Gabo y las mujeres: un género que conocía muy bien

17 de abril del 2019

Tenía gran capacidad para llegar al alma de la mujer

Gabo y las mujeres: un género que conocía muy bien

CARTHAGENA, Colombia - february 20. Colombian writer Gabriel Garcia Marquez in Carthagena, Colombia, where he lived. Received Nobel prize in literature in 1982. Photo by Ulf Andersen / Getty Images

Al acercarse el nuevo milenio le preguntaron a Gabriel García Márquez qué esperaba para el siglo XXI y dijo: “Que el mundo lo administren las mujeres, no sé si lo harán mejor, solo sé que lo harán distinto”.

Cinco años después de su muerte lo recuerdo muy especialmente porque tuve el privilegio de ser su amiga y compartir varios momentos en los que, no sé por qué razón, hablamos mucho sobre las mujeres y siempre me sorprendió con sus preguntas relacionadas con nosotras.

Recuerdo cómo era capaz de describir cualquier situación que nos involucrara. Una noche en el Club de Pesca de Cartagena, al término de un taller en su escuela de periodismo iberoamericano, a la que habíamos sido invitados por él varios directores de medios, fuimos a comer Gabo, Eligio su hermano, Tomas Eloy Martínez y yo.

Eligio, o mejor ‘Giyo’, como le decíamos por cariño, preguntó por mi amiga Sandra, dueña del apartamento en que me estaba hospedando, agregándole a la pregunta el comentario “qué linda mujer”. La había conocido ese día porque almorzamos los tres.

Escuche la vida y obra de ‘Gabo’ a 5 años de su muerte:

Sandra viene a cenar

Gabo indagó la razón por la que no la había traído a la cena. Obviamente -le respondí- “porque no estaba invitada.”

Cruzó los brazos y con mucha gracia me enfrentó: “No la invitaste por celos, porque no querías compartir nuestra amistad con ella”. A partir de ese momento el interés se centró en Sandra, preguntó de dónde era, ¿es rubia o morena?  ¿Tiene el pelo largo? ¿Es periodista?

Tomó el celular de Giyo y me pidió el número de celular de mi amiga. Se lo dicté advirtiéndole que ella no iba a responder porque “está viendo la telenovela Café y por nada del mundo responderá el teléfono mientras la novela esté al aire.”

A los pocos segundos estaba saludándola, mirándome con sorna e invitándola a que llegara al Club de Pesca para cenar con el grupo. Tomás, Giyo y yo nos reímos mucho al verlo actuar como un adolescente que va camino a una cita a ciegas.

Transcurrió más de una hora y estábamos muertos de hambre, tomando un delicioso vino blanco frío  y oyendo las historias de Gabo sobre las mujeres y nos explicó cómo él sabía cuál es su forma de actuar según las circunstancias.

Como si la estuviera viendo, comenzó a describir lo que hizo Sandra después de colgar la llamada con él. Comenté que se demoraba demasiado, ya que la distancia entre su apartamento en Bocagrande y el Club de Pesca no había más de quince minutos en carro.

“Lo primero que hizo después de hablar conmigo fue llamar a su mamá”, dijo con toda certeza y comenzó a preguntarme detalles sobre su aspecto. “¿Tiene el pelo largo, es lisa o crespa?”.

Antes de responder su interrogatorio le dije: “Eres un engreído, obviamente que para ella conocerte es un acontecimiento y tiene que contárselo a alguien”.

“El pelo lo tiene muy largo y es crespa”, le respondí. “Ah…”, dijo Gabo y agregó, “entonces no se lo va a lavar porque supongo que si se lo alisa en peluquería, ella sola no sabe cómo arreglarlo. Pero está frente al espejo en su baño, con el secador encendido en la mano, tratando de alisar los rulos de la frente, porque por la emoción comenzó a sudar y tiene que alisar ese pelo delator”.

Recuerdo la descripción que hizo, porque me sorprendió su habilidad para describir una escena típicamente femenina. Prosiguió con el relato y todos permanecíamos mudos como si estuviéramos viéndola arreglarse.

“Saca varios pantalones del closet, faldas cortas y largas, de lino, de jean, se los pone por encima, se mira al espejo, los lanza sobre la cama, de un cajón salen volando camisas, camisetas, chales y nada la convence. Se acerca al joyero y lo desocupa encima de la mesa de noche, se prueba por lo menos cuatro y no se decide por ninguno”, prosiguió el Nobel.

Así narró la escena del acicalamiento de mi amiga y la concluyó diciendo: “Como es morena se va a poner un vestido blanco de lino y sandalias muy altas”.

Me sorprendió su descripción porque como mujer sabía que eso es lo que hacemos casi todas cuando vamos a una cita importante y más aún porque él no tuvo hijas, solo hombres y esa escena no la vivió nunca en su casa.

Paró de hablar del arreglo de Sandra y Tomás Eloy -un gran amigo de Gabo, escritor argentino, autor entre otros libros de Santa Evita, sobre el que más tarde  durante la cena le hice infinidad de preguntas- comentó cómo nuestro Nobel siempre descubría a las mujeres más lindas cuando los demás hombres siquiera eran capaces de  notar su presencia.

Sandra vestida de blanco

Transcurrida hora y media, Sandra llegó. Estaba lindísima, con un vestido blanco que acentuaba su piel bronceada, encaramada en unas sandalias altas y moviéndose como una palmera al compás de la brisa marina. Al verla, los tres hombres se quedaron mudos.

La sonrisa de ella, de dientes perfectos y blancos, iluminó su cara cuando nos saludó y Gabito me codeó comentando: “Está nerviosa, pero preciosa.”

“¿Me demoré mucho?”, preguntó y dijo: “Colgué con Gabo…. y no sabes…. me llamó mi mamá y me demoré hablando con ella porque no podía creer que iba a cenar con nuestro premio Nobel”.

Fue una cena inolvidable, el tema de la noche fueron las mujeres. Gabo preguntó sin parar sobre la vanidad femenina y no dejó de indagar sobre cómo, comparados con los hombres, nosotras disfrutamos mejor el sexo que ellos.

Nos hizo ruborizar cuando nos pidió describir cómo vive la mujer un momento íntimo y aseguró que el placer sexual es mejor para las mujeres que para los hombres, “porque la satisfacción tiene para ustedes muchos más de mental que de físico”, dijo con mucha gracia.

Cuando llegamos al apartamento de Sandra, la descripción de Gabito, previa a la llegada de Sandra al restaurante, estaba ahí, ante mis ojos: faldas, pantalones y blusas en una montaña sobre su cama, el joyero volcado sobre la mesa de noche y en el baño el secador en medio de perfumes y cosméticos, parecía el testigo caliente de lo narrado por él. ¡Sandra lo había dejado prendido! Eso fue lo único que él olvidó decirnos en su narración. Meses después, en otro encuentro con Gabo, se lo comenté y me dijo: “Esa es la parte de la mujer que nunca logro ver, esa en la que pueden provocar un incendio y ni siquiera se dan cuenta”.

¡Gabo, hoy te recuerdo y te extraño mucho!

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