La pelea a muerte del escritor Rafael Baena contra “la parca”

La pelea a muerte del escritor Rafael Baena contra “la parca”

11 de julio del 2014

Las viceversas de la vida. Cuando profesionalmente todo le sonríe. Cuando el país lo aplaude por sus novelas, después de varios años de éxitos en la fotografía, Rafael Baena lucha ahora por sobrevivir.

Padece un epoc severo, un daño pulmonar grave. Dispone de sólo un 25 por ciento de la capacidad respiratoria.

“Yo sostengo mi combate personal con la parca, como le digo, y tengo muchas razones para resistir, tengo la suerte de vivir con una mujer maravillosa, tengo unos hijos increíbles, ya tengo nietos. Mi entorno ha sido muy solidario. No es que estén todo el tiempo haciéndome barra sino todo lo contrario, están callados, muy respetuosos, viéndome combatir y me ayudan cuando ven que ya estoy contra las cuerdas, me tiran la toalla…”

Rafael -58 años, exeditor de la revista Credencial y periodista en Cromos, El Espectador, Noticias Uno y otros medios- debe estar conectado 24 horas a un concentrador de oxígeno, con una manguera en la nariz. Si se la quita, se ahoga.

Hace ejercicio por prescripción médica con la manguera “puesta”, camina diariamente media hora a un buen ritmo; levanta pesas con los brazos, con las piernas. “Lucho todos los días, llevo el cuerpo al máximo rendimiento, a pesar de estar limitado. Es la única salida de parar a la pelona, tenerla a raya.”

¿Y ha tenido momentos de crisis graves?

Una gripa para mí es ir a urgencias de un hospital, y ya sabemos cómo es el sistema nacional de salud, cómo funciona. No tengo prepagada, tengo EPS, entonces uno no es un paciente sino un usuario, según la terminología moderna de la salud.

Llego a un hospital, a una sala de espera repleta de gente enferma, que te toce encima. Entonces llegas con un virus o una bacteria, alguna cosa que te hizo dar gripa y te sientan rodeado de gente que también está en las mismas, y tosiendo. Intercambio mi gripa con la señora de al lado. Es una locura.

No me puedo enfermar, porque me someto a ir a un hospital de urgencias y de repente no salgo de allá porque es de verdad muy tremendo, es horrible.

¿Qué lo condujo a la enfermedad?

El cigarrillo, combinado con un factor genético, una predisposición genética que yo ignoraba hasta que estalló la crisis.

Empecé a sentirme ahogado cansado, y con las piernas como si acabara de jugar un partido de fútbol de tres horas, entre dormidas y doloridas. Esa misma sensación todo el tiempo, desde que empezó todo hace como ocho años.

Un día me dio una gripa, fui a la clínica y sucedieron cosas terribles, me indujeron un coma, una historia tremenda, como para escribirla.

Lo que a mí me da le da a un fumador como a los 70, pero a mí se me adelantó dos décadas por el factor genético del que le hablaba.

¿Hubo cigarrillos y algo más?

No, solo cigarrillo, cigarrillo y vivir en Bogotá, y andar en moto, y respirar Carrera 13.

¿Sigue cargando la cámara fotográfica?

Pero livianita, una camarita digital pequeña, ya no hago reportería, infortunadamente por la condición de salud bastante limitante que tengo, pero sigo con la camarita ahí y a veces hago cosas, más que todo fotografías del cotidiano, que resultan más difíciles.

¿Su especialidad ha sido fotografiar y estudiar la guerra del país?

Digamos que sí, que mi búsqueda ha sido tratar de entender por qué las violencias de este país, desde la independencia hasta el presente. Ese ha sido como el ejercicio literario que he hecho, y el ejercicio que le propongo al lector, tratar que entre el lector y yo entendamos qué es lo que está pasando.

Rafael Baena-ok

¿Y después de conocer tanto, es optimista sobre la paz que se gestiona en La Habana?

Pienso con el deseo. La única salida posible es que aprovechemos la coyuntura y comencemos el trabajo de reconciliación, que puede demorar dos o tres generaciones.

Los derrotados no son poquitos. Los enemigos de sentarse a dialogar con las guerrillas son bastantes y también hay que oír eso, también hay que oír su voz y sus razones, porque es la única manera, y la única manera es entendernos entre todos.

¿Seguirá escribiendo sobre la guerra?

Espero que no, quisiera escribir de otras cosas pero tengo mucho material sobre el tema. No sé si tenga arrestos para investigar sobre otras cosas.

¿Por qué primero conquistó la fotografía y después se dedicó a escribir?

Siempre fui las dos cosas, fui lo que en su momento llamaba ambidextro. Cuando llegué a pedir mi primer empleo de fotógrafo (venía de Sincelejo) no había plaza en esa revista, Antena. El director era Fernán Martínez. No había plaza de fotógrafo pero sí había de redactor y me dijeron que si quería hacer un artículo, y lo escribí.

A partir de ahí hacía artículos y fotos. Después en Cromos hice las dos cosas. Mi libreta de apuntes era la cámara. Siempre fue así, siempre estuve con un pie en la fotografía y otro pie en la redacción.

Al principio, hace treinta y pico de años eso era problemático porque los redactores veían a los fotógrafos como gente sin nada en la cabeza y viceversa. Los fotógrafos veían a los redactores como gente envanecida que tampoco tenían nada en la cabeza. Pero ahí logré conciliar las dos cosas y finalmente no tengo enemigos por eso, todo lo contrario.

¿Dice usted que es más difícil tomar fotos cotidianas que hacer gran reportería?

La gran reportería lo ubica a uno en el hecho. La cuestión es estar ahí. En cambio en el cotidiano hay que buscar lo insólito, lo que se salga de lo acostumbrado.

Una mujer parada al lado de un horno microondas es una imagen cotidiana de todos los días en cualquier casa, pero si uno logra que esa misma imagen tenga una belleza, una carga estética, pasa a ser meritorio.

Me gustó mucho su libro sobre caballos, “Personas de cuatro patas”. ¿De dónde surgió la obra?

Los caballos forman parte importante de mis novelas. La editorial Luna libros me pidió un texto sobre el tema, para explicarlo desde lo íntimo. Finalmente me pareció que debía meter el desarrollo del caballo como arma de guerra y el caballo en la literatura; son como esas tres líneas narrativas que tiene el librito. Suena muy complicado pero es sencillito, se lee facilito.

Y le metí humor también para no tomarme como tan en serio. Tomarse muy en serio no tiene sentido…