la finalidad de regresar y seguir ayudando a sacar el diario familiar adelante.

Estudió inglés, hizo un diplomado en Relaciones Internacionales en la Universidad de Nueva York y se embarcó en una maestría en periodismo en la Universidad de Nothweatern, en Chicago.

Fidel Cano no buscó especializarse para llegar a ocupar el cargo de director de El Espectador, aunque su preparación fuera una carta para dirigir la empresa familiar o cualquier otra editorial. Sin embargo, estar al frente del periódico sí fue una idea que se cruzó por su mente. De hecho, fue uno de los pocos Cano que estudió periodismo y salió al exterior para mejorar su formación.

La realidad generacional dentro de la familia era otra, la fila era larga, y el tema de la correspondencia por herencia ponía a miles de kilómetros la oportunidad de ocupar la silla de director.

“Yo me dije: ‘uno tiene que prepararse mejor para ayudar a sacar este periódico adelante’. Mi idea era seguir trabajando en la empresa familiar y hacerlo mejor”, pero al regresar a Colombia la empresa familiar ya no existía.

Desde antes de la muerte de don Guillermo, el diario se estaba sumiendo en crisis financiera. La situación no había cambiando mucho cuando Fidel Cano se fue para Estados Unidos.

La investigación y revelación de hechos de corrupción de uno de los emporios económicos más grandes de la época, el Grupo Grancolombiano, y la lucha abierta contra el narcotráfico debilitaron las finanzas de El Espectador.

En noviembre de 1997, el periódico fue vendido a Comunican S.A, empresa del industrial Julio Mario Santo Domingo. Para la fecha, Fidel trabajaba en la oficina de prensa de la embajada de Colombia en Washington y regresó al país en 1998, un año después de la transacción comercial a la que los Cano le huyeron por casi dos décadas.

“Uno quisiera que esto (El Espectador) fuera, no sé, de una fundación o una cooperativa de periodistas o algo que pudiera sostenerse sin el apoyo de un grupo económico detrás. Pero para mí es admirable como ellos han manejado El Espectador, al menos en la época que me ha tocado a mí. Es admirable que ellos no han querido utilizar El Espectador; que entiendan para qué es El Espectador”, dice.

Otra de las cosas que Fidel exalta del conglomerado económico, los propietarios del periódico, son las inversiones que el grupo ha realizado, aun perdiendo dinero año tras año.

“En el momento en que ellos hicieron la inversión para volver a ser diario; en que dijeron que este país no puede tener solo una mirada, como tenía en el momento en que éramos semanario, a todas luces no era una inversión de negocios… su único objetivo era que este país tiene que tener debate, miradas diferentes y ellos entienden que El Espectador es una mirada diferente y que es lo que justifica su existencia”.

Foto: Kevin Narvaez

Las opciones de Fidel para volver a trabajar en El Espectador se cerraron. “Cuando el grupo compró el periódico sacaron a todo lo que les oliera a Cano. Se dio la ‘descanización’ de El Espectador”, recuerda Fidel.

Un Cano en El Tiempo

Con la hoja de vida bajo el brazo, recién desempolvado de la maestría, y con muchas ganas de ejercer, Fidel Cano llegó a Colombia y tocó puertas, entre ellas las de El Espectador, pero Rodrigo Pardo, el director que nombraron en su momento, lo máximo que le pudo ofrecer fue una columna de opinión.

Fidel entendió que su apellido lo alejaba de aquella sala de redacción y buscó trabajo en otros medios. Fue a Semana, a El Tiempo, a Cromos. Días después los Santos, para entonces dueños de El Tiempo, lo llamaron y le ofrecieron la subedición de la sección política. Aceptó. Al poco tiempo asumió la edición de la fuente, porque su jefe renunció.

“Ser un Cano en El Tiempo era raro. Es una escuela un poco distinta, pero los Santos me hicieron sentir muy cómodo; fueron muy amables, muy respetuosos y muy queridos conmigo”.

En el diario El Tiempo trabajó durante un par de años. “Buen trabajo. Buena escuela. Todo fue aprendizaje. Me fue bien. Tenía un equipo de lujo y eso hacía las cosas más fáciles”.

Dos años después, una coincidencia conduce a Fidel al El Espectador, al menos así lo cree él. Después de que los Cano venden el periódico, el nuevo grupo nombra en la dirección a Rodrigo Pardo, quien estuvo durante un año en el cargo. En su reemplazo fue designado Carlos Lleras de la Fuente. A meses de asumir el máximo liderazgo del periódico, llamó a Fidel Cano, con la idea de que fuera la guía editorial del periódico desde la edición general. Era el año 2000.

Durante el relato Fidel Cano sonríe y dice que no pensó ni un solo segundo la respuesta que le entregó a Lleras. Entrelaza las manos y las pone detrás de la cabeza, inclina la silla y dice: “fue un sí enfático”.

Una de las críticas que Fidel Cano hace de El Espectador de aquellos días es que su nueva dirección quiso hacer un periódico parecido a El Tiempo. Él llegó con la idea de cambiarlo y de volver a la línea independiente, liberal, investigativa y alejada del poder que siempre ha identificado al medio.

Los periodistas que estaban en la sala de redacción no congeniaron con el estilo Cano. Fidel cuenta que sin cambiar la planta de profesionales logró darle la vuelta al proceso y retomó el rumbo analítico con el que el periódico fue fundado en Medellín, el 22 de marzo de 1887.

“Bacán” y “solucionador de chicharrones”

Desde  2002, tras la salida de Lleras y el nombramiento de dos directores más, que no duraron mucho en el cargo, Fidel asumió tres veces la dirección, como encargado.

En mayo de 2004, el presidente de la junta directiva, Gonzalo Córdoba, llama a Fidel a su oficina. El entonces director encargado confiesa  que asiste a la cita medio aburrido y pensativo “¿ahora qué me van a poner a hacer?”. Ese día lo nombraron director en propiedad.

Profesionalmente ha sido uno de los días más felices de Fidel Cano Correa. Lleva 19 años desde que volvió a El Espectador y 15 como director, “solucionando chicharrones” como jocosamente lo dice.

“Mire la calva que tengo, -dice luego de sobarse la cabeza y soltar una carcajada- es complicado manejar los ‘chicharrones’ desde la dirección y más en momentos de tanto cambio. Las presiones son constantes”, comenta Cano.

“Todo el mundo se pone furioso con lo que uno publica. Hay que aprender a manejar todo eso; aprender a poner el periodismo por delante de cualquier otra consideración. En estos puestos hasta los amigos se ponen furiosos; es difícil de manejar, pero bueno, la experiencia le va haciendo a uno crecer el cuero”.

Fidel Cano poco se pone de mal genio. Su temperamento como jefe es más bien conciliador. “Es un bacán”, dicen algunos de sus empleados. Le gusta enseñar con el diálogo y con el ejemplo.

Es amante del verdadero oficio periodístico, de la investigación y la buena reportería y por eso le molestan aquellas fallas que dejan abierta la puerta para los reclamos de manera fácil.

Pero hay otra cosa que le molesta aún más que el mismo error cometido, y es la terquedad que tienen algunos periodistas de no bajar la cabeza ante la falla. Resiente que algunos profesionales quieran insistir en el error o intentar taparlo de una manera simplista. “Uno tiene que aprender a bajar la cabeza si se equivocó”.

“Uno solo tiene para defenderse es el periodismo”

Sobre la crisis del oficio Fidel es claro en afirmar que en la actualidad, y desde hace muchos años, el periodismo no es un negocio viable.

Foto: Kevin Narvaez

“La actual crisis nos llegó en forma de Google, Facebook y YouTube. Un día nos dimos cuenta que ellos eran los dueños de la distribución y de la publicidad y se llevaron toda la plata de las pautas. Hoy en día no parece nada claro que la publicidad vaya a sostener una redacción con periodistas profesionales. Entonces toca mirar otras formas de financiamiento”.

A Fidel le tocó dirigir El Espectador en pleno tránsito digital, que también llevó a un cambio de la forma del negocio. Dice que no fue ni ha sido fácil, pero que no les ha ido tan mal, porque van de la mano con la evolución, fortaleciendo cada vez más el periodismo digital para sumarlo con el tradicional.

“Pero siempre la pregunta en todos esos momentos de evolución es ¿de qué manera uno garantiza que los principios periodísticos no se pongan en riesgo?”.

El director de El Espectador cree que el hecho de que los medios no estén viviendo de la publicidad tiene un lado bueno: así el periodismo puede volver a tomar alguna importancia.

“Si los clics no traen la plata pues no hay que salir corriendo detrás del clic, como en algún momento pensamos en que nos íbamos a convertir todos, en creadores de titulares ‘clícticos’ para que la gente entrara a ver de qué se trataba”, explica.

Desde hace algo más de un año El Espectador cobra por el contenido de peso periodístico. El acceso a las las crónicas, investigaciones, entrevistas y otro tipo de productos solo es posible a través de suscripciones pagas.

A la fecha no tiene un balance concreto sobre la estrategia económica para subsistir, en vista de que son el único medio en Colombia que cobra por el contenido. Sin embargo, cree que las cifras superaron sus propias expectativas, aun cuando todavía son bajas con respecto a países como Argentina.

“Nos ha ido bien, pero todavía no da señas de que vaya a ser lo que sostenga este negocio”.

Foto: Cristian Garavito/El Espectador

“Ahora yo me imagino que otros medios irán entrando y eso puede que incremente la competencia, pero también va a ir educando a las audiencias a que la buena información vale”, opina.

La Pulla

Estar a la vanguardia de la era digital los ha llevado a vivir en un constante aprendizaje. Hay productos y estrategias a las que le han apostado con toda la fuerza, pero no han resultado y les ha tocado desecharlos.

Hay otras que han sido un éxito rotundo, como el caso de La Pulla, un espacio de opinión multimedia de El Espectador que marca las más altas audiencias y hoy es uno de los productos que genera buenos ingresos.

“La Pulla se llevó algunos de estos pelos. Era atrevidísimo. A veces reviso los guiones y les hago comentarios. A veces los toman o no. Pero digamos que los apruebo”, lo dice y suelta otra carcajada.

La Pulla‘ nació de la idea inicial de Fidel Cano de hacer algo de opinión en video, pero solo tenía eso, la idea. Primero crearon La Mermelada, que según dice, era una mala copia de Jaime Garzón y no funcionó.

Con la llegada del periodista Juan Carlos Rincón a la coordinación de la sección de opinión, el concepto de Fidel tomó forma. Rincón, luego de escuchar la idea del jefe, lo pensó y al cabo de un mes llegó a su oficina con el proyecto estructurado, lo acompañaban los periodistas Santiago la Rotta, Daniel Salgar y Juan David Torres.

Fidel vio el borrador y sin pensarlo dos veces, lo respaldó.

María Paulina Baena, la presentadora oficial de La Pulla, se unió al equipo días después, a través de una convocatoria interna que ganó de lejos.

Fidel tiene un recuerdo que hace que se le escape otra sonrisa de satisfacción. Relata que al salir el primer capítulo de La Pulla, lo llamaron el presidente de la junta directiva y el gerente comercial de la empresa, ambos pusieron el grito en el techo.

Hoy en día es uno de los productos que todos aman y cuidan, porque a parte de ser un éxito periodístico, se convirtió en una buena unidad de negocio.

Foto: Kevin Narvaez

El periodismo, la vida

El miedo de Fidel Cano es que llegue el día en que le pierda el gusto al cambio, a la sensación de bienestar que aún siente con el ejercicio periodístico y a que ya no le guste solucionar ‘chicharrones’; el día en que crea que lo sabe todo.

Aun cuando ha pensado más de una vez en el retiro, confiesa que lo agobia imaginarse despertando sin tener previsto hacer lo que hace hoy. “Vivo de mi sueldo y la pensión está lejana; tampoco tanto, estoy como a nueve años, entonces, por el momento, necesito el trabajo”.

Después de estar aquí como director no veo desde dónde, en el periodismo, podría yo aportar. A juicio del director de El Espectador, el periodismo está en veremos, “no nos están valorado hoy en día como antes y además no hay muchas opciones laborales por ahí”.

“Volviendo al tema de la jubilación, me pregunto el día que yo deje de hacer esto. ¿De dónde voy a sacar tanta adrenalina o qué le va a pasar a mi cuerpo sin tanta adrenalina? Así que por ahora hay Fidel Cano para rato”.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO