Refugiados se unen para acabar con la violencia sexual

25 de agosto del 2019

Hombres en Bangladesh le hacen frente a la violencia de género.

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foto: ACNUR/Will Swanso

Cuando escucha insultos de connotación sexual dirigidos a mujeres, el refugiado rohingya Mohammed les planta cara.

“Cuando hablamos sobre violencia sexual, les digo a los chicos: ‘Naciste de una madre. Tienes una hermana’”, nos cuenta.

“A los jóvenes les digo que, cuando piensen en las mujeres, piensen en su madre o su hermana. ‘¿Es que querrías que les pasara algo?’”

Mohammed es un refugiado modelo a seguir, uno de los 105 que existen en el inmenso complejo de campamentos de refugiados en el distrito de Cox’s Bazar, que acoge a casi un millón de refugiados rohingyas.

Más de 740.000 escaparon de las severas medidas militares adoptadas a partir de agosto de 2017, huyendo de las atrocidades y de una violencia brutal que incluyó violaciones y agresiones sexuales.

Si bien en Myanmar se enfrentaban a exclusión y persecuciones, los rohingyas vivían en comunidades en aldeas bien espaciadas en las que prosperaban prácticas tradicionales de autocorrección.

Las violentas condiciones en las que los refugiados rohingyas fueron arrancados de sus hogares, unidas a las condiciones de vida anormales que se dan en campamentos muy densamente poblados son algunos de los principales factores del comportamiento abusivo en el exilio.

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“Nuestro papel en esta situación consistió en mostrar cómo se podía convertir a espectadores en actores del cambio”.

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, apoya la identificación, asesoramiento y derivación a servicios específicos para todas las personas supervivientes, también hombres y niños.

El programa de modelos a seguir pretende animar a los hombres a cuestionar las agresiones y la violencia sexual en el exilio, y a replantearse complejas cuestiones de género que en ocasiones se traducen en discusiones violentas.

“Tenemos que educar a estos jóvenes. Así que tenemos que explicarles lo que hacemos y lo que ellos pueden hacer”, nos cuenta Mohammed, de 23 años, y otro de los voluntarios modelos a seguir de unos asentamientos en los que los residentes están a salvo y tienen alojamiento y comida, pero escasas oportunidades formales de trabajar o estudiar.

“Muchos de estos jóvenes piensan que no sirven para nada”,  cuenta Mohammed. “Muchos carecen de estudios. Sienten que pueden hacer cosas con una joven… y sienten que pueden salirse con la suya”.

Mohammed forma parte de un grupo de cinco jóvenes de en torno a veinte años de edad que colaboran con un imán del asentamiento para plantar cara a estas actitudes.

Los jóvenes, voluntarios de sus comunidades, reciben formación para identificar problemas derivados de la violencia doméstica, el matrimonio temprano, los pagos de dotes, la poligamia y el comportamiento agresivo hacia las mujeres. Según el coordinador del programa en ACNUR Jahidur Rahman, durante la formación hicieron dramatizaciones con roles de agresores, víctimas y espectadores.

“Nuestro papel en esta situación consistió en mostrar cómo se podía convertir a espectadores en actores del cambio”, cuenta Rahman. Se trata de un programa nuevo y, para lanzarlo, los organizadores celebran reuniones en mezquitas y centros comunitarios. Se animó a los jóvenes modelos a seguir a recurrir al deporte como medio para generar confianza en la comunidad.

En un acercamiento directo a mujeres y niñas, que componen más de la mitad de la población de los campamentos, una red de mujeres refugiadas voluntarias recorre el asentamiento puerta por puerta. Si sospechan de la existencia de violencia sexual se ponen en contacto con las autoridades del campamento y trasladan a la víctima a un espacio adecuado y favorable para las mujeres.

“Oí hablar de las discusiones sobre violencia sexual y quise participar”, explica el imán Mohammed.

“El personal del campamento me pidió que identificara los principales problemas de la comunidad. De entre la lista que me propusieron, identifiqué un gran problema de matrimonio infantil y una creciente tasa de divorcios. Me senté con los líderes de la comunidad y preparamos un documento para las autoridades del campamento. Incluí menciones al Corán, en el que se prohíbe la violencia contra las esposas y se desincentivan las dotes cuando no se tiene dinero”.

El matrimonio temprano suele estar asociado a las dotes. Los padres que conciertan el matrimonio de una hija se ven liberados de la obligación de mantenerla, pero a cambio tienen que pagar una dote. Y en los campamentos, el dinero escasea. Ahmed, otro líder modelo a seguir, nos explica cómo el proceso se mezcla con la violencia.

“A veces, si se supone que la dote debe ser de 60.000 taka (unos 700 USD), los padres no pueden hacer frente a todo el importe. Negocian dar una entrada y prometen pagar el resto más adelante”.

Después nos describe con orgullo cómo convenció a dos familias de que renunciaran a la dote en favor de una mayor armonía. “Los vecinos aceptaron la idea porque para la comunidad era mejor eso que la violencia”, dice.

Esa sensación de orgullo es patente en todos los jóvenes cuando describen su trabajo en la comunidad.

Puede que en un primer momento algunos se unieran solo por tener algo que hacer. Pero ahora que forman parte del equipo se ven a sí mismos como líderes de la comunidad. Y su trabajo hace también hincapié en lo importantes que son los hombres en este proceso.

“Dedico dos o tres horas al día a trabajar en esto”, nos cuenta Ahmed. “Si estoy jugando al fútbol y veo que alguien dice o hace algo malo, empiezo por hablar con él”.

El éxito inicial del programa se ha traducido en planes para ampliarlo. El orgullo y la capacidad de persuasión de los jóvenes modelos a seguir está ayudando a aliviar tensiones y a unir a las comunidades, si bien abordar las causas subyacentes llevará más tiempo.

Con información: agencia de la ONU para los refugiados. 

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