Lara y Escobar: un testimonio de perdón y reconciliación

15 de agosto del 2019

Kienyke.com conversó con los hijos del narcotraficante y del exiministro asesinado sobre su amistad.

Hijos de Rodrigo Lara y Pablo Escobar

Foto: Andrés Lozano / KienyKe.com

“El día que tu papá mató el mío, mi vida cambió para siempre”. Estas fueron las palabras que Jorge Lara le dijo a Sebastián Marroquín, en su primer encuentro, quien mirándolo a los ojos respondió: “El día que mi papá mató a tu papá, mi vida también cambió”.

Jorge Lara Restrepo es el tercer hijo del exministro de Justicia de Colombia, Rodrigo Lara Bonilla, el hombre que persiguió a los narcotraficantes del Cartel de Medellín, liderado por Pablo Escobar, el capo más poderoso de todos los tiempos. También siguió de cerca sus nexos con el deporte y la política del país.

Rodrigo Lara fue asesinado en 1984 por sicarios de Pablo Escobar, en la calle 127, en el norte de Bogotá. Su muerte fue el primer magnicidio cometido por el llamado ‘El patrón del mal’, y fue el inicio de una pelea entre el Estado colombiano y narcotraficantes que duró más de una década.

Lara (hijo) tenía 7 años cuando le pusieron de frente el cadáver de su padre. A su corta edad se cargó de odio, rabia y sed de venganza. Sin embargo, en ese momento, significó el exilio para él y su familia. Los Lara Restrepo fueron obligados a cambiar de vida y huir de las amenazas que los perseguían a cada paso que daban.

Antes de cambiarse el nombre, Sebastián Marroquín, se llamaba Juan Pablo Escobar; él es el hijo mayor de narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, el verdugo de los Lara.

Luego de que Escobar fuera desenmascarado públicamente por el exministro de Justicia y por el director del Espectador, Guillermo Cano, el criminal declaró la guerra al Gobierno, a los periodistas, la Policía y a todo aquel que se interpusiera en su camino.

Las autoridades estiman que hasta 2013 al menos 15.000 personas murieron por enfrentamientos derivados del narcotráfico. 5.500 de ellas durante el tiempo de actividad del cartel de Medellín.

Marroquín tenía 16 años cuando su padre fue dado de baja por la Policía. La muerte del capo ocurrió el 2 de diciembre de 1993. Por la mente de Sebastián también se cruzó la idea de vengar la muerte de su padre, pero por el contrario, negoció su vida y la de su familia con el Cartel de Cali.

Juan Pablo, su mamá y su hermana, que también se cambiaron la identidad, tuvieron que escapar del país. Los enemigos de Escobar se habían convertido en los suyos.

Estos dos hijos de la violencia tienen 42 años. Sus vidas cambiaron cuando el papá de uno, mató al papá del otro. Esta pérdida significó una serie de acontecimientos que resultaron ser muy similares para ambos, quienes terminaron convertidos en amigos.

En la mayoría de los casos, cuando situaciones como esta se presentan, la justicia por propia mano aparece y la venganza se lleva a cabo.

Pero esta historia es distinta.

Sebastián y Jorge entendieron que el camino no es la violencia. Entendieron también que debían construir desde el dolor el diálogo para llegar al perdón y la esperanza. El rencor y odio que creció entre los dos se transformó en reconciliación.

‘Yo quise cobrar venganza asesinando a Juan Pablo’

Jorge es un hombre delgado, sonriente y de movimientos relajados. Es realizador audiovisual. Hace nueve años regresó a Colombia.

A medida que fue creciendo entendió porqué su infancia no fue como la del resto de los niños que estaban a su alrededor. Al inicio le molestaba esa marcada diferencia, pero hoy afirma que logró sobrellevarlo, y que a lo largo del tiempo pudo sacarle provecho para enfrentar distintas situaciones en su vida.

“A los 5 años salía a jugar fútbol con hombres armados. No podía jugar con más niños porque éramos potenciales víctimas del padre de Juan Pablo. Nos tocó criarnos así, entonces nos fueron sacando de los detalles que puede tener un niño normal”, comenta.

Luego del asesinato del entonces ministro, su familia estuvo exiliada en distintos países de Europa. Vivió en España, Suiza, Inglaterra y Francia, y siempre sentían detrás una sombra que los amenazaba constantemente.

A los 12 años, cuando vivía en Suiza, escuchó que a 20 metros de donde estaba, había llegado otro niño de su edad, colombiano, de apellido Escobar. Supo que ese niño era el hijo del hombre que mató a su padre. En ese momento planeó la venganza: mataría a Juan Pablo. El plan fracasó.

“Gracias a dios no salió porque si no, no estaría aquí contando la historia. Estaría en una cárcel”, expresa Lara Restrepo.

“No renuncié a los afectos pero si al apellido”

Juan Pablo Escobar fue su nombre de nacimiento; pero Sebastián Marroquín es el que le dio una nueva vida. Cuando murió su padre se cambió el nombre para dejar atrás la carga de ser hijo de uno de los hombres más temidos de los últimos tiempos.

“No renuncié a los afectos pero si renuncié al apellido porque mi libertad estaba limitada (…) No porque hubiera alguna orden judicial que lo impidiera sino porque había un prejuicio y una discriminación. No era posible tener una vida con ese apellido”, asegura Marroquín.

Él, al igual que Jorge, tuvo que vivir escondido y exiliado en muchos lugares para seguir con vida. Huía de los enemigos de su padre, era señalado por la sociedad y por otro lado era criticado por clanes del narcotráfico por no seguir el legado criminal de su papá.

“Yo me crié con los peores bandidos de Colombia, y muchos creerían que no pudiese ser otro el resultado que ser el Pablo Escobar 2.0. Pero la gran diferencia la hizo el amor alrededor de nuestras familias, eso hizo de mí un hombre de paz, comprometido con la vida, responsable frente a ella”, afirma.

También es consciente del daño que causó Pablo Escobar, pero en su faceta como padre, asegura, fue un hombre amoroso con sus hijos. “Nos enseñó lo bueno y lo malo, junto a mi madre nos dio el amor que siempre necesitamos”.

Sebastián es parecido a su papá. Es un hombre serio. Es arquitecto y diseñador industrial. También es padre familia, escritor y conferencista.

Marroquín dice que no va a descansar hasta pedirle perdón a todas las víctimas que dejó Pablo Escobar. Quiere contarle al mundo cuál es la verdadera cara del narcotráfico.

“Yo siento la responsabilidad moral y la necesidad de acercarme a ellos con el máximo respeto para pedirles perdón por ese dolor”, declara.

“Nuestras vidas estaban cruzadas”

Por increíble que parezca, Pablo y Jorge, hoy son grandes amigos. Se conocieron hace 10 años, a través de un director de cine argentino que estaba grabando el documental “Los pecados de mi padre”, en el que Jorge no quiso aparecer.

“Él no participó en el documental pero si se acercó a mí para acompañarnos en esa presentación y desde entonces tuvimos la oportunidad de conocernos”, afirma Sebastián.

Jorge también recuerda aquel momento y cuenta que el encuentro se dio en un hotel de Bogotá, momento muy íntimo que se guardará para toda la vida. Allí se dieron cuenta que sus vidas estaban ligadas desde el día en que nacieron.

“Tenemos la misma edad. El día que matan a mi padre la vida cambió, a nosotros nos toca empezar a ver el exilio como futura vida y a ellos correr de lado a lado también”, explica Jorge.

Y añade: “A los 16 años él sabe lo que es perder a su padre. Y 16 años después llega el momento donde nos conocemos en Bogotá. Desde entonces hemos estado viajando alrededor dando estas conferencias, de la que ha nacido una amistad sincera. Pues tenemos 50 % nuestra vida mezclada”.

Perdonar es posible

Para Jorge no fue fácil perdonar. Durante su infancia y parte de su adolescencia vivió con ese odio hacia la sociedad, en especial hacia el asesino de su padre. Pero a raíz de la muerte del capo entendió que el camino no era seguir odiando.

“A los 12 años yo intento cobrar venganza. A los 16 quiero festejar el asesinato de Pablo Escobar y en ese momento mi madre me dice que no somos quiénes para festejar la muerte de nadie (…) El ojo por ojo hay que pararlo, porque si no se vuelve el despelote de muertes (…) A partir de ahí es que empieza a nacer en mí como una segunda oportunidad de vivir más en paz”.

Para Juan Pablo, y desde su experiencia, el diálogo puede frenar la cadena de tragedias que siempre arrastra el rencor.

“El perdón no tiene que vincularse con el olvido. Perdonarnos no significa olvidar. Perdonar es evitar que se perpetúe en la víctima el dolor que le ha propiciado el victimario. Desde ese lugar se genera un proceso genuino y respetuoso de perdón. La víctima también siente que se libera a sí misma del odio que alberga en su corazón y que también la hubiera podido enfermarse preservándolo durante mucho tiempo”, expresa Escobar.

Sebastián siente la responsabilidad moral de pedir perdón a todas las víctimas de su padre. Dice que para él es liberador llevar este proceso con las personas que, con un corazón humilde y abierto, aceptan un diálogo para cerrar el dolor que dejó tanta violencia en el país.

“Siendo el más rico, vivía como el más pobre”

Además de enviar un mensaje de reconciliación y perdón, para Sebastián y Jorge, en especial para Marroquín, es importante que las personas conozcan la verdadera cara del narcotráfico.

Juan Pablo vivió en carne propia esa vida, y asegura que aunque su padre vivía en medio de lujos, fortuna, propiedades, abundancia y éxito, solo pudo disfrutar un 10 % de todo el dinero que ganó estando vivo.

“Yo vi como mi papá parecía el hombre más rico del mundo y vivía como el más pobre”, asegura.

“Nada de los lujos los pudimos disfrutar, eso es maldito. Yo lo he experimentado, todo lo que él construyó quedó destruido, ya no queda ni las ruinas”, asegura.

Recuerda que en los últimos meses de vida de su padre estaban escondidos en una casa y al frente se encontraba la policía haciendo vigilancia. Las autoridades no sabían que ellos estaban ahí. Escobar les ordenó que no se podía hacer un ruido, ni siquiera para ir al baño, o para hacer las cosas más básicas. Así permanecieron por una semana.

Lo más irónico de la situación es que tenían 4 millones de dólares en efectivo por toda la casa, pero no tenían comida. “Ahí empezamos a morirnos de hambre”.

“Yo miraba esos 4 millones tirados y pensaba ¿para qué quiero todo este dinero, si se supone que es para que me quite el hambre, y no tengo libertad para comprar un pedazo de pan?”, señaló.

Es por esa razón que busca que la gente sepa cuál es la realidad del narcotráfico. Reafirma que de esa plata fácil de la droga no queda nada. “Es una plata maldita”.

Marroquín dice con la experiencia que ese dinero no quita los problemas, por el contrario, atrae más. No quita el hambre, trae muerte. Y todo lo que con ella se obtiene tarde o temprano se pierde.

Hay que apostarle a la paz

Frente a su historia cruzada, ambos personajes coinciden en que el único camino para mejorar las cosas en el país es la paz. “Tratarnos bien los unos a los otros y dar testimonio de que el perdón sí es posible desde el diálogo y el respeto al otro”, afirman.

“La paz empieza todos los días desde muy temprano. Inicia con los pensamientos que se tienen desde la mañana. Es así de simple. Quienes quieren guerra, pues que se uniformen y se vayan para el monte, pero que no pidan guerra con sangre ajena. La paz es más fácil”, concluyó Jorge Lara, hijo del asesinado exministro de Justicia Rodrigo Lara.

“Contagiémonos todos de la paz. Ayudémonos a sonreír un poco más, a contar hasta 10 antes de responder cualquier cosa. Ayudémonos también a tener cuidado con el uso en nuestro lenguaje, con lo que deseamos, con las palabras que decimos, con todas esas violencias que podemos empezar a emanar desde el lenguaje y que cada uno ocupe su lugar”, concluyó Sebastián Marroquín, el hijo del narcotraficante más famoso de la historia, Pablo Escobar.

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